Por su interesante análisis del discurso pronunciado ante sus “hermanos” de El Cairo por un mesías del progresismo pacato, merece conocerse el artículo que publica el diario El Mundo (Madrid, 6 de junio de 2009, pág. 24), firmado por Arcadi Espada:
«En cualquier país, todas las personas deberían sentirse libres de elegir y practicar su fe en consonancia con su mente, su corazón y su alma.» Aquí todas las palabras principales están infectadas.
«La riqueza de la diversidad religiosa debe ser respaldada.» Riqueza.
«En efecto, la fe debería unirnos». En efecto.
«Un mundo en el que los Gobiernos sirvan a sus ciudadanos y se respeten los derechos de todos los hijos de Dios.» De Dios.
«Todos los pueblos pueden vivir juntos en paz. Sabemos que esa es la visión de Dios.» Esa es.
«Muchas gracias y que la paz de Dios sea con vosotros.» Sea.
Todas esas frases tienen la ventaja moral de presentarse desnudamente: un líder religioso que habla a sus fieles y que sólo a sus fieles se debe. Pero el discurso se hace más perverso cuando el líder da oblicuas instrucciones que a todos conciernen. Sobre el velo musulmán, por ejemplo: «Es importante para los países occidentales evitar que se impida a los ciudadanos musulmanes practicar su religión en la forma en la que ellos la sienten, por ejemplo, imponiendo qué ropa debería llevar una mujer musulmana.» Palabras que avalan el velo, sin rehuir sus formatos más degradantes, estilo burka. Antes o después de hablar visitaba una mezquita con Hillary Clinton. La secretaria llevaba un pañuelo en la cabeza. Yo, como tú, no tengo nada que objetar a la idea de que en un determinado espacio las personas vistan como lo quieren los propietarios del espacio, sea una mezquita o el Club Ecuestre. Occidente no prescribe que una mujer vaya con la cara destapada en su casa, en la mezquita y en otros posibles reductos de su intimidad. La prohibición afecta sólo al espacio público, que es el ágora (¡la sagrada mezquita, por si alguien no entiende el griego!) de Occidente. Han interpretado que el discurso pretende acercar el Islam a Occidente. Bien. Pero eso jamás podrá hacerse desde el desvarío moral y estadístico de suponer que Occidente sólo es una religión distinta. El Islam es un concepto religioso y Occidente no.
Habrás visto en el triste parráfo del velo la aparición del enemigo relativista. No es el peor en su género. El peor es este y su contexto: la invasión de Irak, la «promoción» bushiana de la democracia y la ilegitimidad de que una nación imponga a otra su forma de gobierno: «Cada nación da vida a este principio [la voluntad del pueblo] a su propia manera, basándose en las tradiciones de su propio pueblo.» La frase es una descripción precisa de las monarquías del Golfo o del régimen iraní, lugares donde la voluntad del pueblo es interpretada desde la teocracia. No se esperaba que Obama pasara de la descripción a la legitimación.
Quedémonos en el relativismo. Esta desproporcionada presencia de la superstición en el discurso del presidente de América va a ser disculpada por nuestros socialdemócratas de guardia en los habituales términos: «América es un país muy religioso» «Allí la religión juega otro papel». Etcétera. Ya es hora de acabar con este mayúsculo… relativismo. ¿Desde cuándo América debe ser juzgada con varas de medir singulares? ¿Por qué debería ser diferente de Gambia y sus ablaciones? ¿Qué es esta broma de que el presidente de América, que por cierto, y según remarca Politico, dijo en El Cairo que venía de varias generaciones de musulmanes pero ocultó que. De disolver el espejismo. De romper el hechizo. De declarar que no es bueno. De escribir una larga carta.
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