La URSS era defensora de una sexualidad normal

18 de noviembre de 2018 by

LA URSS TACHABA LA HOMOSEXUALIDAD COMO “PERVERSIÓN SEXUAL” Y ALGO “CRIMINAL”
La persecución comunista a los homosexuales: 9 hechos que algunos callan y muchos ignoran
@ElentirVigosáb 17·11·2018 · 7:11 2
Ver a matones de ultraizquierda con banderas comunistas presentándose como los protectores del colectivo LGTB, como ocurrió esta semana en Murcia, es una paradoja histórica.
Los más de 100 millones de muertos que causó el comunismo, divididos por países
La persecución de científicos en el comunismo: una represión fanática que acabó en catástrofe
Os indico a continuación algunos hechos que muchos parecen ignorar:
1. En “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado” (1884), uno de los padres del comunismo, Friedrich Engels, hablaba de la degradación de los hombres en la antigua Grecia, afirmando que “cayeron en la abominable práctica de la sodomía”.
2. La homosexualidad ha estado perseguida en las siguientes dictaduras comunistas:Albania (hasta 10 años de prisión), Alemania Oriental, Bulgaria (hasta 3 años de prisión), China, Corea del Norte, Cuba, Etiopía, Hungría, Laos, Mongolia, Polonia, Rumanía, Somalia, la URSS (hasta 5 años de prisión) y Yugoslavia.
3. En las cárceles soviéticas, los homosexuales sufrían todo tipo de vejaciones. Los presos homosexuales eran obligados a dormir al lado de las letrinas, a realizar las peores tareas de la prisión, a comer por separado de los demás presos, y a ofrecer favores sexuales a otros presos o guardias para evitar palizas y violaciones. Según señala Nicolás Márquez en “El libro negro de la nueva izquierda” (2016), “entre 1934 y 1980 fueron condenados cerca de cincuenta mil homosexuales” al Gulag, la red soviética de campos de concentración.
4. El comunista Maxim Gorki, uno de los máximos ideólogos de la URSS, escribió lo siguiente en el artículo “Humanismo proletario”, publicado en los diarios comunistas soviéticos Pravda e Izvestia el 23 de mayo de 1934: “En la tierra donde el proletariado gobierna valientemente y con éxito, la homosexualidad, con su efecto corruptor sobre los jóvenes, se considera un delito social punible bajo la ley. En contraste, en la ‘tierra cultivada’ de los grandes filósofos, eruditos y músicos, se practica libremente y con impunidad. Ya hay un dicho sarcástico: ‘Destruid la homosexualidad y el fascismo desaparecerá’“.
5. En su edición de 1952, la Gran Enciclopedia Soviética afirmaba: “El origen de la homosexualidad está vinculado a las condiciones sociales cotidianas; para la abrumadora mayoría de las personas que se entregan a la homosexualidad, estas perversiones se detienen tan pronto como la persona se encuentra en un ambiente social favorable… En la sociedad soviética con sus costumbres sanas, la homosexualidad como una perversión sexual se considera vergonzosa y criminal. La legislación penal soviética considera la homosexualidad como punible, con la excepción de aquellos casos en los que la homosexualidad es una manifestación de un marcado trastorno psíquico“.
6. En su “Diccionario de la homofobia” (2015), Louis-George Tin explica que en la versión China del Gulag soviético, denominada Laogai, fueron recluidos “decenas de millares de homosexuales, con frecuencia asimilados a otras categorías sospechosas de traición (los extranjeros, los mestizos, los católicos, los intelectuales occidentalizados) y siempre tratados muy duramente”. El escritor chino-francés Jean Pasqualini, un superviviente del Laogai, relató en su libro “Prisonnier de Mao” (1974) la ejecución de dos prisioneros homosexuales en el campo de Qinghe en 1960, asesinados de un tiro en la cabeza, por mantener relaciones entre ellos. El trato a los prisioneros homosexuales en el Laogai chino era parecido o incluso peor que en las prisiones soviéticas.
7. Uno de los más conocidos dirigentes de la dictadura comunista cubana, el Che Guevara, mostraba un especial odio por los homosexuales, a los que consideraba “pervertidos sexuales”. En 1960 Guevara fundó el campo de trabajo de Guanahacabibes, destinado a “reeducar” a colectivos que la dictadura comunista consideraba contrarios a su “ética revolucionaria”, entre ellos los homosexuales, que sufrieron maltratos, violaciones e incluso ejecuciones en ese recinto, presidido por un gran letrero que -al estilo de Aushcwitz- afirmaba: “El trabajo os hará hombres”.
8. En 1965, en una entrevista concedida al reportero estadounidense Lee Lockwood, el dictador comunista cubano Fidel Castro afirmó: “Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permitan considerarlo un verdadero revolucionario. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista”. En 1984 dos antiguos partidarios de esa dictadura, Néstor Almendros y Orlando Jiménez Lea, elaboraron un documental titulado “Conducta impropia” sobre la represión a los homosexuales en Cuba, en el que recogieron los testimonios de docenas de personas que fueron encerradas en campos de confinamiento en esa isla a causa de su orientación sexual.
9. En enero de 2016, el estalinista Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR, socio ruso del Partido Comunista de España) reclamó multar los comportamientos homosexuales y castigar a quien confiese en público su homosexualidad. Uno de los diputados del PCFR, Ivan Nikitchuk, tachó a los homosexuales de gente “enferma y loca”.
A la vista de estos hechos, ver a comunistas con camisetas del Che Guevara y presentándose como defensores de los homosexuales es el colmo del contrasentido. Y eso por no hablar de los que se dicen fans de Fidel Castro, de Stalin o de Mao.

(Foto: Ariel López)

FUENTE:
http://www.outono.net/elentir/2018/11/17/la-persecucion-comunista-a-los-homosexuales-9-hechos-que-algunos-callan-y-muchos-ignoran/

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Cómo era la época de Franco…

13 de noviembre de 2018 by

https://www.youtube.com/watch?v=NooKhpMBO4A

 

https://youtu.be/NooKhpMBO4A

 

 

https://www.youtube.com/watch?v=NooKhpMBO4A

 

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Patschi / gato europeo

26 de octubre de 2018 by

NOTA:…el “papá” de estos gatitos se llamaba PATSCHI…

K. MARX: la cuestión judía

23 de octubre de 2018 by

https://kmarx.wordpress.com/2015/01/07/la-cuestion-judia/?fbclid=IwAR21bRoKxNC6cc2Sg4kDDNJ38gbGAyzJdmt78kY8HWLD160n9WkXlnAPJ6I

 

La Cuestión Judía

Estimadas amigas y amigos, en esta segunda entrada de 2015 vamos a retornar a laMarx tablas procfórmula original del blog, esto es, una propuesta de lectura “guiada”. El texto elegido es Sobre la cuestión judía (disponible aquí). ¿Razones? Es un artículo de Marx no excesivamente largo ni complicado, fue publicado en la única edición de los Anales Franco-Alemanes como comentario a un escrito anterior del hegeliano de izquierdas Bruno Bauer sobre lo que en ese tiempo se denominó la cuestión judía, es decir el reconocimiento por los diferentes estados alemanes de los derechos civiles de los judíos residentes en ellosAdemás, si lo leen podrán juzgar por si mismos el supuesto antisemitismo de Marx.

Desconocemos la autoría del texto de apoyo que encontramos en la página web del Seminari de Filosofia Política de la Universitat de Barcelona. Si gustan…

Salud y república. Olivé

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Lecturas de textos: La Cuestión Judía

Si la idea de emancipación mantenida por el joven Marx en sus primeros escritos periodísticos se jugaba plenamente en el marco del Estado, al ser pensada como la elevación de éste a su concepto, como la corrección de su lastre y su retraso histórico, en definitiva, como la eliminación en su orden jurídico político del particularismo, cualidad en la que estaba sumergido en el orden feudal, se comprende que la misma estuviera destinada a confrontarse con la realidad y a perecer en la confrontación. Un Estado racional (aunque sea en idea o en tanto que idea), es una negación de la realidad existente. Bastaba perder la confianza en la fuerza de la idea, convencerse de la resistencia de la realidad a su transformación desde el orden político, para abrir la puerta a otro discurso, que pasara por una nueva concepción de la relación entre el Estado y la sociedad civil. Su experiencia personal, que culmina en el exilio, era suficiente para activar ese proceso.

Hemos visto que la emancipación política para Marx, tanto del estado como de los individuos (no se plantea la emancipación de la sociedad civil, como si no tuviera esencia propia), pasaba por la eliminación de la presencia del particularismo en el Estado; el Estado se emancipa del particularismo emancipando a los individuos de su sumisión a la particularidad (a las voluntades particulares), es decir, siendo coherente con su concepto universal del derecho y de la razón; y hemos visto que en trabajos como el dedicado al robo de leña el propio Marx comprobaba las dificultades del derecho para ser determinado por la universalidad, que al fin es su esencia; si se quiere, hemos visto las dificultades del espíritu objetivo para abrirse paso a través del espíritu subjetivo, a través de las voluntades subjetivas, inevitablemente ancladas en el particularismo.

Los debates de la Dieta expresaban el conflicto entre la idea racional y universalista del derecho y la fuerza de la particularidad expresada en la voluntad de los representantes de la sociedad civil. Marx no tardaría en hacerse la pregunta: ¿Puede emanciparse el estado sin emancipar a los hombres y sin cambiar el orden socieconómico y la forma de propiedad a que responde y cuyas necesidades trata de satisfacer?. Y con esa pregunta da entrada a la sociedad civil en el escenario de la emancipación, dirige a ella la mirada, aún tímida, antes centrada en exclusiva en el Estado. Si en la Gaceta Renana pensaba que cambiando el Estado se cambiaba la sociedad civil (posición idealista, en cuanto el movimiento pasaba por la Idea, por su objetivación jurídica en el Estado y su realización práctica en la sociedad civil), cada vez será más pesimista y tenderá a pensar que los cambios en el Estado no conllevan la transformación civil (ideal irrealizable) y, además, siempre son limitados en cuanto el estado (racional) es un ideal imposible. Es decir, comprenderá que en rigor no son posibles los cambios profundos reales en el Estado sin cambiar la sociedad civil, ya que ésta marca los límites de los cambios posibles en el estado.

Hasta entonces la emancipación había sido pensada por Marx con metáforas del tipo “poner las instituciones políticas a la altura de su concepto” o “poner a Alemania a la altura de su tiempo“; como siempre será un concepto histórico, equivaldrá a llevarlas a la altura de su tiempo. Y esto se concreta en llevarlas a la altura de las exigencias éticas enunciadas por la razón, y que más o menos estaban realizadas en otros países, como Francia y algunos estados de los EUA. La Idea había hecho su trabajo y había marcado al presente real su concepto, su verdad. El sentido del Estado era realizar las exigencias éticas puestas por la razón. ¿Cómo se concretan esas exigencias éticas?. Obviamente, en la instauración de un estado conforme a los “derechos del hombre y del ciudadanos”, tal y como fueron expresados en los momentos revolucionarios y que se abren paso como pueden en los diversos países. No es exagerado decir que, para el Marx de estos primeros escritos, la emancipación se concreta en la instauración del ciudadano. El hombre emancipado es el ciudadano, y éste es una figura indisociable del estado, si se quiere, la expresión subjetiva de su perfección.

Ahora bien, este planteamiento entrará en crisis claramente en La cuestión judía. Como enseguida veremos, esa crisis se abre cuando se rompe el marco estrecho de la política como escenario único de la emancipación; cuando se sospecha que la emancipación política no culmina el proceso, cuando la filosofía asume que “la emancipación política no es la forma acabada y desnuda de contradicciones de la emancipación humana”.

“La emancipación política del judío, del cristiano y del hombre religioso en general es la emancipación del Estado del judaísmo, del cristianismo, y en general de la religión. Bajo su forma, a la manera que es peculiar a su esencia, como Estado, el Estado se emancipa de la religión al emanciparse de la religión de Estado, es decir, cuando el Estado como tal Estado no profesa ninguna religión, cuando el Estado se profesa más bien como tal Estado. La emancipación política de la religión no es la emancipación de la religión llevada a fondo y exenta de contradicciones, porque la emancipación política no es el modo llevado a fondo y exento de contradicciones de la emancipación humana”.

Esta entrada en crisis de la idea liberal de emancipación es profunda y verdadera crisis, pues no consiste solamente en ver las carencias de la emancipación política, poniendo de relieve otras formas de emancipación; se trata de la sospecha, incluso de la certeza, de que la emancipación política no es la vía adecuada de emancipación. Y no lo es, argumentará Marx, por dos motivos:

a) por un lado, porque como ya hemos argumentado la emancipación política no elimina la alienación religiosa, sino que la consagra;

b) por otro lado, y es lo que ahora hemos de pensar, porque la emancipación política misma es sólo ficticia, es imaginaria.

2. La cuestión judía.

Si hay un momento en el que el problema de la emancipación aparece tematizado e intensamente abordado por el joven Marx es en sus escritos de los Anales Franco-alemanes, especialmente en La cuestión judía, en confrontación con Bruno Bauer. La pregunta que Marx se propone responder es la siguiente: ¿Es aceptable en el momento histórico alemán concreto la propuesta de emancipación política como objetivo? Hay que tener en cuenta que el tema de la emancipación estaba ya planteado en la filosofía de las luces tanto en su forma general como en su figura concreta de emancipación de los judíos, la llamada “cuestión judía” 1. Ya hemos visto que en la Ilustración la emancipación humana es pensada como salida de la “minoría de edad” (Kant), de toda tutela –violenta o paternalista-; pero también como liberación de la miseria, de la ignorancia, del fanatismo y de la opresión. Si la verdadera humanidad viene determinada por la libertad y la razón, por el reinado del derecho y sobre todo de la igualdad de derechos, símbolo de la emancipación de los hombres, de la recuperación por estos de su humanidad (perdida o nunca alcanzada), se comprende que, en particular, la cuestión judía, la emancipación política de los judíos, se concretara en su demanda de igualdad de ciudadanía, igualdad de derechos con los ciudadanos de otras religiones sin renunciar a la propia. Es comprensible que ante tal reivindicación las posiciones filosófico políticas estuvieran enfrentadas en el seno mismo del pensamiento ilustrado, pues si bien la ilustración asume y hace suyo el principio universal de la igualdad de derechos, no lo es menos que en la ilustración dominó siempre la tendencia a situar la religión dentro de los límites de la razón, a derivarla a la esfera privada, en definitiva, a no reconocerle relevancia política. Es lo que venía a decir Bruno Bauer a los judíos, como pronto veremos: si queréis igualdad de ciudadanía, comenzad por ser hombres, por “emanciparos” de vuestra religión, por asumir la prescripción racional de subordinar en la esfera pública la religión a la política. Que es tanto como decir: si queréis ser tratados por los otros (por el Estado) como seres universales (ciudadanos), comenzad por liberaros de vuestra particularidad, renunciar a vuestra singularidad. Sin esa condición vuestra reivindicación es contradictoria, ilegítima e imposible.

Pues bien, en ese esquema de emancipación histórica hay que situar la cuestión planteada por Marx, que sin dejar de tomar posición ante la cuestión judía, ante la emancipación de los judíos, lo hace saliéndose del estrecho cerco del debate y elevando el problema al dominio filosófico de lo universal: ¿es la emancipación política realmente la emancipación del hombre?. ¿Es un objetivo final?. ¿Subsume la negación de toda forma de sumisión y alienación?. ¿Es el fin último de la filosofía?. En otras palabras, y teniendo siempre a Hegel en el horizonte: ¿el estado racional hegeliano, la vida ética que determina, es el final de la historia?. ¿O es más bien la propuesta al alcance de un pensamiento “alienado”, que no puede ir más allá de los límites exteriores que lo son históricamente fijados?. Es decir, esa idea de emancipación concretada en la emancipación política, en la transmutación del hombre en ciudadano, ¿no será una ilusión, una nueva figura de la conciencia alienada que, en tanto que afectada por una carencia ontológica, no puede pensarse a sí misma ni pensar su emancipación sino con formas ilusorias, con sublimaciones, con huidas de sí, que simplemente reproducen su condición alienada en figuras sublimadas?. Que es tanto como decir que cada ideología, cada forma histórica de conciencia, marca los límites a las preguntas y respuestas que pueden plantearse, marca los límites del pensamiento, de la voluntad e inclusos de la imaginación. Un liberal, desde la ontología liberal, no puede pensar otra forma de emancipación que la definida por los derechos del hombre y del ciudadano, pareciéndole dominación cualquier otra relación social.

Nótese que aquí lo que está en juego es la confianza en la vía política (en el Estado, en los derechos) como vía de emancipación. Desconfianza que al menos puede desglosarse en dos esferas o niveles: sospecha respecto a que la liberalización política agote y culmine la emancipación humana, y sospecha de que la vía política sea realmente una vía de emancipación, y no camino a ninguna parte (o mecanismo de reproducción de esa alienación). Ambas sospechas aparecen, aunque sea desigualmente, en los distintos textos de Marx.

2.1. (La posición de Bruno Bauer)

Marx comienza resumiendo la posición de Bruno Bauer, quien en el mismo año había publicado un trabajo con el mismo nombre 2, cuyo contenido Marx resume así:

(Estado de la cuestión) Los judíos alemanes aspiran a la emancipación. ¿A qué emancipación aspiran? A la emancipación cívica, a la emancipación política.

(Respuestas de BB) Bruno Bauer les contesta: En Alemania, nadie está políticamente emancipado. Nosotros mismos carecemos de Libertad. ¿Cómo vamos a liberaros a vosotros? Vosotros, judíos, sois unos egoístas cuando exigís una emancipación especial para vosotros, como judíos. Como alemanes, debierais trabajar por la emancipación política de Alemania y, como hombres, por la emancipación humana, y no sentir el tipo especial de vuestra opresión y de vuestra ignominia como una excepción a la regla, sino, por el contrario, como la confirmación de ésta.

¿O lo que exigen los judíos es, acaso, que se les equipare a los súbditos cristianos? Entonces, reconocen la legitimidad del Estado cristiano, reconocen el régimen del sojuzgamiento general. ¿Por qué les desagrada su yugo especial, si les agrada el yugo general? ¿Por qué ha de interesarse el alemán por la liberación del judío, si el judío no se interesa por la liberación del alemán?

El Estado cristiano sólo conoce privilegios. El judío posee, en él, el privilegio de ser judío. Tiene, como judío, derechos de que carecen los cristianos. ¿Por qué aspira a derechos que no tiene y que los cristianos disfrutan?.

Cuando el judío pretende que se le emancipe del Estado cristiano, exige que el Estado cristiano abandone su prejuicio religioso. ¿Acaso él, el judío, abandona el suyo? ¿Tiene, entonces, derecho a exigir de otros que abdiquen de su religión?

El Estado cristiano no puede, con arreglo a su esencia, emancipar a los judíos; pero, además, añade Bauer, el judío no puede, con arreglo a su esencia, ser emancipado. Mientras el Estado siga siendo cristiano y el judío judío, ambos serán igualmente incapaces el uno de otorgar la emancipación y el otro de recibirla.

El Estado cristiano sólo puede comportarse con respecto al judío a la manera del Estado cristiano, es decir, a la manera del privilegio, consintiendo que se segregue al judío entre los demás súbditos, pero haciendo que sienta la presión de las otras esferas mantenidas aparte, y que las sienta con tanta mayor fuerza cuanto mayor sea el antagonismo religioso del judío frente a la religión dominante. Pero tampoco el judío, por su parte, puede comportarse con respeto al Estado más que a la manera judía, es decir, como un extraño al Estado, oponiendo a la nacionalidad real su nacionalidad quimérica y a la ley real su ley ilusoria, creyéndose con derecho a mantenerse al margen de la humanidad, a no participar, por principio, del movimiento histórico, a aferrarse a la esperanza en un futuro que nada tiene que ver con el futuro general del hombre, considerándose como miembro del pueblo judío y reputando al pueblo judío por el pueblo elegido.

¿A título de qué aspiráis, pues, los judíos a la emancipación? ¿En virtud de vuestra religión? Esta es la enemiga mortal de la religión del Estado. ¿Como ciudadanos? En Alemania no se conoce la ciudadanía. ¿Como hombres? No sois tales hombres, como no lo son tampoco aquellos a quienes apeláis”.

En definitiva Bruno Bauer viene a mantener que tanto el hombre como el Estado han de abandonar su alienación religiosa para sus respectivas emancipaciones políticas; pedir al Estado que se emancipe de la religión cuando el judío no se emancipa de la suya, es contradictorio.

2.2. (Respuesta de Marx: la emancipación humana)

De entrada Marx cambia la pregunta. Abandona tanto el plano de la relación individuo-Estado (del quién emancipa a quién) como el del orden de emancipación (por donde empezar, por la emancipación religiosa o la política), para dirigir su mirada al tipo de emancipación, a su contenido:

“La crítica tiene que preguntarse, además, otra cosa, a saber: de qué clase de emancipación se trata; qué condiciones van implícitas en la naturaleza de la emancipación que se postula. La crítica de la emancipación política misma era, en rigor, la crítica final de la cuestión judía y su verdadera disolución en el “problema general de la época”.

A la crítica de la religión le sigue necesariamente la crítica del estado. Marx ve la religión, al igual que el estado, como expresiones de la indigencia humana, de una carencia existencial, una carencia ontológica que se manifiesta en su incapacidad para asumir su vida en su mundo, en su impotencia para controlar su existencia y satisfacer sus aspiraciones naturales. Esa carencia le lanza fuera de sí y de su mundo (es el planteamiento feuerbachiano), le empuja a la enajenación de sí. Esa situación es vivida como pérdida definitiva, irreversible, de sí mismo, que sólo es compensada ilusoriamente con la esperanza en otra vida, en otro mundo, en todo caso, en un juez exterior y transcendente. Nada tiene que ver esa forma de vivir la alienación con la descrita por Hegel en su dialéctica regida por la reconciliación, con el optimismo de la recuperación de sí, al ver en la enajenación el mecanismo necesario y afortunado para restañar su carencia, para recuperar su esencia perdida; se trata de una forma trágica de absoluta pérdida de sí, de definitivo extravío, sólo compensado en la sublimación de la transcendencia.

Estado y religión dejan de ser medios de recuperación de sí para pasar a ser mediaciones de una emancipación imaginaria y, a la postre, mecanismos de reproducción de la enajenación. Ambas mediaciones religiosa y política tienen el mismo significado, son dos vías de fuga que expresan al mismo tiempo la carencia humana para bastarse a sí mismo y la salvación imaginaria derivada de esa misma carencia; el hombre alienado, que busca en la mediación imaginaria su salvación, no puede pensar otra vía de salvación, es su límite. O sea, la alienación de la conciencia no es un mero error, es el límite de la conciencia del hombre en ese estado. Sin transformar esas condiciones de vida toda emancipación es imaginaria. La religión y el estado son mediaciones de esa fuga a lo imaginario:

“De donde se sigue que el hombre se libera por medio del Estado, se libera políticamente de una barrera, al ponerse en contradicción consigo mismo, al sobreponerse a esta barrera de un modo abstracto limitado, de un modo parcial. Se sigue, además, de aquí, que el hombre, al liberarse políticamente, se libera dando un rodeo, a través de un medio, siquiera sea un medio necesario. Y se sigue, finalmente, que el hombre, aun cuando se proclame ateo por mediación del Estado, es decir, proclamando al Estado ateo, sigue sujeto a las ataduras religiosas, precisamente porque sólo se reconoce a si mismo mediante un rodeo, a través de un medio. La religión es, cabalmente, el reconocimiento del hombre dando un rodeo. A través de un mediador. El Estado es el mediador entre el hombre y la libertad del hombre. Así como Cristo es el mediador sobre quien el hombre descarga toda su divinidad, toda su servidumbre religiosa, así también el Estado es el mediador al que desplaza toda su no-divinidad, toda su no-servidumbre humana”.

Para Marx tiene mucha importancia el caso de los EUA, pues ilustran su tesis de que la emancipación política del estado, su liberación de la alienación religiosa, no acaba con la religión, con la alienación religiosa del hombre; al contrario, la ha reforzado, la ha reconocido, la ha legitimado, le ha dado estatus de validez jurídica:

“Norteamérica es, sin embargo, el país de la religiosidad, como unánimemente nos aseguran Beaumont, Tocqueville y el inglés Hamilton. Los Estados norteamericanos nos sirven, a pesar de esto, solamente de ejemplo. El problema está en saber cómo se comporta la emancipación política acabada ante la religión. Si hasta en un país de emancipación política acabada nos encontramos, no sólo con la existencia de la religión, sino con su existencia lozana y vital, tenemos en ello la prueba de que la existencia de la religión no contradice a la perfección del Estado. Pero, como la existencia de la religión es la existencia de una carencia, no podemos seguir buscando la fuente de esta carencia solamente en la esencia del Estado mismo. La religión no constituye ya, para nosotros, el fundamento, sino simplemente el fenómeno de la limitación secular. Nos explicamos, por tanto, las ataduras religiosas de los ciudadanos libres por sus ataduras seculares. No afirmamos que deban acabar con su limitación religiosa, para poder destruir sus barreras seculares. Afirmarnos que acaban con su limitación religiosa tan pronto como destruyen sus barreras temporales”.

Nótese la afirmación de que, si bien la existencia de la religión refiere a una carencia, la raíz de la misma ya no debe buscarse en la esencia del estado, sino fuera del mismo, en lo secular, en la sociedad civil; de ahí que ya se afirme que la emancipación de la religión no es la vía para destruir las barreras seculares, para reponer esas carencias, sino al contrario, sólo eliminando éstas se deshará la alienación religiosa. Marx entiende que si el estado puede ser libre (de la religión) sin que el hombre sea libre (de la religión), ello muestra los límites de la emancipación política. En todo caso muestra que hay que mirar más allá, a la “emancipación humana”.

“Por eso nosotros no decimos a los judíos, con Bauer: no podéis emanciparos políticamente si no os emancipáis radicalmente del judaísmo. Les decimos, más bien: porque podéis emanciparos políticamente sin llegar a desentenderos radical y absolutamente del judaísmo, es por lo que la misma emancipación política no es la emancipación humana. Cuando vosotros, judíos, queréis emanciparos políticamente sin emanciparos humanamente a vosotros mismos, la solución a medias y la contradicción no radica en vosotros, sino en la esencia y en la categoría de la emancipación política. Y, al veros apresados en esta categoría, le comunicáis un apresamiento general. Así como el Estado evangeliza cuando, a pesar de ser ya Estado, se comporta cristianamente hacia los judíos, así también el judío politifica cuando, a pesar de ser ya judío, adquiere derechos de ciudadanía dentro del Estado”.

Así se introduce la sospecha de que el estado no es el lugar apropiado de la emancipación, de esa emancipación humana; al contrario, de este modo el estado se revela como otra figura de la alienación, otra vía ilusoria de solución de esa original carencia humana, de su incapacidad para afirmar su existencia en el orden natural. Si el estado puede convivir con la religión, es decir, aceptando, reconociendo y protegiendo la religión en la esfera privada, en la sociedad civil, de la misma manera el estado podrá convivir con otras formas de particularismo. Podrá convivir con la propiedad privada, con la educación privada, con éticas privadas. El Estado como lugar de emancipación, el estado racional como ideal de la misma, se desvanece…

“La elevación política del hombre por encima de la religión comparte todos los inconvenientes y todas las ventajas de la elevación política en general. El Estado como Estado anula, por ejemplo, la propiedad privada, el hombre declara la propiedad privada como abolida de un modo político cuando suprime el censo de fortuna para el derecho de sufragio activo y pasivo, como se ha hecho ya en muchos Estados norteamericanos. Hamilton interpreta con toda exactitud este hecho desde el punto de vista político, cuando dice: “La gran masa ha triunfado sobre los propietarios y la riqueza del dinero.” ¿Acaso no se suprime idealmente la propiedad privada, cuando el desposeído se convierte en legislador de los que poseen? El censo de fortuna es la última forma política de reconocimiento de la propiedad privada”.

“Sin embargo, la anulación política de la propiedad privada, no sólo no destruye la propiedad privada, sino que, lejos de ello, la presupone. El Estado anula a su modo las diferencias de nacimientode estado social, de cultura y de ocupación al declarar el nacimiento, el estado social, la cultura y la ocupación del hombre como diferencias no políticas, al proclamar a todo miembro del pueblo, sin atender a estas diferencias, como copartícipe por igual de la soberanía popular, al tratar a todos los elementos de la vida real del pueblo desde el punto de vista del Estado. No obstante, el Estado deja que la propiedad privada, la cultura y la ocupación actúen su modo, es decir, como propiedad privada, como cultura y como ocupación, y hagan valer su naturaleza especial. Muy lejos de acabar con estas diferencias de hecho, el Estado sólo existe sobre estas premisas, sólo se siente como Estado político y sólo hace valer su generalidad en contraposición a estos elementos suyos. Por eso Hegel determina con toda exactitud la actitud del Estado político ante la religión, cuando dice: ” Para que el Estado cobre existencia como la realidad moral del espíritu que se sabe a si misma, es necesario que se distinga de la forma de la autoridad y de la fe; y esta distinción sólo se manifiesta en la medida en que el lado eclesiástico llega a separarse en si mismo; sólo así, por sobre las iglesias especiales, adquiere y lleva a la existencia el Estado la generalidad del pensamiento, el principio de su forma” (Hegel, “Rechtsphilosophie”, 1ª edición pág. 346). En efecto, sólo así, por encima de los elementos especiales, se constituye el Estado como generalidad”.

En consecuencia, el Estado renuncia a instituir lo universal en el hombre, a recuperar su ser genérico, su ser comunitario; y, además, se revela como defensor de esa existencia particular del individuo, de su vida individualizada y abstracta.

3. Emancipación del Estado y emancipación del individuo.

Para comprender bien las implicaciones en juego debemos hacer una reflexión global sobre el cambio de perspectiva que se está produciendo en el pensamiento de Marx. Son diversos los aspectos que debemos tener presentes, pero previo a ellos hay que fijar el presupuesto: no es lo mismo la emancipación política del estado que la emancipación política del individuo.

3.1. Emancipación del Estado.

Marx distingue ya entre la emancipación del Estado –su liberación de las cadenas de los particularismos- y la emancipación de los individuos, su transformación en ciudadanos; no deben confundirse conceptualmente, ni tampoco establecer una relación de implicación entre ambas. Una vez más nos sirve como ilustración lo dicho sobre la emancipación religiosa: el estado laico se libera del sometimiento a una determinación religiosa, pero el individuo no se emancipa de la religión; al contrario, el estado emancipado respecto a la religión consagra y sacraliza -¡convierte nada menos que en derecho de los individuos!- la religión en la esfera privada. El Estado político racional, autoafirmándose como reino de lo universal, se manifiesta paradójicamente como garante y legitimador de la existencia del hombre religioso, al considerar la religión un derecho de los ciudadanos; por tanto, el Estado político lejos de expresar la emancipación de los individuos sacraliza, garantiza y protege la alienación religiosa del hombre. Veamos esto con detalle:

a) En primer lugarla emancipación propia del Estado se revela ya como meramente aparente: puede emanciparse de ciertos particularismos, como el de la religión, pero no de otros, no de desigualdades esenciales a la nueva sociedad civil. Esto es lo que Marx está poniendo de relieve poco a poco, y aunque sea con ciertas ambigüedades no resta mérito a su penetrante mirada.

“El límite de la emancipación política se manifiesta inmediatamente en el hecho de que el Estado pueda liberarse de un límite sin que el hombre se libere realmente de él, en que el Estado pueda ser un Estado libre sin que el hombre sea un hombre libre”

Pero la actitud del Estado ante la religión, refiriéndonos al decir esto al Estado libre, sólo es la actitud ante la religión de los hombres que forman el Estado. De donde se sigue que el hombre se libera por medio del Estado, se libera políticamente, de una barrera, al ponerse en contradicción consigo mismo, al sobreponerse a esta barrera de un modo abstracto limitado, de un modo parcial. Se sigue, además, de aquí, que el hombre, al liberarse políticamente, se libera dando un rodeo, a través de un medio, siquiera sea un medio necesario. Y se sigue, finalmente, que el hombre, aun cuando se proclame ateo por mediación del Estado, es decir, proclamando al Estado ateo, sigue sujeto a las ataduras religiosas, precisamente porque sólo se reconoce a si mismo mediante un rodeo, a través de un medio. La religión es, cabalmente, el reconocimiento del hombre dando un rodeo. A través de un mediador. El Estado es el mediador entre el hombre y la libertad del hombre. Así como Cristo es el mediador sobre quien el hombre descarga toda su divinidad, toda su servidumbre religiosa, así también el Estado es el mediador al que desplaza toda su no-divinidad, toda su no-servidumbre humana”.

Aunque aquí no hable de las clases, del inevitable carácter de clase del Estado, ejemplo contundente de la imposibilidad del Estado de emanciparse de la sociedad civil, lo está casi anunciando. Sólo le falta el vocabulario, que encontrará en la economía política de la época.

b) En segundo lugarel estado no puede ni necesita emanciparse. No se trata ya de reconocer la “impotencia” del Estado para devenir conforme a su concepto, para liberarse de toda particularidad, sino de reconocer que esa emancipación no corresponde a su esencia, que lo suyo es perpetuar la desigualdad.

“La desintegración del hombre en el judío y en el ciudadano, en el protestante y en el ciudadano, en el hombre religioso y en el ciudadano, esta desintegración, no es una mentira contra la ciudadanía, no es una evasión de la emancipación política, sino que es la emancipación política misma, es el modo político de emancipación de la religión. Es cierto que, en las épocas en que el Estado político brota violentamente, como Estado político, del seno de la sociedad burguesa, en que la autoliberación humana aspira a llevarse a cabo bajo la forma de autoliberación politica, el Estado puede y debe avanzar hasta la abolición de la religión, hasta su destrucción, pero sólo como avanza hasta la abolición de la propiedad privada, hasta las tasas máximas, hasta la confiscación, hasta el impuesto progresivo, como avanza hasta la abolición de la vida, hasta la guillotina. En los momentos de su amor propio especial, la vida política trata de aplastar a lo que es su premisa, la sociedad burguesa y sus elementos, y a constituirse en la vida genérica real del hombre, exenta de contradicciones. Sólo puede conseguirlo, sin embargo, mediante las contradicciones violentas con sus propias condiciones de vida, declarando la revolución como permanente, y el drama político termina, por tanto, no menos necesariamente, con la restauración de la religión, de la propiedad privada, de todos los elementos de la sociedad burguesa, del mismo modo que la guerra termina con la paz”.

Es decir, la autoafirmación del Estado como reino de lo universal no es “ficticia” en el sentido de que empíricamente no pueda realizar su idea en la sociedad civil; no es ficción como idealización, como ocultación de una carencia. Por el contrario, la ficción es su verdad, es su esencia, pues es así como mejor cumple su función práctica: consolidar la desigualdad, la particularidad, en la sociedad civil, el dominio de unos hombres sobre otros.

c) En tercer lugarla alienación social del estado es su esencia; su subordinación a la sociedad civil no es carencia del estado, sino su determinación ontológica. Por tanto, la emancipación del estado es un sinsentido que nace del idealismo hegeliano; para Marx el estado quedará definitivamente ligado y subordinado a la sociedad civil, siempre determinado por la particularidad de la sociedad civil a la que sirve.

“El Estado político acabado es, por su esencia, la vida genérica del hombre por oposición a su vida material. Todas las premisas de esta vida egoísta permanecen en pie al margen de la esfera del Estado, en la sociedad civil, pero como cualidades de ésta. Allí donde el Estado político ha alcanzado su verdadero desarrollo, lleva el hombre, no sólo en el pensamiento, en la conciencia, sino en la realidad, en la vida, una doble vida, una celestial y otra terrenal, la vida en la comunidad política, en la que se considera como ser colectivo, y la vida en la sociedad civil, en la que actúa cómo particular; considera a los otros hombres como medios, se degrada a sí mismo como medio y se convierte en juguete de poderes extraños. El Estado político se comporta con respecto a la sociedad civil de un modo tan espiritualista como el cielo con respecto a la tierra. Se halla con respecto a ella en la misma contraposición y la supera del mismo modo que la religión supera la limitación del mundo profano, es decir, reconociéndola también de nuevo, restaurándola y dejándose necesariamente dominar por ella. El hombre en su inmediata realidad, en la sociedad civil, es un ser profano. Aquí, donde pasa ante sí mismo y ante los otros por un individuo real, es una manifestación carente de verdad. Por el contrario, en el Estado, donde el hombre es considerado como un ser genérico, es el miembro imaginario de una imaginaria soberanía, se halla despojado de su vida individual real y dotado de una generalidad irreal”.

El conflicto entre el hombre, como fiel de una religión especial y su ciudadanía, y los demás hombres, en cuanto miembros de la comunidad, se reduce al divorcio secular entre el Estado político y la sociedad civil”. Para el hombre como bourgeois, “la vida dentro del Estado es sólo apariencia o una excepción momentánea de la esencia y de la regla“. Cierto que el bourgeois, como el judío, sólo se mantiene sofísticamente dentro de la vida del Estado, del mismo modo que el citoyen sólo sofísticamente sigue siendo judío o bourgeois; pero esta sofística no es personal. Es la sofística del Estado político mismo. La diferencia entre el hombre religioso y el ciudadano es la diferencia entre el comerciante y el ciudadano, entre el jornalero y el ciudadano, entre el terrateniente y el ciudadano, entre el individuo viviente y el ciudadano. La contradicción entre el hombre religioso y el hombre político es la misma contradicción que existe entre el bourgeois y el citoyen, entre el miembro de la sociedad burguesa y su piel de león política.

¿Por qué, pues, el estado seguirá autoafirmándose como reino de lo universal? Sólo porque así cumple mejor su función de garantizar la reproducción de la diferencia. No debería extrañarnos, ya Rousseau anticipó lo que Marx en textos posteriores argumentará ampliamente, a saber, que la clase burguesa se pone en escena como representante de la humanidad, pone el hombre burgués como paradigma del hombre universal. Decía Rousseau:

“Desesperado ante la fragilidad de su posesión, buscaban un modo de que no les arrebataran por la violencia lo que habían adquirido con ella: “desprovistos de razones válidas para justificarse y de fuerzas suficientes para defenderse; apto cada uno para aplastar fácilmente a un particular, pero aplastado a su vez por hordas de bandidos, solo contra todo, y sin poder a causa de sus envidias mutuas unirse con sus iguales contra unos enemigos unidos por la esperanza común del pillaje, el rico, apremiado por la necesidad, concibió finalmente el proyecto más meditado que jamás haya cabido en mente humana: el de emplear en su favor las fuerzas mismas de los que le atacaban, trocar en defensores a sus adversarios, inspirarles otras máximas y darles otras instituciones que le fuesen tan favorables como el derecho natural le era contrario” 3.

“Unámonos a fin de proteger de la opresión a los débiles, poner freno a los ambiciosos y asegurar a cada uno la posesión de lo que le pertenece. Instituyamos normas de justicia y de paz a cuyo acatamiento se obliguen todos, sin exención de nadie, y que reparen de algún modo los caprichos de la fortuna sometiendo por igual al poderoso y al débil a unos deberes mutuos. En una palabra, en vez de volver nuestras fuerzas contra nosotros mismos, reunámoslas en un poder supremo que nos gobierne con arreglo a unas leyes prudentes, que proteja y defienda a todos los miembros de la asociación, rechace a los enemigos comunes y nos mantenga en una concordia perdurable”4.

“Todos corrieron hacia sus prisiones creyendo asegurar su libertad, pues con razón bastante para intuir las ventajas de una institución política, no tenían experiencia suficiente para ver sus peligros; los más capaces de presentir los abusos eran precisamente los que contaban con aprovecharse de ellos; y aun los sabios vieron que había que decidirse a sacrificar una parte de la libertad para conservar otra, lo mismo que un herido consiente que se le corte el brazo para salvar el resto del cuerpo” 5. Y con manifiesta melancolía concluye: “así fue, o debió de ser, el origen de la sociedad y de las leyes, que pusieron nuevas trabas al débil y dieron nuevas fuerzas al rico, destruyeron para siempre la libertad natural, establecieron definitivamente la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron un derecho irrevocable de una hábil usurpación, y en provecho de unos cuantos ambiciosos sometieron a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria”6.

3.2. Emancipación del individuo.

Ahora bien, si el estado no puede emanciparse, tampoco emancipa al individuo, no es su lugar de emancipación, a no ser imaginariamente. El hombre emancipado es el ciudadano; la ciudadanía es el límite de la emancipación política, límite que se revela insuficiente, pues el ciudadano convive con la alienación, como enseguida veremos. Las carencias en la emancipación del Estado se reproducen en la emancipación del individuo:

a) En primer lugar, la emancipación política del estado no garantiza la emancipación religiosa del ciudadano. El ciudadano, expresión de la emancipación política, puede seguir –de hecho sigue- siendo un hombre religioso; y con un estado comprometido en defender su opción religiosa, por tanto cómplice de su reproducción. La alienación religiosa, la sumisión a esta particularidad, pasa a ser una determinación ontológica del hombre libre: derecho a elegir sus creencias.

b) En segundo lugar, también podemos ver el límite de la emancipación política, en la esencia misma del ciudadano. Marx nos dice que la misma figura de ciudadano como hombre emancipado es ilusoria, que el ciudadano es una ficción, que la emancipación política es imaginaria, una esencia sin existencia. Efectivamente, Marx muestra cómo, al igual que en la religión, se accede a la condición de ciudadano sin haber vencido realmente las determinaciones de la particularidad (por ejemplo, la de la propiedad, la del género, la étnica).

***

Cuando se abandone la perspectiva hermenéutica de pensar la sociedad civil como objetivación de la idea del estado (la idea de estado como telos de la sociedad civil), y se piense el estado como forma político jurídica adecuada a la sociedad civil, generado por ésta y subordinado a ella con función de reproducción, se comprenderá que la emancipación política del estado es ilusoria y que el estatus de ciudadanía (emancipación política del individuo) es mero simulacro. Puesto que la sociedad civil moderna, a diferencia de la feudal, se constituye sobre la destrucción de formas comunitarias y la radical individualización, su efecto inmediato es la separación entre los hombres y su radical enfrentamiento, que tan bien describiera Hobbes con su bellum omnes contra omnia. El estado, en tanto subordinado a la sociedad civil, habrá de hacer inevitablemente suyas esas determinaciones, con dos consecuencias:

– una, no podrá emanciparse de la particularidad, quedando definitivamente ligado a ella, a su servicio;

– otra, silenciará e invisibilizará esa carencia recurriendo a la figura jánica de los derechos para consagrar una existencia ilusoria: proporcionan una libertad (negativa) ilusoria, eliminan ilusoriamente la carencia de la naturaleza humana, devuelven al hombre la ilusoria universalidad de su esencia, e ilusoriamente le hacen creer que vuelve a ser (propietario) dueño de sí mismo.

“No cabe duda de que la emancipación política representa un gran progreso, y aunque no sea la forma última de la emancipación humana en general, sí es la forma última de la emancipación humana dentro del orden del mundo actual. Y claro está que aquí nos referimos a la emancipación real, a la emancipación práctica”.

4. Los dos rostros de los derechos.

Si la ciudadanía es una emancipación imaginaria es porque los derechos que la constituyen no son radicalmente emancipadores, coexisten y conviven con la dominación. En el marco de la filosofía ilustrada lla historia de la humanidad tiende a la conquista de los derechos; ese proceso parece un destino histórico, como si la historia caminara hacia la realización del mundo de los derechos, la “comunidad político jurídica de hombre libres”. Realizar los derechos equivale a emancipación del hombre: ¿por qué?. Esto es así sólo si se piensan como restablecimiento de una condición que se les ha usurpado (mito del pasado) o que aún no han alcanzado (mito del futuro) a lo largo de la historia. Y así se revela en las propias declaraciones, que reinciden incansables en proclamar que los hombres nacieron iguales y libres. Subyace, pues, a esta reivindicación una metafísica de la naturaleza humana, perdida a lo largo del tiempo o puesta como fin, en cuyo nombre se afirman y defienden los derechos. Éstos son pensados, en todo caso, como restauración de la naturaleza humana perdida: perdida realmente o perdida como ocasión de alcanzarla; en definitiva, como devolución al hombre de algo que les es propio, que les pertenece. La recuperación de esa “naturaleza perdida”, la instauración de los derechos, equivale al paso del hombre al ciudadano, al nacimiento del ciudadano. El ciudadano es la idea del hombre que ha recuperado su esencia, que ha visto restituida su carencia; el ciudadano en el pensamiento ilustrado es la figura del hombre emancipado.

Puesto que la ciudadanía se define político jurídicamente por los derechos, las sombras sobre el ciudadano como figura del hombre emancipado se centrarán en los derechos. Marx parece descubrir, en el propio título de las declaraciones, “Derechos del hombre y del ciudadano”, la marca de su carácter ilusorio. La distinción entre el “hombre” y el “ciudadano” es ya una contraposición entre ambos, y es una expresión de la irreconciliable exterioridad entre el estado, lugar del ciudadano, con su esencia genérica, su ser colectivo, y la sociedad civil, lugar del hombre, individualizado, separado de los otros, condenado a su existencia egoísta. Es decir, Marx ve en las declaraciones el reconocimiento explícito de una doble existencia del hombre. Su existencia como ciudadano, ficción de universalidad, esencia sin existencia, sin realidad, y su realidad como individuo, como hombre privado, existencia sin esencia. La emancipación política, pues, es puramente formal (figura del ciudadano) y coexiste con el hombre privado sometido a la particularidad.

¿Qué es lo relevante de esta nueva concepción marxiana de la emancipación política?. Fundamentalmente dos cosas. Una, que es una emancipación formal, que es sólo emancipación de la figura abstracta del ciudadano, que el hombre real sigue arrastrando su alienación, sufriendo sus carencias con las determinaciones propias de la nueva sociedad civil. Otra, que no puede ser de otra manera, pues la función real del estado no es emancipar al hombre real, sino reproducir la sociedad civil, o sea, conservar la desigualdad disfrazándola bajo la máscara de universalidad ficticia.

¿Y cómo es eso posible?. Es posible porque la emancipación política del estado es imaginaria; porque, como hemos visto, el estado no puede emanciparse, no puede llegar a ser coherente con su concepto; porque, contra lo que piensa el hegelianismo, no tiene sustancia propia; porque, en fin, no puede dejar de reflejar la sociedad civil, de acoplarse a ella, de servirla. La universalidad que se formula en las declaraciones de derechos es una particularidad enmascarada de universalidad: luego nos dirá que la clase burguesa se presenta como clase universal.

“¿Quién es el homme que aquí se distingue del citoyen? Sencillamente, el miembro de la sociedad burguesa. ¿Y por qué se llama al miembro de la sociedad burguesa “hombre”, el hombre por antonomasia, y se da a sus derechos el nombre de derechos del hombre? ¿Cómo explicar este hecho? Por las relaciones entre el Estado político y la sociedad burguesa, por la esencia de la emancipación política”.

Basta mirar los derechos del hombre, que definen su esencia real, para ver que el hombre “universal” que instauran es el burgués.

4.1. (Los derechos casi en serio)

Pero vayamos al texto de Marx, que como siempre toma a Bruno Bauer como referente. Éste realmente había fijado una idea materialista de los derechos, al ponerlos como creaciones humanas ligadas a las necesidades de la historia. Y con ese presupuesto había planteado la cuestión de si los judíos, por su verdadera esencia, están condenados a vivir eternamente aislados de los otros, si son capaces de obtener y conceder a otros los “derechos generales del hombre“. Decía Bruno Bauer:

“La idea de los derechos humanos no fue descubierta para el mundo cristiano sino hasta el siglo pasado. No es una idea innata al hombre, sino que éste la conquista en lucha contra las tradiciones históricas en las que el hombre había sido educado antes. Los derechos humanos no son, pues, un don de la naturaleza, un regalo de la historia anterior, sino el fruto de la lucha contra el azar del nacimiento y contra los privilegios que la historia, hasta ahora, venía transmitiendo hereditariamente de generación en generación. Son el resultado de la cultura, y sólo puede poseerlos quien haya sabido adquirirlos y merecerlos.”

“Ahora bien, ¿puede realmente el judío llegar a poseer estos derechos? Mientras siga siendo judío, la esencia limitada que hace de él un judío tiene necesariamente que triunfar sobre la esencia humana que, en cuanto hombre, debe unirle a los demás hombres y disociarlo de los que son judíos. Y, a través de esta disociación, declara que la esencia especial que hace de él un judío es su verdadera esencia suprema, ante la que tiene que pasar a segundo plano la esencia humana.

“Y del mismo modo, no puede el cristiano, como tal cristiano, conceder ninguna clase de derechos humanos” 7.

Marx analiza escrupulosamente el texto de Bauer y procede a examinar el discurso de los derechos; y lo hace tomando los derechos bajo lo que considera “su forma auténtica”, bajo la forma que les dieron sus descubridores, los revolucionarios norteamericanos y franceses, en los orígenes mismos del nuevo estado capitalista.

Por un lado se refiere de pasada a una parte de los mismos, a los derechos del ciudadano, a los derechos civiles, y dice que

“En parte, estos derechos del hombre son derechos políticos, derechos que sólo pueden ejercerse en comunidad con otros hombres. Su contenido es la participación en la comunidad, y concretamente en la comunidad política, en el Estado. Estos derechos del hombre entran en la categoría de la libertad política, en la categoría de los derechos civiles, que no presuponen, ni mucho menos, como hemos visto, la abolición absoluta y positiva de la religión, ni tampoco, por tanto, del judaísmo”.

O sea, los derechos civiles o políticos, que constituyen la idea del ciudadano, no implican la emancipación del hombre, que sigue atado a sus particularidades en la sociedad civil. Definen un universal concreto, que incluye a todos los ciudadanos de un estado; la frontera del estado es el límite de su universalidad. Por lo tanto, la identidad que pone es una identidad política, no genérica; la comunidad que instaura no proviene de un lazo interno, de una naturaleza compartida, sino de un lazo exterior, que siempre será sospechoso de arbitrariedad, de alianza con la fuerza; la vida que propone es la de una pseudo universalidad política.

Ahora bien, por otra parte, las declaraciones contienen otro tipo de derechos, diferenciados de los anteriores, los llamados derechos del hombre:

“Queda por considerar la otra parte de los derechos humanos, los droits de l’homme, en cuanto se distinguen de los droits du citoyen”..

Y es en éstos en los que centra la mirada, sobre los que tiene muchas cosas que decir. Estos definen otra universalidad, pero ahora el universal concreto no está delimitado por el estado, sino por una cualidad más indefinida pero que apunta al mundo capitalista. En cualquiera de las formaciones sociales los hombres reales tienen un modo de vida común, pero no en todos está determinado por los derechos; esto es propio sólo de las formaciones sociales capitalistas. La identidad que ponen es más universal, pero sigue siendo particular; aunque responde mejor a la voluntad de universalidad, su expansión siempre es problemática (dominación de culturas).

De entrada, y siguiendo fiel a esta metodología de tomar la (pseudo)emancipación religiosa como modelo de la (pseudo)emancipación política, resaltará que entre estos derechos del hombre se encuentra precisamente el derecho a la religión, proclamado como “la libertad de conciencia, el derecho de practicar cualquier culto”, que es puesto como mero corolario de un derecho universal del hombre, de su libertad. El privilegio de la fe es expresamente reconocido, nos dice Marx, ya sea como un derecho humano, ya como consecuencia de un derecho humano, el de la libertad.

No tiene dificultades para mostrarlo empíricamente. Le basta citar la Déclaration des droits de l´homme et du citoyen de 1791. “Nul ne droit être inquiété pour ses opinions même religieuses” 8 (Art. 10). O la Constitución de 1791, donde se garantiza como derecho del hombre: “La liberté á tout homme d’exercer le culte religieux auquel il est attaché” (Título I). O la Déclaration des droites de l’homme, de 1795, que incluye entre los derechos humanos “Le libre exercice des cultes” (Art. 7) 9. Igualmente en la Constitution de Pennsylvanie se dice: “Tous les hommes ont recu de la nature le droit imprescriptible d’adorer le Tout Puissant selon les inspirations de leur conscience, et nul ne peut légalement être en train de suivre, instituer ou soutenir contre son gré aucun culte ou ministère religieux. Nulle autorité humaine ne peut, dans aucun cas, intervenir dans les questions de conscience et contrôler les pouvoirs de l’âme” (Art. 9, § 310. Y en la Constitution de New-Hampshire: “Au nombre des droits naturels, quelques-uns sont inaliénables de leur nature, parce que rien n´en peut être l´équivalent. De ce nombre sont les droits de conscience” (Arts. 5 y 611.

Es decir, para Marx es obvio, como muestra la documentación histórica, que los derechos del hombre no son en ningún sentido incompatibles con la religión, y por consiguiente con la adscripción del hombre a particularidades; al contrario

“se incluye expresamente entre los derechos humanos el derecho a ser religioso, a serlo del modo que se crea mejor y a practicar el culto de su especial religión. El privilegio de la fe es un derecho humano general”.

Pero le interesa más, y es más relevante para nosotros, la ya mencionada división que el texto hace dentro de los derechos que gozan los individuos de un estado entre los derechos del hombre (con voluntad de ser comunes a todos los hombres en todas las comunidades políticas) y los del ciudadano (con exigencia de que sean comunes a todos los miembros de un estado). Entendiendo que estas declaraciones son algo así como la filosofía del nuevo estado burgués, donde se expresa el ideal de la nueva sociedad capitalista, es comprensible que este reconocimiento de la escisión que explicita el propio texto jurídico político al distinguir entre droits de l’homme droits du citoyen le parezca el mejor lugar para descifrar la verdadera esencia del nuevo estado. El “ciudadano” (figura abstracta del individuo) y el “hombre” (máscara universal del burgués) son para Marx los rostros de una vida escindida, intrínseca a la sociedad civil burguesa.

Vemos que Marx va buscando un nuevo vocabulario ajustado a su cambio de escenario de representación, cosa importante; en coherencia con su análisis del estado sitúa la lucha por la emancipación fuera de la esfera del estado, la desplaza a la sociedad burguesa. Más aún, dentro de esa relación estado-sociedad civil, ésta marca el ritmo, determina el movimiento del estado, y no a la inversa; es en ella donde hay que jugarse la emancipación. Hay ya una anticipación no dicha de la tesis según la cual es la economía, y no la política, la que marca el rumbo de la historia; o, si se prefiere, que es la sociedad civil la que tiene historia propia, y no el estado, que sólo puede ser pensado desde el movimiento (condiciones de necesidad y posibilidad) de la sociedad civil. Las Declaraciones de derechos a su modo lo anuncian: los derechos del hombre, figura prepolítica de la sociedad civil, son más eminentes que los derechos del ciudadano. Los “llamados derechos del hombre”, dice Marx, “son los derechos del miembro de la sociedad burguesa, es decir, del hombre egoísta, del hombre separado del hombre y de la comunidad”. Y los derechos del ciudadano, del hombre pensado como ser comunitario, quedan subordinados a los fines de la sociedad civil, que no son otros que los de garantizar los derechos del hombre, es decir, de hacer posible ese individuo egoísta abocado a su vida privada

La usurpación del “hombre” por una de sus figuras particulares, la burguesa, hace que la vida humana sólo puede ser pensada como vida del individuo abocada a su privacidad, a su aislamiento; una vida asocial, en que se abandona la identidad genérica y se opta por la defensa de la libertad individual frente a los otros: los derechos son sólo eso, mecanismos apropiados para una vida en aislamiento y enfrentada a los demás, apropiados para una sociedad de enemigosMarx no tiene muchas dificultades en llevar a cabo esta crítica, según la cual los cuatro derechos del hombre cierran la cuadrícula que clausura al hombre real en el capitalismo, que para protegerlo lo convierte en un ser aislado, abstracto y enfrentado a los otros; su cierre, su clausura, se hace sobre la exclusión de los otros. Veámoslo.

4.2. (El otro rostro de los derechos del hombre).

Según la “más radical” de las constituciones, la Constitución de 1793, los derechos del hombre que proclama en su Déclaration des droits de l´homme et du citoyen son cuatro: “Ces droits, etc. (les droits naturels et imprescriptibles), sont: l´égalité, la liberté, la sûreté, la propriété (Art. 2).

4.2.1. (Libertad): Según esta misma constitución, la libertad proclamada como derecho de los hombres es la “libertad negativa”: “La liberté est le pouvoir qui appartient á l’homme de faire tout ce qui ne nuit pas aux droits d’autrui” (Art. 6).Y según la Declaración de los Derechos del Hombre de 1791: “La liberté consiste á pouvoir faire tout ce qui ne nuit pas á autrui”. Marx no necesita enfatizar el texto de las declaraciones; por sí mismo es elocuente y lo dice casi todo. Marx simplemente lo describe y explicita: “La libertad es, por tanto, el derecho de hacer y emprender todo lo que no dañe a otro”. Es obviamente la noción liberal de libertad, lo que hoy llamamos “libertad negativa”, que marca el espacio de irresponsabilidad del individuo. Los límites los marca la ley, que acota esos espacios de silencio de ley o territorios de la impunidad. Marx dice de la ley es

“como la empalizada que marca el llímite o la divisoria entre dos tierras. Se trata de la libertad del hombre como una mónada aislada, replegada sobre sí misma”.

Como se ve, se trata de la libertad pensada como poder hacer lo que uno quiere sin dañar a los otros, como máxima libertad individual compatible, que diría hoy RawlsMarxresalta la esencia individualizadota, y por tanto anticomunitaria, de esta concepción de la libertad. Se trata de un derecho que protege la voluntad del individuo, subordinada a su deseo particular; un derecho que en el fondo es sólo libertad para usar la propiedad, incluida la propiedad del propio cuerpo y de la propia alma, en paz y seguridad.

Este enfoque de Marx es contrapuesto al de Bruno Bauer y, por extensión, al dominante en todo el discurso liberal. Bauer decía que mientras el judío siga siendo judío, siga fiel a esa esencia particular, limitada, egoísta, no puede emanciparse; para ello debería renunciar a ella y autodeterminarse conforme a la esencia humana universal, “que, en cuanto hombre, debe unirle a los demás hombres y disociarlo de los que no son judíos“. Es en el fondo un caso particular del discurso liberal, que exige a los individuos liberarse de sus casacas para acceder a la ciudadanía. Marx no lo entendía así, pues consideraba que el derecho a la libertad no se basa en “la unión del hombre con el hombre, sino, por el contrario, en la separación del hombre con respecto al hombre”. Es un derecho a estar separado y enfrentado, derecho al aislamiento, derecho a la soledad, a la vida privada. Por tanto, no ve el “problema judío”; más bien sospecha, como enseguida veremos, que la esencia del judío está perfectamente adaptada a la nueva sociedad capitalista.

4.2.2. (Igualdad)La libertad, como derecho del hombre, puede ser pensada de dos maneras: como igual libertad y como igualdad de derechos. Pensada como igual libertad, simplemente incide en el igual aislamiento:

La égalité, considerada aquí en su sentido no político, no es otra cosa que la igualdad de la liberté más arriba descrita, a saber: que todo hombre se considere por igual como una mónada atenida a sí misma.

Y pensada como igualdad de derechos, simplemente fija a los hombres como mónadas iguales ante la ley. Como recoge la Constitución (francesa) de 1795,

“L´égalité consiste en ce que la loi est la même pour tous, soit qu’elle protége, soit qu’elle punisse” (Art. 3).

Iguales libertades, iguales derechos, en definitiva, igualdad en el disfrute privado por cada uno de su propiedad, igualdad de condiciones para su defensa e igualdad de protección ante los otros. Lejos de aportar identidad genérica, potenciando la interdependencia y la vida colectiva, consagra la exterioridad de los individuos, su radical separación y su enfrentamiento, afirmando exclusivamente la igualdad en las condiciones de sus relaciones competitivas entre sí: igualdad para luchar por la propiedad y para defenderla, igualdad para protegerla y disfrutarlas, igualdad para librarse de los otros.

4.2.3. (Seguridad)Aunque en abstracto refiera a la paz y concordia entre los hombres, en el contexto político en que se plantea aparece como garantía de una vida determinada, a saber, una vida en el aislamiento y disfrute de la propiedad privada. Así lo establece la Constitución (francesa) de 1795 al decir:

“La sûreté consiste dans la protection accordé par la société á chacun de ses membres pour la conservation de sa personne, de ses droits et de ses propriétés” (Art.8).

Marx interpreta el derecho a la seguridad como protección en el espacio de libertad negativa, en el uso de la propiedad privada. En el fondo, considera que es el derecho básico, la garantía de la forma burguesa de vida. Responde a la concepción de la sociedad y de la vida según la cual:

“toda la sociedad existe solamente para garantizar a cada uno de sus miembros la conservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad”.

Como derecho del hombre, apunta a la constitución y defensa de un tipo de hombre, de un tipo de vida, lejos de inducir a la vida solidaria y comunitaria, lejos de apuntar a una vida colectiva, la seguridad

“no hace que la sociedad burguesa se sobreponga a su egoísmo. La seguridad es, por el contrario, el aseguramiento de ese egoísmo”.

4.2.4. (Propiedad)La propiedad es, de hecho, el objeto al que los demás derechos del hombre quedan subordinados, y el que da sentido y pone las condiciones de posibilidad de esa forma de vida privada. La misma Contitution francesa de 1793 lo proclama sin pudor:

“Le droit de propriété est celui qui appartient á tout citoyen de jouir et de disposer á son gré de ses biens, de ses revenus, du fruit de son travail et de son industrie”.

Marx siempre resalta esa garantía de uso de la propiedad “á son gré”, al capricho de cada uno, como rasgo esencial de la sociedad capitalista:

“El derecho humano de la propiedad privada es, por tanto, el derecho a disfrutar de su patrimonio y a disponer de él arbitrariamente (á son gré), sin atender a los demás hombres, independientemente de la sociedad, el derecho del interés personal. Aquella libertad individual y esta aplicación suya constituyen el fundamento de la sociedad burguesa”.

Conviene resaltar que si bien en la historia han dominado los regímenes basados en la propiedad, ésta tenía en cada uno un significado propio. Para Marx la propiedad capitalista es la propiedad tendencialmente absoluta, sin límites. Más aún, entiende que el capitalismo necesitaba para formarse abolir las otras formas de propiedad, especialmente la propiedad feudal de la tierra, cargada de limitaciones político jurídicas. Por eso insiste en el carácter arbitrario de la propiedad capitalista, entendida como el derecho humano “de jouir et de disposer á son gré de ses biens, de ses revenus, du fruit de son travail et de son industrie“.

Es ese carácter arbitrario, de dominación absoluta, que resalta y reproduce la individualidad, el egoísmo, lo que subraya Marx como esencia de la sociedad burguesa y como radicalmente anticomunitario. Idea que responde a una representación de la sociedad en la que los hombres aparecen enemigos:

“Sociedad que hace que todo hombre encuentre en otros hombres, no la realización, sino, por el contrario, la limitación de su libertad”.

***

La conclusión de Marx en este análisis de los derechos formulados en las declaraciones es compacta y sin fisuras: en conjunto, nos dice, son derechos que definen un tipo de hombre para un tipo de vida: aislado, protegido, separado de los otros y de la sociedad, privado de su ser genérico; un ser enfrentado a los demás, viendo en ellos una amenaza, un enemigo; un ser que no se reconoce en los otros, que no se identifica con ellos sino exteriormente, en las condiciones iguales de lucha de todos contra todos. Los derechos, por tanto, expresan y consagran la existencia individual (abstracta) de hombres alienados (carentes de esencia) objetivamente enfrentados, “individuos replegados sobre sí mismos en su interés privado y en su arbitrariedad privada”, individuos disociados de la comunidad, indiferentes a la vida en común. Los derechos “universales” paradójicamente responden a una idea de individuo incapaz de comunidad, que viven a los otros alternativamente como instrumentos útiles y como enemigos

“Muy lejos de concebir al hombre como ser genérico, estos derechos hacen aparecer, por el contrario, la vida genérica misma, la sociedad, como un marco externo a los individuos, como una limitación de su independencia originaria. El único nexo que los mantiene en cohesión es la necesidad natural, la necesidad y el interés privado, la conservación de su propiedad y de su persona egoísta”.

4.3. (Los misterios de las declaraciones de derechos).

Hay algo de misterioso en estas declaraciones, hechas precisamente en momentos constituyentes, en momentos revolucionarios. Marx lo expresa constando que, precisamente en el momento en que por primera vez un pueblo comienza la recta de su libertad, trace un camino oscuro, engañoso. Es inconcebible que, al crear una comunidad, lo haga instaurando el egoísmo; y es increíble que, cuando más es necesario salvar la nación, más se reafirma el individualismo

“Ya es algo misterioso el que un pueblo que comienza precisamente a liberarse, que comienza a derribar todas las barreras entre los distintos miembros que lo componen y a crearse una conciencia política, que este pueblo proclame solemnemente la legitimidad del hombre egoísta, disociado de sus semejantes y de la comunidad (Déclaration de 1791); y más aún, que repita esta misma proclamación en un momento en que sólo la más heroica abnegación puede salvar a la nación y viene, por tanto, imperiosamente exigida, en un momento en que se pone a la orden del día el sacrificio de todos los intereses en aras de la sociedad burguesa y en que el egoísmo debe ser castigado como un crimen (Déclaration des droits de l’homme, etc, de 1795).

Pero le preocupa más otra cosa. Le preocupa, precisamente, que al instaurar una comunidad política y, por tanto, al poner al hombre emancipado como ciudadano, resulte que los derechos de éste estén subordinados a los derechos del hombre individual y egoísta:

“Pero este hecho resulta todavía más misterioso cuando vemos que los emancipadores políticos rebajan incluso la ciudadanía, la comunidad política, al papel de simple medio para la conservación de estos llamados derechos humanos; que, por tanto, se declara al citoyen servidor del homme egoísta, se degrada la esfera en que el hombre se comporta como comunidad por debajo de la esfera en que se comporta como un ser parcial; que, por último, no se considera como verdadero y auténtico hombre al hombre en cuanto ciudadano, sino al hombre en cuanto burgués”.

No es extraño que vea aquí, en las declaraciones de derechos, la clave secreta, la filosofía, del nuevo estado capitalista burgués. En ellas se revela el dominio absoluto del individuo sobre la comunidad, el ser egoísta sobre el ser genérico. Los diversos textos constitucionales son elocuentes:

“Le but de toute association politique est la conservation des droits naturels et imprescriptibles de l’homme” 12.

º“Le gouvernement est institué pour garantir á l’homme la jouissance de ses droits naturels et imprescriptibles” 13.

Marx puede concluir:

“Por tanto, incluso en los momentos de su entusiasmo juvenil, exaltado por la fuerza de las circunstancias, la vida política se declara como un simple medio cuyo fin es la vida de la sociedad burguesa”.

La política, el Estado, quedan así subordinados a los derechos del hombre individual. Y esto es así incluso cuando parece lo contrario. Es bien cierto que en determinadas circunstancias parece invertirse la relación, y se “sacrifican” las libertades individuales (no así la propiedad); por ejemplo, se sacrifican la libertad de prensa, de reunión, de asociación…en nombre de los intereses de la nación 14,

“es decir, que el derecho del hombre a la libertad deja de ser un derecho cuando entra en colisión con la vida política, mientras que; con arreglo a la teoría, la vida política sólo es la garantía de los derechos humanos, de los derechos del hombre individual, debiendo, por tanto, abandonarse tan pronto como contradice a su fin, a estos derechos humanos. Pero la práctica es sólo la excepción, y la teoría la regla. Ahora bien, si nos empeñáramos en considerar la misma práctica revolucionaria como el planteamiento certero de la relación, quedaría por resolver el misterio de por qué en la conciencia de los emancipadores políticos se invierten los términos de la relación, presentando al fin como medio y al medio como fin. Ilusión óptica de su conciencia que no dejaría de ser un misterio, aunque fuese un misterio psicológico, teórico”.

Pero eso sólo tiene lugar en los momentos revolucionarios. Marx ya tiene el código para traducir estas anomalías o contradicciones, ya puede descifrar ese enigma. Lo hace en un texto que no merece ser recortado ni parafraseado:

“El misterio se resuelve de un modo sencillo. La emancipación política es, al mismo tiempo, la disolución de la vieja sociedad, sobre la que descansa el Estado (…). La revolución política es la revolución de la sociedad civil. ¿Cuál era el carácter de la vieja sociedad? Una palabra la caracteriza. El feudalismo. La vieja sociedad civil tenía directamente un carácter político, es decir, los elementos de la vida burguesa, como por ejemplo la posesión, o la familia, o el tipo y el modo del trabajo, se habían elevado al plano de elementos de la vida estatal, bajo la forma de la propiedad territorial, el estamento o la corporación. Determinaban, bajo esta forma, las relaciones entre el individuo y el conjunto del Estado, es decir, sus relaciones políticas o, lo que es lo mismo, sus relaciones de separación y exclusión de las otras partes integrantes de la sociedad. En efecto, aquella organización de la vida del pueblo no elevaba la posesión o el trabajo al plano de elementos sociales, sino que, por el contrario, llevaba a término su separación del conjunto del Estado y los constituía en sociedades especiales dentro de la sociedad. No obstante, las funciones y condiciones de vida de la sociedad civil seguían siendo políticas, aunque políticas en el sentido del feudalismo; es decir, excluían al individuo del conjunto del Estado, y convertían la relación especial de su corporación con el conjunto del Estado en su propia relación general con la vida del pueblo, del mismo modo que convertían sus determinadas actividad y situación burguesas en su actividad y situación generales. Y, como consecuencia de esta organización, se revela necesariamente la unidad del Estado en cuanto la conciencia, la voluntad y la actividad de la unidad del Estado, y el poder general del Estado también como incumbencia especial de un señor disociado del pueblo, y de sus servidores. La revolución política, que derrocó este poder señorial y elevó los asuntos del Estado a asuntos del pueblo y que constituyó el Estado político como incumbencia general, es decir, como Estado real, destruyó necesariamente todos los estamentos, corporaciones, gremios y privilegios, que eran otras tantas expresiones de la separación entre el pueblo y su comunidad. La revolución política suprimió, con ello, el carácter político de la sociedad civil. Rompió la sociedad civil en sus partes integrantes más simples, de una parte los individuos y de otra parte los elementos materiales y espirituales, que forman el contenido, de vida, la situación civil de estos individuos. Soltó de sus ataduras el espíritu político, que se hallaba como escindido, dividido y estancado en los diversos callejones de la sociedad feudal; lo aglutinó sacándolo de esta dispersión, lo liberó de su confusión con la vida civil y lo constituyó, como la esfera de la comunidad, de la incumbencia general del pueblo, en la independencia ideal con respecto a aquellos elementos especiales de la vida civil. La determinada actividad de vida y la situación de vida determinada descendieron hasta una significación puramente individual. Dejaron de representar la relación general entre el individuo y el conjunto del Estado. Lejos de ello, la incumbencia pública como tal se convirtió ahora en incumbencia general de todo individuo, y la función política en su función general.

Sin embargo, la coronación del idealismo del Estado era, al mismo tiempo, la coronación del materialismo de la sociedad civil. Al sacudirse el yugo político se sacudieron, al mismo tiempo, las ataduras que apresaban el espíritu egoísta de la sociedad civil. La emancipación política fue, a la par, la emancipación de la sociedad civil con respecto a la política, su emancipación hasta de la misma apariencia de un contenido general. La sociedad feudal se hallaba disuelta en su fundamento, en el hombre. Pero en el hombre tal y como realmente era su fundamento, en el hombre egoísta. Este hombre, el miembro de la sociedad burguesa, es ahora la base, la premisa del Estado político. Y como tal es reconocido por él en los derechos humanos. La libertad del egoísta y el reconocimiento de esta libertad son más bien el reconocimiento del movimiento desenfrenado de los elementos espirituales y materiales, que forman su contenido de vida. Por tanto, el hombre no se vio liberado de la religión, sino que obtuvo la libertad religiosa. No se vio liberado de la propiedad. Obtuvo la libertad de la propiedad. No se vio liberado del egoísmo de la industria, sino que obtuvo la libertad industrial.

La constitución del Estado político y la disolución de la sociedad burguesa en los individuos independientes- cuya relación es el derecho, mientras que la relación entre los hombres de los estamentos y los gremios era el privilegio – se lleva a cabo en uno y el mismo acto. Ahora bien, el hombre, en cuanto miembro de la sociedad civil, el hombre no político, aparece necesariamente como el hombre natural. Los droits de l’homme aparecen cómo droits naturels, pues la actividad consciente de sí misma se concentra en el acto político. El hombre egoísta es el resultado pasivo, simplemente encontrado, de la sociedad disuelta, objeto de la certeza inmediata y, por tanto, objeto natural. La revolución política disuelve la vida burguesa en sus partes integrantes, sin revolucionar estas partes mismas ni someterlas a crítica. Se comporta hacia la sociedad burguesa, hacia el mundo de las necesidades, del trabajo, de los intereses particulares, del derecho privado, como hacia la base de su existencia, como hacia una premisa que ya no es posible seguir razonando y, por tanto, como ante su base natural. Finalmente, el hombre, en cuanto miembro de la sociedad burguesa, es considerado como el verdadero hombre, como el homme a diferencia del citoyen, por ser el hombre en su inmediata existencia sensible e individual, mientras que el hombre político sólo es el hombre abstracto, artificial, el hombre como una persona alegóricamoral. El hombre real sólo es reconocido bajo la forma del individuo egoísta; el verdadero hombre. sólo bajo la forma del citoyen abstracto.

Rousseau describe, pues, certeramente la abstracción del hombre político, cuando dice:

“Celui qui ose entreprendre d’instituer un peuple doit se sentir en état de changer pour ainsi dire la nature humaine, de transformer chaque individu, qui par lui-même est un tout parfait et solitaire, en partie d’un plus grand tout dont cet individu reçoive en quelque sorte sa vie et son être, de substituer une existence partielle et morale á l’existence physique et indépendante. Il faut qu’il ôte á l’homme ses forces propres pour lui en donner qui lui soient étrangères et dont il ne puisse faire usage sans le secours d’autrui.”15 .

Toda emancipación es la reducción del mundo humano, de las relaciones, al hombre mismo. La emancipación política es la reducción del hombre, de una parte, a miembro de la sociedad burguesa, al individuo egoísta independiente, y, de otra parte, al ciudadano del Estado, a la persona moral. Sólo cuando el hombre individual real recobra en sí al ciudadano abstracto y se convierte, como hombre individual, en ser genérico, en su trabajo individual y en sus relaciones individuales; sólo cuando el hombre ha reconocido y organizado sus “forces propres” como fuerzas sociales y cuando, por tanto, no desglosa ya de sí la fuerza social bajo la forma de fuerza política, sólo entonces se lleva a cabo la emancipación humana”.

En resumen, Marx puede ver que el ciudadano, el hombre de los derechos, es una máscara del burgués, un pseudouniversal, un ser abstracto y carente de identidad y esencia. Pero es una figura de ficción necesaria: que se corresponde con la necesaria ficción de la función emancipadora del estado y de la figura del hombre emancipado. Sirve para ocultar la irreductible esencia particular del Estado, su inevitable irracionalidad, su insuperable función de dominación (reproducción de la particularidad de la sociedad civil). En consecuencia, el Estado deja de ser visto como lugar y medio de emancipación para ser pensado como lugar y medio de reproducción de la misma.

Es, pues, el momento de abandonar a Hegel y la esperanza dialéctica de la reconciliación, el momento de asumir la alternativa según la cual el Estado está indisolublemente ligado y subordinado a la sociedad civil, tal que su racionalidad exige la de ésta. La esperanza busca un nuevo lugar, se desplaza de la política a la sociedad civil. Marx lo ha visto claro: el Estado consiente que la sociedad civil mantenga la particularidad, la desigualdad, la enajenación, la expropiación…, consiente que se desarrollen libremente, a su ritmo, como la religión; el Estado no tiene ya por fin real suprimir las diferencia y la irracionalidad en la sociedad civil, sino permitirlas y legitimarlas como derivadas de los derechos del hombre, y permitirlas y legitimarlas precisamente fingiendo su fin universal inherente a su concepto ideológico. Al fin, su función, su sentido, su legitimación, se ha desvelado, y paradójicamente pasa a fundarse precisamente en la defensa y reproducción de esas diferencias.

5. El dinero.

Si los derechos del hombre son la filosofía del estado burgués, el dinero es la teología de la sociedad civil burguesa. No deja de ser relevante que en el mismo momento en que Marx desplaza el discurso de emancipación del estado a la sociedad aparezca, junto a su crítica de los derechos (al fin el estado burgués es el estado de los derechos) la crítica al dinero. Si la crítica a los derechos se enmarca en la “cuestión judía”, en su debate con Bruno Bauer, también la crítica al dinero nace de aquí, de una reinterpretación de la figura del judío, desplazando la reflexión de la esfera teológica a la meramente socioeconómica.

Recordemos que en su crítica a Bauer había llegado a esta conclusión: como el estado sólo realiza su “emancipación política” de forma imaginaria, sólo es universal de forma ilusoria, conservando la particularidad en la sociedad civil; la exigencia de Bruno Bauera los judíos de que renunciaran a su particularidad para poder acceder a la universalidad, a los derechos, y conseguir la emancipación política, se vuelve innecesaria; en rigor, se revela como una exigencia afectada de ilusión, de idealismo, de determinación ideológica de la conciencia filosófica. Cuando se pide a los judíos que renuncien a su particularidad se está pensando que ésta es una opción libre del judío, una elección ideológica que descubre la crítica:

“Bajo esta forma trata Bauer la actitud de la religión judía y la cristiana, como su actitud ante la crítica. Su actitud ante la crítica es su comportamiento hacia “la capacidad para ser libres”. Bauer convierte aquí el problema de la emancipación de los judíos en una cuestión puramente religiosa. El escrúpulo teológico de quién tiene mejores perspectivas de alcanzar la bienaventuranza, si el judío o el cristiano, se repite ahora bajo una forma más esclarecida: ¿cuál de los dos es más capaz de llegar a emanciparse? La pregunta ya no es, ciertamente: ¿hace el judaísmo o el cristianismo libre al hombre?, sino más bien la contraria: ¿qué es lo que hace más libre al hombre, la negación del judaísmo o la negación del cristianismo?”

Si la alienación (la cuestión judía) es una cuestión religiosa, era de prever que también la emancipación de los judíos se convertiría, para él, en un acto filosófico, teológico. Cuál es el error de Bauer: que piensa al judío religiosamente, que “concibe la esencia abstracta ideal del judío, su religión, como toda su esencia”.

Para Marx los individuos, judíos o cristianos, en el estado emancipado políticamente, el estado político, conservan sus determinaciones particulares como individuos; por tanto, el judío puede conservar las suyas. La “emancipación política” de los individuos en el estado capitalista no exige que se renuncie a la particularidad, ni siquiera al egoísmo, a la vida privada aislada de los otros. La preocupación por la emancipación humana conduce a otro lugar de realización, la sociedad. Ahora de lo que se trata es de pensar las condiciones sociales que permiten la emancipación de los judíos, los cristianos, los propietarios y los no propietarios…

“Nosotros intentamos romper la formulación teológica del problema. El problema de la capacidad del judío para emanciparse se convierte, para nosotros, en el problema de cuál es el elemento social especifico que hay que vencer para superar el judaísmo”.

Y así, mirando la “posición especial que ocupa el judaísmo en el mundo esclavizado de nuestros días”, se nos revelan cosas que antes estaban invisibles. Se nos revela que el judaísmo no es un obstáculo para la emancipación política, sino todo lo contrario, abre el camino para una nueva idea de emancipación humana, pues se revela que

“La capacidad de emancipación del judío actual es la actitud del judaísmo ante la emancipación del mundo de hoy. Actitud que se desprende necesariamente de la posición especial que ocupa el judaísmo en el mundo esclavizado de nuestros días”.

Para comprender la posición privilegia del judaísmo cara a comprender la emancipación hay que fijarse “en el judío real que anda por el mundo”, nos dice

Marx; en vez de mirar el “judío sabático”, como hace Bauer, hay que mirara el “judío vulgar”. Así se invierte el orden genético del misterio:

“No busquemos el misterio del judío en su religión, sino busquemos el misterio de la religión en el judío real”.

¿Qué resulta de esta nueva mirada?. Algo tan sorprendente como que el judío ya se ha emancipado, aunque de la única manera que tiene sentido, a la manera judía. No es una emancipación humana, sin duda, pero es una emancipación judía:

“El judío que en Viena, por ejemplo, sólo es tolerado, determina con su poder monetario la suerte de todo el imperio.” Un judío que tal vez carece de derechos en el más pequeño de los Estados alemanes, decide de la suerte de Europa.

Mientras que la sociedad civil cierra las puertas al judío, que las corporaciones y los gremios cierran sus puertas al judío, la industria y el dinero se “ríen de la tozudez de las instituciones medievales”, el mundo judío arrolla al medieval, el espíritu judío afirma su dominación. Sorprende la lucidez de Marx, que antes de tener un conocimiento sólido de la economía política capitalista, antes de tener un concepto claro de la sociedad civil burguesa, ya es capaz de adelantar, filosóficamente, una línea de reflexión crítica ajustada y fecunda. En lugar de ver en el judaísmo un anacronismo verá, precisamente, la idea realizada del hombre de la nueva sociedad, del burgués.

“El judío, que aparece en la sociedad burguesa como un miembro especial, no es sino la manifestación específica del judaísmo de la sociedad burguesa. El judaísmo no se ha conservado a pesar de la historia, sino por medio de la historia. La sociedad burguesa engendra constantemente al judío en su propia entraña”.

De donde concluirá que en rigor el judío, en vez de ser una figura anacrónica encerrada en su particularidad, de hecho anticipa la figura del hombre (pseudo)emancipado de la nueva sociedad capitalista; si planteamos la emancipación del judío ha de ser, pues, en claves nuevas, como emancipación humana en un nuevo orden social. Dice:

¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta. ¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su dios secular?. El dinero. Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la autoemancipación de nuestra época”.

Emanciparse de nuestra época –el judío, el cristiano y el ateo- quiere decir emanciparse de una organización social basada en la usura. Sin usura, sin dominio del dinero, sin las premisas del judío, no hay judío.

“Su conciencia religiosa se despejaría como un vapor turbio que flotara en la atmósfera real de la sociedad”.

Aún no dice sin la premisa del capital no hay trabajo asalariado, y a la inversa; pero el camino teórico que sigue le llevará necesariamente a esa tesis. De momento enfatiza que la liberación de esa “esencia práctica”, de esa figura social ligada y subordinada al dinero, es trabajar por la “emancipación humana pura y simple”. Marx puede ver así la presencia en el judío de un “elemento antisocial” de carácter general, activo a lo largo de la historia, y que los judíos han cuidado con celo, hasta llegar a su exaltación actual; pero ahora, en su apogeo, surge también la necesidad de su superación. La crítica al judaísmo no es personal o étnica; es la crítica a ese elemento antisocial universal presente en la historia, arrastrado por los hombres de las diferentes fases de la misma; la emancipación del judío del judaísmo es la vía de emancipación humana:

“La emancipación de los judíos es, en última instancia, la emancipación de la humanidad del judaísmo”.

En esta perspectiva secular, vulgar, la cuestión judía es la cuestión de la emancipación humana. La “emancipación del judío”, dice Marx, ya no tiene sentido, pues “el judío se ha emancipado ya, a la manera judía”; aunque carezca de derechos en algunos estados, aunque sean excluidos de algunos gremios, el judío vulgar señorea la figura del hombre liberado que, en tanto figura del triunfo del dinero, rige los destinos de Europa. ¿De qué se ha liberado el judío?. De “la tozudez de las instituciones medievales”, de sus límites, de su determinación político jurídica de la economía; los judíos –las nuevas prácticas del dinero- se han emancipado del feudalismo y han visto actualizado su ser en capitalismo. Se han puesto a la altura de su concepto, a la altura de los tiempos. La emancipación del judío es la emancipación del dinero

“No es éste un hecho aislado. El judío se ha emancipado a la manera judaica, no sólo al apropiarse del poder del dinero, sino por cuanto que el dinero se ha convertido, a través de él y sin él, en una potencia universal, y el espíritu práctico de los judíos (se ha convertido) en el espíritu práctico de los pueblos cristianos. Los judíos se han emancipado en la medida en que los cristianos se han hecho judíos”.

Esta es la significación práctica del judío, símbolo de la hegemonía del dinero. El judío se emancipa a la manera judía (y el burgués a la manera burguesa): deviniendo conforme a su concepto, imponiendo su particularidad como determinación universal: y esa emancipación, ya lo advierte Marx, no es tanto obra del judío sino efecto estructural: es la emancipación del dinero, la aparición de un orden social basado en el movimiento, en las metamorfosis, del dinero. Marx encuentra apoyos literarios a favor de esta nueva descripción de la vida social como universalización del “judaísmo”, incluso entre los cristianos:

“El devoto habitante de Nueva Inglaterra, políticamente libre, informa por ejemplo el coronel Hamilton, “es una especie de Laoconte, que no hace ni el menor esfuerzo para librarse de las serpientes que lo atenazan. Su ídolo es Mammón, al que no adora solamente con sus labios, sino con todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu. La tierra no es, a sus ojos, más que una inmensa bolsa, y estas gentes están convencidas de que no tienen, en este mundo, otra misión que el llegar a ser más ricas que sus vecinos. La usura se ha apoderado de todos sus pensamientos, y su única diversión es ver cómo cambian los objetos sobre los que se ejerce. Cuando viajan, llevan a la espalda de un lado para otro, por decirlo así, su tienda o su escritorio y sólo hablan de intereses y beneficios. Y cuando apartan la mirada por un momento de sus negocios, lo hacen para olfatear los de otros”.

Tanto es así que, especialmente en Norteamérica, para Marx referente del tiempo histórico, predicar el evangelio se ha convertido en un medio de hacer dinero 16. El judaísmo ha triunfado; el judío práctico es la figura emancipada del capitalismo. Si Bruno Bauer destaca la contradicción entre este hecho, el triunfo económico del judío, de su poder práctico, y su debilidad teórico-jurídica, en cuanto a los derechos que se le reconocen, Marx ya tiene la respuesta:

“La contradicción existente entre el poder político práctico del judío y sus derechos políticos, es la contradicción entre la política y el poder del dinero, en general. Mientras que la primera predomina idealmente sobre la segunda, en la práctica se convierte en sierva suya”.

Con lo cual ratifica su idea de la primacía de la sociedad civil sobre el estado en el mundo capitalista. Y formando parte de esa relación se comprende el judaísmo, su desarrollo en la historia, su presencia al lado del cristianismo, “no sólo como la duda incorporada en el origen religioso del cristianismo”, sino como germen de la sociedad actual, en cuanto que el espíritu práctico judío, el judaísmo, ha estado vivo en la misma sociedad cristiana y ha cobrado en ella, incluso, su máximo desarrollo. Esa particularidad presente en la historia ahora deviene universal:

“El judío, que aparece en la sociedad burguesa como un miembro especial, no es sino la manifestación específica del judaísmo de la sociedad burguesa. El judaísmo no se ha conservado a pesar de la historia, sino por medio de la historia. La sociedad burguesa engendra constantemente al judío en sus propias entrañas”.

Si el fundamento de la religión judía, como dice Marx, es la necesidad práctica, el egoísmo, ahora en la sociedad burguesa se manifiesta como tal en toda su pureza tan pronto como esta sociedad burguesa alumbra totalmente en su seno el estado político; ahora deviene principio de la sociedad burguesa:

“El Dios de la necesidad práctica y del egoísmo es el dinero. El dinero es el celoso Dios de Israel, ante el que no puede legítimamente prevalecer ningún otro Dios. El dinero humilla a todos los dioses del hombre y los convierte en una mercancía. El dinero es el valor general de todas las cosas, constituido en sí mismo. Ha despojado, por tanto, de su valor peculiar al mundo entero, tanto al mundo de los hombres como a la naturaleza. El dinero es la esencia del trabajo y de la existencia del hombre, enajenada de éste, y esta esencia extraña lo domina y es adorada por él. El Dios de los judíos se ha secularizado, se ha convertido en Dios universal. La letra de cambio es el Dios real del judío. Su Dios es solamente la letra de cambio ilusoria”.

Sería extravagante ver aquí una tópica crítica moral a los judíos; si acaso, hay una crítica al judaísmo que todos, cristianos incluidos, llevamos dentro en la sociedad capitalista. Es una crítica –ciertamente moral- a la sociedad capitalista, que expresa las formas más sofisticadas de enajenación y dominación conocidas. Una crítica al dominio del dinero y de la propiedad, un nuevo fetiche bajo cuyo yugo quedan los hombres. Un fetiche que lleva al desprecio de todo lo real:

– degradación práctica de la naturaleza, que en la religión judía existe, ciertamente, pero sólo en la imaginación 17.

– desprecio de la teoría, del arte, de la historia y del hombre como fin en sí;

– desprecio de los mismos nexos de la especie, las relaciones entre hombre y mujer, etc., convertidos en objeto de comercio.

Todo queda sacrificado al hombre de una sola virtud, al hombre del dinero, bien ejemplificada en la figura del judío:

“La quimérica nacionalidad del judío es la nacionalidad del mercader, del hombre de dinero en general”.

La misma “ley insondable y carente de fundamento” del judío teológico puede ahora ser reinterpretada por Marx como máscara, como “la caricatura religiosa de la moralidad y el derecho en general”. Ahora las ve, por un lado, como leyes carentes de fundamento, meramente formales, que cumplen una función de enmascaramiento y reproducción de la realidad, que visten de color el oscuro mundo del egoísmo; y, por otro, como leyes ajenas a su voluntad, exteriores, impuestas desde fuera, que se obedecen sólo “porque imperan y porque su infracción es vengada”, a semejanza de las leyes del estado. Y gracias a esta nueva perspectiva puede ofrecernos una descripción elegante y densa del propio devenir del judaísmo y su necesario desemboque en la sociedad burguesa; en rigor, del triunfo del judaísmo por mediación de la sociedad tejida por el cristianismo:

“El judaísmo no pudo seguirse desarrollando como religión, no pudo seguirse desarrollando teóricamente, porque la concepción del mundo de la necesidad práctica es, por su naturaleza, limitada y se reduce a unos cuantos rasgos. La religión de la necesidad práctica no podía, por su propia esencia, encontrar su coronación en la teoría, sino solamente en la práctica, precisamente porque la práctica es su verdad. El judaísmo no podía crear un mundo nuevo; sólo podía atraer las nuevas creaciones y las nuevas relaciones del mundo a la órbita de su industriosidad, porque la necesidad práctica, cuya inteligencia es el egoísmo, se comporta pasivamente y no se amplía a voluntad, sino que se encuentra ampliada con el sucesivo desarrollo de los estados de cosas sociales”.

El judaísmo llega a su apogeo con la coronación de la sociedad burguesa; pero la sociedad burguesa sólo se corona en el mundo cristiano. Sólo bajo la égida del cristianismo, que convierte en relaciones puramente externas para el hombre todas las relaciones nacionales, naturales, morales y teóricas, podía la sociedad civil llegar a separarse totalmente de la vida del Estado, desgarrar todos los vínculos genéricos del hombre, suplantar estos vínculos genéricos por el egoísmo, por la necesidad egoísta, disolver el mundo de los hombres en un mundo de individuos que se enfrentan los unos a los otros atomística, hostilmente. El cristianismo ha brotado del judaísmo. Y ha vuelto a disolverse en él. El cristiano fue desde el primer momento el judío teorizante; el judío es, por tanto, el cristiano práctico, y el cristiano práctico se ha vuelto de nuevo judío. El cristianismo sólo en apariencia había llegado a superar el judaísmo real. Era demasiado noble, demasiado espiritualista, para eliminar la rudeza de las necesidades prácticas más que elevándolas al reino de las nubes. El cristianismo es el pensamiento sublime del judaísmo, el judaísmo la aplicación práctica vulgar del cristianismo, pero esta aplicación sólo podía llegar a ser general una vez que el cristianismo, como la religión ya terminada, llevase a términos teóricamente la autoenajenación del hombre de sí mismo y de la naturaleza. Sólo entonces pudo el judaísmo imponer su imperio general y enajenar al hombre enajenado y a la naturaleza enajenada, convertirlos en cosas venales, en objetos entregados a la servidumbre de la necesidad egoísta, al tráfico y la usura. La venta es la práctica de la enajenación. Así como el hombre, mientras permanece sujeto a las ataduras religiosas, sólo sabe objetivar su esencia convirtiéndola en un ser fantástico ajeno a él, así también sólo puede comportarse prácticamente bajo el imperio de la necesidad egoísta, sólo puede producir prácticamente objetos, poniendo sus productos y su actividad bajo el imperio de un ser ajeno y confiriéndoles la significación de una esencia ajena, del dinero. El egoísmo cristiano de la bienaventuranza se trueca necesariamente, en su práctica ya acabada, en el egoísmo corpóreo del judío, la necesidad celestial en la terrenal, el subjetivismo en la utilidad propia. Nosotros no explicamos la tenacidad del judío partiendo de su religión, sino más bien arrancando del fundamento humano de su religión, de la necesidad práctica, del egoísmo”.

Pocas cosas más pueden decirse, pocas quedan por decir. Si acaso, explicar incluso la esterilidad de la crítica a la religión judía, pues la sociedad burguesa reproduce las condiciones de posibilidad y necesidad del judaísmo:

“La esencia real del judío, por realizarse y haberse realizado de un modo general en la sociedad burguesa, es por lo que la sociedad burguesa no ha podido convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa, que no es, cabalmente, sino la concepción ideal de la necesidad práctica. No es, por tanto, en el Pentateuco o en el Talmud, sino en la sociedad actual, donde encontramos la esencia del judío de hoy, no como un ser abstracto, sino como un ser altamente empírico, no sólo como la limitación del judío, sino como la limitación judaica de la sociedad”.

Y, para acabar este comentario al texto, exponer de forma contundente la alternativa genuinamente marxiana para la emancipación: transformar las condiciones de vida y las relaciones sociales en las que las diversas formas de enajenación encuentran su raíz y su sustento:

“Tan pronto logre la sociedad acabar con la esencia empírica del judaísmo, con la usura y con sus premisas, será imposible el judío, porque su conciencia carecerá ya de objeto, porque la base subjetiva del judaísmo, la necesidad práctica, se habrá humanizado, porque se habrá superado el conflicto entre ¡a existencia individual-sensible y la existencia genérica del hombre. La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaísmo”.

NOTAS

1 El conocido libro de C. W. Dohm, Über die bürgerliche Verbesserung der Juden (1781)¸Traducción francesa como De la reforma política de los judíos (1782), de Jean Bernoulli(editado por Stock, D. Bourel, 1984)

2 Bruno Bauer, La cuestión judia (Die Judenfrage). Braunschweig, 1843

Ibid, 193

Ibid, 193

Ibid, 194.

Ibid, 194.

7 Págs. 19-20.

8 Art. 10.

9 Consúltese, en relación con esto, la Constitución de 1795, título XIV, art. 354.

10 Constitución de Pensilvania, art. 9, & 3: Todos los hombres han recibido de la naturaleza el derecho imprescriptible de adorar al Todopoderoso con arreglo a las inspiraciones de su conciencia, y nadie puede, legalmente ser obligado a practicar, instituir o sostener en contra de su voluntad ningún culto o ministerio religioso. Ninguna autoridad humana puede, en ningún caso, intervenir en materias de conciencia ni fiscalizar las potencias del alma.[N. del E.]

11 Constitución de New-Hampshire, arts. 5 y 6: Entre los derechos naturales, algunos son inalienables por naturaleza, ya que no pueden ser sustituidos por otros. Y entre ellos figuran los derechos de conciencia.[N. del E.]. (Beaumont, 1.c., págs. 213, 214.).

12 D-1791, Art. 2.

13 D-1793, Art. 1.

14 “Cierto que su práctica revolucionaria se halla en flagrante contradicción con su teoría. Así, por ejemplo, proclamándose la seguridad como un derecho humano, se pone públicamente a la orden del día la violación del secreto de la correspondencia. Se garantiza la “liberté indéfinie de la presse” (Constitution de 1795, art. 122), como una consecuencia del derecho humano, de la libertad individual, pero ello no es óbice para que se anule totalmente la libertad de prensa, pues ” la liberté de la presse ne doit pas être permise lorsqu’elle compromet la liberté politique” (Robespierre jeune, Histoire parlamentaire de la Révolution francaise, par Buchez et Roux, t. 28, pág. 159)”

15 Quien ose acometer la empresa de instituir un pueblo debe sentirse capaz de cambiar, por decirlo así, la naturaleza humana, de transformar a cada individuo, que es por sí mismo un todo perfecto y solitario, en parte de un todo mayor del que este individuo reciba, hasta cierto punto, su vida y su ser, de sustituir la existencia física e independiente por una existencia parcial y moral. Debe despojar al hombre de sus fuerzas propias, para entregarle otras que le sean extrañas y de las que sólo pueda hacer uso con la ayuda de otros. (Contrat social, lib. II, Londres, 1782, pág. 67.)

16“Tel que vous voyez á la tête d’une congrégation respectable a commencé par être marchand; son commerce êtant tombé, it s’est fait ministre; cet autre a débuté par le sacerdoce, mais dés qu’¡l a eu quelque somme d’argent á sa disposition, il a laissé la chaire pour le négoce. Aux yeux d’un grand nombre, le ministére religieux est une véritable carriére industrielle.” Ese que veis a la cabeza de una respetable corporación empezó siendo comerciante; como su comercio quebró, se hizo sacerdote; este otro comenzó por el sacerdocio, pero en cuanto dispuso de cierta cantidad de dinero, dejó el púlpito por los negocios. A los ojos de muchos, el ministerio religioso es una verdadera carrera industrial (Beaumont, 1. c., págs. ~85, 186.)

17 En este sentido, declara Thomas Münzer que es intolerable “que se haya convertido en propiedad a todas las criaturas, a los peces en el agua, a los pájaros en el aire y a las plantas en la tierra, pues también la criatura debe ser libre”

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Fascismo y franquismo / por Daniel-Miguel López Rodríguez

18 de octubre de 2018 by

Fascismo y franquismo

Advertencia: No sé si después de escribir lo que aquí voy a escribir me quedarán amigos, pero amicus Plato, sed magis amica veritas; es decir: «amigo» de los progres, pero más amigo de la verdad. Sé que las siguientes palabras molestarán a muchos izquierdosos (tanto definidos como indefinidos), pero cuando se trata de la Historia, ya en un nivel más o menos académico, lo que importa es lo que verdaderamente pasó, no lo que a unos «interesadamente» quieran que hubiese pasado. Yo no pretendo aquí hacer apología o propaganda del franquismo; tampoco intento hacer política, sino historia, o si se prefiere filosofía de la historia. Además, la filosofía no trata de complacer, sino de instruir. Luego me juego que mis amigos progres me sigan hablando, y que conste que tengo muchos.

Para los republicanos «de corazón» lo que voy a decir aquí es algo completamente desesperante y puede herir «sensibilidades», pues caerán las escamas de sus ojos y verán el resplandor del sol al salir de la caverna, y comprobarán que lo que han creído durante toda su vida con devota fe era una sarta de mentiras o una solemne majadería. Lo mismo no es así y permanecen impermeables; en ese caso peor para ellos. Como dijo Platón, cuando el hombre sale de la caverna y ve lo que hay más allá de las sombras y contempla el sol y comenta, al volver a la caverna, a los que no han salido de la caverna, que la caverna no es todo cuanto hay, a este hombre lo quieren matar. A Pío Moa, en cuyas tesis, junto a la de otros historiadores, me baso, lo han querido matar (o al menos lo han amenazado de muerte). Pío Moa estuvo también en la caverna (como un servidor y como muchos, por no decir la mayoría, de los españoles), y tras un período de larga reflexión pudo salir de esa cavernícola concepción que ha impregnado las conciencias de falsedad: me refiero a la versión progre-sectaria-negro-legendaria de la mal llamada «memoria histórica».

Antes de desarrollar este capítulo quiero dejar claro que yo no soy franquista porque sencillamente no puedo serlo, como no puedo ser antifranquista (igual que no puedo ser fascista ni antifascista ni comunista ni anticomunista). El franquismo cayó (como cayó el fascismo y el comunismo); ya no existe (¡que no se enteran!). Y cayó no por derrumbe estrepitoso, en combate, sino que cayó porque murió en la cama Francisco Franco Bahamonde (Caudillo de España por la gracia de Dios). El régimen simplemente se desgastó, murió de viejo (no como los regímenes fascistas y comunistas que cayeron por circunstancias muy diferentes, sobre todo el fascismo histórico realmente existente que fue liquidado en la Segunda Guerra Mundial). Así que los progres que consideran a Franco como un necio y un bobo deberán de estar muy acomplejados, después de estar bajo el caudillaje y «cruel» dictadura de «un necio y un bobo» durante cuarenta años; ¡qué vergüenza! El General Vicente Rojo, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de la República durante la contienda, en su obra Alerta los pueblos, admiró los métodos de Franco para alcanzar la victoria. Ese dato es mucho más de fiar que el criterio de los progres. Es más, Franco hizo que Hitler, Mussolini y el conde Ciano (yerno del Duce) tuviesen que tragarse sus críticas una vez que éste iba cosechando, para sorpresa de sus ilustres críticos, una victoria tras otra. Y es que, aunque los progres lo ignoren, Franco era un hombre de profunda cultura, y no sólo militar, sino también política y económica (véase su experiencia económica en la Legión, en la Academia Militar de Zaragoza, en el Estado Mayor Central de la República, y por supuesto en la guerra, por no hablar de los logros «milagrosos» de su régimen). Como le dijo el Caudillo a don Juan, padre del actual Rey, en una carta fechada el 8 de febrero de 1944: «Por mi historia y mis servicios, creo merecer una mayor estimación de mi capacidad».

Los progres piensan y están convencidos de que el régimen de Franco fue puramente fascista, pero lo cierto es que en los mismos años de la guerra las lecturas políticas de Franco se orientaron hacia una especie de corporativismo católico, más basado en el corporativismo portugués o austriaco que en la Italia fascista. En una entrevista que le hicieron en abril del 37 el Caudillo declaró que «Nuestro sistema estará basado en un modelo portugués o italiano, aunque conservaremos nuestras instituciones históricas». Estar basado no significa ser idéntico, y también hay que tener en cuenta que el país europeo más parecido a España, como bien se sabe, es Italia. Así, aunque Franco hablaba de «Estado totalitario», su sistema se basó más bien en un Estado unitario y autoritario, dejando un cierto margen de semipluralismo tradicional, con un partido único y limitado el cual no podía penetrar en las estructuras del Estado. Durante el poco tiempo que disponía, el Caudillo estudió las doctrinas de las dos «familias» más importantes del incipiente régimen: las doctrinas carlistas y falangistas. Franco llegó a la conclusión de que lo que el régimen necesitaba era el mantenimiento de un «partido único», el cual fue la fusión de tradicionalistas y falangistas: Falange Española Tradicionalista de las Juntas Ofensivas Nacional-sindicalistas, cuya fusión fue anunciada por el Generalísimo el 19 de abril de 1937. En 1942 llegó a tener 900.000 afiliados, convirtiéndose en la más numerosa organización política de la historia de España. Ni los carlistas ni los falangistas estaban muy entusiasmados con la fusión; unos 200 falangistas fueron arrestados a breves condenas de cárcel. A partir del 24 de abril de 1937 el saludo fascista con el brazo en alto se hizo oficial (de ahí que el nuevo Estado tuviese una cierta estética fascista, como la Alemania nazi). También se hicieron oficiales la camisa azul oscuro, el llamarse entre los militantes «camaradas» (como se llamaban entre sí anarquistas, socialistas, comunistas y fascistas), la bandera bicolor rojigualda (la de toda la vida), el Cara al Sol como el himno del partido («¡volverá a reír la primavera!»), y gritos de «¡Arriba España!»

Pero, ¿era la Falange un partido fascista? En febrero del 37, antes de la unión entre tradicionalistas (derechistas alineados) y falangistas (¿derechistas no alineados o más bien derechistas socialistas alineados?), Franco llegó a decir que la Falange no era un movimiento fascista: «La Falange no se llama fascista a sí misma; así lo declaró su fundador personalmente». Cosa que era verdad. Si hemos hablar de fascismo, éste estaba más representado por las JONS, de Ramiro Ledesma Ramos, la cual se fusionó a la Falange, abandonando Ledesma al partido por encontrarlo poco fascista. La Falange era un partido de combate, pero muy clerical: «mitad monje, mitad soldado», dispuesto a emplear «la dialéctica de los puños y las pistolas cuando se ofende a la justicia o a la patria», como decía José Antonio Primo de Rivera, su fundador. Sin embargo, fue el PSOE quien, de manera más radical, empleó «la dialéctica de los puños y las pistolas», llevándose la Falange la peor parte; por eso los monárquicos empezaron a llamar a la Falange Española «Funeraria Española». La concepción de su política era, decía José Antonio, «religiosa y poética» y su organización «no se parece en nada a una organización de delincuentes». La Falange no admitía el racismo de los nazis, y el aprecio de José Antonio a Mussolini era escaso y aún más escaso a Hitler. Pero José Antonio apreciaba del fascismo y del nazismo su anticomunismo y su superación del liberalismo (José Antonio llegó a decir que el nacimiento del socialismo fue justo). Aun así, José Antonio recibió a partir de junio del 35 un sueldo de Mussolini.

Es interesante ver las analogías que había entre la Falange y el PCE. Como señala Pío Moa, «La ampliación explosiva de ambos en el curso de la guerra tiene, en parte, una explicación fácil: estaban mejor preparados, por su mística, disciplina y organización, para una situación bélica. En ese sentido fueron el producto más típico de la crisis ideológica y moral de los tiempos. No obstante, hay diferencias profundas entre ellos. Si el PCE era, de modo muy literal, un agente de Moscú, la Falange no lo era en modo alguno de Alemania o Italia, y su fascismo difería algo del italiano y mucho más del germano, del cual había dicho José Antonio: “No es fascismo (…). Es la última consecuencia de la democracia, una expresión turbulenta del romanticismo alemán. En cambio Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus secuelas y, por encima de todo, la razón”. Una interpretación curiosa». (Los mitos de la guerra civil, Planeta Deagostini, Barcelona, 2005, pág. 132).

La Guerra Civil se planteó como un conflicto entre revolución y contrarrevolución, pero el Caudillo fue consciente de que la contrarrevolución no significaba una vuelta atrás en el tiempo, ya que la contrarrevolución supone, desde luego, una «reacción» («a toda acción se opone una reacción igual», la tercera ley del movimiento de Newton), pero una reacción revolucionaria a su vez. Como dijo Joseph de Maistre, «La contrarrevolución no es lo contrario a la revolución, sino una revolución contrapuesta». Lo cierto y verdad es que el régimen de Franco ni fue carlista, ni fue falangista y ni fue fascista… fue franquista. Pero, ¿qué fue el franquismo?

Desde el materialismo filosófico se ha clasificado al franquismo como «derecha socialista», luego fue una derecha tradicional, alineada; no fue, pues, como el fascismo que, como hemos visto, fue una derecha no tradicional, no alienada. «Con el rótulo derecha socialista designamos a una familia o estirpe de sucesivos movimientos políticos, con relaciones de filiación, que (referidas a España) ocuparán el poder, con cortas interrupciones, durante las tres primeras cuartas partes del siglo XX: el maurismo, la dictadura de Primo de Rivera y el franquismo. Por supuesto, no confundiremos la derecha socialista con el socialismo de derechas, aunque la expresión derecha socialista también puede utilizarse para definir al socialismo de derechas» (El mito de la derecha, pág. 238). Puede parecer paradójico que el materialismo filosófico señale al franquismo como de «derechas» y socialista al mismo tiempo. Pero no hay en ello ninguna contradicción, pues el franquismo puede ser considerado de «derecha» por su cercanía al altar, esto es, su clara influencia católica y también por aquello de «Francisco Franco, Caudillo de España por la G. de Dios», como rezaban las monedas. Pero también puede ser considerado «socialista» por la cuestión social cuya revolución sería y fue desde arriba, esto es, desde la maquinaria del Estado y desde la paz político-militar franquista. Hay que advertir que el término «socialismo», desde el armazón del materialismo filosófico, no se circunscribe a la URSS y ni mucho menos al PSOE, el término «socialismo» es un género que contiene muchas especies (abría que hablar, pues, de «socialismo genérico»): capitalismo, anarquismo, socialdemocracia, comunismo, fascismo, nazismo, falangismo, &c. El término «socialismo» no se opone, pues, al capitalismo, ni siquiera al fascismo, el término «socialismo» se opone al individualismo, al particularismo y, en última instancia, al «solipsismo» (el fascismo sería un caso de «socialismo irracionalista», dada su explícita tendencia imperialista, mística y mitológica).

Los propios franquistas ni se consideraban de derechas ni de izquierdas, «constatación emic que tampoco hay que subestimar» (El mito de la derecha, pág. 261). Se ha señalado desde las izquierdas que el franquismo supuso la máxima expresión de la derecha (de la «extrema derecha») en España. A raíz de eso se ha identificado, ¡cómo no!, con el fascismo. Dicha posición se basa en señalar la estructuración de las organizaciones obreras en «sindicatos verticales», olvidado que dicha estructuración de sindicato no sólo era fascista, sino también soviética y nacionalsocialista.

El mito del fascismo en España fue incubado por el PSOE y la Esquerra en 1934, dando a entender que la entrada de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas, de carácter republicano accidentalista y, pese a quien pese, legalista) en el gobierno suponía un golpe fascista a la República. La Segunda República, según esta caterva de impostores, debía de ser salvada de la «barbarie fascista», y por ello dieron un golpe de Estado preventivo; que fue, como dice Pío Moa siguiendo a Gerald Brenan, «la primera batalla de la guerra civil». Pero los «fascistas» entraron en el poder no por la fuerza de la violencia sino por la fuerza de las urnas, es decir, democráticamente. Hoy ningún historiador serio considera a la CEDA como «fascista», pero quizá la cuestión no sea esa, quizá la cuestión esté en saber si realmente el PSOE creía en el fascismo de la CEDA. Y efectivamente, el PSOE sabía muy bien que la CEDA no era fascista. Simplemente utilizaron la supuesta (y, a nuestro juicio y a juicio de aquellos «socialistas», imposible) fascistización de la CEDA como momento psicológico para dar un golpe de Estado de tintes revolucionarios (bolchevique o bolchevizado) e implantar en España la dictadura del proletariado, que no era otra cosa que la dictadura del Partido Socialista. El PSOE no aceptó las reglas del juego, y debe de ser denominado, contra todo lo que se dice indocumentadamente, como antidemocrático y a la postre como antirrepublicano. Aunque hay que señalar que en 1933 y 1934 el PSOE estaba dividido, y como dijo Madariaga, «la guerra civil dentro del Partido Socialista provocó la guerra civil general». Así pues, no fue el fascismo el que acabó con la Segunda República, porque éste en España prácticamente fue inexistente; pues la FE de las JONS, si es que se puede catalogar como «fascista», era un movimiento muy minoritario con apenas 25.000 afiliados, y tan sólo obtuvo un 0’7 por ciento de los votos en las elecciones de febrero del 36, con 46.000 votos y ningún escaño. Fueron el sectarismo y las izquierdas de tercera, cuarta y quinta generación las que masacraron a la «república burguesa».

Los ideólogos del PSOE sabían muy bien que el fascismo (tal y como se presentó en Italia y en Alemania, si bien hemos dicho que, en sentido estricto, la Alemania nazi no era fascista, como muy bien sabía José Antonio) no podía cuajar en España; dicho de otro modo: las condiciones para que cuajase algo así como el fascismo en España no eran política, social y económicamente muy favorables. Esto ya lo dijo Luis Araquistáin en abril de 1934 en un artículo publicado en Foreign Affairs. Araquistáin, ideólogo principal en la bolchevización del PSOE, observó que en España no había un ejército inmovilizado, que tampoco había un paro urbano masificado, que tampoco existía la cuestión judía (de momento en Italia tampoco), y que tampoco en España había una imperiosa necesidad de imperialismo. Joaquín Maurín, ex cenetista y uno de los fundadores del POUM, afirmó en su libro Hacia la segunda revolución, libro publicado en Barcelona en 1935, un año después de la revolución fracasada de octubre y un año antes de la Guerra Civil, sus dudas con respecto a la implantación del fascismo en España; pues, explica Maurín, la dictadura del general don Miguel Primo de Rivera (el padre de José Antonio) hizo que tras ella fuese imposible la instauración de un régimen autoritario de derechas. Los trabajadores, decía Maurín, no se sentía atraídos, como en Italia, por la propaganda fascista, y la derecha primaria, socialista y liberal (en nuestra terminología) no eran revolucionarios fascistas que pensasen en una marcha sobre Madrid o algo por es estilo; no eran, pues, fascistas radicales no alineados sino derechistas tradicionales (si bien de diferentes modalidades y no siempre en conformidad y armonía). Tampoco Julián Besteiro, una de las pocas personalidades del PSOE con decencia, creía en el peligro fascista.

Que el PSOE no creía en el fascismo de la CEDA lo pone muy bien de relieve estas palabras de Pío Moa: «La prueba fehaciente de su convicción resplandece en el acuerdo de los dirigentes de no reivindicar la revuelta si ésta fracasaba, a fin de aprovechar las garantías de la legalidad burguesa y eludir en lo posible la represión posterior. Es decir, apelaban al peligro fascista como justificación y para excitar a las masas, pero en realidad contaban con que la democracia subsistiría incluso después de un fracaso de su intentona, y podrían explotarla. Y acertaron. De haber reivindicado su acción, aclara muy bien S. Carrillo, uno de los jefes bolcheviques: “Aparte de la suerte personal que hubiéramos podido correr en el momento, nuestras organizaciones hubieran sido aplastadas y no se hubieran mantenido y fortalecido tan rápidamente”». (Los mitos de la guerra civil, pág. 70).

La CEDA ganó los comicios del 33, ¿Por qué no formó gobierno? La CEDA no tomó el poder por la sencilla razón de calmar los rencores. Y es que la derecha tiene muchos complejos; esto del maricomplejinismo de la derecha no es sólo cosa de hoy (Mariano Rajoy), sino que parece cosa de siempre. Así que la CEDA no formó gobierno y se lo cedió al Partido Radical de don Alejandro Lerroux. ¿Cabe cosa más contraria a un partido fascista? Si Benito Mussolini gana unas elecciones, ¿permitiría que otro partido en su lugar forme gobierno porque prefiere «calmar los rencores»? Cuando Hitler ganó las elecciones en el mismo año, ¿acaso cedió el poder a sus rivales? Pero la CEDA hizo un ceda el paso para que gobernase el Partido Radical. Todo lo contrario del fascismo italiano, porque éste, como hemos visto, subió al poder sin apenas apoyo parlamentario; pero la CEDA teniendo un gran apoyo parlamentario no quiso subir al poder; luego su comportamiento, para más inri, fue totalmente antifascista. ¿Cabe una personalidad política más distinta de la de Gil-Robles que la de Mussolini o que la de Hitler? Si Mussolini era un líder (Duce) y Hitler otro líder (Führer), Gil-Robles era un antilíder, el político menos mussoliniano y menos hitleriano de los posibles (por mucho que los japos le llamasen «Jefe»). Luego aquello de que la CEDA era fascista o nazi o yo no se qué es una solemne majadería y una soberana estupidez, y los políticos del PSOE no eran tontos del todo para creerse semejante patraña, sabían muy bien lo que era la CEDA y sabían muy bien que no era fascista ni nada que se le pareciese… pero no los de hoy (Zapatero, Pajín, Aído, Moratinos, Chacón, Pepiño y toda esa caterva de analfabetos militantes), sí parecen lo suficientemente ingenuos para creerse ese cuento de hadas. Si los «socialistas» de antes tenían mala fe, los de ahora son sencillamente estúpidos (y de mala fe).

Luego antes del estallido de la guerra los «antifascistas» (si bien algunos verdaderos impostores y conscientes de la imposibilidad de que algo así como el fascismo cuajase en España, justificando así, en el nombre del «antifascismo», cualquier acción violenta) eran más numerosos que los «fascistas», si es que estos existían sobre el suelo de la España de entonces. Los «antifascistas» en realidad eran simplemente «antiderechistas» o «anticedistas» (la Falange era un movimiento muy reducido, a pesar de que en 1934 fue presa de los ataques izquierdistas, los cuales pasaron a un segundo plano para la preparación de la revolución de octubre contra la CEDA y el Partido Radical). Así como la izquierda tuvo como denominador común el «antifascismo», sacado «de la manga», la derecha tuvo como denominador común el antiizquierdismo (o el anticomunismo no tan sacado de la manga). De modo que, en la Guerra Civil, el enfrentamiento fue más por lo que se negaba que por lo que se afirmaba. Aunque, a decir verdad, durante la «primavera trágica», que prologó a la guerra, el comportamiento de los «antifascistas» era más «fascista» que el comportamiento de los «fascistas», cuyo comportamiento parecía incluso «antifascista».

Pero para entender el contexto histórico, «debe compararse la actitud de la CEDA con la del PSOE con respecto a los dos grandes totalitarismo de entonces. Si la derecha católica [y por tanto imposible de ser fascista, porque el fascismo era anticlerical o al menos no clerical; más bien se trata, ya que es católica, de una derecha socialista] repudiaba la violencia, el racismo y las concepciones estatales nazis [a la CEDA no sólo se le acusaba de «fascista», sino también de «nazi»; pero claro, para los progres es lo mismo 8 que 80], el PSOE aprobaba las ideas y el terror soviético». (Pío Moa, Los orígenes de la guerra civil española, Ediciones Encuentros, Madrid, 2007, pág. 473).

Es verdad que la Italia fascista fue la que más se comprometió con Franco en la Guerra Civil. Luego es interesante ver cómo fue la colaboración real del bando nacional con el fascismo realmente existente. «Más de dos tercios de sus pilotos sirvieron en España, pero también la marina desempeño un importante papel. Sus barcos actuaron como apoyo en el estrecho de Gibraltar y, más tarde, protegieron la isla de Mallorca frente a los ataques republicanos. También escudaron a los transportes destinados a la zona nacional, colaboraron en la instrucción de parte del personal de la marina franquista y, junto con los alemanes, proporcionaron a Franco un servicio de inteligencia naval […] También fueron los italianos quienes, lógicamente, sufrieron las mayores bajas, unas 4.300, sólo superadas por las de los marroquíes (más o menos el doble). Los alemanes perdieron 300 hombres, los soviéticos unos 200». (Stanley G. Payne, 40 preguntas fundamentales sobre la Guerra Civil, La esfera de los libros, Madrid, 2006, págs. 458-459). En total murieron unos 20.000 soldados extranjeros.

He aquí una enumeración del armamento que el fascismo realmente existente suministró, a un precio muy generoso, al bando nacional liderado por Franco: 1.930 armas de artillería, 1.496 morteros de 45 mm, 8.750 ametralladoras y subametralladoras, 241.000 rifles, 7.500 vehículos motorizados, 149 tanqueta L/3, 500.000 uniformes, 13 hospitales de campaña, 931 radios. (Fuentes: A. Rovighi y F. Stefani, La pertecipazione italiana alla guerra civile spagnola, Roma, 1992, II, págs. 462-464).

Aquello de que la Segunda República fue una época de prosperidad, de progreso y de bienestar para España es un camelo, una cosa que la propaganda izquierdista se ha sacado literalmente de la manga. Esa imagen idílica, progresista, armónica y pánfila de la Segunda República que los progres nos han pintado es históricamente falsa; y hay que decirlo de una vez por todas con plena rotundidad: «No es esto. No es esto». Pero eso sí, hay que reconocer que los comunistas, los socialdemócratas y los progres en general son unos auténticos maestros en el arte de la propaganda (y que conste que los llamo «progres» porque disfrutan fervorosamente cuando ven que su cuenta corriente progresa adecuadamente; pues si a los del PP les encanta el dinero, a los del PSOE les conmueve).

En esa república ni hubo reforma agraria, ni reforma bancaria ni una auténtica revolución y transformación de la sociedad española. ¡Qué otra cosa se podía esperar de una república que fue traída y presidida en la casi totalidad de su tiempo por ese, como dice Federico Jiménez Losantos, modelo de meapilas democristiano maricomplejines traidor de todo lo sagrado y todo lo profano llamado don Niceto Alcalá-Zamora! Es más, esa república, que estúpidamente se considera como la quintaesencia de la izquierda, fue traída por la derecha liberal y la Guardia Civil, para más inri. Pues sí, la Segunda República se instauró gracias o más bien por culpa de los católicos liberales Alcalá Zamora y Miguel Maura y por la inestimable colaboración del director de la Guardia Civil, José Sanjurjo; dicho de otro modo, para que los progres me entiendan: la «maravillosa» Segunda República llegó, por muy paradójico que esto parezca, a causa de la acción de los «fachas» y de los «picoletos».

Los progres con su propaganda lo han tergiversado y manipulado casi todo, la única mentira que les ha quedado por decir es que el Frente Popular ganó la guerra, ¡sólo faltaría eso! (Aunque se han atrevido a decir que Franco no ganó la guerra). Sin embargo, la batalla de la propaganda, para vergüenza de los progres, fue la única batalla que perdió Francisco Franco Bahamonde (Caudillo de España por la gracia de Dios). Como dice don Gustavo, «El progreso de la República se apoyó, a su vez, en las condiciones en que la dictadura de Primo de Rivera había dejado a España: el parque de automóviles que España tuvo en la República, por ejemplo, no podía haber sido creado en dos años por ella, sino que era la herencia del desarrollo industrial y viario de la dictadura (“gobernar no es asfaltar”, era la acusación propagandística de los republicanos contra la dictadura de Primo de Rivera)». (Gustavo Bueno, Zapatero y el pensamiento Alicia, Temas de hoy, Madrid, 2006, pág.86).

Como muy bien dice Don Ricardo de la Cierva, el 18 de Julio no fue un golpe militar fascista: pues ni fue un golpe, es decir, un pronunciamiento clásico, sino que fue un alzamiento general de media España que no se resignaba a morir, ni fue exclusivamente militar y ni tuvo nada que ver con el fascismo, «¡pero qué barbaridad!» «Suena muy bien en el Diario de Sesiones de las Cortes democráticas de 1999, la afirmación de que el fementido golpe militar fascista, dado el 18 de julio de 1936, si dirigía contra la legalidad republicana. El tal golpe es una mentira de igual calibre que la legalidad republicana». (El 18 de julio no fue un golpe militar fascista, Fenix, 2000, pág. 363). Pues bien, este enunciado, andando el tiempo, ha sido puesto como ley, como postulado a través del cual se ha propagado una impostura: la «Ley de la memoria histórica (Ley 52/2007 de 26 de diciembre)», la patraña más grande jamás contada. He aquí el mito por antonomasia de la Guerra Civil. Como si la contienda española hubiese sido un conflicto entre la democracia contra el fascismo. ¡Falso, rotundamente falso, de arriba abajo! La rebelión militar no fue fascista, cosa que sabía muy bien don Manuel Azaña según afirmaba en su Diario.

Pues bien, ahora resulta que Franco tenía razón; es más, hay argumentos sobre la mesa (después de leer y contrastar ciento y cientos de páginas) para afirmar que Franco ha sido el mejor estadista que ha tenido España en el siglo XX. ¡Así, ni más ni menos! Observen ustedes: Franco fue el hombre que libró a España del estalinismo (en realidad, es decir, sobre el campo de batalla, ¡fue el único que venció al Zar Rojo en su proyecto de imperialismo generador!). Franco fue el hombre que libró a España de la Segunda Guerra Mundial haciendo verdadero virtuosismo diplomático entre los Aliados y el Eje (nada que ver con alianzas de civilizaciones ni tonterías por el estilo): el caudillo tuvo talento político para moverse, sin perjuicio de sus complicaciones, entre la espada nazi-fascista y la pared capitalista (ya sólo por eso merece todo el respeto del mundo). Franco fue el hombre que libró a España de una Segunda Guerra Civil (me refiero el intento de invasión del Maquis comandado por Santiago Carrillo a las órdenes de Stalin). Franco fue el hombre que hizo que España pasase a ser un Estado inmerso en los problemas industriales, y a transformarse en la novena potencia mundial económica, un desarrollo industrial y económico sin precedentes (el mal llamado «milagro económico español»), el primer país más desarrollado de la segunda mitad del siglo XX después de Japón, ¡ahí es nada! Y lo que es más importante: Franco fue el hombre que transformó España en un tierra de paz (militar y políticamente implantada, ¡pues ontológica e históricamente no pudo ser de otra forma!). Hay que reconocer que el balance francamente es positivo.

Obviamente no me refiero cuando digo «Franco» o «Franco fue el hombre…» con la sola figura del Caudillo; me refiero a su forma de gobierno, que de modo convencional se ha llamado «franquismo». Es decir, me refiero al Caudillo, que tenía «más de zorro que de cordero», como dijo un ministro inglés, y sus ministros, como, por ejemplo, el general Francisco Gómez Jordana, ministro de Asuntos Exteriores, el cual sustituyó el 3 de septiembre de 1942 al cuñadísimo Serrano Suñer, uno de los ministros más afines a las posiciones del Eje. Gómez Jordana fue vital para que España no entrase militarmente en la Segunda Guerra Mundial. La España de Franco, todo hay que decirlo, no fue «neutral» durante la contienda mundial, fue «no beligerante», que es una cuestión diferente. Es más, es imposible, materialmente hablando, que España fuese neutral, pues las naciones no son sustancias megáricas ni mónadas leibnizianas sincronizadas por armonía preestablecida y están codeterminadas en symploké de modo diamérico; y, por tanto, aquello que acontecía en Europa determinaba a aquello que acontecía en España, y viceversa (codeterminación). España ayudó a Alemania exportándole minerales, utilísimos para reforzar la artillería militar. Franco y sus ministros (hasta el viraje hacia los aliados a finales de 1942) siempre apoyaron a Hitler, y siempre quisieron que el Führer ganase la guerra; aunque, eso sí, España no podía entrar en la guerra «por gusto». Franco vio en la contienda mundial una oportunidad para que España se situase como gran potencia y optar por un imperio en África, pues al fin y al cabo Alemania e Italia se enfrentaban a Francia e Inglaterra, naciones que desde siempre en la historia habían sido enemigas de España. Luego la alianza con Hitler y también con Mussolini (no militar, pero sí económica, esto es, «no beligerante» o neutralmente benévola con el Eje) se debía principalmente a dos razones: por motivos históricos y por la colaboración del Eje en el bando nacional durante la Guerra Civil, pues España estaba endeudada con Alemania e Italia. España no tenía ningún motivo para aliarse con Francia e Inglaterra, pues España nada debía ni nada debe a estas naciones. Franco se alió con según quien iba ganando la guerra, por eso el viraje hacia los aliados (ya decía el ministro inglés que el Caudillo tenía «más de zorro que de cordero»). Aunque al final todo se fue al traste y el Führer terminó opinando de Franco que sólo era «un charlatán latino». Pero las intenciones del Caudillo, el cual sinceramente quería que Alemania ganase la guerra, no son en absoluto reprochables, ¡por qué diablos debía España (la «España de Franco») defender a Francia e Inglaterra de los alemanes! Es claro que los alemanes cometieron crímenes horrendos (como los aliados) pero hacia 1942 no se había llegado a la solución final; eso se supo en retrospectiva; in medias res, el Caudillo, como casi cualquiera, no sabía muy bien quién era Hitler y qué significaba el nazismo. Quizá sea fácil verlo ahora, o tal vez ni eso, pero sobre el mismo escenario de la historia es difícil aclarar y distinguir. Es más, los pensamientos psicológicos de Franco son irrelevantes; lo que Franco deseó o dejó de desear no es importante, lo importante es que España se salvó de esa célebre y criminal guerra. (Para todo esto véase el interesante libro de Stanley G. Payne Franco y Hitler, La esfera de los libros, Madrid, 2008).

De modo que el franquismo, volviendo al balance francamente positivo de su mandato, fue una dictadura, sin duda, pero no una dictadura depredadora, sino una dictadura generadora (sin perjuicio de la represión de los primeros años, represión que a la postre fue inevitable y no muy sangrienta si la comparamos con otras represiones, ya que fueron sólo unas 28.000 personas las que la padecieron de forma mortífera). Aunque, todo hay que decirlo, en el Valle de los Caídos, caídos de ambos bandos (no lo olvidemos), los presos estaban asegurados y encima cobraban un sueldo, y murieron tan sólo 14 personas, en su mayoría libres, y por accidentes laborales, nada que ver con los campos de concentración europeos y no europeos de antes, durante y después de la guerra interimperialista (por no hablar de las checas y de la represión del Frente Popular durante la guerra, que terminaron con la vida de unas 60.000 personas sin contar los crímenes que se cometieron entre los propios izquierdistas, ya que hubo dos guerras civiles dentro de la guerra civil general, lo cual dice mucho de cómo eran esos «republicanos»).

Como señala Moa, «Franco, pues, sale bien parado, en cuanto a crueldad, si lo comparamos con, por ejemplo, Churchill, Roosevelt o Truman, no digamos Hitler o Stalin. Y también con Negrín, que instauró un sistema brutal en su propio campo para mantener a toda costa una guerra perdida, y con el designio de volverla mucho peor al soldarla con la mundial». (Los mitos de la Guerra Civil, pág. 484). No olvidemos que el lema de Negrín al final del conflicto era «resistir es vencer». A mi juicio, la intención de empalmar el conflicto nacional con la conflagración mundial era una auténtica canallada; por eso esos «republicanos» no merecen ni el más mínimo de mis respetos.

Así pues, la dictadura generadora franquista, el llamado «régimen de Franco» duró 36 años (si lo contamos desde el 1 de abril de 1939 hasta el 20 de noviembre de 1975, día en que murió el Caudillo con 83 años bien vividos); 36 años de paz (y tras su caudillaje hay que sumar los 3 años de transición, que en el fondo era franquismo, y los 31 que llevamos de democracia, la cual es totalmente heredera del régimen de Franco y no del antifranquismo). Para que se vea lo que quiero decir: desde la hazaña (¡con h!) del franquismo hasta nuestros días han trascurrido en España 70 años de paz, cosa sorprendente si se observa la historia de España. Y para poner la guinda al pastel, para más inri, diríamos, Franco fue el hombre que tuvo todo el poder en sus manos y no robó absolutamente nada; cosa de la que no pueden presumir los «socialistas» (más bien «socialistos»), que llevan 130 años de «honradez» en esto de la política, por no hablar de los escándalos de corrupción delictiva y no delictiva que últimamente asolan a España un telediario sí y otro también. Hay que decir también que los casos de corrupción delictiva en el franquismo fueron escasos, minúsculos y además ridículos; hubo un caso en el que un funcionario robó una máquina de escribir… ¡bueno, aquello fue un auténtico escándalo!

Y ahora dirán muchos que yo soy franquista porque admiro a Franco; dirán: «¡Ah, este es un propagandista de los fachas!». (¿Sabe alguien qué diablos es un «facha»?) Pero insisto, no se puede ser hoy en día franquista, pues es como si se fuese maniqueo, mitraísta, arriano o cualquier anacronismo por el estilo, ¡qué sentido tiene! Pero, eso sí, admiro profundamente a la figura de Franco, a pesar de que yo ni nací cuando él ya murió: no soy, por tanto, un nostálgico del franquismo, porque nací en 1980; luego estoy escribiendo sobre historia no sobre «memoria histórica»; no se trata de volver al franquismo, ¡eso es absurdo! Franco, con todo sus errores, era otra cosa, ¡pero los politicuchos aliciescos del tres al cuarto que gobiernan nuestro país no tienen vergüenza! No puedo decir lo mismo de Mussolini, el cual fue un completo mamarracho, un completo desastre, sobre todo al final (aunque al principio hay que reconocer que lo hizo bien o no muy mal). Simplemente Franco supo hacer las cosas bien o muy bien; pues visto lo visto, y dada las difíciles circunstancias tanto a nivel nacional como internacional, su logros no fueron ninguna tontería. Y de Mussolini, pues qué decir: el Duce, salvo en sus inicios y en buena parte de su dictadura, no supo hacer nada o casi nada bien (salvo llevar a Italia a la ruina, eso sí que supo hacerlo muy bien). A la hora de la verdad el franquismo supo triunfar, y a la hora de la verdad el fascismo… no.

Los progres y fundamentalistas democráticos primarios y también miserables (no sé si también los canónicos) tienen una concepción de la historia de la Segunda República, de la Guerra Civil y del franquismo de cuento de Caperucita, es decir, la concepción más simplista e infantil de una historia, «y por tanto la más afín a un pensamiento Alicia». (Zapatero y el pensamiento Alicia, pág. 86). Érase una vez Caperucita (Caperucita roja) que había sido encomendada por su madre, la ciudadanía española (el Frente Popular), para que le llevase leche y miel a su abuelita España. Entonces la abuelita fue atacada por un lobo feroz llamado Franco. El lobo se comió a la abuelita y estuvo la abuelita en la panza del lobo durante 36 años. Pero al final llegó la democracia (el leñador) y le rajó la panza al lobo y la abuelita en su libertad (gracias al consenso y el común acuerdo de los dialogantes españoles) nos dio una democracia por emergencia metafísica. Puro cuento infantil, pero así es como más o menos ha calado esta historia en las conciencias de la mayoría de los españoles (sobre todo jovencitos y jovencitas). ¡Hay que ver cómo nos han engañado! ¡Qué maestría en el arte de la propaganda, sí señor!

Franco no era republicano y no vio con buenos ojos la llegada de la República, quizá temiendo lo que iba a pasar. Sin embargo, en la práctica, a Francisco Franco hay que reivindicarlo como el último bastión del republicanismo, esto es, de la legalidad republicana, para más inri, pues fue el último en sublevarse, esto es, en derribar violentamente la República. Se sublevaron durante el primer bienio (el mal llamado «bienio progresista», un bienio lleno de disparates de don Manuel Azaña, más bien habría que decir, francamente, que fue un «bienio negro») los anarquistas (con tres absurdas mini-insurrecciones, aunque la última fue contra el gobierno de Lerroux) y Sanjurjo (una insurrección de una mínima parte de la derecha que costó sólo 10 vidas humanas y casi todas rebeldes y que tuvo como motivación impedir el estatuto catalán, el cual fue un intento de insurrección que, como bien dijo Azaña, sirvió más para fortalecer que para dañar a la República); se sublevaron la Esquerra y el PSOE en 1934 (tras no aceptar el resultado de las urnas, ¡acto antidemocrático soberano!); Azaña también intentó dar dos golpes de Estado tras perder el poder. Y lo del 18 de julio fue un «golpe» (frustrado, pues se transformó en guerra civil) planeado por Mola y Sanjurjo, sumándose Franco al ataque cuando llegó la gota que colmo el vaso: el asesinato de Calvo Sotelo, el jefe de la oposición, y no por una «banda incontrolada de pistoleros», sino por unos guardias de asalto ordenados por el ministerio de la Gobernación; señal inequívoca de que la Segunda República estaba podrida hasta la médula. Es decir, Franco fue el último en sublevarse, esto es, en revelarse contra la República, ya que prácticamente no quedaba ninguna personalidad política y militar con suficiente relevancia como para hacerlo. Si Franco hubiese sido fascista no hubiese dudado en dar un golpe de Estado tras la insurrección del PSOE y la Esquerra en el 34, cosa que no sucedió; luego el Caudillo ni fue fascista antes de gobernar ni cuando gobernó.

Pero, ¿hasta qué punto lo del 18 de julio fue una sublevación, es decir, una rebelión (pues fueron llamados «los rebeldes», título que le gustaba mucho a Franco)? No fue exactamente una rebelión, pues ya no había Estado (luego no fue un golpe de Estado, como afirmé antes), pues el gobierno del Frente Popular no era un gobierno, ¡era un desgobierno!, y estaba llevando a cabo un ejercicio de revolución dentro del propio Estado. Si la derecha no se hubiese sublevado hubiese sido machacada. Como dice Stanley Payne, para la derecha hubiese sido más peligroso no alzarse que alzarse. Ya lo dijo muy bien, ¡pero que muy bien!, José María Gil Robles en las cortes: «un gran parte de la población, que por lo menos es la mitad de la nación, no se resigna a morir, yo os lo aseguro». Por eso precisamente vino el 18 de julio, que fue un movimiento «cívico-militar», ya que media nación no se resigna a morir, ¡porque no se resigna a morir, como es natural!

Franco, que ya lo dejó bien dicho en su manifiesto, no se sublevó contra la República, sino contra el gobierno del Frente Popular, que era un gobierno (un desgobierno) que no cumplía la ley, que no cumplía la constitución. Dicho de otro modo: la constitución del 9 de diciembre de 1931 era papel mojado, ¡ya no había República! Dicha República (y ello resulta paradójico, dada la historia que nos han contado) fue liquidada por los propios «republicanos» (después de todo mal llamados así). Fueron ellos los que acabaron con la República, con la democracia (¡con tanto que presumen de «demócratas» y de «republicanos»!), al no aceptar el resultado de las elecciones del 34 y al manipular el resultado (resultados que no han sido publicados) de las elecciones del 36. La izquierda (la llamada así) fue el lobo feroz que se comió a la abuelita; y Franco, eso sí, era otro lobo, pero no porque atacase a la abuelita, sino porque atacaba a otros lobos que la estaban acechando.

En una carta dirigida al «infante» o «pretendiente» don Juan de Borbón fechada el 6 de enero de 1944, Franco analiza la situación de su régimen tras el Alzamiento: «Poniendo por delante que para mí el Poder es un acto de Servicio más, entre los muchos prestados a mi nación y a su fin, el bienestar único, he de sentar varias afirmaciones: a) la Monarquía abandonó en 1931 el Poder a la República; b) nosotros no nos levantamos contra una situación republicana; c) nuestro Movimiento no tuvo significación monárquica, sino española y católica, d) Mola dejó claramente establecido que el Movimiento no era monárquico; e) los combatientes de nuestra Cruzada pasaron de un millón, y los monárquicos constituían entre ellos exigua minoría. Por lo tanto, el régimen no derrocó a la Monarquía ni estaba obligado a su restablecimiento. Entre los títulos que dan origen a una autoridad soberana, sabéis que cuentan la ocupación y conquista, no digamos el que engendra el salvar a una sociedad». El análisis del Caudillo es, punto por punto y palabra por palabra, ¡rigurosamente cierto!

Pero los progres nos dirán que Franco era «fascista» porque durante la guerra tuvo como aliados a las «potencias fascistas». Hay que decir que esa alianza fue muy polémica, fue una alianza muy sui generis (tan sui generis como la que mantuvieron Alemania e Italia). Las potencias del Eje (no había comenzado aún la guerra mundial pero sí existía ya el Eje Berlín-Roma) no dominaban a Franco, más bien Franco las dominaba a ellas, ni punto de comparación con el control casi «totalitario» (podríamos decir) de la Comintern sobre el Frente Popular (un Frente Popular que ni mucho menos defendía la República democrática del 14 de abril del 31, sino que se revestía de democracia para que las potencias capitalistas no interviniesen en el conflicto a favor de Franco, según la tesis de Burnett Bolloten).

La Comintern, pues, divulgó propagandísticamente que la Guerra Civil española suponía un conflicto entre las libertades democráticas («¡Libertad para qué!») y la opresión reaccionaria fascista (o clerical-fascista, «fascismo frailuno»). Según esta interpretación maniquea y simplista, la contienda española era una lucha entre el fascismo y el antifascismo, entre la burguesía fascistizada y el proletariado de la «República de trabajadores de todas las clases». Esa interpretación de la Guerra Civil es tan metafísica, tan falsa y en general tan estúpida como la interpretación que le dio la Iglesia católica como «cruzada» frente a la «barbarie comunista». El fascismo no era entonces una posición que, a nivel estatal (en el sentido de la dialéctica de Estados) estuviese organizado para enfrentarse al temible imperio comunista soviético, ni Franco era fascista (sin perjuicio de su fervor anticomunista). Por consiguiente, interpretar a Negrín como el «abanderado español del proletariado como clase universal» es tan disparatado como interpretar a la figura de Franco como «envidado de Dios para abanderar la cruzada contra el comunismo, la masonería y el judaísmo». Ni Negrín era el mesías del proletariado ni Franco era el mesías del Dios de la Iglesia católica; Franco fue simplemente el «Caudillo de España» pero no «por la Gracia de Dios», y harto tenía con ello. A Franco Dios no le hacía falta para nada (aunque sí le fue muy útil las instituciones cristianas, pues lo importante del cristianismo no es Dios, ni siquiera Cristo, lo importante de cristianismo es la Iglesia).

Durante la guerra, los dos bandos buscaron en el extranjero aliados que le suministrasen armas (causa que hizo que el conflicto se prolongase). El Frente Popular buscó la ayuda no en las potencias democráticas sino en el nuevo imperio mundial, esto es, en la Unión Soviética. El gobierno del Frente Popular consiguió una gran cantidad de armas a cambio de las reservas de oro (el famoso «oro de Moscú»). Franco, en cambio, logró a crédito la solidaridad italo-germana y también consiguió la suministración de petróleo de parte de EEUU. Ahora bien, los progres se ponen de uñas cuando ven que Franco colaboró con las «potencias fascistas» (sintagma oscuro y confuso donde los haya, por todo lo que llevamos dicho), pero sin embargo ven con buenos ojos la solidaridad soviética. Pero las alianzas no son en absoluto reprochables, y son tan importantes como las propias fuerzas. Sin embargo, en honor a la verdad hay que afirmar que por aquellos entonces (hablamos de los tres años que trascurren entre 1936 y 1939) los campos de concentración de aniquilación masiva de judíos y otras etnias no existían y, como hemos dicho, el fascismo italiano fue relativamente poco sangriento (hemos dicho, junto a Stanley Payne, que proporcionalmente fue menos violento en su ascenso al poder que los acontecimientos turbulentos de iniciativa izquierdista de la «primavera trágica» durante el derrumbe de la Segunda República); y sin embargo el Gulag ya lleva casi dos décadas funcionando a toda máquina; el Gulag es 25 años anterior a Auschwitz; es más, los campos de concentración alemanes se inspiraron en los campos de concentración soviéticos. Dicho sea de paso, esa dicha red de campos de concentración no fue diseñada por Stalin, sino por Lenin; lo digo porque muchos pánfilos creen ingenuamente que Lenin era el bueno y Stalin el malo, el que traicionó la revolución; cosa del todo falsa pues el estalinismo no supuso una ruptura con el leninismo, sino más bien supuso la continuación. Así pues, los bolcheviques fueron los maestros de los nazis en el diseño del terror masivo en campos de exterminio. No diré que dichos crímenes fueron «crímenes contra la humanidad», pues esa expresión es absurda, tan absurda como «patrimonio de la humanidad». Esos crímenes fueron contra una parte de la humanidad (judíos, gitanos, eslavos, burgueses, antinazis, anticomunistas, &c.), pero no contra la humanidad (desconozco a esa señora).

Pero la izquierda fundamentalista justificará los crímenes izquierdistas como actos heroicos, como dolores de parto necesarios para el alumbramiento de la sociedad comunista: el fin de la explotación «del hombre por el hombre»; y sin embargo los crímenes derechistas son asesinatos horrendos. Dicho llanamente: si uno de izquierdas mata a uno de derechas es un héroe, pero si uno de derechas mata a uno de izquierdas entonces es un asesino hijo de la gran puta. Si uno dice que es un «fascista» todo el mundo se escandaliza e inmediatamente lo desprecian, pero si dice que es «comunista» es respetado e incluso admirado. Pero, como hemos dicho, el fascismo fue muy inferior, en lo que a víctimas se refiere, al lado del comunismo. Es más, entre fascismo, nazismo, comunismo y capitalismo el fascismo es el menos sangriento de todos, ¡toda una paradoja! Unos matan a millones y otros crían la fama. (Y que conste, para que no se me malinterprete, que, filosóficamente hablando, considero que el comunismo es mucho más interesante que el fascismo).

Voy a poner un ejemplo de esto último: en Franco para antifranquistas, Pío Moa relata que el 16 de marzo del 2005 varias personalidades de la izquierda y de la cultura, es decir, de antifranquistas (retrospectivos en su amplia mayoría), homenajearon al ex líder del PCE Santiago Carrillo en su 90 cumpleaños (entre esas personalidades se encontraba el presidente del gobierno: el masón José Luis Rodríguez Zapatero, y digo que es masón porque él nunca lo ha desmentido). El homenajeado fue el máximo responsable de las matanzas de Paracuellos del Jarama durante la Guerra Civil, pero aun así es respetado porque es de «izquierda» (aquí en España, sobre todo cuando gobierna el PSOE, el mito de la izquierda funciona a toda máquina y el que sea de «izquierda» está moralmente justificado, haga lo que haga). Su regalo de 90 cumpleaños consistía en presenciar cómo se retiraba una estatura de Franco (al cual, por cierto, después de lo que llevamos dicho, habría que construirle y levantarle un monumento), colocándose en su lugar las estatuas del Lenin español (el incualificado Largo Caballero) y el ladrón del yate Vita (el exiliado y líder del primer antifranquismo, Indalecio Prieto, uno de los políticos más sinvergüenzas que ha parido la Nación Española). Allí asistía la farándula socialdemócrata: Ana Belén, Víctor Manuel y El gusto por la pasta es nuestro, aplaudiendo la vida de Carrillo como ejemplo. Estos progres dicen que son de «izquierda» no para definirse políticamente, sino para justificarse moralmente e ir de guay e intelectual por la vida, como si el comunismo no hubiese acabado con la vida de más 100 millones de personas. Pero, como dice Ricardo de la Cierva, Carrillo miente. Este Carrillo, por cierto, prefirió a Stalin que a su padre, Wenceslao Carrillo. Allá él y su conciencia…

Pues bien, volviendo a lo que comentábamos, una vez que Moscú se hizo con el oro tuvo al Frente Popular a sus órdenes, es decir, tomó la sartén por el mango y puso toda la carne en el asador, cosa que ni por asomo ocurrió en el otro bando. Franco siempre mantuvo su independencia, nunca le ordenaron lo que tenía que hacer; e incluso dejó desde el primer momento bien claro (durante la crisis de Múnich en el año 38) que en caso de guerra mundial España sería neutral: cosa que puso los gritos mussolinianos en el cielo. Hitler también se sintió molesto, y dijo con desdén: «Sé que es una cerdada, ¡pero qué otra cosa iban a hacer los pobres diablos!». Las intenciones de neutralidad de Franco eran contrarias a las temibles intenciones frentepopulistas: empalmar la guerra civil con la mundial, ¡con las consecuencias desastrosas que eso hubiese acarreado! Aunque durante la contienda mundial, como hemos dicho, España no fue neutral, sino no beligerante y favorable al Eje, por lo menos hasta que éste se veía como vencedor de la guerra; pues si España no colaboraba no participaría en la paz nazi-fascista (más bien la paz nazi) ni en la reconstrucción de Europa.

El PSOE (es decir, «los malos»), en cambio, hacía todo lo que ordenaba Stalin; Largo Caballero y sobre todo Negrín fueron los tontos útiles de Stalin (o mejor dicho los tontos inútiles). El Partido Comunista Español estaba totalmente infiltrado en las instituciones del gobierno del Frente Popular, cosa que les interesaba para ocultar sus intenciones revolucionarias y evitar, como hemos dicho, la intervención de las potencias capitalistas en apoyo al bando nacional. Esto es lo que Burnett Bolloten llamó «gran camuflaje». Hay que tener en cuenta de que el PCE era el último bastión del comunismo en Europa occidental.

Otra cosa que se discute son los gastos de pago de cada bando: «el Frente Popular gastó, con los soviéticos y en otras muchas cosas dispersas, mucho más dinero que los nacionales, pues no sólo agotó las reservas de oro y plata sino que, como señala el historiador anarquista Francisco Olaya [nadie pone peor a los comunistas que los anarquistas], hubo muchos más pagos, procedentes del expolio de bienes particulares y de la nación, otro en especie (textiles), &c. Probablemente el arriesgadísimo traslado de los mayores tesoros nacionales, en particular los cuadros del museo del Prado, tuvo por objeto servir de garantía para los últimos envíos de armas concedidos por Stalin hacia el final de la contienda, cuando ya se había consumido el oro». En cambio, «Franco recibió más ayuda de Italia que de Alemania, pero la primera no sólo la pagó en largos plazos, sino a precio de saldo, en las liras muy devaluadas de la posguerra mundial. De Hitler no pudo arrancar condiciones tan benévolas, pero pudo pagar la deuda poco a poco, la última parte después de 1945, a los Aliados vencedores del III Reich [para más inri]». «En resumen, Franco obtuvo ayuda en condiciones mucho mejores que sus contrarios, gastó mucho menos en ella, pese a lo cual posiblemente consiguió más armas; nunca perdió su independencia con respecto a Roma y Berlín, al revés que sus enemigos con respecto a Moscú; y no sufrió un partido dependiente del exterior [como el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores o el Partido Nacional Fascista] como el PCE en el lado opuesto». (Pío Moa, Franco para antifranquistas, Áltera, Barcelona, 2009, pág. 104).

Otra cosa abominable dentro del Frente Popular eran los nacionalistas fraccionarios vascos y catalanes, que consiguieron algo que era absolutamente imposible: hacer que Negrín parezca bueno, como pone de manifiesto Azaña, palabras que no tienen desperdicio: «Está muy irritado por los incidentes a que ha dado lugar el paso de Aguirre por Barcelona. Aguirre –dice [Negrín]– no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca –agrega– lo que llaman españolista, ni patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si estas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros o nuestros hijos o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga a pedir dinero y más dinero…». (Azaña, Obras completas, IV, pág. 701, cursivas mías).

Hay que decir también que ya una vez finalizada las guerras (Civil y Mundial) y, por tanto, en tiempo de paz, lo peor del franquismo fue el antifranquismo, que por supuesto no era democrático, sino comunista o secesionista. Pero la oposición armada al franquismo fue prácticamente escasa (o debió de ser numerosa, pero en el fuero interno), sin el menor apoyo de la población (Maquis, GRAPO, ETA, &c.). El antifranquismo, ¡parece mentira!, es algo que prácticamente no existió cuando vivía Franco; cuando existe el antifranquismo es ahora (¡después de 34 años de su muerte!). Ahora casi todo el mundo (casi toda España) ideológicamente es antifranquista, por motivos psicológicos o por motivos políticos interesados (juego sucio al más puro estilo socialdemócrata, como hacen con los titiriteros que apoyan al juez Baltasar Garzón con su complejo de Jesucristo). Estamos ante una tremenda oleada de «antifranquismo retrospectivo», el antifranquismo después de Franco (¡claro, así cualquiera!). Esta oleada de antifranquismo trasnochado se debe a la campaña fundamentalista de la Internacional Socialista y su gran aliada: la Francmasonería, en concreto en Gran Oriente español. Muchos que son del PSOE, como el caudillo del Imperio Prisaico Luis de Polanco (que perteneció al frente de juventudes y fue uno de los hombres más millonarios durante el franquismo), fueron antifranquista una vez muerto Franco. También el ex director de El País, Juan Luis Cebrián, se pasó al antifranquismo tras la muerte del Caudillo (dicho cambio jamás ha sido explicado públicamente, por eso Pío Moa, y con razón, pide que estos señores publiquen un libro que se titule Por qué deje de ser franquista). Ahora, cuando es completamente inútil, son antifranquistas; ¡qué pandilla de mamarrachos! Pero, como digo, detrás de ese «antifranquismo» no hay sólo mamarrachería, sino también intereses claramente electorales y fines descaradamente lucrativos (ya lo dije: a los del PSOE les conmueve la pasta, por no hablar de los titiriteros de la ceja, los que Gustavo Bueno llamó «farándula socialdemócrata»).

La democracia actual no tiene prácticamente nada que ver con la Segunda República (¡la nefasta Segunda República!); la democracia actual es producto del franquismo. La palabra transición es un eufemismo entre ruptura y continuidad. Y evidentemente ha habido más continuidad que ruptura. La democracia actual no es producto del fundamentalismo democrático, que por emergencia metafísica ha sacado de su seno el régimen democrático (que en el fondo es el régimen del mercado pletórico de bienes y servicios: el régimen capitalista, lo que ideológicamente se conoce como «democracia liberal»). La democracia actual se debe a los 36 años de dictadura generadora del franquismo, que supusieron 36 años de acumulación de capital para que en España subiese el nivel de vida y se pudiesen desarrollar las condiciones materiales, necesarias y realmente existentes que hiciesen posible la eutaxia de un régimen democrático. Ya en los años sesenta había más de cuatro millones de niños escolarizados junto a cien mil maestros, casi todo el mundo tenía su piso a plazos, su seguridad social, su Seat seiscientos y su billete de lotería calvinista en el bolsillo. Los años que trascurren de 1954 a 1975 son los años que más prosperidad económica e industrial ha tenido España en toda su historia. Y de este modo se pudieron erradicar de España las dos grandes lacras de la nación: el hambre y el analfabetismo. ¡Vamos, desde luego que España durante el franquismo no era el paraíso pero tampoco el infierno, precisamente! Este tipo de régimen poco tiene que ver con el fascismo.

Actualmente en España, dada la hegemonía del realmente existente bipartidismo agresivo y fundamentalista entre PSOE-PP (unas veces PSOE otras veces PP, ese es el camino, y así no sabemos hasta cuándo), se ha vuelto a popularizar el mito de la izquierda y de la derecha (incluso en muchas ocasiones por derecha se entiende ingenuamente «fascismo»). La falsa conciencia de un buen porcentaje de españoles está anclada en el maniqueísmo metafísico dualista del bien y del mal: la izquierda son los buenos, la derecha son los malos. La gran mayoría de los españoles están, pues, imbuidos totalmente por aquella frase de Antonio Machado que rezaba: «una de las dos España ha de helarte el corazón». Este infantilismo ha cuajado sorprendentemente en millones de sujetos operatorios antrópicos que habitan como ciudadanos en la Nación Política Canónica Española, todavía realmente existente, pese a quien le pese. ¡Cómo se ha podido tergiversar la historia de esa manera!

En El mito de la derecha, Gustavo Bueno ha sostenido la tesis de que el mito de la izquierda y de la derecha (inventado por las izquierdas) sólo está incubado en los países católicos (Francia, Italia y España, fundamentalmente). Durante 1000 años la hegemonía del agustinismo político, esto es, el providencialismo de la Historia agustiniano, trataba de trasportar a la humanidad de la ciudad terrena (el Estado) hacia la ciudad celeste; es lo que Bueno llama el «anarquismo de San Agustín». San Agustín antes de iniciarse y bautizarse en el cristianismo fue maniqueo. Los maniqueos hablaban de dos dioses: uno bueno y otro malo, he aquí el gran combate que se desencadenará a favor del bien contra el mal aplastado. Dicho esquema mitológico ya se venía dando desde el mazdeísmo, con los dioses Ormund y Oriman. Pues bien, San Agustín tomó las tesis mitológicas maniqueas para reconstruirlas en un montaje cristiano y llevar a cabo su teología de la historia: La ciudad de Dios. Según Agustín, existen dos ciudades: la Ciudad de Dios (Jerusalén, pero en última instancia la Iglesia de Roma) y la Ciudad del Diablo, la ciudad terrena (Babilonia, que ya fue condenada por el Apocalipsis como «la gran ramera, la madre de todas las abominaciones de la tierra»). (Habría que decir aquí: «una de las dos Ciudades ha de helarte el corazón»). Al final de los tiempos, tras la segunda venida de Cristo, la Ciudad de Dios se hará efectivamente universal, pues después de la «alienación» viene la salvación y todo se reintegrará en el seno de Dios Padre. Los condenados, eso sí, irán para siempre a la Ciudad del Diablo, al infierno de azufre y fuego y por toda la eternidad, entonces «será el llorar y el crujir de dientes». Pues bien, este mito se secularizó en innumerables doctrinas (las llamadas por Gilson «metamorfosis de La ciudad de Dios»). El mito de la izquierda y de la derecha es una de esas metamorfosis de La ciudad de Dios.

Baltasar Garzón, el último bastión del antifranquismo retrospectivo: el Complejo de Jesucristo y el Pensamiento Alicia. En torno a la particular «primavera trágica» del «defensor de la utopía»

Antes de concluir este artículo me gustaría reiterar mi más sincero aprecio y reconocimiento por la vida y obra del Caudillo. Yo no soy de derechas, pero mi máxima admiración por ese gran militar, ese gran político y esa gran persona que fue Don Francisco Franco Bahamonde; el cual, pese a quien le pese, es como el grandioso Cid Campeador, pues vence sus batallas hasta después de muerto. Lo digo por la investigación frustrada que desde el año 2008 hasta estos días de «primavera trágica» ha estado llevando el juez (o ex-juez, o semi-juez, o anti-juez) Baltasar Garzón con su patético «complejo de Jesucristo»; complejo de Jesucristo que, por cierto, se ha incorporado al Pensamiento Alicia.

Garzón es un perfecto desconocedor de la Segunda República, la Guerra Civil y el franquismo. La ignorancia del llamado «juez estrella» (ahora juez estrellado en la suspensión cautelar) es supina. Al parecer, Garzón no sabía que Franco, Mola y Queipo de Llano están muertos, pues pidió el parte de defunción de cada uno, por increíble y ridículo que esto parezca (a pesar de que el entierro de Franco fue el entierro más multitudinario de la historia de este país). Este señor intentó procesar a Franco, pero a los muertos no los juzga ni Dios. Garzón ha sido suspendido no por investigar los crímenes del franquismo, sino por investigar los crímenes del franquismo prevaricando. Los delitos de la Guerra Civil prescribieron penalmente en 1969, y quedaron resueltos definitivamente en la ley de amnistía del 15 de octubre de 1977; una ley, por cierto, que reclamó la «izquierda» en las calles con aquello de: «¡Libertad, Amnistía, Estatuto de Autonomía!».

El pasado 17 de mayo del 2010, el juez suspendido es premiado. Garzón es de esos pocos frescos que cuando son despedidos (o suspendidos) siguen ganando pasta. A este tío le gusta mucho, ¡muchísimo!, el dinero; el dinero le encanta, yo diría que hasta le conmueve (no olvidemos que es del PSOE, por eso no hay que reprochárselo, esa gente siente una sensibilidad muy especial por el dinero, es algo natural cuando se es progre). Pues bien, el premio que recogió Garzón es uno de los galardones más importantes de la defensa de los derechos humanos, el Premio Libertad y Democracia René Cassin, nombre del principal redactor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y Nóbel de la Paz en 1968. Evidentemente este premio es un premio de la masonería. Este René Cassin es ni más ni menos que un masón (o era, porque ahora está más muerto que Wojtyla). He aquí un documento poco sospechoso que lo confirma: «La Declaración de Derechos Humanos, en su articulo primero, conlleva una visión mas (sic) trascendente y menos localista que la de la Declaración de la Independencia de los EEUU, sin duda gracias a la influencia francesa, al considerar sujeto de derecho al ser humano en general. Fue un Hermano francés “ René Cassin” (sic), el encargado de impulsarla y elaborarla con la colaboración inestimable de una mujer (sic) Eleanor». (Pongo el enlace para que se vea que el presente documento no me lo invento: http://masonerialiberal.com)

Garzón ha incorporado a su complejo de Jesucristo el Pensamiento Alicia, al menos esa es mi primera impresión al oírle decir la siguiente sarta de majaderías, majaderías con las que recogió y agradeció su premio: «Para mí es un honor recoger este premio y hacerlo en estas circunstancias especiales y difíciles». Se refiere a su particular «primavera trágica». «Creo que esas circunstancias me reivindican en mis principios y firmeza en la justicia contra la impunidad y a favor de las víctimas, casi siempre olvidadas. Me constituyo en defensor de la utopía» ¡Y es que la cosa tiene bemoles! «Soy juez y por tanto un hombre del derecho y para el derecho, y como diría Cicerón esclavo de la ley. Pero de una Ley no sólo local sino universal». Garzón transforma lo local en universal, como hacían los masones extrapolando la Declaración de Independencia de EEUU a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como hemos visto. ¡Anda que si nos sale masón este Garzón! «Cuando hablamos de impunidad casi siempre se hace referencia a la que generan las normas legales que la proclaman o la imponen después de que finalizó el tiempo en que se cometieron las atrocidades que quieren perdonarse o olvidarse». Garzón quiere presentarse, según lo que dice, como un juez inmisericorde con los asesinos, como inmisericorde es Dios con los pecadores y los impíos. Y sigue con su cháchara metafísica recalcitrante a más no poder: «La justicia internacional y la universal tienen que tomar la voz y la palabra y emprender la acción contra la impunidad. Si existe un juez independiente aún en el lugar más alejado del planeta aún no se ha perdido la esperanza [la fe y la caridad]. La inactividad o indeferencia frente a los crímenes propios o ajenos supone la derrota de la justicia. No se puede construir la democracia sobre millones de cadáveres mudos» Habría que decirle al juez antifranquista y antigenocida retrospectivo que precisamente la democracia se construyó así, pues la democracia realmente existente, la democracia occidental, es fruto de la super ultra mega hiper sangrienta Segunda Guerra Mundial. Si Garzón es coherente, aunque mejor que no lo sea, ¿se atreverá a juzgar entonces, no sólo ya a los nazis o a los fascistas, sino también a las potencias «democráticas» que bombardearon Dresde asesinando cruelmente a 350.000 personas, que tiraron dos bombas atómicas sobre Japón acabando con otras tantas, y que impusieron campos de concentración en Francia y EEUU para después en la paz de los vencedores sobre los vencidos impusiesen su Declaración Universal de los Derechos Humanos burgueses? (Los cuales, por cierto, no son realmente universales, porque ni China ni la URSS la firmaron; y creo, y además estoy convencido, que eso no es reprochable, porque dicha Declaración es materialmente imposible. Son normas éticas que se extrapolan a la política, pero los masones no saben que lo que éticamente puede ser reprochable políticamente puede ser correcto). ¿Juzgará Garzón también a Stalin por dar carta blanca a las tropas soviéticas cuando tomaron Berlín con el balance de 2 millones de violaciones y la exportación de 10 millones de soldados alemanes a campos de trabajo en Siberia?

La Guerra Civil, sin perjuicio de su horror, fue una guerrita y su represión una represioncita si la comparamos con la Guerra Mundial (tanto con la Primera como con la Segunda). Se calcula que en el conflicto segundo mundial murieron unas 60 millones de personas, y en la represión, cosa que no se suele decir, unas 20 millones de personas (e innumerable es la cantidad de heridos y mutilados). En la Guerra civil las víctimas en conflicto fueron unas 150.000 y en represión otras tantas, y las víctimas se reparten más o menos entre los dos bandos; aunque en proporción los crímenes por represión del Frente Popular fueron algo más numerosos.

Pero sigamos con la retahíla de disparates de Garzón: «Precisamos una nueva conciencia universal». Garzón como representante de la «conciencia universal» en la Tierra: eso es algo para echarse a temblar. «Ya somos muchos y creceremos más y nos haremos una fuerza de choque». Sí, en eso hay que darle la razón al juez estrella, el número de progres aliciescos se está incrementando preocupantemente. Los simpatizantes del juez estrellado en pleno estado de alucine afirmaban: «No se puede entender que suspendan a un juez que abre las fosas comunes»; y otro deliraba: «estamos aquí para homenajear a un juez que ha cambiado el mundo, que ha hecho que las víctimas en el mundo entero encuentren justicia y pedimos que haya justicia para él en su propio país». He aquí la voz de la fe en Garzón y en su complejo justiciero y salvador.

Después de oír esto y después de leer Zapatero y el Pensamiento Alicia, el Fundamentalismo democrático, en especial el capítulo dedicado a diagnosticar el complejo de Garzón, que Bueno desde el bisturí crítico identifica con Jesucristo, sería interesante constatar, al menos como hipótesis, las analogías entre el complejo de Jesucristo y el Pensamiento Alicia. Y claro, de algún modo u otro el Pensamiento Alicia es una de las metamorfosis de la Ciudad de Dios, la secularización del cristianismo, la solidaridad de todos los hombres en la Alianza de la Civilización, donde la justicia reinará hasta los confines de la tierra y más allá (en la comunidad de los espíritus desencarnados, a modo del espiritismo krausista).

Garzón es un Jesucristo Alicia, y ha sido y está siendo el instrumento de la que hace ya 10 años llamó Ricardo de la Cierva «venganza masónica contra Franco»: «Hoy la Masonería, identificada genéricamente también con la Internacional Socialista, interviene de forma decidida en la abominación de Franco a que me estoy refiriendo en el presente estudio». (Se refiere a su magistral libro El 18 de julio no fue un golpe militar fascista, pág. 83). Cuenta la leyenda que Franco odiaba desde joven a la Masonería porque ésta impidió su ingreso. «Eso es una patraña gratuita, de la que no se ha ofrecido ni una sola prueba, pero que se repite insistentemente; si el oficial joven más famoso de África hubiera pedido ingresar en la orden masónica, hubiera sido recibido con alegría y solemnidad, recordemos que un agente masónico importante para el reclutamiento de “hermanos” en el Ejército de África era don Alejandro Lerroux, que mostró siempre mucha inclinación a Franco, hasta el punto que uno de sus gobiernos fue quien le ascendió a general de división, el máximo grado posible en la República». (El 18 de julio, pág. 482). Esta guerra de venganza, por cierto, ya muy retrospectiva, de momento, para más inri, la va ganando Franco (el «Caudillo Invicto»); el cual, como el glorioso Cid Campeador, y me repito, gana sus batallas hasta muerto; ya le ganó tres batallas al PCE cuando con 7 años de muerto –en 1977, en 1979 y 1982– contempló el honrado pueblo español el estrepitoso fracaso de la verdadera oposición al franquismo cuando este era vigente en el juego de la democracia (en las urnas); ese partido se integró en 1986 en la coalición Izquierda Unida (o «Izquierda hundida», como la llamó con sarcasmo, y con acierto, Alfonso Guerra), expulsando al Stalinista y máximo responsable de seguridad (más bien de inseguridad) de los crímenes de Paracuellos, Santiago Carrillo, el cual no quería ni a su padre. Pero desde 1982, coincidiendo con el ascenso del PSOE al poder, la Masonería, que fue legalizada cinco años antes por Su Majestad el Rey don Juan Carlos de Borbón y Borbón y más Borbón, ha ido montando una campaña contra la figura histórica de don Francisco Franco que de momento ha desembocado en la aventura bochornosa de Garzón. Es a partir de 1996, cuando el PP ganó las elecciones, cuando la campaña se ha enfurecido de una manera bochornosa, en plan el que no está conmigo está contra mí, una campaña de sectarismo puro y duro. Ahora resulta que hay más antifranquistas en España que con Franco, y que si con Franco eran lo peor, pues con la democracia también. Garzón está imbuido de antifranquismo retrospectivo y morboso hasta el corvejón.

Al complejo del adinerado Garzón se suma la idiocia de los titiriteros, encabezados por la también adinerada Pilar Bardem (¡a mí los progres forrados de pasta me repatean, porque se creen que son guays y pueden justificarse moralmente por ser de «izquierda», como si eso les diese una especial legitimidad!). El «director de cine» Pedro Almodóvar dijo que otra victoria de Franco sería difícil de aceptar (Por cierto, Almodóvar hace el anuncio publicitario del Ministerio de Igualdad, el ministerio feminista de la feticida Bibiana Aído o Bibiano Aída. Y es que Bibiana es toda una chica Almodóvar). También se ha incorporado al gobierno, en el Ministerio de Cultura de infiltrada la titiritera Ángeles González Sinde (González Sindescargas). Estos titiriteros o titiricejas, entre ellos el «antifascista» y lacayo del PSOE Gran Wyoming, empezaron sus carreras en el programa La Bola de Cristal y en esa vergüenza que da grima que llamaban movida madrileña, creo que allá por 1982, fecha en que el PSOE sube al poder, y no es casualidad. Con la crisis económica que existe hay suficientes motivos para liquidar el Ministerio de Igualdad y el Ministerio de Cultura (por no hablar del Ministerio de Justicia y la Audiencia Nacional), entre otros ministerios aliciescos, que nos cuesta a los españoles una pasta.

Claro que para Garzón no existe crisis económica que valga, porque con esto del antifranquismo retrospectivo, encima de quedar progre y guay ante la indocumentada progresía, se gana mucha pasta. Curiosamente, justo cuando es suspendido, a los funcionarios les han bajado el sueldo. Y es que Garzón para qué va a estar en la Audiencia Nacional perdiendo el tiempo, con la de pasta que gana el Gachón. Por lo visto les cobró al sindicato socialista, UGT, sindicato muy culpable de la Guerra Civil, unos 12.000 euros por dar ¡una charla de una hora!

Pues bien, si ser fascista es ir en contra de Garzón y los titiriteros entonces, citando a Calvo Sotelo, «yo soy fascista». El pasado 24 de abril del 2010 cuando llegaba a Sevilla desde mi pueblo me encontré por sorpresa a los progarzonistas y antifranquistas retrospectivos recalcitrantes manifestándose a favor de Garzón en el Palacio de Justicia (gente sobre todo del PSOE e IU, a cantos de «¡España, mañana, será republicana!» y con el ornamento de la, a mi gusto, horrenda bandera republicana presidiendo la ceremonia, ¡con lo bonita que es la bandera de España con el Águila de San Juan!). El diario El Mundo, diario más posicionado a lo que llaman «la derecha», dijo generosamente que asistieron unas 500 personas. Falso, no eran quinientas, eran 300, que las conté. Cierto y verdad que era feria, pero 300 personas significa que a la opinión pública Garzón le importa un carajo, y prefieren cantar y beber en la feria antes que el «defensor de la utopía» resucite a sus muertos. Un cosa: debo de tirarle un pequeño tirón de orejas a Pedro J no sólo por esto sino por los dos tomos de la Historia de España sobre la república y la guerra que publicó la Biblioteca El Mundo con Austral, los cuales están basados en la versión progre-sectaria-negro-legendaria de la Segunda República y la Guerra Civil.

«Concluimos: el complejo de Jesucristo que atribuimos al juez Garzón al anunciar su causa general habría sido desencadenado precisamente por la vigencia de esa Ley de Memoria Histórica. Sin duda, el responsable del complejo es el superego del propio juez. Pero su afán de notoriedad (que puede ser causa necesaria, pero nunca suficiente) hubiera caído en el vacío si no hubiera contado con un terreno abonado por su misma corrupción ideológica, un terreno abonado por su misma corrupción ideológica, un terreno en el que pudiera germinar». (Gustavo Bueno, El fundamentalismo democrático, Temas de hoy, 2010, pág. 249).

Dicho todo esto, haremos nuestras las palabras de Francisco Franco cuando dijo en su manifiesto del 18 de julio: «Españoles: ¡¡¡Viva España!!! ¡¡¡Viva el honrado pueblo español!!!».

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FUENTE:

https://ser1889.wordpress.com/2018/10/18/2459/

El Demonio es de izquierdas

13 de octubre de 2018 by
ADELANTE LA FE

El Demonio es de izquierdas

Hoy en día se usan constantemente los términos “izquierda” y “derecha” para identificar a los dos bandos opuestos de la lucha política. Esto es problemático por varias razones. Primero, porque casi nadie sabe realmente lo que significa. Para algunos se trata de la moralidad; para otras tiene más que ver con la economía; y para otros está sobre todo vinculado a un modelo de estado. La verdad es que tiene que ver con los tres aspectos, como explicaré más adelante. Segundo, porque los partidos que hoy se consideran de “derecha” no lo son en un sentido genuino. Son más bien conservadores; es decir, sólo buscan conservar el estatus quo, en lugar de cambiar las cosas para mejor. Esto es porque, al ser relativistas, sin un estándar moral absoluto, carecen de una visión trascendente. Y tercero, es confuso porque hay una agenda detrás de la izquierda que se suele ocultar. Nos presentan propuestas políticas que no son más que cebo para las masas. Los políticos de la izquierda no son sinceros, ni en sus motivaciones, ni en sus objetivos. Lo que realmente persiguen todos los partidos de izquierda es la Revolución, pero esto no lo dicen porque sería demasiado radical para las masas y perderían apoyo popular.

En España entiendo que entre el nacionalismo católico, el término “de derechas” causa bastante aversión, por la historia particular del país y porque se percibe como una imposición arbitraria del sistema liberal. A pesar de ello, al ser forastero, escribo desde una perspectiva algo distinta. Además, pienso que los conceptos “izquierda” y “derecha” pueden ser útiles en un sentido didáctico.

En otros artículos he hablado de la falsa dicotomía entre los partidos de derecha e izquierda, que en las democracias modernas no son más que envoltorios distintos para el mismo producto. ¿Significa esto que ya no existe la derecha? Claro que aún existe, pero es muy difícil que tenga representación política, porque los poderes mundiales hacen todo lo posible para fagocitar cualquier organización auténticamente de derechas. Siempre colocan a los suyos como falsa oposición; neutralizan la oposición real con una oposición controlada. En realidad, la derecha sólo sobrevive en pequeñas células de la sociedad, esparcidas entre los países, sin organización central. La derecha sobrevive en cada alma que se opone a los planes de Satanás de imponer su Nuevo Orden Mundial, en cada alma que lucha contra la Revolución. ¿Qué es esencialmente la Revolución? La destrucción del orden social cristiano.

En Argentina hemos visto recientemente como la Revolución ha perdido una batalla, cuando el Senado de dicho país rechazó la legalización del aborto. La izquierda y la falsa derecha, todos los principales medios de comunicación y el Sistema entero estaban a favor de legalizar el aborto. Ni siquiera la jerarquía de la Iglesia Católica, que debería ser el faro que guía al pueblo por el camino del bien, parecía demasiado interesada en pararlo. Muchos obispos se callaron, por no querer “meterse en política”. Sin embargo, el bien prevaleció. Fue gracias a las oraciones de millones de fieles sencillos y a la movilización de ciudadanos anónimos. Ellos, en esta situación, representaron “la derecha”; una derecha huérfana, sin liderazgo, sin grandes medios económicos, y sin el apoyo de los medios de comunicación.

Para saber qué significa en verdad ser de derechas pienso que hay que conocer el origen de la idea. Muchos piensan que los términos derecha e izquierda remontan a los tiempos de la Revolución Francesa, cuando en la Asamblea Nacional, los que defendían el Ancien Régime se sentaban a la derecha de la tribuna y los partidarios de la República se sentaban a la izquierda. Es cierto que fue a partir de aquella época que se empezó a usar estos términos en política. Y es cierto que los dos pilares que sostenían el antiguo régimen, la monarquía y la Iglesia, están estrechamente ligadas al concepto de la derecha. No obstante, la idea de derecha e izquierda, como dos formas opuestas de entender la vida, es muchísimo más antigua, y no basta ser monárquico y católico para ser de derechas. Yo diría que la idea es tan antigua como la Humanidad misma.

Un pasaje fundamental es cuando Nuestro Señor habla sobre la derecha y la izquierda, en referencia al Juicio Final:

Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. (Mateo 25:31-33)

Para nuestra disquisición este pasaje evangélico es sumamente interesante, porque los que están destinados para la salvación son los que están a la derecha del Señor y los que van a la condenación eterna son los de la izquierda. Uno podría objetar, diciendo que Nuestro Señor no hablaba de política, y que cualquier comparación entre este pasaje y nuestra situación política actual es mera coincidencia. Yo creo que no. Las Sagradas Escrituras, como ningún otro libro, tienen la virtud de ser relevantes en tiempos y circunstancias muy distintas. La sabiduría popular siempre se ha referido a la izquierda (lo siniestro) como algo malvado y peligroso. Es llamativo también que en los idiomas europeos, la raíz de derecha (la mano derecha) y derecho (sinónimo de recto) es la misma. Si la derecha se asocia con la rectitud, la izquierda es lo torcido. En la cultura popular, la derecha representa la honradez y la responsabilidad moral, mientras que la izquierda representa la mentira y la ilegitimidad.

En este sentido, ser de derechas significa adherirse tenazmente a un código moral, en lugar de optar siempre por el camino fácil del egoísmo. Las victorias de la izquierda, o la Revolución, que hemos dicho es la misma cosa, siempre son mediante las mismas tentaciones; apelando a los pecados capitales, se promete al pueblo una vida mejor. Por poner algunos ejemplos, el triunfo de la revolución de Lutero en el siglo XVI tuvo muy poco que ver con la teología, y mucho más con el pecado de la avaricia de los monarcas y aristócratas, que se hicieron con las cuantiosas tierras y propiedades de la Iglesia. La Revolución Francesa fue gestado por filósofos ateos, pero triunfó entre la plebe gracias al pecado de la ira, un resentimiento y un odio diabólicos, centrados en la persona de Louis XVI. Las distintas revoluciones comunistas durante el siglo XX se lograron gracias al pecado de la envidia. Ningún dirigente comunista lo reconoce, pero en el fondo eso es lo que les mueve; saber que “los ricos” tienen más que ellos. La prueba es que, nada más subir al poder, lo primero que hacen es convertirse en nuevos ricos. La revolución sexual de los años sesenta del pasado siglo evidentemente se consiguió a través del pecado de la lujuría.

Todavía, sabiendo qué hay detrás de la izquierda, es fácil identificar las tentaciones que usan los políticos. Como la serpiente en el Jardín de Edén, dicen al hombre que él “tiene derecho” a esto y a lo otro; levantan la voz para reclamar un reparto equitativo de las riquezas, para exigir justicia para los pobres. La historia se repite. Las masas caen en las tentaciones y luego, cuando descubren que la dictadura del proletariado sólo ha traído muerte y desgracia; cuando descubren que la izquierda no ha hecho más ricos a los pobres, sino que ha empobrecido a todo el mundo; entonces, es demasiado tarde, porque cuando la serpiente llega al Poder, no lo suelta jamás. Los políticos conservadores sólo se lamentan de la “radicalidad” de la izquierda, sin entrar en cuestiones de fondo. Todas sus advertencias suenan a inmobilismo; se oponen al cambio, porque el cambio les asusta, o porque están a gusto con las cosas tal y como están ahora. Son incapaces de desmontar los argumentos y descubrir las mentiras de la izquierda, porque, a diferencia de la izquierda, carecen de una visión política a largo plazo. En realidad esta falsa derecha no se opone a los planes de la izquierda; como mucho consigue frenarlos, y cuando llega al poder después de un gobierno de izquierda, consolida todos los “progresos” de la Revolución.

El segundo aspecto interesante del pasaje evangélico de san Mateo es que Nuestro Señor identifica a los de la derecha con ovejas y los de la izquierda con cabritos. Las ovejas y las cabras tienen caracteres muy diferentes; los primeros son dóciles a las órdenes del pastor, mientras que los segundos son por naturaleza rebeldes. Pienso que lo que quiere decir Nuestro Señor con esta metáfora es que la actitud esencial para salvarse es la docilidad a la voz de Dios. La voz de Dios para los infieles, para los que nunca han escuchado el Evangelio, es su conciencia. Para los que sí hemos oído el Evangelio, además de nuestra conciencia, está la Palabra de Dios y la enseñanza de Su Iglesia. El que es dócil a esa voz, y procura hacer la voluntad de Dios, se salvará; el que se rebela contra esa voz y se empeña en hacer su propia voluntad, se condenará.

En la iconografía cristiana, si Jesucristo, el Hijo obediente, se ha representado como el Cordero de Dios, el Demonio, el eterno rebelde, se ha representado como una cabra. El satanismo moderno no se avergüenza de esta simbología; la representación de Satanás como el Gran Cabrón aparece constantemente en sus imágenes, en la industria de la música especialmente. Los aficionados del heavy metal, un estilo 100% satánico, popularizaron el gesto de los cuernos con la mano, en referencia al Diablo, que ahora se ha normalizado tanto que cualquier famoso lo hace, sin que nadie se altere. Es un indicio de la creciente influencia del Demonio sobre el mundo moderno, en que la mayoría elige ir por la vía de la izquierda y vivir como cabras, en lugar de ir por la vía derecha y ser ovejas.

Ahora que hemos visto los orígenes de la derecha y la izquierda, hay que responder a la pregunta: ¿en qué consiste ser verdaderamente de derechas? Si logramos entender exactamente lo que es la Revolución, promovida por la izquierda, sabremos lo que tiene que ser la derecha: todo lo opuesto. Una de las mejores obras sobre la Revolución es la de Monseñor Gaume, un obispo francés que escribió sobre la conspiración masónica en relación a la Revolución Francesa. La Revolución la define Monseñor Gaume así:

Yo no soy lo que se cree. Muchos hablan de mí y muy pocos me conocen. No soy ni el carbonarismo, ni la rebelión, ni el cambio de la monarquía en república, ni la sustitución de una dinastía por otra, ni la perturbación momentánea del orden público. No soy ni los gritos de los jacobinos, ni los furores de la Montaña, ni el combate de las barricadas, ni el pillaje, ni el incendio, ni la ley agraria, ni la guillotina. No soy ni Marat, ni Robespierre, ni Babeuf, ni Mazzini, ni Kossuth. Esos hombres son mis hijos, pero no son yo. Lo que hicieron son mis obras, pero no yo. Esos hombres y esas cosas son hechos pasajeros en tanto que yo soy un estado permanente… Soy el odio a todo orden que no haya sido establecido por el hombre y donde el hombre no sea rey y dios a la vez.

La clave es esto: subvertir todo orden que el hombre no haya establecido. Los que reniegan del orden dispuesto por Dios podemos decir en cierto sentido que son apóstatas, porque deliberadamente rechazan los dones que han recibido de su Creador. Lo que Dios ha dispuesto en nuestras vidas incluye:

  • Nuestra raza.  En Occidente hay una guerra contra la raza blanca, y muchos europeos autóctonos han asumido un sentimiento de culpabilidad por el mero hecho de ser blancos. El odio hacía la raza blanca ha llegado a tal extremo que llevar una camiseta que dice “It´s OK to be white” (“está bien ser blanco”) es considerado un acto de provocación racista. Ser de derecha necesariamente implica sentirse orgulloso de la raza que tu Creador te ha dado, sea la que sea. Sólo los miserables izquierdistas piden perdón por ser blancos.
  • Nuestro sexo. La ingeniería social contra la noción biológica de los sexos es hoy otro caballo de batalla de la Revolución de la izquierda. La ideología de género pretende convencernos de que ser hombre o mujer es un invento cultural, y que no hay diferencias esenciales entre los sexos. Por tanto, según su delirante teoría, un hombre puede decidir convertirse en mujer, y vice-versa. Este ataque contra la misma biología humana es la última estratagema de Satanás para atacar la Creación de Dios. Los que somos de derechas debemos rechazar con todas nuestras fuerzas esta perversa ideología. Los que somos hombres debemos cultivar la masculinidad, y las mujeres deben ser femeninas. Sin ambigüedad, sin mariconeo.
  • Nuestra familia. La izquierda pretende erosionar los vínculos familiares, en parte porque de esta forma su plan de adoctrinamiento funciona mejor (es más fácil manipular a individuos desconexos que a grupos con fuertes lazos entre sí), en parte porque odia todo lo que viene de Dios. La familia sin duda es sagrada, hasta el punto que el Hijo de Dios quiso encarnarse en una familia. La izquierda odia la institución familiar, especialmente el matrimonio, porque viene de Dios. Mediante la legalización del adulterio, el concubinato y el divorcio, la izquierda debilita el matrimonio, y mediante la propaganda de los medios de comunicación, la promoción de los métodos anticonceptivos y la permisividad frente a la pornografía, trivializa las relaciones sexuales. La derecha debe plantar cara a esta marea de inmundicia, y defender la sacralidad del matrimonio a toda costa.
  • Nuestra patria. La izquierda aboga por un mundo sin fronteras, una utopía multicultural. Este movimiento globalista se fundamenta en el odio hacía la noción misma de patria. Igual que nadie elige su raza, ni su sexo, ni su familia, nadie elige su patria. Es algo que nos viene dado, que Dios ha dispuesto. Con la patria viene una historia y un patrimonio cultural. Los izquierdistas odian las tradiciones, porque ayudan a identificar a las personas con un pueblo concreto. Ellos quisieran que fuéramos intercambiables, sin raíces, como los restaurantes de McDonalds, que son exactamente iguales en cualquier parte del mundo. De esta manera se alcanzaría uno de los grandes objetivos de la masonería desde sus inicios: la abolición de las naciones y la instauración de un gobierno mundial. Naturalmente, la derecha debe oponerse a los globalistas y defender su Patria. Tiene que exigir a su gobierno el control de sus fronteras, sobre todo si está siendo invadida por miles de inmigrantes cada mes, como está ocurriendo actualmente en Europa. La gente de derechas debe celebrar su herencia cultural y rechazar la nefasta influencia del multiculturalismo.

En cuanto a otros aspectos, como el economía o el modelo de estado, la izquierda como siempre prefiere lo que mejor le sirva para hacer avanzar la Revolución. En materia económica esto se resume con una frase: cuantos más impuestos, mejor. La izquierda no cree en el derecho a la propiedad privada, con lo cual se siente justificada cuando confisca más de la mitad de los ingresos anuales de un trabajador. Cuando un gobierno, con la idea de “repartir mejor la riqueza”, quita dinero de un grupo de personas para dársela a otro, se llama simplemente ROBO, y es una grave inmoralidad, a la que las personas de derechas debemos oponernos. No estoy animando a que la gente deje de pagar sus impuestos, porque esa vía lleva directamente a la cárcel. El ciudadano contra el Estado siempre tiene todas las de perder. Estoy afirmando que un gobierno no tiene derecho a quitarle el dinero de nadie para dárselo a otro.

“No robes, el gobierno odia tener competencia”

La política económica de la izquierda nos lleva al modelo de estado que suele implantar: una macro burocracia con millones de funcionarios, que maneja un porcentaje elevado del producto interior bruto. Es decir, exactamente lo que existe ahora en España, gobierne la izquierda o la falsa derecha. Tradicionalmente los impuestos han servido para la defensa militar de la nación, para la justicia, que incluye seguridad y orden pública, y para infraestructuras. Todo lo demás sobra. Los programas gubernamentales de servicios sociales, educación, sanidad, cultura y propaganda, requiere ingentes cantidades de dinero, que consiguen esquilmando a las clases medias (ya se sabe, ni los ricos ni los pobres pagan impuestos). En realidad, tanto gasto público tiene como objetivo inflar el tamaño del estado. Todos los izquierdistas quieren gigantescos aparatos estatales, porque así es más fácil controlar a los ciudadanos. Lo mismo ocurre con la prohibición de llevar armas, una causa preferida de la izquierda; quieren que la ciudadanía esté desarmada, porque así está indefensa frente a los abusos de poder del gobierno. Todo se reduce a esto; la izquierda siempre busca controlar a la población, con el fin de implantar el totalitarismo, donde cada aspecto de la vida diaria es regido por el gobierno.

La derecha debe abogar siempre por un estado pequeño, con poderes limitados. Debe potenciar la iniciativa privada, especialmente en pequeñas empresas. Los ciudadanos deben saber que el Estado no está para cuidar a niños o abuelitos, ni para ocuparse de los parados; eso debe ser cosa de las familias y en casos excepcionales tendrán que encargarse obras benéficas. La derecha, a diferencia de la izquierda, tiene que exigir a los ciudadanos responsabilidad individual, basándose en el principio de la subsidiariedad, tal y como enseña Pío XI en su encíclica Quadragesimo anno. La izquierda, con tantos programas de ayuda gratis, deliberadamente crea adictos a la ayuda del Estado (que pagamos todos), con la intención de tener votos cautivos. Comprar votos con el dinero ajeno es una característica constante del sistema democrático, y no hay izquierdista que no sea experto en esta táctica. En contraste, la derecha debe fomentar la autonomía personal y pedir que el Estado sólo se ocupe de lo estrictamente necesario.

Podría acabar antes resumiendo todo en una frase: para ser de derechas hay que ser contrarrevolucionario. Esta palabra, acuñada por el gran intelectual católico, Plinio Correa de Oliveira, va al meollo del asunto. Si la izquierda lucha sin tregua por hacer avanzar la Revolución, es decir, la destrucción del orden social cristiano, nosotros, los de derechas, tenemos que lucha EN CONTRA de dicha Revolución. No hace falta inventar nada nuevo. Es tan fácil como volver la vista atrás a una época en que la sociedad se regía por las leyes emanadas del Evangelio, una sociedad plenamente cristiana. ¿Cuándo ha existido tal cosa? Según el Papa León XIII, la Cristiandad europea de los siglos XIII y XIV fue exactamente esto.

Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. (Immortale Dei)

La hoja de ruta a seguir para los contrarrevolucionarios, para todos los que se consideran de derechas, la marcó hace más de un siglo el gran Papa San Pío X: Instaurare omnia in Christo (“Restaurar todo en Cristo”).

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varias fotografias 3 septiembre 2018

3 de septiembre de 2018 by

dav

1. Sinead McNamara, mujer australiana hallada muerta en un yate…
2. Mollie Tibbets, mujer americana asesinada y abusada sexualmente por inmigrante…
3. Bergoglio, saludado por Ricca…
4. madre de ocho bebés…!
5. mujer desconocida
6. León Degrell, en España…
7. bebé desconocido…
8. Pedroche, belleza española
9. Adolph Hitler y Eva Braun
10. Serrano Suñer, en Berlin
11. mujer británica en Alemania
12.actriz japonesa
13. mujer llamada Laura

Suecia, un país fallido en caída libre

22 de agosto de 2018 by

Suecia, un país fallido en caída libre

Por Judith Bergman (R).- En 2017, un informe de la policía sueca, Utsatta områden 2017 (Áreas vulnerables, 2017, conocidas comúnmente como “zonas de exclusión” o zonas sin ley) mostraba que existen 61 áreas de este tipo en Suecia. Abarcan 200 redes criminales, compuestas por una cifra estimada de 5.000 delincuentes. Veintitrés de estas áreas eran especialmente críticas: menores de tan sólo 10 años habían participado en delitos graves, incluidos delitos relacionados con armas y drogas. La mayoría de los habitantes eran no occidentales, inmigrantes principalmente musulmanes.

Un nuevo informe, “La relación con el el poder judicial en las áreas socialmente vulnerables”, del BRÅ (Brottsförebyggande Rådet), el Consejo Sueco para la Prevención de la Delincuencia, muestra que más de la mitad de los habitantes de estas áreas —alrededor de 500.000 personas— piensan que los delincuentes afectan a la vida de las personas en la zona, a las que asustan para que no comparezcan como testigos, no llamen a la policía, no se puedan mover libremente y no intervengan cuando presencian actos de vandalismo. Los vecinos temen las represalias de los delincuentes locales, no sólo contra ellos, también contra sus familiares.

Según el BRÅ, “el silencio se ha convertido en una norma establecida en ciertos grupos de habitantes” de estas áreas.

El nuevo informe señala también la existencia de sistemas legales paralelos. El 12% de las personas que viven en estas áreas declararon haber recibido presiones de familiares y comunidades religiosas para que no se pongan en contacto con las autoridades, y que en su lugar utilicen sistemas alternativos locales, como las mezquitas. A veces, las bandas criminales locales incluso les dicen a los residentes que las llamen a ellas, en vez de a la policía, para minimizar la presencia policial en la zona. Estos sistemas alternativos parecen manejar todos los delitos que tienen que ver con la “reputación” y el “honor”, pero también otro tipo de delitos, como el chantaje y el robo. Los asuntos sobre relaciones, incluidos el divorcio y la custodia de los hijos, también suelen ser gestionados por la mezquita local.

BRÅ indica que estos sistemas alternativos son a menudo “marcadamente patriarcales”, en detrimento de los derechos de las mujeres y los niños.

Desde 2005, cuando se publicó el último documento de este tipo, el BRÅ, responsable de elaborar las estadísticas de delincuencia en Suecia, se ha negado a hacer públicos los datos sobre la identidad étnica de los delincuentes. Sin embargo, el periódico sueco Expressen publicó hace poco que, en 32 de los casos relacionados con violaciones colectivas juzgados en 2016 y 2017, 42 de los 43 violadores eran migrantes o descendientes de migrantes; 32 habían nacido en el extranjero. Diez habían nacido en Suecia, con uno o dos progenitores nacidos en el extranjero. Los hombres tenían de media 21 años en el momento del delito, y 13 eran menores de 18.

Según Stina Holmberg, consejera de investigación del BRÅ, no hay una necesidad urgente de un nuevo estudio sobre delitos cometidos por migrantes, pese a que el último estudio de este tipo realizado por el BRÅ data de 2005. Lo que se necesita ahora, según Holmberg, es la “integración” de los migrantes, lo que a su juicio acabará con los delitos.

Según ella, 42 de los migrantes culpables de violación colectiva son una parte insignificante del total de los migrantes, respecto a los 163.000 que solicitaron asilo en 2015.

En febrero, Peter Springare, policía sueco, dijo que las violaciones colectivas eran un fenómeno cultural nuevo en Suecia, una consecuencia de los diez o quince últimos años de política migratoria.

“También hay suecos étnicos que participan en violaciones colectivas, pero no en la misma proporción que los delincuentes de origen extranjero”, dijo Springare. Por esas declaraciones, Springare fue denunciado a la policía, que anunció que llevaría a cabo una investigación sobre esos comentarios. La secretaria general del Colegio de Abogados sueco, Anne Ramberg, dijo que las declaraciones de Springare eran “casi racistas”. Si en Occidente se considera “objetable” hablar sobre las consecuencias fácticas de la migración, en Suecia se considera ahora un delito.

El Gobierno sueco, sin embargo, parece impertérrito ante el peligro de nuevos delitos de violaciones colectivas a manos de migrantes. Ha propuesto leyes que permitirán a 9.000 menores sin acompañante, en su mayoría varones —de los cuales aproximadamente 7.000 han resultado tener más de 18 años, y por lo tanto no son en absoluto menores—, a los que se les ha denegado su solicitud de asilo, y que deberían haber sido deportados, obtener permisos de residencia temporal en Suecia si tienen planes de ir al instituto o ya están matriculados en uno. Llamativamente, incluso a esos 9.000 cuyas identidades no se han verificado —presumiblemente porque carecen de documentos— se les permitirá quedarse.

Tanto la policía como los tribunales de migración suecos han criticado duramente esas leyes, especialmente porque rompen con la ley sueca, que exige a quienes quieran quedarse en el país que puedan identificarse claramente.

Suavizar esta exigencia reduce la capacidad de las autoridades suecas para saber quién está viviendo en el país.

En respuesta, el Gobierno ha alegado que la propuesta se hace para permitir a los 9.000 migrantes terminar o solicitar estudios secundarios, y que no tiene que ver con el asilo. Así que, de repente, resulta que los 9.000 migrantes varones no vinieron buscando asilo, sino para cursar estudios secundarios. ¿Quién lo sabía? La pregunta de por qué habría que admitir a hombres adultos de identidad incomprobable y de países extranjeros en los institutos suecos sigue sin respuesta. Se espera que el coste para el Estado sueco de permitir quedarse a esos 9.000 menores alcance alrededor de los dos millones de coronas [238 millones de dólares, casi 200 millones de euros] sólo en 2019.

El arzobispo de la localidad de Växjö, Frederik Modeus, ha dicho que Suecia debería “volver a introducir la posibilidad de obtener permisos de residencia en circunstancias especial y particularmente devastadoras”, y que Suecia debería considerarse a sí misma una “superpotencia humanitaria”: “Permitan quedarse a los jóvenes sin acompañante. No temporalmente, sino permanentemente”, dijo.

La mezquita de la localidad del arzobispo Modeus pidió recientemente permiso para anunciar públicamente sus llamadas a la oración por megafonía durante tres minutos, dos veces los viernes. Ya hay dos mezquitas en Suecia que anuncian públicamente sus oraciones los viernes, una en Botkyrka —que obtuvo el permiso en 2013— y otra en Karlskrona. El líder de la mezquita local, el imán Ismail Abu Helal, ha dicho que la llamada a la oración permitiría a los musulmanes integrarse mejor en la sociedad sueca. “Celebro la puesta en marcha y espero oír las campanas de ambas iglesias y las llamadas a la oración en nuestra ciudad”, dijo el arzobispo Modeus.

El primer ministro, Stefan Löfven, se negó a dar su opinión sobre el asunto de la llamada musulmana a la oración.

Dijo que “depende de la ubicación de la mezquita”, y que es una decisión que corresponde al gobierno municipal. En mayo, la policía de Växjö decidió permitir a la mezquita llamar a la oración cada viernes durante tres minutos. En su decisión, la policía declaró que se había basado en criterios de tráfico, orden público y seguridad. “No se ha tenido en cuenta ningún otro aspecto, como el contenido de la llamada a la oración. El arzobispo Modeus dijo que la decisión era sensata y que favorecería la integración”.

El tipo de “integración” que la mezquita de Växjö está al parecer extendiendo entre los habitantes musulmanes de la zona es instarles a no participar en las celebraciones navideñas de los “kafires” [un término despectivo para referirse a los “no creyentes”], y los judíos, por supuesto, son aludidos como enemigos de Alá. Las escuelas de la mezquita siguen el currículum escolar de Arabia Saudí, y animan a las mujeres a no vestirse con “ropas occidentales”, sino a enseñar a sus hijas a “vestirse decentemente desde niñas”.

Por lo tanto, parece cada vez más que será Suecia la que se integre en la cultura islámica. Hace poco, un tribunal sueco dictó una sentencia de acuerdo con los principios de la ley de la sharia, cuando el jurado —en el que había dos miembros musulmanes— decidió que una mujer que había sido violentamente maltratada por su marido no era de fiar porque venía de una “familia de clase más baja” que la de su marido, y que era “habitual” que las mujeres mintieran sobre el maltrato. El jurado también la reprendió por haber recurrido a la policía, en vez de resolver el asunto consultando a la familia de su marido maltratador. El caso provocó un escándalo en Suecia, y los dos miembros del jurado fueron posteriormente cesados.

En otro caso reciente, una sueca musulmana de 12 años fue llevada a la fuerza a Irak y obligada a casarse con su primo de 22 años, que según las informaciones la violó; tras volver a Suecia, dio a luz a gemelos. Su familia la obligó a volver a Irak para vivir con su “marido”. Su familia le quitó después los hijos a la fuerza, tras darle su consentimiento para divorciarse. Los niños siguen en Irak. El tribunal sueco le concedió a este hombre, un ciudadano iraquí, la custodia de sus gemelos, que ahora tienen 10 años.

*Imagen: Varios coches arden en el curso de unos disturbios registrados en un suburbio de Estocolmo el 20 de febrero de 2017. (Imagen: YouTube/gladbecker82).

FUENTE:

http://www.alertadigital.com/2018/08/20/suecia-en-caida-libre/


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 Comentarios

Divisonazul74

Suecia ya está perdida, y para recuperarla se necesita el ejército y disparando a matar. El tema de la delincuencia es un tema de apreciación, pues muchas de las cosas que en Europa son delito en muchos de los países de estos “queridos inmigrantes”, son perfectamente normales, es su modo de vida. Cuantos muertos costará que los suecos se den cuenta de que han perdido el país?, y¿ cuanto tardarán en reaccionar ?, y así media Europa. La tercera guerra mundial será de religiones, en suelo europeo y cuando los europeos son más descreídos y por eso nos ha pasado este desastre.
Y sanchez trayendo inmigrantes y dando gritos para que vengan más, inútil asqueroso.

Quercus
Quercus

Lo que se es que hay una guerra mas,creada por los mismos y a su interes.
Lo que se es que nacen menos europeos,y en este guerra moriran mas,que sumando los de las tres son muchisimos mas de seis millones.
Nos matan.
Nos exterminan.
Y no podemos defendernos?
Y una mierda!
Debemos sobrevivir,nosotros primero,es nuestra tierra,si mueren millones que sean de los otros antes que de los nuestros,ademas,ellos lo buscan.
Basta de poner la otra mejilla!
Basta de llorar por los muertos de los otros!
Y los nuestros?
Son muchos mas,y ellos empezaron.
Despertemos!.

el frances
el frances

El futuro de todos los pueblos de Europa es el mismo.El putiferio SATÁNICO de las politicas criminales y anti-democraticas del Luciferino multimillonario especulador, Soros.La situación ya no puede revertirse pero las ÉLITES Y OLIGARCAS ,tienen las puertas del infierno abiertas de par en par para pagar tanto daño y destrozos como han hecho.

Jvan
Jvan

Se puede mediante la remigración masiva, aunque cara y laboriosa, permitiendo la estancia únicamente de aquellos migrantes que se hayan integrado pacíficamente y contribuyan a la sociedad. Fuera parásitos vitalicios, delincuentes y fanáticos que constituyen la inmensa mayoría de esos colectivos. Y, por supuesto, cárcel en el mejor de los casos para todos estos traidores criminales que han lobotomizado a nuestros críos, devastado nuestras familias, naciones y cultura.

Alberto
Alberto

No hace falta remigrar nada. Se suprimen todas las ayudas de cualquier tipo a inmigrantes y españoles que no sean de 3ª generación (con abuelos españoles), incluyendo POR SUPUESTO sanidad y educación y se abren las puertas de salida. Los que queden o bien tienen que estar porque son trabajadores o bien son delincuentes en cuyo caso tendrán que recibir el tratamiento oportuno (soltarlos en cualquier punto de áfrica si no dicen de donde provienen).

Tan fácil como QUERERLO. Tan fácil como VOTARLO.

Kalle
Kalle

No me lo planteo como un asunto económico sino cultural. Personalmente me importa un pepino si nuestro crecimiento es superior o inferior al de otros países. Se trata de evitar la desaparición de costumbres y pueblos ancestrales.

Marcos
Marcos

Soros es un lacayo de los Rothschild, un monigote a su servicio.

Ramiro
Ramiro

Las suecas son bastante ligeras de cascos, por no decir otra cosa.
Dentro de 50 años, o incluso antes, será una mierda de país, lleno de mestizos, sin patria, credo ni raza.
(Más o menos como España, dicho sea de paso).

ROSSLYN
ROSSLYN

Una de las cosas que más me llamo la atención de los matrimonios suecos, es que existen unas especies de saunas y en ellas se meten matrimonios amigos o vecinos todos en pelotas . Trabaje un tiempo para la industria armamentisca , tienen unas armas de gran calidad Le compramos la patente para fabricarlas para nuestro ejército, y por ellos fui con alguna frecuencia para las reuniones de traspaso de tecnología y documentación para la fabricación nacional. De esto hace ya muchos años, me viene a la mente lo que me decía un ingeniero sueco. Aquí no tenemos inmigración pues… Leer más »

Sauron
Sauron

Ese ingeniero sueco no se podría ganar la vida como adivino.

Enrique
Enrique

Bueno, con credo si, el islámico

Ramiro
Ramiro

El titular podría ser perfectamente este:
ESPAÑA, UN PAÍS FALLIDO, EN CAÍDA LIBRE.

RODRIGO GIL NAVARRO
RODRIGO GIL NAVARRO

…QUE PENA DE SUECIA, A DONDE LA HAN LLEVADO SUS POLÍTICOS COBARDES Y TRAIDORES. COMO NO REACCIONE EL PUEBLO SUECO CONTRA ESTA GENTUZA, EN POCOS AÑOS ESTARÁN BAJO LA SHARÍA Y TENDRÁN QUE EMIGRAR A OTROS PAÍSES, PUES LA SITUACIÓN SERÁ INSOSTENIBLE

Roberto
Roberto

Emigrar? porque hay que huir de tu país por gentuza? si las autoridades no te protegen, te tienes que proteger aunque sea con la fuerza, ya esta bien de tanta cobardía coño!!

Quercus
Quercus

Roberto,tienes razon,pero piensa,estamos totalmente vendidos,nos defenderiamos y seriamos masacrados por nazis,y ellos quedarian de buenos.
Recurda la Segunda Guerra Mundial(y la primera),Servia,etc.
Quizas no quede otra que hacer como en Covadonga,pero en vez de ser esta vez en la peninsula,tenga que ser en el continente(pues esta vez es en todo el continente),en el Este concretamente,Hungria,Polonia…
Y de ahi,recuperar un dia lo que es nuestro.
Ojala me equivoque y no haga falta,pero lo veo muy negro.
Estamos totalmente invadidos,pero primeramente ha sido desde los mandos del poder!.

Panadechi
Panadechi

En un vídeo promocional del gobierno autogenocidio sueco mostraban niños de todas las razas (minoritariamente suecos) cantando una ronda “Mi país es tu país”.. Resuelvan el resto de la ecuación..

plan kalergi
plan kalergi

ante el problemon que se nos avecina solo puedo denunciarlo y dar a conocer a la gente lo que es el plan kalergi guste al administrador o no lo siento tio pero tengo que ser pesado para dar a conocer a la gente la verdad tanpoco puedo hacer mucho mas con mis medios

María Luisa
María Luisa

Suecia está abducida…

Caballero de la Rosa Real
Caballero de la Rosa Real

SUECIA YA HACE SIGLOS QUE DESBARRANCÓ CUANDO SE ENTREGÓ A LAS GARRAS DEL PROTESTANTISMO Y POSTERIORMENTE CUANDO SU CORONA CAYÓ EN MANOS DE UN TRAIDOR BONAPARTISTA COMO BERNADOTTE . . .

Mónica
Mónica

Y nada, más mezquitas. Es que no nos damos cuenta de que una mezquita no es sólo un centro religioso, sino que integra también los tres poderes, hecho propio de los integrismos, entrelazados con la religión como pegamento.

Sauron
Sauron

Suecia está destruida gracias a 50 años de dictadura orweliana socialdemócrata, pero en las encuestas Demócratas Suecos(sus identitarios) son primera fuerza en intención de voto.
Yo creo que España , al menos a corto-medio plazo, tiene peor futuro.

Quercus
Quercus

Yo tambien creo,como tu,lo mismo respecto a España.

Ad Ulf
Ad Ulf

¡¡No sean pesimistas camaradas!!
Resurgiremos.
Arriba el ánimo.
Arriba España.

manke
manke

Donde las dan las toman, las feministas Suecas entraron al trapo en una gerra de genero amparadas por la manipulacion de Soros a traves de medios y ONGs… Picaron el anzuelo, arruinaron su pais, y ahora van a tener machismo del de verdad

Aviso a navegantes, desgraciadamente en España hay tambien mucha boba que no se entera de que va la historia y le viene bien eso de pagar su resentimiento hacia el hombre, no confio en que cambien, camino de Suecia que vamos, DEP Occidente, si no nos salva un trump o las sociedades con cultura eslava

Quercus
Quercus

Trump?
Lo dudo muchisimo.
Esta atado de pies y manos.
No tenemos el control de nuestros paises,esa es la verdad.
No querian derrotar a Hitler?
Pues tomad derrota,y disfrutadla!
Nos ha pasado lo mismo que les pasara a las feministas y homosexuales con los islamistas,lo mismo.
Lo he dicho mil veces,el nacionalismo,el racialismo,pero de altas miras,unionista,a nivel Europeo,a nivel planetario de toda la comunidad blanca,eso,es la salvacion,no hay mas.

Noexisteelfinal.
Noexisteelfinal.

Exacto , machismo del de verdad. Mejor si las ponen el burka. Cuando no les basta con una taza hay que darlas taza y media. Seguro que se enteran de lo que vale un duro. Haber si aprenden de una P.vez. Aunque , no creo que les quede tiempo. Espero que la suavidad con la que entra Putin en Europa, lenta pero segura, nos de la oportunidad de cogernos a un clavo ardiendo y se saque de aqui a toda esta masa desNortada que ha entrado.

Ramiro
Ramiro

Con su pan se lo coman… No me dan ninguna pena.

Lo que no se cuenta sobre la “violencia de género”…

16 de agosto de 2018 by

16 agosto 2018 by 

Lo que no se cuenta sobre la violencia de género o cuando el buenismo y la corrección política importan más que la vida de las mujeres

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A. Pérez.- En lo que llevamos de 2018 han sido asesinadas en España por ‘violencia de género’ 25 mujeres: Cuatro de ellas a manos de varones de etnia gitana. Cuatro de ellas a manos de cubanos. Cuatro de ellas a manos de rumanos. Tres de ellas a manos de marroquíes. Otras tres a manos de nacionalizados (primera generación). Dos de ellas a manos de lituanos. Dos de ellas a manos de colombianos. Una a manos de un guatemalteco.

Los dos únicos españoles no pertenecientes a ninguna de las anteriores minorías, con familia originaria de España e incluida en esta lista se llamaban Haroldo (anciano de 91 años que envenenó a su mujer, Celia, de 90 años, en una residencia de ancianos de Toledo porque ésta tenía alzheimer y “no quería verla sufrir”) y Luis Llaneza, de 88 años, a quien sus vecinos describían como “un auténtico caballero” que “siempre estaba atento a su mujer” porque “se querían mucho”, y que dejó escrito que no soportaba el también avanzado alzheimer de su esposa y que prefería matarla y suicidarse después a que su enfermedad empeorara o que ella cayera en el más absoluto desamparo si a él le ocurría algo.

Esta es la cruda realidad, por incómoda que sea.

España ha importado una gran parte de su ‘violencia doméstica’; el 4.9% que representan los varones extranjeros cometieron el pasado año el 31% de todos los asesinatos en el ámbito de la pareja (porcentaje que se dispara en la ‘violencia de género’ en general).

Quien vea en la evidencia de los hechos atisbo alguno de ‘racismo’ o ‘xenofobia’ tiene un auténtico problema de percepción.

Mientras antes desechemos el buenismo de la progresía y lo políticamente correcto, antes localizaremos el problema (predominantemente cultural), mejoraremos la prevención y más vidas podremos salvar.

FUENTE:

http://www.alertadigital.com/2018/08/15/lo-que-no-se-cuenta-sobre-la-violencia-de-genero-o-cuando-la-correccion-politica-importa-mas-que-la-vida-de-las-mujeres/

PIO MOA: Un crimen erótico / Masonería (VIII) Influencia política

15 de agosto de 2018 by

https://www.amazon.es/El-er%C3%B3tico-crimen-del-Ateneo-ebook/dp/B07GD83ZN8/ref=sr_1_1?s=books&ie=UTF8&qid=1534250734&sr=1-1&keywords=er%C3%B3tico+crimen+del+ateneo

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Opinión

Pío Moa

Pio Moa: Mi segundo libro, sólo en formato electrónico.

“EL ERÓTICO CRIMEN DEL ATENEO”

P. ¿Quién es Moh Ul-sih?

–Lo he explicado varias veces. Es una lástima que falleciera en Ulan Bator, porque tenía pensado escribir la biografía de su tatarabuelo, que había hecho de todo por los mares de China meridional y la Sonda, incluyendo piratería y negocios variopintos, hasta terminar como zapatero remendón en la calle Real de Vigo.

P. Qué cosa más rara…

–¿Por qué? Hay gente que ha llevado una vida muy rara, solo tiene ud que mirar en torno. Y si no quiere creerlo, tampoco es obligatorio, pero le remito a aquel personaje de Cunqueiro que ante el escepticismo de otro le hacía notar: “Créeme Pepiño, tienes que creerme. Total, ¿qué trabajo te cuesta?”.

P. ¿Y la contribución de usted a la novela?

–Ya lo he explicado también. Es la que ustedes prefieran.

P. En la portada aparece el Ateneo de Madrid con esos faroles rojos… ¿No resulta ofensivo?

— El Ateneo  viene a ser ahí una metáfora  de la intelectualidad progre española, que es la dominante, con mucho, la cosa va por ahí, creo yo. Una intelectualidad peculiar, formada sobre todo en torno al diario El País. Hay quien dice que esos pensadores, cuanto más ineptos, más arrogantes, pero allá cada cual. El relato, sin embargo, no es demasiado explícito al respecto, dejaría de ser novela. Por ejemplo, muchos de las frases y discursos, sobre Granada, el sexo, etc, vienen de prohombres socialistas, tipo Alfonso Guerra, que tanto peso han tenido y tienen, pese a su extrema liviandad. Hay otros discursos que los poco atentos  no entenderán bien: caricaturizan, muy poco, el discurso progre o políticamente correcto, el discurso que en España podríamos llamar de El País, empleando su argumentación  y recursos emocionales para llevarlo a ciertas conclusiones aparentemente absurdas.

P. Dicho así, parece un texto filosófico-político o cosa parecida

–No, su estructura en su conjunto es puramente de acción: un detective catalán, Francesc Bofarull i Bofarull,  se mete en una serie de oscuros embrollos presuntamente criminales, en torno a un proyecto erótico-cultural muy de hoy. Y al final el inocente carga con la culpa. Recordará  ud una frase de Oscar Wilde sobre otra novela: “los buenos acaban bien y los malos mal, que es lo que significa la ficción”. Esta novela es más realista. Es negra como la vida misma.

P. Hay otra edición casi clandestina,  ha dicho Luis del Pino. ¿Tiene esta muchas modificaciones?

–Prácticamente ninguna. Lo que tiene es una parte final añadida  con la polémica entre separatistas gallegos, vascos, catalanes y andaluces. Mucha gente se ha reído de las cartas de unos y otros sin comprender que expresan justamente las ideas e incluso textos escritos de los respectivo ideólogos. Solo las últimas dos o tres intervenciones que narran las dichas de un separatista catalán en Grecia y sus desdichas en Galicia  (Vigo, ciudad sin ley, etc.) son simplemente burlescas o satíricas sin más. La causa de este añadido es que el detective catalán, Bofarull i Bofarull, “de la universidad Pompeu Fabra y ex detective”, es la estrella del debate.

P. Ud fue bibliotecario de la junta de gobierno del Ateneo. ¿Ha influido esa experiencia en el relato?

–Algo sí, evidentemente. En Adiós a un tiempo he metido algún recuerdo sobre aquella experiencia, que incluyó agresiones físicas en un ambiente demencial. Era una lucha feroz por el poder y, en algunos casos, por el dinero, en una institución que hace mucho carece de poder y de dinero, y eso hacía la pelea más divertida: todo eran zancadillas, puñaladas traperas, acusaciones inventadas, mentiras y demagogias, como la misma política desde hace muchos años. Y hasta con títulos falsos, como los políticos actuales y sus másteres. Falsedades que, descubiertas, no avergonzaban al falsario, sino que este se enfurecía y amenazaba.  Era divertido como observatorio de la condición humana, pero terminé muy harto. La novela debe bastante a ideas de Antonio López Campillo, un buen amigo, científico, de quien hace mucho no sé nada.

P. ¿Una novela política, entonces?

–Hombre, tiene un contenido político-social, por decirlo así, como tantas otras novelas. En España la cultura está en manos de la izquierda, y es una izquierda bastante cutre, por decirlo suavemente. Pero es así porque a su vez la derecha es improductiva, estéril. Entre otras cosas haría falta un gran satírico, un Quevedo o un Valle Inclán que describieran la situación política y cultural, que se presta realmente al sarcasmo y a la ironía más demoledoras.  En ese sentido, esta novela es solo una pequeña contribución, que me temo no será apreciada por la derecha, por la razón dicha. Según los socialistas, cuando la guerra, el humorismo es reaccionario, en general se prefiere el humor de chascarrillo, y la derecha también.

Es pesimista, entonces, sobre el país y la sociedad actual

–Qué va, qué va. La descripción realista de las cosas cura los males del espíritu.

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Masonería

En Occidente, y más en Europa, se tiende  hoy a sustituir el cristianismo por lo que cabe definir como religión del progreso, cimentado en la técnica y el consumo. El ataque, la burla y la calumnia al cristianismo proliferan en medios de masas, libros, cine, etc.,  y existe un empeño en relegarlo a la esfera íntima o de neutralizarlo promoviendo el Islam y otras creencias. También ataca al cristianismo la concepción de la historia y el porvenir en clave economicista, es decir, técnica y hedonista, prometeica en términos míticos. O la corrosión de la familia por el feminismo, el abortismo o el homosexualismo, así la creciente  expansión en intromisión del estado en todos los aspectos de la vida, hasta los más personales. O hay planes de crear un nuevo orden mundial, que disolvería las naciones y culturas a fin, se dice, de evitar guerras. Y hechos similares, contrarios a lo que ha significado Europa en la historia. La Masonería participa en esos fenómenos, pues, repito, su doctrina y aspiración universalista chocan con el cristianismo, más aún en su versión católica. Pero muchos van más allá y afirman que dicha Fraternidad constituye el núcleo operativo de una vasta conspiración mundial con fines perversos, que domina la política de Usa, Inglaterra, Francia y otros países. Esta acusación tiene la comodidad de simplificar al máximo el problema, señalando un culpable general de todos los males. Pero me parece improbable, por varias razones.

En primer lugar,  es una idea no cristiana, pues el cristianismo no localiza el mal en algo o alguien particular, sino que lo  entiende como una característica de la naturaleza humana, presente de manera clara o difusa en cada individuo y en la sociedad, incluida la Iglesia.  Lo entendemos mejor remitiéndonos al carácter  prometeico de la religión, o si se quiere seudorreligión, de los hijos de la Luz. La orientación prometeica, tecnicista, economicista,  etc.,  no ha sido creada por los masones, pues otras religiones la miran como un peligro consustancial al ser humano. Por tanto, la Masonería no sería la causa, sino una de las muchas manifestaciones de ese peligro o tentación. En realidad, hechos semejantes a los actuales se han dado siempre a lo largo de la historia, con unas formas u otras y momentos de especial intensidad y crisis.

En segundo lugar, esa acusación general se vuelve contra los acusadores, porque al considerar a los regímenes inglés, francés o useño dominados por la Masonería, también tendrían queacusar a esta  de culpas como la democracia, la prosperidad económica o los avances técnicos y científicos. Recordemos, además, los defectos de la católica España, como haber tardado tanto en abolir la esclavitud o en alfabetizar a la población, en contraste con regímenes tachados de masónicos.

En tercer lugar, el supuesto de que la masonería opera como un todo único y disciplinado por órdenes y consignas de un poder central, suena poco creíble. Una cosa es que encontremos hijos de la Viuda en determinadas políticas o tendencias, y otra que ellos obren siempre dirigidos. Hay varias masonerías, sin un órgano supremo común, y sus posibilidades de imponer una disciplina algo estricta parecen limitadas, pese a los vistosos juramentos de secreto. Así, no han faltado choques y hasta asesinatos entre masones, como en la Revolución francesa, y los que participaron en la independencia de Usa lo hicieron contra los masones ingleses. Mi impresión es que la orden opera más bien por la difusión de ideas y argumentos que muchas veces no proceden de ella, y que muchos profanos repiten con mayor o menor convicción. Por ejemplo, que el diario El País, mantenga sus conocidas posiciones, no quiere decir que esté dirigido por la masonería, si bien esta seguramente no es del todo ajena al periódico.

En cuarto lugar, aunque una organización secreta es un buen vivero de conspiraciones, estas se dan en todos los ámbitos sociales, y muy especialmente en la política. Esa misma proliferación suele neutralizarlas, y en su mayoría fracasan total o parcialmente. El avance actual de las corrientes anticristianas incluye conspiraciones, pero se debe más a tendencias generales que conviene examinar en ellas mismas. Por cierto, una sociedad secreta  es condenable en democracia, y ese punto tiene relevancia. Pero centrar  el análisis en ese aspecto no sirve de mucho, si no se examinan concretamente los fenómenos sociales más o menos relacionados con él orden. Esos fenómenos se presentan como ideas y propuestas a menudo argumentadas hábilmente, y condenarlas por su carácter masónico, real o imaginado, convencerá a pocos. Pues la gente quiere saber ante todo si el fenómeno en cuestión es bueno o malo, cualquiera sea su origen.

Con estas precauciones abordaremos algunas acciones históricas de clara inspiración masónica. Antes, condensaré en unos pocos puntos el objeto de esta conferencia:

a)      La masonería es una religión sui generis, con sus mitos, ritos, moral y  templos.

b)      Es una religión tecnicista o prometeica, con una moral a tono, en la que el bien se reduciría al saber, esencialmente técnico, y el mal a la ignorancia. Esta concepción socava el fundamento mismo de la moral según la concibe el cristianismo.

c)      Como religión, pretende  una universalidad que la situaría por encima de las demás religiones, consideradas particulares y relegables a la opinión privada.

d)     En contradicción con sus ideas universalistas, es una sociedad secreta, iniciática y ocultista, por tanto proclive a la manipulación de los demás, tachados de ignorantes.

e)      Por su  propia organización y naturaleza, la masonería se presta especialmente bien a la conspiración política, económica o profesional.

f)       La contradicción recorre la concepción masónica, no solo en cuanto a la religión sino también en sus invocaciones a la razón y en sus pretensiones políticas democráticas.


FUENTE:

https://gaceta.es/opinion/un-crimen-erotico-masoneria-viii-influencia-politica-20180815-1101/

“Una hora con la Historia”: El Cid, figura emblemática de la Reconquista.

https://www.youtube.com/watch?v=v465-dv-HTI&t=2s


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