ser es más importante que tener

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“Cuándo no se hacía del dinero el criterio fundamental de la vida, se podía mirar hacia el Cielo…” (frase de autor anónimo)

“Hay una transformación importante, que deseo comentar hoy. Se trata de la modificación más o menos subconsciente, que se operó en la mentalidad de buena parte de mis contemporáneos, respecto a la jerarquía según la cual se mide la consideración atribuida a los individuos en la sociedad.

Historiadores contemporáneos vienen dando nuevo vigor al concepto de sociedad de orden en oposición la sociedad de clase.

Simplificando un poco, se puede decir que — según tales historiadores — la sociedad de orden es aquella en que la estratificación de las capas sociales se hace según dos criterios conjugados: 1) la misión especial de cada estrato, u orden, en el país; 2) el grado de dignidad atribuido a esa misión, según criterios abstractos, en general religiosos o metafísicos.

Tomo un ejemplo entre muchos otros. En casi todas las naciones cristianas de Europa, hasta la Revolución Francesa (1789), la primera categoría social era el clero (cuyo acceso era franqueado, como se sabe, a grandes y pequeños, a ricos y pobres).

Se fundaba esta preeminencia en el carácter sagrado del sacerdocio, y también en el hecho de estar a su cargo casi toda la carga hoy atribuida a los Ministerios de la Educación y de Salud Pública. El segundo estrato social era la de los guerreros, es decir, de los nobles, a quienes incumbía fundamentalmente la misión — aureolada de una gloria toda particular — de derramar la sangre por el País.

Lo propio del verdadero noble era el ser guerrero. Y la del guerrero insigne era el ser noble. Por esto, fueron incontables los plebeyos elevados a la nobleza por hechos de guerra. En la nobleza también, aunque en posición menos saliente, figuraba la magistratura, por la respetabilidad de la función judicial.

Y más o menos a título idéntico, entraban frecuentemente en la misma categoría social las grandes figuras de la administración civil. No faltaron monarcas que dieron, por análogas razones, títulos de nobleza a personalidades insignes de las letras o de la cultura.

Qué papel cumplía el dinero en todo esto? — Era considerado un complemento útil, y en alguna medida necesario, de la situación de una persona.

Por ejemplo, se aceptaba que un obispo, un general o diplomático tuvieran los recursos económicos necesarios para sostener decentemente su situación. Pero — y es lo que importa notar — la consideración que ellos gozaban no era determinada por el peso del dinero, sino por la respetabilidad intrínseca de su oficio.

Esto era especialmente aplicable a la burguesía, que por ser la clase de los negociantes, era también la más influyente en la vida económica del país.

Pero, según el consenso general de la época, por más necesaria y respetable que fuera su actuación en favor del bien común, su acción quedaba circunscrita a la esfera de las actividades privadas. Y no se revestía, por esto, de la luz especial de quien participaba a uno u otro título, de la gestión de la cosa pública, en la paz o en la guerra.

Su función era reconocida como honrada. No, sin embargo, como especialmente honrosa. Y esto porque la esfera de la vida pública posee cualquier cosa de más elevado y excelente que la esfera de la vida privada.

Obviamente, este criterio no podría ser aplicado sin matices a nuestra época, en que la gestión de intereses económicos considerables, además de exigir, muchas veces, una capacidad intelectual relevante en la esfera privada, comporta responsabilidades de gran porte en el tocante a la propia cosa pública.

Pero aún así, según los criterios de la sociedad de orden, la persona o la familia responsable por una función saliente en la economía tendría su importancia reconocida, no directamente en razón del peso material de su dinero — visto sólo como medio de coligar y dirigir intereses privados — sino por la dignidad intrínseca de una actividad de tanto alcance para la cosa pública.

Los acontecimientos nacionales e internacionales ocurridos después de 1930, hicieron que la importancia atribuida a las funciones económicas derivaran principalmente de la posesión del dinero, instrumento material siempre más eficiente para influenciar y presionar.

Y paralelamente, las funciones menos lucrativas y menos conectadas con la producción -el magisterio, la magistratura, la diplomacia, la carrera de armas, la vida cultural, la propia agricultura- perdieran mucho de su esplendor de otrora.

Hablaba yo, hace un cierto tiempo atrás, con un empresario muy exitoso en sus negocios. Me contaba como, en el inicio de su carrera, había querido ser general. Para ello, se inició en la Escuela Militar. A cierta altura hubo un desastre en su familia. Y él, para socorrer a los suyos tuvo que interrumpir sus estudios y entregarse a los negocios.

“Vea, me dijo, cómo fue bueno: si no fuera por mi dedicación a la familia, yo sería hoy un simple general” me expresó enfático mi interlocutor. Y yo me quedé pensando … “Un simple general”… ¿Ser un gran hombre de negocios es entonces más que ser un gran general? O un gran magistrado? ¿Un hacendado de porte o aún un diplomático de realce? O, por fin, un abnegado eclesiástico, incumbido de representar a Jesucristo en la tierra: “Sacerdos alter Christus”?…

 

Reconocer al capital en cuanto factor de producción económica, la gran importancia que le cabe según las circunstancias de nuestros días, nada más justo. Pero proclamar la absoluta superioridad de la posesión del dinero sobre todos o casi todos los factores intelectuales, religiosos o morales de prestigio, implica colocar la economía como valor supremo.

Estas reflexiones tienen un sentido práctico. Ellas son un llamado para que se modifique esta mentalidad, que infelizmente va ganando terreno entre nosotros, y que se podría condensar en esta fórmula: “hacer carrera es hacerse rico; el resto no importa”.

En efecto, este exclusivismo importa en negar el fundamento religioso, moral y cultural de la justa estratificación social y tirar por tierra los propios goznes de la sociedad. (E implica afirmar) una concepción atea de la vida, vista como un corrida tras las ventajas materiales del dinero, y no de aquella honorabilidad legítima que, de uno u otro modo, en uno u otro grado, están llamados a tener todos los estratos sociales.

 

Nota de YRANIA: el texto anterior, publicado en reaccióncatólica, es del lider político y religioso Plinio Correa de Oliveira, fundador del movimiento Familia-Tradición-Propiedad.

(Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, “O dinheiro não é valor supremo”, in Folha de S. Paulo, edición del 9 de mayo de 1971.

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