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SIMPOSIO… Platón (VII): Alcíbiades

28 de enero de 2012

7.- Discurso de Alcibíades (212c-215a)…-222b))

SALUD CABALLEROS [AMIGOS]. ¿ACOGEN COMO COMPAÑERO DE BEBIDA A UN
hombre que está totalmente borracho, o debemos marcharnos tan
PRONTO COMO HAYAMOS CORONADO A AGATÓN, QUE ES A LO QUE HEMOS
venido? Ayer, en efecto, no me fue posible venir, pero ahora vengo con
estas cintas sobre la cabeza, para de mi cabeza coronar la cabeza del
hombre del hombre más sabio y más bello, si se me permite hablar así.
¿O SE BURLAN DE MÍ PORQUE ESTOY BORRACHO? PUES, AUNQUE SE RÍAN, YO SÉ
bien que digo la verdad. Pero díganme enseguida: ¿entro en los términos
acordados, o no? ¿Beberán conmigo o no? >>> [212e-13a]…p. 83 gelbe
TODOS LO ACLAMARON Y LO INVITARON A ENTRAR Y TOMAR ASIENTO.
Entonces Agatón lo llamó y él entró conducido por sus acompañantes. Y
desatándose al mismo tiempo las cintas para coronar a Agatón, al
tenerlas delante de los ojos, no vio a Sócrates y se sentó junto a Agatón,
en medio de éste y Sócrates, que le hizo sitio en cuanto lo vio. Una vez
sentado, abrazó a Agatón y lo coronó.
–Esclavos –dijo Agatón–, descalcen a Alcibíades, para que se
acomode aquí como tercero.
–De acuerdo –dijo Alcibíades–, pero ¿quien es ese tercer
compañero de bebida que está aquí con nosotros?
Y, a la vez que se volvía, vio a Sócrates, y al verlo se sobresaltó y
dijo: –¡Heracles! ¿Qué es esto? ¿Sócrates aquí? Te has acomodado aquí
acechándome de nuevo, según tu costumbre de aparecer de repente
donde yo menos pensaba que ibas a estar. ¿A qué has venido ahora? ¿Por
qué te has colocado precisamente aquí? Pues no estás junto a Aristófanes
ni junto a ningún otro que sea divertido y quiera serlo, sino que te las has
arreglado para ponerte al lado del más bello de los que están aquí
adentro.
–Agatón –dijo entonces Sócrates–, mira a ver si me vas a
defender, pues mi pasión por este hombre se me ha convertido en un
asunto de no poca importancia. En efecto, desde aquella vez en que me
enamoré de él, ya no me es posible ni echar una mirada, ni conversar
siquiera con un solo hombre bello sin que éste, teniendo celos y envidia
de mí, haga cosas raras, me increpe y contenga las manos a duras penas.
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Mira, pues, no sea que haga algo también ahora; reconcílianos o, si
intenta hacer algo violento, protégeme, pues yo tengo mucho miedo de
su locura y de su pasión por el amante.
–En absoluto –dijo Alcibíades–, no hay reconciliación entre tú y
yo. Pero ya me vengaré de ti por esto en otra ocasión. Ahora, Agatón,
dame algunas de esas cintas para coronar también ésta su admirable
cabeza y para que no me reproche que te coroné a ti y que, en cambio, a
él, que vence a todo el mundo en discursos, no sólo anteayer como tú,
sino siempre, no le coroné.
Al mismo tiempo cogió algunas cintas, coronó a Sócrates y se
acomodó. Y cuando se hubo reclinado dijo: –Bien, caballeros. En verdad
me parece que están sobrios y esto no se les puede permitir, sino que hay
que beber, pues así lo hemos acordado. Por consiguiente, me elijo a mí
mismo como presidente de la bebida, hasta que ustedes beban lo
suficiente. Que me traigan, pues, Agatón, una copa más grande, si hay
alguna. O más bien, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija
de refrescar el vino –dijo al ver que contenía más de ocho cótilas (un
poco más de dos litros).
Una vez llena, se la bebió de un trago, primero, él y, luego, ordenó
llenarla para Sócrates, a la vez que le decía: –Ante Sócrates, señores, este
truco no me sirve de nada, pues beberá cuanto se le pida y nunca se
embriagará.
En cuanto hubo escanciado el esclavo, Sócrates se puso a beber.
Entonces, Erixímaco dijo: –¿Cómo lo hacemos, Alcibíades? ¿Así,
sin decir ni cantar nada ante la copa, sino que vamos a beber
simplemente como los sedientos?
–Erixímaco –dijo Alcibíades–, excelente hijo del mejor y más
prudente padre, salud.
–También para ti –dijo Erixímaco–, pero ¿qué vamos a hacer?
–Lo que tú ordenes, pues hay que obedecerte: porque un médico
equivale a muchos otros hombres
Manda, pues, lo que quieras.
–Escucha, entonces –dijo Erixímaco–. Antes de que tú entraras
habíamos decidido que cada uno debía pronunciar por turno, de
izquierda a derecha, un discurso sobre Eros lo más bello que pudiera y
hacer su encomio. Todos los demás hemos hablado ya, pero puesto que
tú no has hablado y ya has bebido, es justo que hables y, una vez que
hayas hablado, ordenes a Sócrates lo que quieras, y éste al de la derecha y
así los demás.
–Dices bien, Erixímaco –dijo Alcibíades–, pero comparar el
DISCURSO DE UN HOMBRE BEBIDO CON LOS DISCURSOS DE HOMBRES
serenos no sería equitativo. [214c]  p. 83 gelbe Además,
BIENAVENTURADO AMIGO, ¿TE CONVENCE SÓCRATES EN ALGO DE LO QUE  ACABA
de  decir? ¿No sabes que es todo lo contrario de
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lo que decía? Efectivamente, si yo elogio en su presencia a algún otro,
Dios u hombre, que no sea él, no apartará de mí sus manos.
–¿No hablarás mejor? –Dijo Sócrates.
–¡Por Poseidón! –Exclamó Alcibíades–, no digas nada en contra,
que yo no elogiaría a ningún otro estando tú presente.
–Pues bien, hazlo así –dijo Erixímaco–, si quieres. Elogia a
Sócrates.
–¿Qué dices? ¿Te parece bien, Erixímaco, que debo hacerlo?
¿Debo atacar a este hombre y vengarme delante de todos ustedes?
¡Eh, tú! –dijo Sócrates–, ¿qué tienes en la mente? ¿Elogiarme para
ponerme en ridículo?, ¿O qué vas a hacer?
–Diré la verdad. Mira si me lo permites.
–Por supuesto, dijo Sócrates, tratándose de la verdad, te permito y
te invito a decirla.
–La diré inmediatamente –dijo Alcibíades. Pero tú haz lo
siguiente: si digo algo que no es verdad, interrúmpeme, si quieres, y di
que estoy mintiendo, pues no falsearé nada, al menos voluntariamente.
Mas no te asombres si cuento mis recuerdos de manera confusa,
ya que no es nada fácil para un hombre en este estado enumerar con
facilidad y en orden tus rarezas.
A Sócrates, señores, yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera:
por medio de dos imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa,
pero la imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi
opinión es lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de
escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y
que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de Dioses en
su interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias.
Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma,
Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en
lo demás, escúchalo a continuación.
Eres un lujurioso ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré
testigos. Pero, ¿qué no eres flautista? Por supuesto, y mucho más
extraordinario que Marsias. Éste, en efecto, encantaba a los hombres
mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que
interprete con la flauta sus melodías –pues las que interpretaba Olimpo
digo que son de Marsias, su maestro–.
En todo caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o
una flautista mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y
revelan, por ser divinas, quiénes necesitan de los Dioses y de los ritos de
iniciación.
Más tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus
meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a
algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a
ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a
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otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las
pronuncie, ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha,
quedamos pasmados y posesos.
Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que estoy
totalmente borracho, les diría bajo juramento qué impresiones me han
causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan.
Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más
que el de los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me
caen por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les
ocurre lo mismo.
En cambio, al oír a Pericles y a otros buenos oradores, si bien
pensaba que hablaban elocuentemente, no me ocurría, sin embargo, nada
semejante, ni se alborotaba mi alma, ni se irritaba en la idea de que vivía
como esclavo, mientras que por culpa de este Marsias, aquí presente,
muchas veces me he encontrado, precisamente, en un estado tal que me
parecía que no valía la pena vivir en las condiciones en que estoy. Y esto,
Sócrates, no dirás que no es verdad. Incluso todavía ahora soy
plenamente consciente de que si quisiera prestarle oído no resistiría, sino
que me pasaría lo mismo, pues me obliga a reconocer que, a pesar de
estar falto de muchas cosas, aún me descuido de mí mismo y me ocupo
de los asuntos de los atenienses. A la fuerza, pues, me tapo los oídos y
salgo huyendo de él como de las sirenas, para no envejecer sentado aquí
a su lado.
Sólo ante él de entre todos los hombres he sentido lo que no se
creería que hay en mí: el avergonzarme ante alguien. Yo me avergüenzo
únicamente ante él, pues sé perfectamente que, si bien no puedo negarle
lo que ordena, sin embargo, cuando me aparto de su lado, me dejo
vencer por el honor que me dispensa la multitud. Por consiguiente, me
escapo de él y huyo, y cada vez que le veo me avergüenzo de lo que he
reconocido. Y muchas veces vería con agrado que ya no viviera entre los
hombres, pero si esto sucediera, bien sé que me dolería mucho más, de
modo que no sé cómo tratar con este hombre.
Tal es, pues, lo que yo y muchos otros hemos experimentado por
las melodías de flauta de este sátiro. Pero quiero que me escuchen
todavía cuán semejante es en otros aspectos a aquellos con quienes le
comparé y qué extraordinario poder tiene, pues tengan por cierto que
ninguno de ustedes le conoce. Pero yo se los describiré, puesto que he
empezado.
Ven, en efecto, que Sócrates está en disposición amorosa con los
jóvenes bellos, que siempre está en torno suyo y se queda extasiado y
que, por otra parte, ignora todo y nada sabe, al menos por su apariencia.
¿No es esto propio de Sileno? Totalmente, pues de ello está revestido
por fuera, como un Sileno esculpido, mas por dentro, una vez abierto,
¿de cuántas templanzas, compañeros de bebida, crees que está lleno?
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Sepan que no le importa nada si alguien es bello, sino que lo
desprecia como ninguno podría imaginar, ni si es rico, ni si tiene algún
otro privilegio de los celebrados por la multitud, por el contrario,
considera, que todas estas posesiones no valen nada y que nosotros no
somos nada, se los aseguro. Pasa toda su vida ironizando y bromeando
con la gente; mas cuando se pone serio y se abre, no sé si alguno ha visto
las imágenes de su interior.
Yo, sin embargo, las he visto ya una vez y me parecieron que eran
tan divinas y doradas, tan extremadamente bellas y admirables, que tenía
que hacer sin más lo que Sócrates mandara. Y creyendo que estaba
seriamente interesado por mi belleza pensé que era un encuentro feliz y
que mi buena suerte era extraordinaria, en la idea de que me era posible,
si complacía a Sócrates, oír todo cuanto él sabía. ¡Cuán tremendamente
orgulloso, en efecto, estaba yo de mi belleza!
Reflexionando, pues, sobre esto, aunque hasta entonces no solía
estar solo con él sin acompañante, en esta ocasión, sin embargo, lo
despedí y me quedé solo en su compañía. Preciso es ante ustedes decir
toda la verdad, así, pues, presten atención y, si miento, Sócrates,
refútame. Me quedé, en efecto, señores, a solas con él y creí que al punto
iba a decirme las cosas que en la soledad un amante diría a su amado; y
estaba contento.
Pero no sucedió absolutamente nada de esto, sino que tras
dialogar conmigo como solía y pasar el día en mi compañía, se fue y me
dejó.
A continuación le invité a hacer gimnasia conmigo, y hacía
gimnasia con él en la idea de que así iba a conseguir algo. Hizo gimnasia
conmigo, en efecto, y luchó conmigo muchas veces sin que nadie
estuviera presente. Y ¿qué debo decir? Pues que no logré nada.
Puesto que de esta manera no alcanzaba en absoluto mi objetivo,
me pareció que había que atacar a este hombre por la fuerza y no desistir,
una vez que había puesto manos a la obra, sino que debía saber
definitivamente cuál era la situación.
Le invito, pues, a cenar conmigo, simplemente como un amante
que tiende una trampa a su amado. Ni siquiera esto me lo aceptó al
punto, pero de todos modos con el tiempo se dejó persuadir. Cuando
vino por primera vez, nada más cenar quería marcharse y yo, por
vergüenza, le dejé ir en esta ocasión. Pero volví a tenderle la misma
trampa y, después de cenar, mantuve la conversación hasta entrada la
noche, y cuando quiso marcharse, alegando que era tarde, le forcé a
quedarse.
Se echó, pues, a descansar en el lecho contiguo al mío, en el que
precisamente había cenado, y ningún otro dormía en la habitación salvo
nosotros. Hasta esta parte de mi relato, en efecto, la cosa podría estar
bien y contarse ante cualquiera, pero lo que sigue no me lo oirán decir sí,
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en primer lugar, según el dicho, el vino, sin niños y con niños, no fuera
veraz y, en segundo lugar, porque me parece injusto no manifestar una
muy brillante acción de Sócrates, cuando uno se ha embarcado a hacer su
elogio.
Además, también a mí me sucede lo que le pasa a quien ha sufrido
una mordedura de víbora, pues dicen que el que ha experimentado esto
alguna vez no quiere decir cómo fue a nadie, excepto a los que han sido
mordidos también, en la idea de que sólo ellos comprenderán y
perdonarán, si se atrevió a hacer y decir cualquier cosa bajos los efectos
del dolor. Yo, pues, mordido por algo más doloroso y en la parte más
dolorosa de los que uno podría ser mordido –pues ese es el corazón, en
el alma, o como haya que llamarlo –, donde he sido herido y mordido
por los discursos filosóficos, que se agarran más cruelmente que una
víbora cuando se apoderan de un alma joven no mal dotada por
naturaleza y la obligan a hacer y decir cualquier cosa –y viendo, por otra
parte, a los Fedros, Agatones, Erixímacos, Pausanias, Aristodemos y
Aristófanes –¿y qué necesidad hay de mencionar al propio Sócrates y a
todos los demás? Pues todos han participado de la locura y frenesí del
filósofo –… por eso precisamente todos me van a escuchar, ya que me
perdonarán por lo que entonces hice y por lo que ahora digo. En
cambio, los criados y cualquier otro que sea profano y vulgar, que
pongan ante sus orejas puertas muy grandes.
Pues bien, señores, cuando se hubo apagado la lámpara y los
esclavos estaban fuera, me pareció que no debía andarme por las ramas
ante él sino decirle libremente lo que pensaba. Entonces le sacudí y le
dije
–Sócrates, ¿estás durmiendo?
–En absoluto.
–¿Sabes lo que he decidido?
–¿Qué exactamente?
–Creo que tú eres el único digno de convertirse en mi amante y
me parece que vacilas en mencionármelo. Yo, en cambio, pienso lo
siguiente: considero que es insensato no complacerte en esto como en
cualquier otra cosa que necesites de mi patrimonio o de mis amigos.
Para mí, en efecto, nada es más importante que el que yo llegue a
ser lo mejor posible y creo que en esto ninguno puede serme
colaborados más eficaz que tú. En consecuencia, yo me avergonzaría
mucho más ante los sensatos por no complacer a un hombre tal, que
ante una multitud de insensatos por haberlo hecho.
Cuando Sócrates oyó esto, muy irónicamente, según su estilo tan
característico y usual, dijo:
–Querido Alcibíades, parece que realmente no eres un tonto, si
efectivamente es verdad lo que dices de mí y hay en mí un poder por el
cual tú podrías llegar a ser mejor. En tal caso, debes estar viendo en mí,
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supongo, una belleza irresistible y muy diferente a tu buen aspecto físico.
Ahora bien, si intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza
por belleza, no en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo
que es verdaderamente bello a cambio de lo que lo es sólo en apariencia,
y de hecho te propones intercambiar oro por bronce. Pero, mi feliz
amigo, examínalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy
nada. La vista del entendimiento, ten por cierto, empieza a ver
adecuadamente cuando la de los ojos comienza a perder su fuerza, y tú
todavía estás lejos de eso.
Y yo, al oírle, dije:
–En lo que a mí se refiere, ésos son mis sentimientos y no se ha
dicho nada de distinta manera a como pienso, siendo ello así, delibera tú
mismo lo que consideres mejor para ti y para mí.
–En esto, ciertamente, tienes razón, en el futuro deliberaremos y
haremos lo que a los dos nos parezca lo mejor en éstas y en las otras
cosas.
Después de oír y decir esto y tras haber disparado, por así decir,
mis dardos, yo pensé, en efecto, que lo había herido. Me levanté
ENTONCES SIN DEJARLE DECIR NADA, LO ENVOLVÍ CON MI MANTO, PUES ERA
invierno, me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquí
presente, y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y
maravilloso estuve así tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates,
dirás que miento. Pero, a pesar de hacer yo todo eso, él salió
completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me
afrentó; y eso que en este tema, al menos, creía yo que era algo, ¡oh,
jueces! –Pues jueces son de la arrogancia de Sócrates–.
Así, pues, sepan bien, por los Dioses y por las Diosas, que me
levanté después de haber dormido con Sócrates no de otra manera que
si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.
>>>>>>>>>>>>>>[219bcd]p.84gelbe
DESPUÉS DE ESTO, ¿QUÉ SENTIMIENTOS CREEN QUE TENÍA YO, PENSANDO,
por un lado, que había sido despreciado, y admirando, por otro, la
naturaleza de este hombre, su templanza y valentía, ya que en prudencia
y firmeza había tropezado con un hombre tal como yo no hubiera
pensado que iba a encontrar jamás? De modo que ni tenía por qué
irritarme y privarme de su compañía, ni encontraba la manera de cómo
podría conquistármelo. Pues sabía bien que en cuanto al dinero era por
todos lados mucho más invulnerable que Ayante al hierro, mientras que
con lo único que pensaba que iba a ser conquistado se me había
escapado. Así, pues, estaba desconcertado y deambulaba de acá para allá
esclavizado por este hombre como ninguno lo había sido por nadie.
Todas estas cosas, en efecto, me habían sucedido antes; mas luego
hicimos juntos la expedición contra Potidea y allí éramos compañeros de
mesa. pues bien, en primer lugar, en las fatigas era superior no sólo a mí,
sino también a todos los demás. Cada vez que nos veíamos obligados a
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no comer por estar aislados en algún lugar, como suele ocurrir en
campaña, los demás no eran nada en cuanto resistencia. En cambio, en
las comidas abundantes sólo él era capaz de disfrutar, y especialmente en
beber, aunque no quería, cuando era obligado a hacerlo vencía a todos; y
lo que es más asombroso de todo: ningún hombre ha visto jamás a
Sócrates borracho. De esto, en efecto, me parece que pronto tendrán la
prueba. Por otra parte, en relación con los rigores del invierno –pues los
inviernos allí son terribles–, hizo siempre cosas dignas de admiración,
pero especialmente en una ocasión en que hubo la más terrible helada y
mientras todos, o no salían del interior de sus tiendas o, si salía alguno,
iban vestidos con las prendas más raras, con los pies calzados y envueltos
con fieltro y pieles de cordero, él, en cambio, en estas circunstancias,
salió con el mismo manto que solía llevar siempre y marchaba descalzo
sobre el hielo con más soltura que los demás calzados, y los soldados le
miraban de reojo creyendo que los desafiaba.
Esto, ciertamente fue así; pero qué hizo de nuevo y soportó el
animoso varón (verso tomado de la Odisea IV 242 y 271 dicho en una
ocasión por Helena y en otra por Menelao (271) a propósito de Ulises)
allí, en cierta ocasión, durante la campaña, es digno de oírse. En efecto,
habiéndose concentrado en algo, permaneció de pie en el mismo lugar
desde la aurora meditándolo, y puesto que no le encontraba la solución
no desistía, sino que continuaba de pie investigando. Era ya mediodía y
los hombres se habían percatado y, asombrados, se decían unos a otros:
–Sócrates está de pie desde el amanecer meditando algo.
Finalmente, cuando llegó más tarde, unos jonios, después de cenar –y
como era entonces verano–, sacaron fuera sus petates, y a la vez que
dormían al fresco le observaban por ver si también durante la noche
seguía estando de pie. Y estuvo de pie hasta que llegó la aurora y salió el
sol. Luego, tras hacer su plegaria al sol, dejó el lugar y se fue. Y ahora, si
quieres, veamos su comportamiento en las batallas, pues es justo
concederle también este tributo. Efectivamente, cuando tuvo lugar la
batalla por la que los generales me concedieron también a mí el premio al
valor, ningún otro hombre me salvó sino éste, que no quería
abandonarme herido y así salvó a la vez mis armas y a mí mismo. Y yo,
Sócrates, también entonces pedía a los generales que te concedieran a ti
el premio, y esto ni me lo reprocharás ni dirás que miento. Pero como
los generales reparasen en mi reputación y quisieran darme el premio a
mí, tú mismo estuviste más resuelto que ellos a que lo recibiera yo y no
tú. Todavía en otra ocasión, señores, valió la pena contemplar a Sócrates,
cuando el ejército huía de Delión en retirada. Se daba la circunstancia de
que yo estaba como jinete y él con la armadura de hoplita. Dispersados
ya nuestros hombres, él y Laques se retiraban juntos. Entonces yo me
tropiezo casualmente con ellos y, en cuanto los veo, les exhorto a tener
ánimo, diciéndoles que no los abandonaría. En esta ocasión,
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precisamente, pude contemplar a Sócrates mejor que en Potidea, pues
por estar a caballo yo tenía menos miedo. En primer lugar, ¡cuánto
aventajaba a Laques en dominio de sí mismo! En segundo lugar, me
parecía, Aristófanes, por citar tu propia expresión, que también allí como
aquí marchaba ‘pavoneándose y girando los ojos de lado a lado’,
observando tranquilamente a amigos y enemigos y haciendo ver a todo el
mundo, incluso desde muy lejos, que si alguno tocaba a este hombre, se
defendería muy enérgicamente. por esto se retiraban seguros él y su
compañero, pues, por lo general, a los que tienen tal disposición en la
guerra ni siquiera los tocan y sólo persiguen a los que huyen en desorden.
Es cierto que en otras muchas y admirables cosas podría uno
elogiar a Sócrates. Sin embargo, si bien a propósito de sus otras
actividades tal vez podría decirse lo mismo de otra persona, el no ser
semejante a ningún hombre, ni de los antiguos, ni de los actuales, en
cambio, es digno de total admiración. Como fue Aquiles, en efecto, se
podría comparar a Brásidas y a otros, y, a su vez, como Pericles a Néstor
y a Antenor –y hay también otros–; y de la misma manera se podría
comparar también a los demás. Pero como es este hombre, aquí
presente, en originalidad, tanto él personalmente como sus discursos, ni
siquiera remotamente se encontrará alguno, por más que se le busque, ni
entre los de ahora, ni entre los antiguos, a menos tal vez que se le
compare, a él y a sus discursos, con los que he dicho: no con ningún
hombre, sino con los silenos y sátiros.
Porque, efectivamente, y esto lo omití al principio, también sus
discursos son muy semejantes a los silenos que se abren. Pues si uno se
decidiera a oír los discursos de Sócrates, al principio podrían parecer
totalmente ridículos. ¡Tales son las palabras y expresiones con que están
revestidos por fuera, la piel, por así decir, de un sátiro insolente! Habla,
en efecto, de burros de carga, de herreros, de zapateros y curtidores, y
siempre parece decir lo mismo con las mismas palabras, de suerte que
TODO HOMBRE INEXPERTO Y ESTÚPIDO SE BURLARÍA DE
SUS DISCURSOS. Pero si uno los ve cuando están abiertos y penetra en
ellos, encontrará en primer lugar, que SON LOS ÚNICOS DISCURSOS
QUE TIENEN SENTIDO POR DENTRO; en segundo lugar, que son
los más divinos, que TIENEN EN SÍ MISMOS EL MAYOR
NÚMERO DE IMÁGENES DE VIRTUD Y QUE ABARCAN LA
MAYOR CANTIDAD DE TEMAS, o más bien, TODO CUANTO LE
CONVIENE EXAMINAR AL QUE PIENSA LLEGAR A SER
NOBLE Y BUENO.
Esto es, señores, lo que yo elogio en Sócrates, y mezclando a la
vez lo que le reprocho les he referido las ofensas que me hizo. Sin
embargo, no las ha hecho sólo a mí, sino también a Cármides, el hijo de
Glaucón, a Eutidemo, el hijo de Diocles, y a muchísimos otros, a quienes
él engaña entregándose como amante, mientras que luego resulta, más
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bien, amado en lugar de amante. Lo cual también a ti te digo, Agatón,
para que no te dejes engañar por este hombre, sino que, INSTRUIDO
POR NUESTRA EXPERIENCIA, TENGAS PRECAUCIÓN Y NO
APRENDAS, SEGÚN EL REFRÁN, COMO UN NECIO, POR
EXPERIENCIA PROPIA. (el necio aprende padeciendo)Al decir esto
Alcibíades, se produjo una risa general por su franqueza, puesto que
parecía estar enamorado todavía de Sócrates.
–Me parece Alcibíades –dijo entonces Sócrates–, que estás sereno,
pues de otro modo no hubieras intentado jamás, disfrazando tus
intenciones tan ingeniosamente, ocultar la razón por la que has dicho
todo eso y lo has colocado ostensiblemente como una consideración
accesoria al final de tu discurso, como si no hubieras dicho todo para
enemistarnos a mí y a Agatón, al pensar que yo debo amarte a ti y a
ningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más. Pero no me has
pasado desapercibido, sino que ese drama tuyo satírico y silénico está
perfectamente claro. Así, pues, querido Agatón, que no gane nada con él
y arréglatelas para que nadie nos enemiste a mí y a ti.
–En efecto, Sócrates –dijo Agatón–, puede que tengas razón. Y
sospecho también que se sentó en medio de ti y de mí para mantenernos
aparte. Pero no conseguirá nada, pues yo voy a sentarme junto a ti.
–Muy bien –dijo Sócrates–, siéntate aquí, junto a mí.
–¡Oh Zeus! –Exclamó Alcibíades–, ¡cómo soy tratado una vez más
por este hombre! Cree que tiene que ser superior a mí en todo. Pero, si
no otra cosa, admirable hombre, permite, al menos, que Agatón se eche
en medio de nosotros.
–Imposible –dijo Sócrates–, pues tú has hecho ya mi elogio y es
preciso que yo a mi vez elogie al que está a mi derecha, por tanto, si
Agatón se sienta a continuación tuya, ¿no me elogiará de nuevo, en lugar
de ser elogiado, más bien, por mí? Déjalo, pues, divino amigo, y no
tengas celos del muchacho por ser elogiado por mí, ya que, por lo demás,
tengo muchos deseos de encomiarlo.
–¡Bravo, bravo! –Dijo Agatón–. Ahora, Alcibíades, no puedo de
ningún modo permanecer aquí, sino que a la fuerza debo cambiar de
sitio para ser elogiado por Sócrates.
–Esto es justamente, dijo Alcibíades, lo que suele ocurrir: siempre
que Sócrates está presente, a ningún otro le es posible participar de la
compañía de los jóvenes bellos. ¡Con qué facilidad ha encontrado ahora
también una razón convincente para que éste se siente a su lado!
Entonces, Agatón se levantó para sentarse al lado de Sócrates,
cuando de repente se presentó ante la puerta una gran cantidad de
parrandistas y, encontrándola casualmente abierta porque alguien
acababa de salir, marcharon directamente hasta ellos y se acomodaron.
Todo se llenó de ruido y, ya sin ningún orden, se vieron obligados a
beber una gran cantidad de vino.
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SIMPOSIO… Platón (VI): Discurso de SÓCRATES

28 de enero de 2012

6.- Discurso de Sócrates (198a-199c-201c-201d ))

¿Y CÓMO, FELIZ ERIXÍMACO, NO VOY A ESTARLO –DIJO SÓCRATES–, NO
sólo
yo, sino cualquier otro, que tenga la intención de hablar después
de pronunciado un discurso tan espléndido y variado?
Bien es cierto que los otros aspectos no han sido igualmente
admirables, pero por la belleza de las palabras y expresiones finales,
¿quién no quedaría impresionado al oírlas? Reflexionando yo,
efectivamente, que por mi parte no iba a ser capaz de decir algo ni
siquiera aproximado a la belleza de estas palabras, casi me hecho a correr
y me escapo por vergüenza, si hubiera tenido a donde ir.
Su discurso, ciertamente, me recordaba a Gorgias, de modo que
he experimentado exactamente lo que cuenta Homero: temí que Agatón,
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al término de su discurso, lanzara contra el mío la cabeza de Gorgias,
terrible orador, y me convirtiera en piedra por la imposibilidad de hablar.
Y entonces precisamente comprendí que había hecho el ridículo
cuando me comprometí con ustedes a hacer, llegado mi turno, un
encomio a Eros en su compañía y afirmé que era un experto en las cosas
del amor, sin saber de hecho nada del asunto, o sea, cómo se debe hacer
un encomio cualquiera. Llevado por mi ingenuidad, creía, en efecto, que
se debía decir la verdad sobre cada aspecto del objeto encomiado y que
esto debía constituir la base, pero que luego deberíamos seleccionar de
estos mismos aspectos las cosas más hermosas y presentarlas de la
manera más atractiva posible.
Ciertamente me hacía grandes ilusiones de que iba a hablar bien,
como si supiera la verdad de cómo hacer cualquier elogio. Pero, según
parece, no era éste el método correcto de elogiar cualquier cosa, sino
que, más bien, consiste en atribuir al objeto elogiado el mayor número
posible de cualidades y las más bellas, sean o no así realmente; y si eran
falsas, no importaba nada.
Pues lo que antes se nos propuso fue, al parecer, que cada uno de
nosotros diera la impresión de hacer un encomio a Eros, no que éste
fuera realmente encomiado. Por esto, precisamente, supongo, remueven
todo tipo de palabras y se las atribuyen a Eros y afirman que es de tal
naturaleza y causante de tantos bienes, para que parezca el más hermoso
y el mejor posible, evidentemente ante los que no le conocen, no, por
supuesto, ante los instruidos, con lo que el elogio resulta hermoso y
solemne.
Pero yo no conocía en verdad este modo de hacer un elogio y sin
conocerlo les prometí hacerlo también yo cuando llegara mi turno. La
lengua lo prometió, pero no el corazón. ¡Que se vaya, pues, a paseo el
encomio! Yo ya no voy a hacer un encomio de esta manera, pues no
podría. Pero, con todo, estoy dispuesto, si quieren, a decir la verdad a mi
manera, sin competir con los discursos de ustedes, para no exponerme a
ser objeto de risa. Mira, pues, Fedro, si hay necesidad todavía de un
discurso de esta clase y quieren oír expresamente la verdad sobre Eros,
pero con las palabras y giros que se me puedan ocurrir sobre la marcha.
Entonces, Fedro y los demás le exhortaron a hablar como él
mismo pensaba que debía expresarse.
–Pues bien, Fedro –dijo Sócrates–, déjame preguntar todavía a
Agatón unas cuantas cosas, para que, una vez que haya obtenido su
conformidad en algunos puntos, pueda ya hablar.
–Bien, te dejo –respondió Fedro–. Pregunta, pues.
Después de esto, comenzó Sócrates más o menos así:
–En verdad, querido Agatón, me pareció que has introducido bien
tu discurso cuando decías que había que exponer primero cuál era la
29
naturaleza de Eros mismo y luego sus obras. Este principio me gusta
mucho. Ea, pues, ya que a propósito de Eros me explicaste, por lo
demás, espléndida y formidablemente, cómo era, dime también lo
siguiente: ¿es acaso Eros de tal naturaleza que debe ser amor de algo o de
nada? Y no pregunto si es amor de una madre o de un padre –pues sería
ridícula la pregunta de si Eros es amor de madre o de padre–, sino como
si acerca de la palabra misma ‘padre’ preguntara: ¿es el padre de alguien o
no? Sin duda me dirías, si quisieras respóndeme correctamente, que el
padre es padre de un hijo o de una hija. ¿O no?
–Claro que sí –dijo Agatón.
–¿Y no ocurre lo mismo con la palabra ‘madre’?
También en esto estuvo de acuerdo.
–Pues bien –dijo Sócrates–respóndeme todavía un poco más, para
que entiendas mejor lo que quiero. Si te preguntara: ¿y qué?, ¿un
hermano, en tanto que hermano, es hermano de alguien o no? Agatón
respondió que lo era.
¿Y no lo es de un hermano o de una hermana?
Agatón asintió.
–Intenta, entonces –prosiguió Sócrates–, decir lo mismo acerca
del amor. ¿Es Eros amor de algo o de nada?
–Por supuesto que lo es de algo.
–Pues bien –dijo Sócrates–, guárdate esto en tu mente y acuérdate
de que cosa es el amor. Pero ahora respóndeme sólo a esto: ¿desea Eros
aquello de lo que es amor o no?
–Naturalmente –dijo.
–¿Y desea y ama lo que desea y ama cuando lo posee, o cuando no
lo posee?
–Probablemente –dijo Agatón–cuando no lo posee.
–Considera, pues –continuó Sócrates–si en lugar de
probablemente no es necesario que sea así, esto es, lo que desea aquello
de lo que está falto y no lo desea si no está falto de ello. a mí, en efecto,
me parece extraordinario, Agatón, que necesariamente sea así. ¿Y a ti
cómo te parece?
–También a mí me lo parece –dijo Agatón.
–Dices bien. Pues, ¿desearía alguien ser alto, si es alto, o fuerte, si
es fuerte?
–Imposible, según lo que hemos acordado.
–Porque, naturalmente, el que ya lo es no podría estar falto de
estas cualidades.
–Tienes razón.
–Pues si –continuó Sócrates–, el que es fuerte, quisiera ser fuerte,
el que es rápido, ser rápido, el que está sano, ser sano…–tal vez, en
efecto, alguno podría pensar, a propósito de estas cualidades y de todas
las similares a éstas, que quienes son así y las poseen desean también
30
aquello que poseen; y lo digo precisamente para que no nos engañemos–.
Estas personas, Agatón, si te fijas bien, necesariamente poseen en el
momento actual cada una de las cualidades que poseen, quieran o no. ¿Y
quién desearía precisamente tener lo que ya tiene? Mas cuando alguien
nos diga: Yo, que estoy sano, quisiera también estar sano, y siendo rico
quiero también ser rico, y deseo lo mismo que poseo, le diríamos: Tú,
hombre, que ya tienes riqueza, salud y fuerza, lo que quieres realmente es
tener eso también en el futuro, pues en el momento actual, al menos,
quieras o no, ya lo posees. Examina, pues, si cuando dices ‘deseo lo que
tengo’ no quieres decir en realidad otra cosa que ‘quiero tener también en
el futuro lo que en la actualidad tengo’ ¿Acaso no estaría de acuerdo?
Agatón afirmó que lo estaría. Entonces Sócrates dijo: ¿Y amar
aquello que aún no está a disposición de uno ni se posee no es
precisamente esto, es decir, que uno tenga también en el futuro la
conservación y mantenimiento de estas cualidades?
–Sin duda –dijo Agatón.
–Por tanto, también éste y cualquier otro que sienta deseo, desea
lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo
que él no es y de lo que está falto. ¿No son éstas, más o menos, las cosas
de las que hay deseo y amor?
–Por supuesto –dijo Agatón.
–Ea, pues, recapitulemos los puntos en los que hemos llegado a
un acuerdo. ¿No es verdad que Eros es, en primer lugar, amor de algo y,
luego, amor de lo que tiene realmente necesidad?
–Sí –dijo.
–Siendo esto así, acuérdate ahora de qué cosas dijiste en tu
discurso que era objeto Eros. O, si quieres, yo mismo te las recordaré.
Creo, en efecto, que dijiste más o menos así, que entre los Dioses se
organizaron las actividades por amor de lo bello, pues de lo feo no había
amor. ¿No lo dijiste más o menos así?
–Así lo dije, en efecto.
–Y lo dices con toda razón, compañero. –Dijo Sócrates–. Y si esto
es así, ¿no es verdad que Eros sería amor de la belleza y no de la fealdad?
Agatón estuvo de acuerdo en esto.
¿Pero no se ha acordado que ama aquello de lo que está falto y no
posee?
–Sí –dijo.
–Luego Eros no posee belleza y está falto de ella.
–Necesariamente –afirmó.
–¿Y qué? Lo que está falto de belleza y no la posee en absoluto,
¿dices tú que es bello?
–No, por supuesto.
–¿Reconoces entonces todavía que Eros es bello, si esto es así?
31
–Me parece, Sócrates –dijo Agatón–, que no sabía nada de lo que
antes dije.
–Y, sin embargo –continuó Sócrates–, hablaste bien, Agatón. Pero
respóndeme todavía un poco más. ¿Las cosas buenas no te parece que
son también bellas?
–A mí, al menos, me lo parece.–entonces, si Eros está falto de
cosas bellas y si las cosas buenas son bellas, estará falto también de cosas
buenas.
–Yo, Sócrates –dijo Agatón–, no podría contradecirte. Por
consiguiente, que sea como dices.
–En absoluto –replicó Sócrates–; es a la verdad, querido Agatón, a
la que no puedes contradecir, ya que a Sócrates no es nada difícil.
PERO VOY A DEJARTE POR AHORA Y LES CONTARÉ EL DISCURSO SOBRE EROS
que oí un día de labios de una mujer de Mantinea, Diotima, que
era sabia en éstas y otras muchas cosas. Así por ejemplo, en cierta
OCASIÓNCONSIGUIÓ PARA LOS ATENIENSES, AL HABER HECHO UN SACRIFICIO POR
la peste,un aplazamiento de diez años de la epidemia.
>> [Sócrates 201d] p.80gelb

Ella fue, precisamente, la que me enseñó también las cosas del
amor.
Intentaré, pues, exponerles, yo mismo por mi cuenta, en la medida
en que pueda y partiendo de lo acordado entre Agatón y yo, el discurso
que pronunció aquella mujer. En consecuencia, es preciso, Agatón, como
tú explicaste, describir primero a Eros mismo, quién es y cuál es su
naturaleza, y exponer después sus obras.
Me parece, por consiguiente, que lo más fácil es hacer la
exposición como en aquella ocasión procedió la extranjera cuando iba
interrogándome. Pues poco más o menos también yo le decía lo mismo
que Agatón ahora a mí: que Eros era un gran Dios y que lo era de las
cosas bellas. Pero ella me refutaba con los mismos argumentos que yo a
él: que, según mis propias palabras, no era ni bello ni bueno.
–¿Cómo dices, Diótima? –Le dije yo–. ¿Entonces Eros es feo y
malo?
–Habla mejor –dijo ella–. ¿Crees que lo que no sea bello
necesariamente habrá de ser feo?
Exactamente.
¿Y lo que no sea sabio, ignorante? ¿No te has dado cuenta de que
hay algo intermedio entre la sabiduría y la ignorancia?
–¿Qué es ello?
–¿No sabes –dijo–que el opinar rectamente, incluso sin poder dar
razón de ello, no es ni saber, pues una cosa de la que no se puede dar
razón no podría ser conocimiento, ni tampoco ignorancia, pues lo que
posee realidad no puede ser ignorancia? La recta opinión es, pues, algo
así como una cosa intermedia entre el conocimiento y la ignorancia.
–Tienes razón.
32
–No pretendas, por tanto, que lo que no es bello sea
necesariamente feo, ni lo que no es bueno, malo. Y así también respecto
a Eros, puesto que tú mismo estás de acuerdo en que no es ni bueno ni
bello, no creas tampoco que ha de ser feo y malo, sino algo intermedio
entre estos dos.
–Sin embargo, se reconoce por todos que es un gran Dios.
–¿Te refieres a todos los que no saben o también a los que saben?
–Absolutamente a todos, por supuesto.
Entonces ella, sonriendo, me dijo:–¿Y cómo podrían estar de
acuerdo, Sócrates, en que es un gran Dios aquellos que afirman que ni
siquiera es un Dios?
–¿Quiénes son ésos? –Dije.
–Uno eres tú y otra yo.
–¿Cómo explicas eso? –Repliqué.
–Fácilmente. Dime ¿no afirmas que todos los Dioses son felices y
bellos? ¿O te atreverías a afirmar que alguno de entre los dioses no es
bello y feliz?
–¡Por Zeus!, Yo no.
–¿Y no llamas felices, precisamente, a los que poseen las cosas
buenas y bellas?
–Efectivamente.
–Pero en relación con Eros al menos has reconocido que, por
carecer de cosas buenas y bellas, desea precisamente eso mismo de que
está falto.
–Lo he reconocido, en efecto.
–¿Entonces, cómo podría ser Dios el que no participa de lo bello y
de lo bueno?
–De ninguna manera, según parece.
–¿Ves, pues, que tampoco tú consideras Dios a Eros?
–¿Qué puede ser entonces Eros, un mortal?
–En absoluto.
–¿Pues qué entonces?
–Como en los ejemplos anteriores, algo intermedio entre lo mortal
y lo inmortal.
–¿Y qué es ello Diótima?
–Un gran demon (genio o espíritu intermedio entre los Dioses y
los hombres), Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la
divinidad y lo mortal.
–¿Y qué poder tiene?
–Interpreta y comunica a los Dioses las cosas de los hombres y a
los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos y de los
otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de
unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que el todo queda
unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la
33
adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como
a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y de magia. La divinidad no
tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como
se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están
despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales
materias es un hombre DEMÓNICO, mientras que el que lo es en
cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un
SIMPLE ARTESANO.
Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno
de ellos es también Eros.
–¿Y quién es su padre y su madre?
–Es más largo de contar, pero, con todo, te lo diré Sócrates.
Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre
otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después que terminaron
de comer, vino a mendigar Penía, como era de esperar en una ocasión
festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de
néctar –pues aún no había vino–, entró en el jardín de Zeus y,
entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando,
impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se
acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es
Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en
la fiesta del nacimiento de la Diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un
amante de lo bello, dado que también
Afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha
quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre
pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien
duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y
descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los
caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la
naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo a la naturaleza
de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y
activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría
y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su
vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni
inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive,
cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de
nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se
le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y
está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia. Pues la cosa es
como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio,
porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea
sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean
hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa
molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a si
34
mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar
necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar.
–¿Quiénes son, Diótima, entonces, los que aman la sabiduría, si no
son ni los sabios ni los ignorantes?
–Hasta para un niño es ya evidente que son los que están en
medio de estos dos, entre los cuales estará también Eros. La sabiduría, en
efecto, es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de
modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser
amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del ignorante.
Y la causa de esto es también su nacimiento, ya que es hijo de un padre
sabio y rico en recursos y de una madre no sabia e indigente. Ésta es,
pues, querido Sócrates, la naturaleza de este demon. Pero, en cuanto a lo
que tú pensaste que era Eros, no hay nada sorprendente en ello. Tú
creíste, según me parece deducirlo de lo que dices, que Eros era lo
amado y no lo que ama. Por esta razón, me imagino, te parecía Eros
totalmente bello, pues lo que es susceptible de ser amado es también lo
verdaderamente bello, delicado, perfecto y digno de ser tenido por
dichoso, mientras que lo que ama tiene un carácter diferente, tal como yo
lo describí.
–Sea así, extranjera, pues hablas bien. Pero siendo Eros de tal
naturaleza, ¿qué función tiene para los hombres?
–Esto, Sócrates, es precisamente lo que voy a intentar enseñarte a
continuación. Eros, efectivamente, es como he dicho y ha nacido así,
pero a la vez es amor de las cosas bellas, como tú afirmas. Más si alguien
nos preguntara: ¿En qué sentido, Sócrates y Diótima, es Eros amor de
las cosas bellas? O así, más claramente: el que ama las cosas bellas desea,
¿qué desea?
–Que lleguen a ser suyas.
–Pero esta respuesta exige aún la siguiente pregunta: ¿qué será de
aquel que haga suyas las cosas bellas?
Entonces le dije que todavía no podía responder de repente a esa
pregunta.
–Bien. Imagínate que alguien, haciendo un cambio y empleando la
palabra ‘bueno’ en lugar de ‘bello’, te preguntara: ‘Veamos Sócrates, el
que ama las cosas buenas desea, ¿qué desea?’
–Que lleguen a ser suyas.
–¿Y qué será de aquel que haga suyas las cosas buenas?
–Esto ya puedo contestarlo más fácilmente: que será feliz.
–Por la posesión de las cosas buenas, en efecto, los felices son
felices, y ya no hay necesidad de añadir la pregunta de por qué quiere ser
feliz el que quiere serlo, sino que la respuesta parece que tiene su fin.
–Tienes razón.
35
–Ahora bien, esa voluntad y ese deseo, ¿crees que es común a
todos los hombres y que todos quieren poseer siempre lo que es bueno?
¿O cómo piensas tú?
–Así, que es común a todos.
–¿Por qué entonces Sócrates, no decimos que todos aman, si
realmente todos aman lo mismo y siempre, sino que decimos que unos
aman y otros no?
–También a mí me asombra eso.
–Pues no te asombres, ya que, de hecho, hemos separado una
especia particular de amor y, dándole el nombre de todo, la
denominamos amor, mientras que para las otras especies usamos otros
nombres.
–¿Cómo por ejemplo?
–Lo siguiente. Tú sabes que la idea de ‘creación’ (poíesis) es algo
múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa del
no ser al ser es creación, de suerte que también los trabajos realizados en
todas las artes son creaciones y los artífices de éstas son todos creadores
(poietaí).
–Tienes razón.
–Pero también sabes que no se llaman creadores, sino que tienen
otros nombres y que del conjunto entero de creación se ha separado una
parte, la concerniente a la música y al verso, y se la denomina con el
nombre del todo. Únicamente a esto se llama, en efecto, ‘poesía’, y
‘poetas’ a los que poseen esta porción de creación.
–Tienes razón.
–Pues bien, así ocurre también con el amor. En general, todo
deseo de lo que es bueno y de ser feliz es, para todo el mundo, el
grandísimo y engañoso amor. Pero unos se dedican a él de muchas y
diversas maneras, ya sea en los negocios, en la afición a la gimnasia o en
el amor a la sabiduría, y no se dice ni que están enamorados ni se les
llama amantes, mientras que los que se dirigen a él y se afanan según una
sola especie reciben el nombre del todo, amor, y de ellos se dice que
están enamorados Y se les llama amantes.
–Parece que dices la verdad.
–Y se cuenta, ciertamente, una leyenda, según la cual los que
busquen la mitad de sí mismos son los que están enamorados, pero,
según mi propia teoría, el amor no lo es ni de una mitad ni de un todo, a
no ser que sea, amigo mío, realmente bueno, ya que los hombres están
dispuestos a amputarse sus propios pies y manos, si les parece que esas
partes de sí mismos son malas. Pues no es, creo yo, a lo suyo propio a lo
que cada cual se aferra, excepto si se identifica lo bueno con lo particular
y propio de uno mismo y lo malo, en cambio, con lo ajeno. Así que, en
verdad, lo que los hombres aman no es otra cosa que el bien. ¿O a ti te
parece que aman otra cosa?
36
–A mí no, ¡por Zeus!.
–¿Entonces, se puede decir así simplemente que los hombres
aman el bien?
–Sí.
–¿Y qué? ¿No hay que añadir que aman también poseer el bien?
–Hay que añadirlo.
–¿Y no sólo poseerlo, sino también poseerlo siempre?
–También eso hay que añadirlo.
–Entonces, el amor es, en resumen, el deseo de poseer siempre el
bien.
–Es exacto lo que dices.
–Pues bien, puesto que el amor es siempre esto, ¿de qué manera y
EN QUÉ ACTIVIDAD SE PODRÍA LLAMAR AMOR AL ARDOR Y ESFUERZO DE LOS QUE LO
persiguen? ¿Cuál es justamente esta acción especial? ¿Puedes decirla?
–Si pudiera, no estaría admirándote, Diótima, por tu sabiduría ni
hubiera venido una y otra vez a ti para aprender precisamente estas
cosas.
–Pues yo te lo diré. Esta acción especial es, efectivamente, una
procreación en la belleza, tanto según el cuerpo como según el alma.
–Lo que realmente quieres decir necesita adivinación, pues no lo
entiendo.
–Pues te lo diré más claramente. Impulso creador, Sócrates,
tienen, en efecto, todos los hombres, no solo según el cuerpo, sino
también según el alma, y cuando se encuentran en cierta edad, nuestra
naturaleza desea procrear. Pero no puedo procrear en lo feo, sino solo
en lo bello. La unión de hombre y mujer es, efectivamente, procreación
y es una obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de
inmortal existe en el ser vivo, que es mortal. >>> [206bc] p. 81gelbe
PERO ES IMPOSIBLE QUE ESTE PROCESO LLEGUE A PRODUCIRSE EN LO QUE ES
incompatible, e incompatible es lo feo con todo lo divino, mientras que lo
bello es, en cambio, compatible. Así pues, la Belleza es la Moira y la Ilitía del
nacimiento. Por esta razón, cuando lo que tiene impulso creador se acerca a lo
bello, se vuelve propicio y se derrama contento, procrea y engendra; pero
cuando se acerca a lo feo, ceñudo y afligido se contrae en sí mismo, se aparta,
se encoge y no engendra, sino que retiene el fruto de su fecundidad y lo
soporta penosamente. De ahí, precisamente, que al que está fecundado y
ya abultado le sobrevenga el fuerte arrebato por lo bello, porque libera al
que lo posee de los grandes dolores del parto. Pues el amor, Sócrates, no
es amor de lo bello, como tú crees.
–¿Pues qué es entonces?
–Amor de la generación y procreación en lo bello.
–Sea así.
–Por supuesto que es así. Ahora bien, ¿por qué precisamente de la
generación? Porque la generación es algo eterno e inmortal en la medida
37
en que pueda existir en algo mortal. Y es necesario, según lo acordado,
desear la inmortalidad junto con el bien, si realmente el amor tiene por
objeto la perpetua posesión del bien. Así, pues, según se desprende de
este razonamiento, necesariamente el amor es también amor de la
inmortalidad.
Todo esto, en efecto, me enseñaba siempre que hablaba conmigo
sobre cosas del amor. Pero una vez me preguntó: –¿Qué crees tú,
Sócrates, que es la causa de ese amor y de ese deseo? ¿O no te das cuenta
de en qué terrible estado se encuentran todos los animales, los terrestres
y los alados, cuando desean engendrar, cómo todos ellos están enfermos
y amorosamente dispuestos, en primer lugar en relación con su mutua
unión y luego en relación con el cuidado de la prole, cómo por ella están
prestos no sólo a luchar, incluso los más débiles contra los más fuertes,
sino también a morir, cómo ellos mismos están consumidos por el
hambre para alimentarla y así hacen todo lo demás? Si bien podría
PENSARSE QUE LOS HOMBRES HACEN ESTO POR REFLEXIÓN, RESPECTO A LOS
animales, sin embargo, ¿cuál podría ser la causa de semejantes
disposiciones amorosas? ¿Puedes decírmela?
Y una vez más yo le decía que no sabía.
–¿Y piensas llegar a ser algún día experto en las cosas del amor, si
no entiendes esto?
–Pues por eso precisamente, Diótima, como te dije antes, he
venido a ti, consciente de que necesito maestros. Dime, por tanto, la
causa de esto y de todo lo demás relacionado con las cosas del amor.
–Pues bien, si crees que el amor es por naturaleza amor de lo que
repetidamente hemos convenido, no te extrañes, ya que en este caso, y
por la misma razón que en el anterior, la naturaleza mortal busca, en la
medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero sólo puede
serlo de esta manera: por medio de la procreación, porque siempre deja
otro ser nuevo en lugar del viejo. >>>>> [207bcd] p. 81 gelb
PUES INCLUSO EN EL TIEMPO EN QUE SE DICE QUE VIVE CADA UNA DE LAS
criaturas vivientes y que es la misma, como se dice, por ejemplo, que es
el mismo un hombre desde su niñez hasta que se hace viejo, sin
embargo, aunque se dice que es el mismo, ese individuo nunca tiene en sí
las mismas cosas, sino que continuamente se renueva y pierde otros
elementos, en su pelo, en su carne, en sus huesos, en su sangre y en todo
su cuerpo.
Y no sólo en su cuerpo, sino también en el alma: los hábitos,
caracteres, opiniones, deseos, placeres, tristezas, temores, ninguna de
estas cosas jamás permanece la misma en cada individuo, sino que unas
nacen y otras mueren. Pero mucho más extraño todavía que esto es que
también los conocimientos no sólo nacen unos y mueren otros en
nosotros, de modo que nunca somos los mismos ni siquiera en relación
38
con los conocimientos, sino que también le ocurre lo mismo a cada uno
de ellos en particular.
Pues lo que se llama practicar existe porque el conocimiento sale
de nosotros, ya que el olvido es la salida de un conocimiento, mientras
que la práctica, por el contrario, al implantar un nuevo recuerdo en lugar
del que se marcha, mantiene el conocimiento, hasta el punto de que
parece que es el mismo. De esta manera, en efecto, se conserva todo lo
mortal, no por ser siempre completamente lo mismo, como lo divino,
sino porque lo que se marcha y está ya envejecido deja en su lugar otra
cosa nueva semejante a lo que era, por este procedimiento, Sócrates, lo
mortal participa de inmortalidad, tanto el cuerpo como todo lo demás; lo
inmortal, en cambio, participa de otra manera.
No te extrañes, pues, si todo ser estima por naturaleza a su propio
vástago, pues por causa de inmortalidad ese celo y ese amor acompaña a
todo ser.
Cuando hube escuchado este discurso, lleno de admiración le dije:
–Bien, sapientísima Diótima, ¿es esto así en verdad?
Y ELLA, COMO LOS AUTÉNTICOS SOFISTAS, ME CONTESTÓ: –POR SUPUESTO,
Sócrates, ya que, si quieres reparar en el amor de los hombres por los
honores, te quedarías asombrado también de su irracionalidad, a menos
que medites en relación con lo que yo he dicho, considerando en qué
terrible estado se encuentran por el amor de llegar a ser famosos y dejar
para siempre una fama inmortal. Por esto, aún más que por sus hijos,
están dispuestos a arrostrar todos los peligros, a gastar su dinero, a
soportar cualquier tipo de fatiga y a dar su vida. Pues, ¿crees tú que
Alcestis hubiera muerto por Admeto o que Aquiles hubiera seguido en
su muerte a Patroclo o que vuestro Codro se hubiera adelantado a morir
por el reinado de sus hijos, si no hubiera creído que iba a quedar de ellos
el recuerdo inmortal que ahora tenemos por su virtud?
Ni mucho menos, sino que más bien, creo yo, por inmortal virtud
y por tal ilustre renombre todos hacen todo, y cuanto mejores sean, tanto
más, pues aman lo que es inmortal. En consecuencia, los que son
fecundos según el cuerpo se dirigen preferentemente a las mujeres y de
esta manera son amantes, procurándose mediante la procreación de hijos
inmortalidad, recuerdo y felicidad, según creen, para todo tiempo futuro.
En cambio, los que son fecundos según el alma (…) pues hay, en efecto,
quienes conciben en las almas aún más que en los cuerpos lo que
corresponde al alma concebir y dar a luz. ¿Y qué es lo que le
corresponde?
El conocimiento y cualquier otra virtud, de las que precisamente son
procreadores todos los poetas y cuantos artistas se dice que son
inventores. Pero el conocimiento mayor y el más bello es, con mucho, la
regulación de lo que concierne a las ciudades y familias, cuyo nombre es
mesura y justicia. Ahora bien, cuando uno de éstos se siente desde joven
39
fecundo en el alma, siendo de naturaleza divina, y, llegada la edad, desea
ya procrear y engendrar, entonces busca también él, creo yo, en su
entorno la belleza en la que pueda engendrar, pues en lo feo nunca
engendrará.
Así, pues, en razón de su fecundidad, se apega a los cuerpos bellos
más que a los feos, y si se tropieza con un alma bella, noble y bien dotada
por naturaleza, entonces muestra un gran interés por el conjunto; ante
esta persona tiene al punto abundancia de razonamientos sobre la virtud,
sobre cómo debe ser el hombre bueno y lo que debe practicar, e intenta
educarlo.
En efecto, al estar en contacto, creo yo, con lo bello y tener
relación con ello, da a luz y procrea lo que desde hacía tiempo tenía
concebido, no sólo en su presencia, sino también recordándolo en su
ausencia, y en común con el objeto bello ayuda a criar lo engendrado, de
suerte que los de tal naturaleza mantienen entre sí una comunidad
mucho mayor que la de los hijos y una amistad más sólida, puesto que
tienen en común hijos más bellos y más inmortales. Y todo el mundo
preferiría para sí haber engendrado tales hijos en lugar de los humanos,
cuando echa una mirada a Homero, a Hesíodo y demás buenos poetas, y
siente envidia porque han dejado de sí descendientes tales que les
procuran inmortal fama y recuerdo por ser inmortales ellos mismos; o si
quieres, los hijos que dejó Licurgo en Lacedemonia, salvadores de
Lacedemonia y, por así decir, de la Hélade entera. Honrado es también
entre nosotros Solón, por haber dado origen a nuestras leyes, y otros
muchos hombres lo son en otras muchas partes, tanto entre los griegos
como entre los bárbaros, por haber puesto de manifiesto muchas y
hermosas obras y haber engendrado toda clase de virtud.
En su honor se han establecido ya también muchos templos y
cultos por tales hijos, mientras que por hijos mortales todavía no se han
establecido para nadie. Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo
misterio también tú, Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos
finales y suprema revelación, por cuya causa existen aquéllas, si se
procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por
consiguiente, yo misma te los diré y no escatimaré ningún esfuerzo;
intenta seguirme, si puedes.
Es preciso, en efecto, que quien quiera ir por el recto camino a ese
fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía
lo dirige rectamente, enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y
engendrar en él bellos razonamientos; luego debe comprender que la
belleza que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si
es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no
considerar una y la misma belleza que hay en todos los cuerpos. Una vez
que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos
40
bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y
considerándolo insignificante.
A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las
almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma,
aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarlo,
engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes,
para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en
las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello está
emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del
cuerpo como algo insignificante.
Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias,
para que vea también la belleza de éstas y, fijando ya su mirada en esa
inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de
espíritu, apegándose como esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de
un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que,
vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos
bellos y magníficos discursos y pensamientos en ilimitado amor por la
sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única
ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente.
Intenta ahora prestarme la máxima atención posible. En efecto,
quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber
contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá
de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo
maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates,
por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que,
en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en
segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces
bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí
bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo.
Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro
ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un
cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente
en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en
algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma
específicamente única, mientras que todas las otras cosas participan de
ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni
aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada.
Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de
este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar
aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues esta es justamente
la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido
por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas
como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella
belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los
41
cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de
conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de estos terminar en
aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella
belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en si.
En este periodo de la vida, querido Sócrates, mas que en ningún
otro, le perece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en si.
Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el
oro ni con los vestidos, ni con los jóvenes y adolescentes bellos, ante
cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú
como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con
él, a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo
y estar en su compañía.
¿Qué debemos imaginar, pues, si le fuera posible a alguno ver la
belleza en si, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas,
ni de colores, ni de, en sume, de oras muchas fruslerías mortales, y
pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única? ¿Acaso
crees que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que
contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su
compañía? ¿O no crees que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo
que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no
estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está
en contacto con la verdad?. Y al que ha engendrado y criado una virtud
verdadera
¿No crees que le es posible hacerse amigo de los Dioses y llegar a
ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también él? Esto, Fedro,
y demás amigos, dijo Diótima y yo quedé convencido; y convencido
INTENTO TAMBIÉN PERSUADIR A LOS DEMÁS DE QUE PARA ADQUIRIR ESTA POSESIÓN
difícilmente podría uno tomar un colaborador de la naturaleza humana
mejor que Eros. Precisamente, por eso, yo afirmo que todo hombre debe
honrar a Eros, y no sólo yo mismo honro las cosas del Amor y las
practico sobremanera, sino que también las recomiendo a los demás y
ahora y siempre elogio el poder y valentía de Eros, en la medida en que
soy capaz. Considera, pues, Fedro, este discurso, si quieres, como un
encomio dicho en honor de Eros o, si prefieres, dale el nombre que te
guste y como te guste.  [212b]  >>>>>>>>>>> p. 82 gelbe
——-
pág. 75 rot

CUANDO SÓCRATES HUBO DICHO ESTO, ME CONTÓ ARISTODEMO QUE LOS
demás le elogiaron, pero que Aristófanes intentó decir algo, puesto que
Sócrates al hablar le había mencionado a propósito de su discurso.
Mas de pronto la puerta del patio fue golpeada y se produjo un
gran ruido como de participantes en una fiesta. Entonces Agatón dijo:
–ESCLAVOS, VAYAN A VER Y SI ES ALGUNO DE NUESTROS CONOCIDOS,
háganle pasar; pero si no, digan que no estamos bebiendo, sino que
estamos durmiendo ya. >>>>>>>>>>[212c]…….p. 83 gelbe
42
NO MUCHO DESPUÉS SE OYÓ EN EL PATIO LA VOZ DE ALCIBÍADES,
fuertemente borracho, preguntando a grandes gritos dónde estaba
Agatón y pidiendo que le llevaran junto a él.  >>>>[212d]….p. 83 gelbe
LE CONDUJERON ENTONCES HASTA ELLOS, ASÍ COMO A LA FLAUTISTA QUE LE SOSTENÍA Y A
algunos otros de sus acompañantes, pero él se detuvo en la puerta, coronado
con una tupida corona de hiedra y violetas y con muchas cintas
sobre su cabeza, y dijo:

PÁG. 76 ROT

SIMPOSIO… Platón (V): Agatón

28 de enero de 2012

5.- DISCURSO DE AGATÓN (194E-197E)

–DICES BIEN, FEDRO; YA NADA ME IMPIDE HABLAR, PUES CON SÓCRATES
podré dialogar, también, después, en muchas otras ocasiones.
Yo quiero, en primer lugar, indicar cómo debo hacer la exposición
y luego pronunciar el discurso mismo. En efecto, me parece que todos
los que han hablado antes no han encomiado al Dios, sino que han
felicitado a los hombres por los bienes que él les causa.
Pero ninguno ha dicho cuál es la naturaleza misma de quien les ha
hecho estos regalos. La única manera correcta, sin embargo, de cualquier
cosa es explicar palabra por palabra cuál es la razón de la persona sobre
la que se habla y de qué clase de efecto es, realmente, responsable. De
este modo, pues, es justo que también nosotros elogiemos a Eros,
primero a él mismo, cuál es su naturaleza, y después sus dones.
Afirmo, por tanto, que, si bien es cierto que todos los Dioses son
felices, Eros, si es lícito decirlo sin incurrir en castigos divinos, es el más
feliz de ellos por ser el más hermoso y el mejor.
Y es el más hermoso por ser de la naturaleza siguiente.
En primer lugar, Fedro, es el más joven de los Dioses. Y una gran
prueba en favor de lo que digo nos la ofrece él mismo cuando huye
apresuradamente de la vejez, que obviamente es rápida o, al menos,
avanza sobre nosotros más rápidamente de lo que debiera. A ésta, en
efecto, Eros la odia por naturaleza y no se le aproxima ni de lejos.
Antes bien, siempre está en compañía de los jóvenes y es joven,
pues mucha razón tiene aquel antiguo dicho de que lo semejante se
acerca siempre a lo semejante.
Y yo, que estoy de acuerdo con Fedro en otras muchas cosas, no
estoy de acuerdo, sin embargo, en que Eros es más antiguo que Crono y
Jápeto, sino que sostengo, por el contrario, que es el más joven de los
dioses y siempre joven, y que aquellos antiguos hechos en relación con
los Dioses de que hablan Hesíodo y Parménides se han originado bajo el
imperio de la Necesidad y no de Eros, suponiendo que aquellos dijeran
la verdad. Pues no hubieran existido mutilaciones ni mutuos
encadenamientos ni otras muchas violencias, si Eros hubiera estado entre
ellos, sino amistad y paz, como ahora, desde que Eros es el soberano de
los Dioses.
Es, pues, joven, pero además de joven es delicado. Y está
necesitado de un poeta como fue Homero para escribir la delicadeza de
25
este Dios. Homero, efectivamente, afirma que Ate es una diosa delicada
–al menos que sus pies son delicados–cuando dice: sus pies ciertamente
son delicados, pues al suelo no los acerca, sino que anda sobre las
cabezas de los hombres.
–Hermosa, en efecto, en mi opinión, es la prueba que utiliza para
poner de manifiesto la delicadeza de la diosa: que no anda sobre lo duro,
sino lo blando. Pues bien, también nosotros utilizaremos esta misma
prueba en relación con Eros para mostrar que es delicado. Pues no anda
sobre la tierra ni sobre cráneos, cosas que no son precisamente muy
blandas, sino que anda y habita entre las cosas más blandas que existen,
ya que ha establecido su morada en los caracteres y almas de los Dioses y
de los hombres.
Y, por otra parte, no lo hace en todas las almas
indiscriminadamente, sino que si se tropieza con una que tiene un
temperamento duro, se marcha, mientras que si lo tiene suave, se queda.
En consecuencia, al estar continuamente en contacto, no sólo con sus
pies, sino con todo su ser, con las más blandas de entre las cosas más
blandas, ha de ser necesariamente el más delicado. Por tanto es el más
joven y el más delicado, pero además es flexible de forma, ya que, si
fuera rígido, no sería capaz de envolver por todos lados ni de pasar
inadvertido en su primera entrada y salida de cada alma.
Una gran prueba de su figura bien proporcionada y flexible es su
elegancia, cualidad que precisamente, según el testimonio de todos,
posee Eros en grado sumo, pues entre la deformidad y Eros hay siempre
mutuo antagonismo.
La belleza de su tez la pone de manifiesto esa estancia entre flores
del Dios, pues en lo que está sin flor o marchito, tanto si se trata del
cuerpo como del alma o de cualquier otra cosa, no se asienta Eros, pero
donde haya un lugar bien florido y bien perfumado, ahí se posa y
permanece.
Sobre la belleza del Dios, pues, sea suficiente lo dicho, aunque
todavía quedan por decir otras muchas cosas. Hay que hablar a
continuación sobre la virtud de Eros, y lo más importante aquí es que
Eros ni comete injusticia contra Dios u hombre alguno, ni es objeto de
injusticia por parte de ningún Dios ni de ningún hombre. Pues ni padece
de violencia, si padece de algo, ya que la violencia no toca a Eros, ni
cuando hace algo, lo hace con violencia, puesto que todo el mundo sirve
de buena gana a Eros en todo, y lo que uno acuerde con otro de buen
grado dicen las leyes reinas de la ciudad que es justo.
Pero, además de la justicia, participa también de la mayor
templanza. Se reconoce, en efecto, que la templanza es el dominio de los
placeres y deseos, y que ningún placer es superior a Eros. Y si son
inferiores serán vencidos por Eros y los dominará, de suerte que Eros, al
26
dominar los placeres y deseos, será extraordinariamente templado. Y en
lo que se refiere a valentía, a Eros ni siquiera Ares puede resistir, pues no
es Ares quien domina a Eros, sino Eros a Ares –el amor por Afrodita,
según se dice. Ahora bien, el que domina es superior al dominado y si
domina al más valiente de los demás, será necesariamente el más valiente
de todos.
Así, pues, se ha hablado sobre la justicia, la templanza y la valentía
del Dios; falta hablar sobre su sabiduría, pues, en la medida de lo posible,
se ha de intentar no omitir nada. En primer lugar, para honrar también
yo a mi arte, como Erixímaco al suyo, es el Dios Poeta tan hábil que
incluso hace poeta a otro.
En efecto, todo aquél a quien toque Eros se convierte en poeta,
aunque antes fuera extraño a las musas. De esto, precisamente, conviene
que nos sirvamos como testimonio, de que Eros es, en general, un buen
poeta en toda clase de creación artística. Pues lo que uno no tiene o no
conoce, ni puede dárselo ni enseñárselo a otro.
POR OTRA PARTE, RESPECTO A LA PROCREACIÓN DE TODOS LOS SERES VIVOS,
¿quién negará que es por habilidad de Eros por la que nacen y crecen
todos los seres? Finalmente, en lo que se refiere a la maestría en las artes,
¿ACASO NO SABEMOS QUE AQUEL A QUIEN ENSEÑE ESTE DIOS RESULTA FAMOSO E
ilustre, mientras que a quien Eros no toque permanece oscuro?
[197A] P.80GEL

El arte de disparar el arco, la medicina y la adivinación los
descubrió Apolo guiado por el deseo y el amor, de suerte que también él
puede considerarse un discípulo de Eros, como lo son las musas en la
música, Hefesto en la forja, Atenea en el arte de tejer y Zeus en el de
gobernar a los Dioses y hombres. Ésta es la razón precisamente por la
cual también las actividades de los Dioses se organizaron cuando Eros
nació entre ellos –evidentemente, el de la belleza, pues sobre la fealdad
no se asienta Eros–. Pero antes, como dije al principio, sucedieron entre
los Dioses muchas cosas terribles, según se dice, debido al reinado de la
Necesidad, mas tan pronto como nació este Dios, en virtud del amor a
las cosas bellas, se han originado bienes de todas clases para Dioses y
hombres.
De esta manera, Fedro, me parece que Eros, siendo él mismo, en
primer lugar, el más hermoso y mejor, es causa luego para los demás de
otras cosas semejantes.
Y se me ocurre también expresarles algo en verso, diciendo que es
éste el que produce la paz entre los hombres, la calma tranquila en alta
mar, el reposo de los vientos y el sueño en las inquietudes.
Él es quien nos vacía de extrañamiento y nos llena de intimidad, el
que hace que se celebren en mutua compañía todas las reuniones como
la presente, y en las fiestas, en los coros y en los sacrificios resulta
nuestro guía; nos otorga mansedumbre y nos quita aspereza; dispuesto a
27
dar cordialidad, nunca a dar hostilidad; es propicio y amable;
contemplado por los sabios, admirado por los Dioses; codiciado por los
que no lo poseen, digna adquisición de los que lo poseen mucho; padre
de la molicie, de la delicadeza, de la voluptuosidad, de las gracias, del
deseo y de la nostalgia; cuidadoso de los buenos, despreocupado de los
malos; en la fatiga, en el miedo, en la nostalgia, en la palabra es el mejor
piloto, defensor, camarada y salvador; gloria de todos, Dioses y hombres;
el más hermoso y mejor guía, al que debe seguir en su cortejo todo
hombre, cantando bellamente en su honor y participando en la oda que
Eros entona y con la que encanta la mente de todos los Dioses y
de todos los hombres.
Que este discurso mío, Fedro –dijo–quede dedicado como
ofrenda al dios, discurso que, en la medida de mis posibilidades, participa
tanto de diversión como de mesurada seriedad.
Al terminar de hablar Agatón, me dijo Aristodemo que todos los
presentes aplaudieron estruendosamente, ya que el joven había hablado
en términos dignos de sí mismo y del Dios.
Entonces Sócrates, con la mirada puesta en Erixímaco, dijo:–¿Te
sigue pareciendo, oh hijo de Acúmeno, que mi temor de antes era
injustificado, o no crees, más bien, que he hablado como un profeta
cuando decía hace un momento que Agatón hablaría admirablemente y
que yo me iba a encontrar en una situación difícil?
–Una de las dos cosas, que Agatón hablaría bien –dijo Erixímaco–
creo, en efecto, que la has dicho proféticamente. Pero que tú ibas a estar
en una situación difícil, no lo creo.

SIMPOSIO …Platón (IV): Aristófanes

28 de enero de 2012

4.- Discurso de Aristófanes (189c-193d)

 

Efectivamente, Erixímaco –dijo Aristófanes–, tengo la intención

de hablar de manera muy distinta a como tú y Pausanias han hablado.

Pues, a mi parecer, los hombres no se han percatado en absoluto

del poder de Eros, puesto que si se hubiesen percatado le habrían

levantado los mayores templos y altares y le harían los más grandes

sacrificios, no como ahora, que no existe nada de esto relacionado con él,

siendo así que debería existir por encima de todo.

19

Pues es el más filántropo de los Dioses, al ser auxiliar de los

hombres y médico de enfermedades tales que, una vez curadas, habría la

mayor felicidad para el género humano. Intentaré, pues, explicarles su

poder y ustedes serán los maestros de los demás.

Pero, primero, es preciso que conozcan la naturaleza humana y las

modificaciones que ha sufrido, ya que nuestra antigua naturaleza no era

la misma de ahora, sino diferente.

En primer lugar, tres eran los sexos de las personas, no dos, como

ahora, masculino y femenino, sino que había, además, un tercero que

participaba de estos dos, cuyo nombre sobrevive todavía, aunque él

mismo ha desaparecido. El andrógino, en efecto, era entonces una cosa

sola en cuanto a forma y nombre, que participaba de uno y de otro, de lo

masculino y de lo femenino, pero que ahora no es sino un nombre que

yace en la ignominia.

En segundo lugar, la forma de cada persona era redonda en

totalidad, con la espalda y los costados en forma de círculo. Tenía cuatro

manos, mismo número de pies que de manos y dos rostros

perfectamente iguales sobre un cuello circular. Y sobre estos dos rostros,

situados en direcciones opuestas, una sola cabeza, y además cuatro

orejas, dos órganos sexuales, y todo lo demás como uno puede

imaginarse a tenor de lo dicho.

Caminaba también recto como ahora, en cualquiera de las dos

direcciones que quisiera; pero cada vez que se lanzaba a correr

velozmente, al igual que ahora los acróbatas dan volteretas circulares

haciendo girar las piernas hasta la posición vertical, se movía en círculo

rápidamente apoyándose en sus miembros que entonces eran ocho.

Eran tres los sexos y de estas características, porque lo masculino

era originariamente descendiente del sol, lo femenino, de la tierra y lo

que participaba de ambos, de la luna, pues también la luna participa de

uno y de otro. Precisamente eran circulares ellos mismos y su marcha,

por ser similares a sus progenitores.

Eran también extraordinarios en fuerza y vigor y tenían un

inmenso orgullo, hasta el punto de que conspiraron contra los dioses. Y

lo que dice Homero de Esfialtes y de Oto se dice también de ellos: que

intentaron subir hasta el cielo para atacar a los dioses. Entonces, Zeus y

los demás Dioses deliberaban sobre qué debían hacer con ellos y no

encontraban solución. Porque, ni podían matarlos y exterminar su linaje,

fulminándolos con el rayo como a los gigantes, pues entonces se les

habrían esfumado también los honores y sacrificios que recibían de parte

de los hombres, ni podían permitirles tampoco seguir siendo insolentes.

Tras pensarlo detenidamente dijo, al fin, Zeus: Me parece que

tengo el medio de cómo podrían seguir existiendo los hombres y, a la

vez, cesar de su desenfreno haciéndolos más débiles.

20

Ahora mismo, dijo, los cortaré en dos mitades a cada uno y de esta

forma serán a la vez más débiles y más útiles para nosotros por ser más

numerosos. Andarán rectos sobre dos piernas y si nos parece que todavía

perduran en su insolencia y no quieren permanecer tranquilos, de nuevo,

dijo, los cortaré en dos mitades, de modo que caminarán dando saltos

sobre una sola pierna. Dicho esto, cortaba a cada individuo en dos

mitades, como los que cortan las serbas y las ponen en conserva o como

los que cortan los huevos con crines.

Y al que iba cortando ordenaba a Apolo que volviera su rostro y la

mitad de su cuello en dirección del corte, para que el hombre, al ver su

propia división, se hiciera más moderado, ordenándole también curar lo

demás.

Entonces, Apolo volvía el rostro y, juntando la piel de todas partes

en lo que ahora se llama vientre, como bolsas cerradas con cordel, la

ataba haciendo un agujero en medio del vientre, lo que llamamos

precisamente ombligo.

Alisó las otras arrugas en su mayoría y modeló también el pecho

con un instrumento parecido al de los zapateros cuando alisan sobre la

horma los pliegues de los cueros. Pero dejó unas pocas en torno al

vientre mismo y al ombligo, para que fueran un recuerdo del antiguo

estado.

Así, pues, una vez que fue seccionada en dos la forma original,

añorando cada uno su propia mitad se juntaba con ella y rodeándose con

las manos y entrelazándose unos con otros, deseosos de unirse en una

sola naturaleza, morían de hambre y de absoluta inacción, por no querer

hacer nada separados unos de otros.

Y cada vez que moría una de las mitades y quedaba la otra, la que

quedaba buscaba otra y se enlazaba con ella, ya se tropezara con la mitad

de una mujer entera, lo que ahora llamamos precisamente mujer, ya con

la de un hombre, y así seguían muriendo.

Compadeciéndose entonces Zeus, inventa otro recurso y traslada

sus órganos genitales hacia la parte delantera, pues hasta entonces

también éstos los tenían por fuera y engendraban y parían no los unos en

los otros, sino en la tierra, como las cigarras. De esta forma, pues,

cambio hacia la parte frontal sus órganos genitales y consiguió que

mediante éstos tuviera lugar la generación en ellos mismos, a través de lo

masculino en lo femenino, para que si en el abrazo se encontraba

hombre con mujer, engendraran y siguiera existiendo la especie humana,

pero, si se encontraba varón con varón, hubiera, al menos, satisfacción

de su contacto, descansaran, volvieran a sus trabajos y se preocuparan de

las demás cosas de la vida.

Desde hace tanto tiempo, pues, es el amor de los unos a los otros

innato en los hombres y restaurador de la antigua naturaleza, que intenta

hacer uno solo de dos y sanar la naturaleza humana. Por tanto, cada uno

21

de nosotros es un símbolo de hombre, al haber quedado seccionado en

dos de uno solo, como los lenguados.

Por esta razón, precisamente, cada uno está buscando siempre su

propio símbolo. En consecuencia, cuantos hombres son sección de

aquél ser de sexo común que entonces se llamaba andrógino son

aficionados a las mujeres, y pertenece también a este género la

mayoría de los adúlteros; y proceden también de él cuantas mujeres,

a su vez, son aficionadas a los hombres y adúlteras.

Pero cuántas mujeres son sección de mujer, no prestan mucha

atención a los hombres, sino que están inclinadas a las mujeres, y

de este género proceden también las lesbianas.

Cuántos, por el contrario, son sección de varón, persiguen a los

varones y mientras son jóvenes, al ser rodajas de varón, aman a los

hombres y se alegran de acostarse y abrazarse [5]; éstos son los

mejores de entre los jóvenes y adolescentes, ya que son los más

viriles pornaturaleza. Algunos dicen que son unos desvergonzados,

pero se equivocan. Pues no hacen esto por desvergüenza, sino por

audacia, hombría y masculinidad, abrazando a lo que es

similara ellos.

[191de-192ª] >>>>>>>>>>pág. 78 gelbe y nota [5 ]pág. 105  gelbe

 

 

Y una gran prueba de esto es que, llegados al término de su

formación, los de tal naturaleza son los únicos que resultan valientes

en los asuntos políticos. Y cuando ya son unos hombres, aman a

los mancebos y no prestan atención por inclinación natural a los

casamientos ni a la procreación de hijos, sino que son obligados por

la ley, pues les basta vivir solteros todo el tiempo en mutua compañía.

Por consiguiente, le el que es de tal clase resulta, ciertamente, un

amante de mancebos y un amigo del amante, ya que siempre se apega a

lo que le está emparentado.

Pero cuando se encuentran con aquella autentica mitad de sí

mismos tanto el pederasta como cualquier otro, quedan entonces

maravillosamente impresionados por afecto, afinidad y amor, sin querer,

por así decirlo, separarse unos de otros ni siquiera por un momento.

Éstos son los que permanecen unidos en mutua compañía a lo

largo de toda su vida, y ni siquiera podrían decir qué desean conseguir

realmente unos de otros. Pues a ninguno se le ocurriría pensar que ello

fuera el contacto de las relaciones sexuales y que, precisamente por esto,

el uno se alegra de estar en compañía del otro con tan gran empeño.

Antes bien, es evidente que el alma de cada uno desea otra cosa que no

puede expresar, si bien adivina lo que quiere y lo insinúa

enigmáticamente.

Y si mientras están acostados juntos se presentara Hefesto con sus

instrumentos y les preguntara: ¿Qué es, realmente, lo que quieren,

hombres, conseguir uno del otro?, y si al verlos perplejos volviera a

preguntarles: ¿Acaso lo que desean es estar juntos lo más posible el uno

22

del otro, de modo que ni de noche ni de día se separen el uno del otro?

Si realmente quieren esto, quiero fundirlos y soldarlos en uno solo, de

suerte que siendo dos lleguen a ser uno, y mientras vivan, como si fueran

uno sólo, vivan los dos en común y, cuando mueran, también allí en el

Hades sean uno en lugar de dos, muertos ambos a la vez.

Miren, pues, si desean esto y estarán contentos si lo consiguen. Al

oír estas palabras, sabemos que ninguno se negaría ni daría a entender

que desea otra cosa, sino que simplemente creería haber escuchado lo

que, en realidad, anhelaba desde hacía tiempo: llegar a ser uno solo de

dos, juntándose y fundiéndose con el amado

Pues la razón de esto es que nuestra antigua naturaleza era como

se ha descrito y nosotros estábamos íntegros.

Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y la

persecución de esa integridad. Antes, como digo, éramos uno, pero

ahora por nuestra iniquidad, hemos sido separados por la divinidad,

como los arcadios por los lacedemonios. Existe, pues, el temor de que, si

no somos mesurados respecto a los dioses, podamos ser partidos de

nuevo en dos y andemos por ahí como los que están esculpidos en

relieve en las estelas, serrados en dos por la nariz, convertidos en téseras.

Ésta es la razón, precisamente, por la que todo hombre debe

exhortar a ser piadosos con los dioses en todo, para evitar lo uno y

conseguir lo otro, siendo Eros nuestro guía y caudillo.

Que nadie obre en su contra –y obra en su contra el que se

enemista con los Dioses–, pues si somos sus amigos y estamos

reconciliados con el Dios, descubriremos y nos encontraremos con

nuestros propios amados, lo que ahora consiguen solo unos pocos.

Y que no me interrumpa Erixímaco para burlarse de mi discurso

diciendo que aludo a Pausanias y a Agatón, pues tal vez también ellos

pertenezcan realmente a esta clase y sean ambos varones por naturaleza.

Yo me estoy refiriendo a todos, hombres y mujeres, cuando digo que

nuestra raza sólo podría llegar a ser plenamente feliz si lleváramos el

amor a su culminación y cada uno encontrara el amado que le pertenece

retornando a su antigua naturaleza. [193b] …..>>>> p. 78  gelbe

Y si esto es lo mejor, necesariamente también será lo mejor lo que,

en las actuales circunstancias, se acerque más a esto, a saber, encontrar

un amado que por naturaleza responda a nuestras aspiraciones.

Por consiguiente, si celebramos al Dios causante de esto,

celebraríamos con toda justicia a Eros, que en el momento actual nos

procura los mayores beneficios por llevarnos a lo que nos es afín y nos

proporciona para el futuro las mayores esperanzas de que, si mostramos

piedad con los Dioses, nos hará dichosos y plenamente felices, tras

restablecernos en nuestra antigua naturaleza y curarnos.

 

Éste, Erixímaco, es –dijo–mi discurso sobre Eros, distinto, por

cierto, al tuyo. No lo ridiculices, como te pedí, para que oigamos

también que va a decir cada uno de los restantes o, más bien,

cada uno de los otros dos, pues quedan Agatón y Sócrates.

[193de] >>p. 79 gelbe

Pues bien, te obedeceré –respondió Erixímaco–, pues también a

mí me ha gustado oír tu discurso. Y si no supiera que Sócrates y Agatón

son formidables en las cosas del Amor, mucho me temería que vayan a

estar faltos de palabras, por lo mucho y variado que ya se ha dicho, en

este caso, sin embargo, tengo plena confianza.

Tú mismo, Erixímaco –dijo entonces Sócrates–, has competido,

en efecto, muy bien, pero si estuvieras donde estoy yo ahora, o mejor, tal

vez, donde esté cuando Agatón haya dicho también su bello discurso,

tendrías en verdad mucho miedo y estarías en la mayor desesperación,

como estoy yo ahora.

Pretendes hechizarme, Sócrates –dijo Agatón–para que me

desconcierte, haciéndome creer que domina a la audiencia una gran

expectación ante la idea de que voy a pronunciar un bello discurso.

Sería realmente desmemoriado, Agatón –respondió Sócrates–, si

después de haber visto tu hombría y elevado espíritu al subir al escenario

con los actores y mirar de frente a tanto público sin turbarte lo más

mínimo en el momento de presentar tu propia obra, creyese ahora que tú

ibas a quedar desconcertado por causa de nosotros, que sólo somos unos

cuantos hombres.

¿Y qué, Sócrates? –Dijo Agatón–. ¿Realmente me consideras tan

saturado de teatro como para ignorar también que, para el que tenga un

poco de sentido, unos pocos inteligentes son más de temer que muchos

estúpidos?. –En verdad no haría bien, Agatón –dijo Sócrates–, si tuviera

sobre ti una rústica opinión. Pues sé muy bien que si te encontraras con

unos pocos que consideraras sabios, te preocuparías más de ellos que de

la masa. Pero tal vez nosotros no seamos de esos inteligentes, pues

estuvimos también allí y éramos parte de la masa.

No obstante, si te encontraras con otros realmente sabios, quizás

te avergonzarías ante ellos, si fueras consciente de hacer algo que tal vez

fuera vergonzoso. ¿O qué te parece?

Que tienes razón –dijo.

¿Y no te avergonzarías ante la masa, si creyeras hacer algo tan

vergonzoso?

Entonces Fedro –me contó Aristodemo–les interrumpió y dijo:

Querido Agatón, si respondes a Sócrates, ya no le importará nada de qué

manera se realice cualquiera de nuestros proyectos actuales, con tal que

tenga sólo a uno con quien pueda dialogar, especialmente si es bello. A

mí, es verdad, me gusta oír dialogar a Sócrates, pero no tengo más

remedio que preocuparme del encomio a Eros y exigir un discurso de

cada uno de nosotros. Por consiguiente, después de que uno y otro

hayan hecho su contribución al Dios, entonces ya dialoguen.

24

Dices bien, Fedro –respondió Agatón–; ya nada me impide

hablar, pues con Sócrates podré dialogar, también, después, en otras

muchas ocasiones.

 

 

SIMPOSIO …Platón (III): Erixímaco

28 de enero de 2012

3.-   Encomio de Erixímaco: el amor como potencia cósmica

                                             (185e-188e)

Bien, me parece que es necesario, ya que Pausanias no concluyó

adecuadamente la argumentación que había iniciado tan bien, que yo

deba intentar llevarla a buen término.

Que Eros es doble, me parece, en efecto, que lo ha distinguido

muy bien. Pero que no sólo existe en las almas de los hombres como

impulso hacia los bellos, sino también en los demás objetos como

inclinación hacia muchas otras cosas, tanto en los cuerpos de todos los

seres vivos como en lo que nace sobre la tierra y, por decirlo así, en todo

lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la

medicina, nuestro arte, en el sentido de que es un Dios grande y

admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas

como en las divinas.

Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar así a

mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros.

Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno,

según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y

16

ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo

que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo.

Ahora bien, al igual que hace poco decía Pausanias que era

hermoso complacer a los hombres buenos, y vergonzoso a los inmorales,

así también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a

los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo

que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso

secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en

esto, si se pretende ser un verdadero profesional.

Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el conocimiento

de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción

y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso será el

médico más experto.

Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente

adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay

amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro

cuando está dentro, será también un buen profesional. Debe, pues, ser

capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes

en el cuerpo y de que se amen unos a otros.

Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de

lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas

análogas.

Sabiendo
infundir amor y concordia en ellas, nuestro antepasado

Asclepio, como dicen los poetas, aquí presente, y yo lo creo, fundó

nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por

este Dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura.

Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas,

resulta evidente para todo el que ponga sólo un poco de atención, como

posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al

menos, no lo expresa bien.

Dice, en efecto, que lo uno siendo discordante en sí concuerda

consigo mismo, como la armonía del arco y de la lira. Mas es un gran

absurdo decir que la armonía es discordante o que resulta de lo que

todavía es discordante. Pero, quizás, lo que quería decir era que resulta

de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave,

que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que,

naturalmente, no podría haber armonía de lo agudo y de lo grave cuando

todavía son discordantes.

La armonía, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es

un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible

que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y

no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta

también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio

han sido discordantes y después han concordado.

17

Y el acuerdo de todos estos elementos lo pone aquí la música, de

la misma manera que antes lo ponía la medicina.

Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones

amorosas en relación con la armonía y el ritmo. Y si bien es cierto que en

la constitución misma de la armonía y el ritmo no es nada difícil

distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquí por

ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los

hombres, usar el ritmo y la armonía, ya sea componiéndolos, lo que

llaman precisamente composición melódica, ya sea utilizando

correctamente melodías y metros ya compuestos, lo que se llama

justamente educación, entonces sí que es difícil y se precisa de un buen

profesional. Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a

los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a

serlo, hay que complacerles y preservar su amor.

Y éste es el Eros hermoso, el celeste, el de la musa Urania. En

cambio, el de Polimnia es el vulgar, que debe aplicarse cautelosamente a

quienes uno lo aplique, para cosechar el placer que tiene y no provoque

ningún exceso, de la misma manera que en nuestra profesión es de

mucha importancia hacer buen empleo de los apetitos relativos al arte

culinario, de suerte que se disfrute del placer sin enfermedad.

Así, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en

todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar,

en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos se

encuentran en ellas. Pues hasta la composición de las estaciones del año

está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los

elementos que yo mencionaba hace un instante, a saber, lo caliente y lo

frío, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban

armonía y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para

los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño.

Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros

desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas,

en efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras

muchas y variadas enfermedades entre los animales y plantas. Pues las

escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y

desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación

con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se

llama astronomía. Más aún: también todos los sacrificios y actos que

regula la adivinación, esto es, la comunicación entre sí de los dioses y los

hombres, no tiene ninguna otra finalidad que la vigilancia y curación de

Eros.

Toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no

complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción,

sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en

relación con los Dioses. Está encomendado, precisamente, a la

18

adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la

adivinación es, a su vez, un artífice de la amistad entre los dioses y los

hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre

los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.

¡Tan múltiple y grande es la fuerza, o mejor dicho, la

omnipotencia que tiene todo Eros en general! Mas aquel que se realiza en

el bien con moderación y justicia, tanto en nosotros como en los Dioses,

ése es el que posee el mayor poder y el que nos proporciona toda

felicidad, de modo que podamos estar en contacto y ser amigos tanto

unos con otros como con los Dioses, que son superiores a nosotros

Quizás también yo haya pasado por alto muchas cosas en mi elogio a

Eros, mas no voluntariamente, por cierto. Pero, si he omitido algo, es

labor tuya, Aristófanes, completarlo, o si tienes la intención de encomiar

al Dios de otra manera, hazlo, pues el hipo ya se te ha pasado.

Entonces Aristófanes, tomando a continuación la palabra, dijo:

Efectivamente, se me ha pasado, pero no antes de que le aplicara

el estornudo, de suerte que me pregunto con admiración si la parte

ordenada de mi cuerpo desea semejantes ruidos y cosquilleos, como es el

estornudo, pues cesó el hipo tan pronto como le apliqué el estornudo.

A lo que respondió Erixímaco: –Mi buen Aristófanes, mira qué

haces. Bromeas cuando estás a punto de hablar y me obligas a

convertirme en guardián de tu discurso para ver si dices algo risible, a

pesar de que te es posible hablar en paz.

Y Aristófanes, echándose a reír, dijo: –Dices bien, Erixímaco, y

considérese que no he dicho lo que acabo de decir. Pero no me vigiles,

porque lo que yo temo en relación con lo que voy a decir no es que diga

cosas risibles –pues esto sería un beneficio y algo característico de mi

musa–, sino cosas ridículas.

Después de tirar la piedra –dijo Erixímaco–Aristófanes, crees que

te vas a escapar. Mas presta atención y habla como si fueras a dar cuenta

de lo que digas. No obstante, quizás, si me parece, te perdonaré.

 

SIMPOSIO … Platón: (II): Discurso de Pausanías

28 de enero de 2012

2.- Encomio de Pausanias

No me parece, Fedro, que se nos haya planteado bien la cuestión, a saber, que se haya hecho de forma tan simple la invitación a encomiar a Eros. Porque, efectivamente, si Eros fuera uno, estaría bien; pero, en realidad, no está bien, pues no es uno. Y al no ser uno es más correcto declarar de antemano a cuál se debe elogiar. Así pues, intentaré rectificar todo esto, señalando en primer lugar, qué Eros hay que elogiar, para luego elogiarlo de una forma digna del Dios. Todos sabemos, en efecto, que no hay Afrodita sin Eros. Por consiguiente, si Afrodita fuera una, uno también sería Eros. Más como existen dos, existen también necesariamente dos Eros. ¿Y cómo negar que son dos las Diosas? Una, sin duda más antigua y sin madre, es hija de Urano, a la que por esto llamamos también Urania [Celeste]; la otra, más joven, es hija de Zeus y Dione y la llamamos Pandemo [Vulgar]. En consecuencia, es necesario también que el Eros que colabora con la segunda se llame, con razón, Pandemo y el otro Uranio. Bien es cierto que se debe elogiar a todos los Dioses, pero hay que intentar decir, naturalmente, lo que a cada uno le ha correspondido en suerte. Toda acción se comporta así: realizada por sí misma no es de suyo ni hermosa ni fea, como por ejemplo, lo que hacemos nosotros ahora, beber, cantar, dialogar. Ninguna de estas cosas en sí misma es hermosa, sino que únicamente en la acción, según como se haga, resulta una cosa u otra: si se hace bien y rectamente resulta hermosa, pero si no se hace rectamente, fea. Del mismo modo, pues, no todo amor ni todo Eros es hermoso ni digno de ser alabado, sino el que nos conduce a amar bellamente. Por tanto, el Eros de Afrodita, Pandemo es, en verdad, vulgar y lleva a cabo lo que se presente. Este es el amor con el que aman los hombres ordinarios [viles]. Tales personas aman, en primer lugar, no menos a las mujeres que a los hombres; en segundo lugar, aman en ellos más sus cuerpos que sus almas y, finalmente, aman a los menos inteligentes posible, con vistas sólo a conseguir su propósito, despreocupándose de si la manera de hacerlo es bella o no. De donde les acontece que realizan lo que se les presente al azar, tanto si es bueno como si es lo contrario. Pues tal amor proviene de la Diosa que es mucho más joven [¿Afrodita ¿]que la otra y que participa en su nacimiento de hembra y varón. El otro, en cambio, procede de Urania, que, en primer lugar, no participa de hembra, sino únicamente de varón –y es éste el amor de los mancebos–, y, en segundo lugar, es más vieja y está libre de violencia. De aquí que los inspirados por este amor se dirijan precisamente a lo masculino, al amar lo que es más fuerte por naturaleza y posee más inteligencia. 12 Incluso en la pederastia misma podría reconocer también a los auténticamente impulsados por este amor, ya que no aman a los muchachos, sino cuando empiezan ya a tener alguna inteligencia, y este hecho se produce aproximadamente cuando empieza a crecer la barba. Los que empiezan a amar desde entonces están preparados, creo yo, para estar con el amado toda la vida y convivir juntos, pero engañarle, después de haberle elegido cuando no tenía entendimiento por ser joven, y abandonarle desdeñosamente corriendo detrás de otro. p. 76 .ó 23 : Sería preciso, incluso, que hubiera una ley que prohibiera enamorarse de los mancebos, [ Pausanias, 181d] para que no se gaste mucha energía en algo incierto, ya que el fin de éstos no se sabe cuál será, tanto en lo que se refiere a maldad como a virtud, ya sea del alma o del cuerpo. Los hombres buenos, en verdad, se imponen a sí mismos esta ley voluntariamente, pero sería necesario también obligar a algo semejante a esos amantes vulgares, de la misma manera que les obligamos, en la medida de nuestras posibilidades, a no enamorarse de las mujeres libres. Éstos son, en efecto, los que han provocado el escándalo, hasta el punto de que algunos se atreven a decir que es vergonzoso conceder favores a los amantes. Y lo dicen apuntando a éstos, viendo su falta de tacto y de justicia, ya que, por supuesto, cualquier acción hecha con orden y según la ley no puede en justicia provocar reproche. Por lo demás, ciertamente, la legislación sobre el amor en las otras ciudades es fácil de entender, pues está definida de forma simple, mientras que la de aquí (Atenas) y la de Lacedemonia es complicada. En efecto, en Élide y entre los beocios, y donde no son expertos en hablar, está establecido, simplemente, que es bello conceder favores a los amantes y nadie, ni joven ni viejo, podrá decir que ello es vergonzoso, para no tener dificultades, supongo, al intentar persuadir con la palabra a los jóvenes, pues son ineptos para hablar. Por el contrario, en muchas partes de Jonia y en otros muchos lugares, que viven sometidos al dominio de los bárbaros, en efecto, debido a las tiranías, no sólo es vergonzoso esto, sino también la filosofía y la afición a la gimnasia, ya que no le conviene, me supongo, a los gobernantes que se engendren en los gobernados grandes sentimientos ni amistades y sociedades sólidas, lo que particularmente, sobre todas las demás cosas, suele inspirar precisamente el amor. Y esto lo aprendieron por experiencia propia también los tiranos de aquí, pues el amor de Aristogitón y el afecto de Harmodio, que llegó a ser inquebrantable, destruyendo su poder. De este modo, donde se ha establecido que es vergonzoso conceder favores a los amantes, ello se debe a la maldad de quienes lo han establecido, a la ambición de los gobernantes y a la cobardía de los gobernados; en cambio, donde se ha considerado, simplemente, que es hermoso, se debe a la pereza mental de los legisladores. Pero aquí está 13 legislado algo mucho más hermoso que todo esto y, como dije, no fácil de entender. Piénsese, en efecto, que se dice que es más hermoso amar a la vista que en secreto, y especialmente a los más nobles y mejores, aunque sean más feos que otros, y que, por otro lado, el estímulo al amante por parte de todos es extraordinario y no como si hiciera algo vergonzoso, al tiempo que considera hermoso si consigue su propósito y vergonzoso si no lo consigue. Y respecto al intentar hacer una conquista, nuestra costumbre ha concedido al amante la oportunidad de ser elogiado por hacer actos extraños, que si alguien se atreviera a realizar con la intención y el deseo de llevar a cabo cualquier otra cosa que no sea ésta, cosecharía los más grandes reproches. Pues si uno por querer recibir dinero de alguien, desempeñar un cargo público u obtener alguna otra influencia, tuviera la intención de hacer las mismas cosas que hacen los amantes con sus amados cuando emplean súplicas y ruegos en sus peticiones, pronuncian juramentos, duermen en su puerta y están dispuestos a soportar una esclavitud como ni siquiera soportaría ningún esclavo, sería obstaculizado para hacer semejante acción tanto por sus amigos como por sus enemigos, ya que los unos le echarían en cara las adulaciones y comportamientos impropios de un hombre libre y los otros le amonestarían y se avergonzarían de sus actos. En cambio, en el enamorado que hace todo esto hay cierto encanto y le está permitido por la costumbre obrar sin reproche, en la idea de que lleva a término una acción muy hermosa. Y lo que es más extraordinario, según dice la mayoría, es que, incluso cuando jura, es el único que obtiene perdón de los Dioses si infringe los juramentos, pues afirman que el juramento de amor no es válido. De esta manera, los dioses y los hombres han concedido toda libertad al amante, como dice la costumbre de aquí (Atenas). [p. 26]rot En este sentido, pues, pudiera uno creer que se considera cosa muy hermosa en esta ciudad amar y hacerse amigo de los amantes. Pero, dado que los padres han puesto pedagogos al cuidado de los amados y no les permiten conversar con los amantes, cosa que se ha impuesto como un deber al pedagogo, y puesto que los jóvenes de su edad y sus compañeros les critican si ven que sucede algo semejante, mientras que a los que critican, a su vez, no se lo impiden las personas de mayor edad ni les reprenden por no hablar con corrección, podría uno pensar, por el contrario, atendiendo a esto, que aquí se considera tal comportamiento sumamente escandaloso. Mas la situación es, creo yo, la siguiente: no es cosa simple, como se dijo al principio, y de por sí no es ni hermosa ni fea, sino hermosa si se hace con belleza y fea si se hace feamente. Por consiguiente, es obrar 14 feamente el conceder favores a un hombre pérfido pérfidamente, mientras que es obrar bellamente el concederlos a un hombre bueno y de buena manera. Y es pérfido aquel amante vulgar que se enamora más del cuerpo que del alma, pues ni siquiera es estable, al no estar enamorado tampoco de una cosa estable, ya que tan pronto se marchita la flor del cuerpo del que estaba enamorado, ‘desaparece volando’, tras violar muchas palabras y promesas. En cambio el que está enamorado de un carácter que es bueno permanece firme a lo largo de toda su vida, al estar íntimamente unido a algo estable. [p. 26] rot Precisamente a éstos quiere nuestra costumbre someter a prueba bien y convincentemente, para así complacer a los unos y evitar a los otros. Ésta es, pues, la razón por la que ordena a los amantes perseguir y a los amados huir, organizando una competición y poniéndolos a prueba para determinar cuál de los dos es el amante y cuál el amado. Así, justo por esta causa se considera vergonzoso, en primer lugar, dejarse conquistar rápidamente, con el fin de que transcurra el tiempo, que parece poner a prueba perfectamente a la mayoría de las cosas; en segundo lugar, el ser conquistado por dinero y por poderes políticos, bien porque se asuste uno por malos tratos y no pueda resistir, bien porque se le ofrezcan favores en dinero o acciones políticas y no las desprecie. Pues nada de esto parece firme y estable, aparte de que tampoco nace de ello una noble amistad. Queda, pues, una sola vía, según nuestra costumbre, si el amado tiene la intención de complacer bellamente al amante. Nuestra norma es, efectivamente, que de la misma manera que, en el caso de los amantes, era posible ser esclavo del amado voluntariamente en cualquier clase de esclavitud, sin que constituyera adulación ni cosa criticable, así también queda otra única esclavitud voluntaria, no vituperable: la que se refiere a la virtud. [p. 27]rot Pues está establecido, ciertamente, entre nosotros que si alguno quiere servir a alguien, pensando que por medio de él va a ser mejor en algún saber o en cualquier otro aspecto de la virtud, ésta su voluntaria esclavitud [servidumbre] no se considere, a su vez, vergonzosa ni adulación. Es preciso, por tanto, que estos dos principios [normas], el relativo a la pederastia [al amor de los mancebos] y el relativo al amor a la sabiduría (Amor a la Filosofía?) [p. 27] y a cualquier otra forma de virtud, coincidan en uno sólo, si se pretende que resulte hermoso el que el amado conceda sus favores al amante. (…………………)}}} pág. 28 rot

Complacer en todo por obtener la virtud es, en efecto, absolutamente hermoso [bello]. [p. 28] rot 15 Éste es el amor de la Diosa celeste, celeste también él y de mucho valor para la ciudad y para los individuos, porque obliga al amante y al amado, igualmente, a dedicar mucha atención a sí mismo con respecto a la virtud. Todos los demás amores son de la otra Diosa, de la vulgar. Ésta es, Fedro, la mejor contribución que improvisadamente te ofrezco sobre Eros. [p. 29] rot Y habiendo hecho una pausa Pausanias –pues así me enseñan los sabios a hablar con términos isofónicos–, me dijo Aristodemo que debía hablar Aristófanes, pero que al sobrevenirle casualmente un hipo, bien por exceso de comida o por alguna otra causa, y no poder hablar, le dijo al médico Erixímaco, que estaba reclinado en el asiento de al lado: –Erixímaco, justo es que me quites el hipo o hables por mí hasta que se me pase. Y Erixímaco le respondió: –Pues haré las dos cosas. Hablaré, en efecto, en tu lugar y tú, cuando se te haya pasado, en el mío. Pero mientras hablo, posiblemente reteniendo la respiración mucho tiempo se te quiera pasar el hipo; en caso contrario, haz gárgaras con agua. Pero si es realmente muy fuerte, coge algo con lo que puedas irritar [hacer cosquillas en] la nariz y estornuda. Si haces esto una o dos veces, por muy fuerte que sea, se te pasará. [185 c-d-e] ——–>> pág. 77 gelbe [p. 29] rot –

SIMPOSIO… de PLATóN : …FEDRO (I)

18 de enero de 2012

1.- Encomio de Fedro (178a-180b)

En primer lugar, pues, como digo –me contó Aristodemo–, comenzó a hablar Fedro, haciendo ver, más o menos, que Eros [el Amor] era un gran dios y admirable entre los hombres y los dioses por muchas otras razones, pero fundamentalmente por su origen.

–Pues ser con mucho el dios más antiguo– dijo– es digno de honor [178b] y he aquí la prueba de esto: padres de Eros, en efecto, ni existen ni son mencionados por nadie, prosista ó poeta. Así, Hesíodo afirma que en primer lugar existió el Caosy luego la Tierra de amplio seno, sede siempre segura de todas las cosas, y Eros, [el Amor]. Y con Hesíodo está también de acuerdo Acusilao en que, después del Caos, nacieron estos dos, Tierra y Eros. Y Parménides, a propósito de su nacimiento, dice: … fue a Eros al primero que concibió de  todos  los dioses. (178b)

Así pues, por muchas fuentes se reconoce que Eros es con mucho el más antiguo. Y de la misma manera que es el más antiguo es causa para nosotros de los mayores bienes. Pues yo, al menos, no sabría decir qué bien para uno recién llegado a la juventud hay mayor que un buen amante virtuoso, y para un buen amante que un buen amado. La norma que, en efecto, debe guiar durante toda su vida a los hombres que pretendan llevar una vida honesta, de vivir noblemente , es algo que  ni el parentesco, ni los honores, ni la riqueza, ni ninguna otra cosa son capaces de inculcar  tan bien como el amor. ¿Yqué norma es esto que digo? La vergüenza ante

la deshonra ó  las feas acciones y el deseo de emular  lo que es noble, pues sin estas cualidades ó sentimientos no es posible que ninguna  ciudad ni persona particular puedan realizar obras grandes y  bellas. [178d]

Es más, afirmo que un hombre que está enamorado, si fuera descubierto haciendo algo feo o soportándolo de otro sin defenderse por cobardía, visto por su padre, por sus compañeros o por cualquier otro, no se dolería tanto como si fuera visto por su amado. [178e]

[Acusilao de Argos, cuya biografía suele situarse en torno al -475, fue un célebre logógrafo, autor, en dialecto jonio, de varios libros en prosa de genealogías, basadas fundamentalmente en Hesíodo.]

Y esto mismo observamos también en el amado, a saber, que siente extraordinaria vergüenza ante los amantes cuando  es visto  en alguna acción vergonzosa ó innoble... Así, pues, si hubiera alguna posibilidad de que llegara a existir  una ciudad o un ejercito compuesto  de amantes y de amados, no hay  mejor modo de que administren su propia patria que absteniéndose de toda acción deshonrosa  y emulándose unos a otros  en el honor. [179a]

Y si hombres como ésos combatieran uno al lado de otro, vencerían, aun siendo pocos, a todo el mundo, por así decirlo.

Un hombre enamorado, en efecto, soportaría sin duda menos ser visto por su amado abandonando la formación o arrojando lejos las armas, que si  fuera visto por  todos los demás, y antes de eso preferiría veces morir.  Y, desde luego, dejar atrás abandonado  al amado o no socorrerle  cuando está  en peligro… nadie  hay tan cobarde a quien el propio Eros no le inspire  el divino valor, de modo que se equipare  al más valiente por naturaleza. Y es absolutamente cierto , como dijo Homero dijo,  el vigor que inspira la divinidad en algunos héroes, lo proporciona Eros [el Amor] a los enamorados como algo nacido de sí mismo. [179b]

Por otra parte, a morir por otro están decididos únicamente los amantes, no sólo los hombres, sino también las mujeres. Y de esto también la hija de Pelias, Alcestis, ofrece suficiente testimonio ante los griegos en favor de mi argumento ya que fue la única que estuvo decidida a morir en lugar de su esposo, a pesar de que éste tenía padre y madre, a los que ella superó tanto en afecto por amor, que les hizo aparecer como meros extraños para su hijo y parientes sólo de nombre.

Al obrar así, les pareció, no sólo a los hombres, sino también a los dioses, que ella  había realizado una acción tan hermosa, que, a pesar de que muchos han llevado a cabo muchas y hermosas acciones , sólo en contados casos  los dioses han concedido el privilegio de que su alma regrese y suba del Hades es realmente muy pequeño, y, sin embargo, hicieron subir el alma la de aquélla admirados por su acción. ¡Así también los dioses honran por encima de todo el esfuerzo y el valor del amor!

En cambio, a Orfeo, el hijo de Eagro, lo despidieron del Hades sin lograr nada, tras haberle mostrado un fantasma de su mujer, en cuya búsqueda había llegado, pero sin entregársela, ya que lo consideraban un pusilánime, como citaredo que era, y no se atrevió a morir por amor como Alcestis, sino que se las arregló para entrar vivo en el Hades. Ésta es, pues, la razón por la que le impusieron un castigo e hicieron que su muerte fuera a manos de mujeres.

[La existencia de ejércitos compuestos por amantes y amados, especialmente en las comunidades espartanas y dorias en general ha sido ya estudiada y se cita en el Banquete de Jenofonte.

En las palabras de Fedro se ha querido ver una alusión a la famosa LIGA SAGRADA formada por Górgidas o Epaminondas hacia el –378, compuesta por parejas de amantes homosexuales que tuvo una actuación brillantísima en varias batallas.]

No así, por el contrario, fue lo que sucedió con Aquiles, el hijo de Tetis, a quien lo honraron y lo enviaron a las Islas de los Bienaventurados, porque, a pesar de saber por su madre que moriría si mataba a Héctor y que, si no lo hacía, volvería a su casa y moriría de viejo, tuvo la osadía de preferir, al socorrer y vengar a su amante

Patroclo, no sólo morir por su causa, sino también morir una vez que éste  había

acabado ya sus dias. De aquí que también los dioses, profundamente admirados, le

honraran sobremanera, porque en tanta estima tuvo a su amante. Y Esquilo  desvaría cuando afirma que Aquiles era el amante  [erastés] de Patroclo, ya que Aquiles era más hermoso, no sólo que  Patroclo , sino también que todos los héroes juntos, siendo todavía imberbe y, por consiguiente, mucho más joven, como dice Homero.

De todos modos, si bien, en realidad, los dioses valoran muchísimo ésta virtud en el amor, sin embargo, la admiran, elogian y recompensan más cuando es el amado el que siente afecto por el  amante, que cuando el amante lo siente por el amado, pues un amante es cosa más divina  que un amado, ya que está poseído por la divinidad.  Por esto también honraron más a Aquiles que a  Alcestis y lo enviaron a las Islas de los Bienaventurados.

En resumen, pues, yo, por lo que a mi respecta,  afirmo que Eros es, de entre los dioses, el más antiguo, el más venerable y de mayor dignidad  y el más eficaz para

asistir a los hombres, vivos y muertos, en la adquisición de virtud y felicidad.

[180b]

===

Fuente:   Alianza Editorial.

Platón: “El banquete” ,”El libro de bolsillo”, Madrid, 1989.

Wolfgang Willrich !!!

16 de enero de 2012

Born in Goettingen on 31st March, 1897, Wolfgang Willrich came from a long line of farmer stock from Lower Saxony and Pomerania. His father, the Hellenist Hugo Willrich, taught classical philology at the University of Goettingen and had several preachers as ancestors.

(…)

 In 1944 the Oberkommando des Heeres assigned him the new theme of “That’s Why the German Soldier Fought”, which, because of the German defeat, only appeared under that title as a book in Buenos Aires in 1949. In 1945 Willrich was taken prisoner by the Americans and interned in a camp at Normandy, where his health deteriorated. Undernourished and sick, he was transferred to an American military hospital at the end of 1945, and in 1946, released.

During his imprisonment he painted the portraits of numerous American officers. In Goettingen he was reunited with his wife and three children, who had been evacuated from Berlin in the last days of the war. His house had been plundered, and the greater part of his work stolen or destroyed. During 1946 and 1947 he tried to resume earning a living as an artist, despite steadily worsening health. He managed to complete a three panel anti-war painting for his former high school; and began an autobiography (“Aus Freude am Schoenen”), which was only completed by his wife Charlotte in 1987. On the 18th of October, 1948, after a months long hospital stay, he died of cancer.

….1943….

1940…?

….1916…


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