SIMPOSIO …Platón (III): Erixímaco

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3.-   Encomio de Erixímaco: el amor como potencia cósmica

                                             (185e-188e)

Bien, me parece que es necesario, ya que Pausanias no concluyó

adecuadamente la argumentación que había iniciado tan bien, que yo

deba intentar llevarla a buen término.

Que Eros es doble, me parece, en efecto, que lo ha distinguido

muy bien. Pero que no sólo existe en las almas de los hombres como

impulso hacia los bellos, sino también en los demás objetos como

inclinación hacia muchas otras cosas, tanto en los cuerpos de todos los

seres vivos como en lo que nace sobre la tierra y, por decirlo así, en todo

lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la

medicina, nuestro arte, en el sentido de que es un Dios grande y

admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas

como en las divinas.

Y comenzaré a hablar partiendo de la medicina, para honrar así a

mi arte. La naturaleza de los cuerpos posee, en efecto, este doble Eros.

Pues el estado sano del cuerpo y el estado enfermo son cada uno,

según opinión unánime, diferente y desigual, y lo que es desigual desea y

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ama cosas desiguales. En consecuencia, uno es el amor que reside en lo

que está sano y otro el que reside en lo que está enfermo.

Ahora bien, al igual que hace poco decía Pausanias que era

hermoso complacer a los hombres buenos, y vergonzoso a los inmorales,

así también es hermoso y necesario favorecer en los cuerpos mismos a

los elementos buenos y sanos de cada cuerpo, y éste es el objeto de lo

que llamamos medicina, mientras que, por el contrario, es vergonzoso

secundar los elementos malos y enfermos, y no hay que ser indulgente en

esto, si se pretende ser un verdadero profesional.

Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el conocimiento

de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto a repleción

y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso será el

médico más experto.

Y el que logre que se opere un cambio, de suerte que el paciente

adquiera en lugar de un amor el otro y, en aquellos en los que no hay

amor, pero es preciso que lo haya, sepa infundirlo y eliminar el otro

cuando está dentro, será también un buen profesional. Debe, pues, ser

capaz de hacer amigos entre sí a los elementos más enemigos existentes

en el cuerpo y de que se amen unos a otros.

Y son los elementos más enemigos los más contrarios: lo frío de

lo caliente, lo amargo de lo dulce, lo seco de lo húmedo y todas las cosas

análogas.

Sabiendo
infundir amor y concordia en ellas, nuestro antepasado

Asclepio, como dicen los poetas, aquí presente, y yo lo creo, fundó

nuestro arte. La medicina, pues, como digo, está gobernada toda ella por

este Dios y, asimismo, también la gimnástica y la agricultura.

Y que la música se encuentra en la misma situación que éstas,

resulta evidente para todo el que ponga sólo un poco de atención, como

posiblemente también quiere decir Heráclito, pues en sus palabras, al

menos, no lo expresa bien.

Dice, en efecto, que lo uno siendo discordante en sí concuerda

consigo mismo, como la armonía del arco y de la lira. Mas es un gran

absurdo decir que la armonía es discordante o que resulta de lo que

todavía es discordante. Pero, quizás, lo que quería decir era que resulta

de lo que anteriormente ha sido discordante, de lo agudo y de lo grave,

que luego han concordado gracias al arte musical, puesto que,

naturalmente, no podría haber armonía de lo agudo y de lo grave cuando

todavía son discordantes.

La armonía, ciertamente, es una consonancia, y la consonancia es

un acuerdo; pero un acuerdo a partir de cosas discordantes es imposible

que exista mientras sean discordantes y, a su vez, lo que es discordante y

no concuerda es imposible que armonice. Justamente como resulta

también el ritmo de lo rápido y de lo lento, de cosas que en un principio

han sido discordantes y después han concordado.

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Y el acuerdo de todos estos elementos lo pone aquí la música, de

la misma manera que antes lo ponía la medicina.

Y la música es, a su vez, un conocimiento de las operaciones

amorosas en relación con la armonía y el ritmo. Y si bien es cierto que en

la constitución misma de la armonía y el ritmo no es nada difícil

distinguir estas operaciones amorosas, ni el doble amor existe aquí por

ninguna parte, sin embargo, cuando sea preciso, en relación con los

hombres, usar el ritmo y la armonía, ya sea componiéndolos, lo que

llaman precisamente composición melódica, ya sea utilizando

correctamente melodías y metros ya compuestos, lo que se llama

justamente educación, entonces sí que es difícil y se precisa de un buen

profesional. Una vez más, aparece, pues, la misma argumentación: que a

los hombres ordenados y a los que aún no lo son, para que lleguen a

serlo, hay que complacerles y preservar su amor.

Y éste es el Eros hermoso, el celeste, el de la musa Urania. En

cambio, el de Polimnia es el vulgar, que debe aplicarse cautelosamente a

quienes uno lo aplique, para cosechar el placer que tiene y no provoque

ningún exceso, de la misma manera que en nuestra profesión es de

mucha importancia hacer buen empleo de los apetitos relativos al arte

culinario, de suerte que se disfrute del placer sin enfermedad.

Así, pues, no sólo en la música, sino también en la medicina y en

todas las demás materias, tanto humanas como divinas, hay que vigilar,

en la medida en que sea factible, a uno y otro Eros, ya que los dos se

encuentran en ellas. Pues hasta la composición de las estaciones del año

está llena de estos dos, y cada vez que en sus relaciones mutuas los

elementos que yo mencionaba hace un instante, a saber, lo caliente y lo

frío, lo seco y lo húmedo, obtengan en suerte el Eros ordenado y reciban

armonía y razonable mezcla, llegan cargados de prosperidad y salud para

los hombres y demás animales y plantas, y no hacen ningún daño.

Pero cuando en las estaciones del año prevalece el Eros

desmesurado, destruye muchas cosas y causa un gran daño. Las plagas,

en efecto, suelen originarse de tales situaciones y, asimismo, otras

muchas y variadas enfermedades entre los animales y plantas. Pues las

escarchas, los granizos y el tizón resultan de la mutua preponderancia y

desorden de tales operaciones amorosas, cuyo conocimiento en relación

con el movimiento de los astros y el cambio de las estaciones del año se

llama astronomía. Más aún: también todos los sacrificios y actos que

regula la adivinación, esto es, la comunicación entre sí de los dioses y los

hombres, no tiene ninguna otra finalidad que la vigilancia y curación de

Eros.

Toda impiedad, efectivamente, suele originarse cuando alguien no

complace al Eros ordenado y no le honra ni le venera en toda acción,

sino al otro, tanto en relación con los padres, vivos o muertos, como en

relación con los Dioses. Está encomendado, precisamente, a la

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adivinación vigilar y sanar a los que tienen estos deseos, con lo que la

adivinación es, a su vez, un artífice de la amistad entre los dioses y los

hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre

los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad.

¡Tan múltiple y grande es la fuerza, o mejor dicho, la

omnipotencia que tiene todo Eros en general! Mas aquel que se realiza en

el bien con moderación y justicia, tanto en nosotros como en los Dioses,

ése es el que posee el mayor poder y el que nos proporciona toda

felicidad, de modo que podamos estar en contacto y ser amigos tanto

unos con otros como con los Dioses, que son superiores a nosotros

Quizás también yo haya pasado por alto muchas cosas en mi elogio a

Eros, mas no voluntariamente, por cierto. Pero, si he omitido algo, es

labor tuya, Aristófanes, completarlo, o si tienes la intención de encomiar

al Dios de otra manera, hazlo, pues el hipo ya se te ha pasado.

Entonces Aristófanes, tomando a continuación la palabra, dijo:

Efectivamente, se me ha pasado, pero no antes de que le aplicara

el estornudo, de suerte que me pregunto con admiración si la parte

ordenada de mi cuerpo desea semejantes ruidos y cosquilleos, como es el

estornudo, pues cesó el hipo tan pronto como le apliqué el estornudo.

A lo que respondió Erixímaco: –Mi buen Aristófanes, mira qué

haces. Bromeas cuando estás a punto de hablar y me obligas a

convertirme en guardián de tu discurso para ver si dices algo risible, a

pesar de que te es posible hablar en paz.

Y Aristófanes, echándose a reír, dijo: –Dices bien, Erixímaco, y

considérese que no he dicho lo que acabo de decir. Pero no me vigiles,

porque lo que yo temo en relación con lo que voy a decir no es que diga

cosas risibles –pues esto sería un beneficio y algo característico de mi

musa–, sino cosas ridículas.

Después de tirar la piedra –dijo Erixímaco–Aristófanes, crees que

te vas a escapar. Mas presta atención y habla como si fueras a dar cuenta

de lo que digas. No obstante, quizás, si me parece, te perdonaré.

 

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