SIMPOSIO… Platón (VI): Discurso de SÓCRATES

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6.- Discurso de Sócrates (198a-199c-201c-201d ))

¿Y CÓMO, FELIZ ERIXÍMACO, NO VOY A ESTARLO –DIJO SÓCRATES–, NO
sólo
yo, sino cualquier otro, que tenga la intención de hablar después
de pronunciado un discurso tan espléndido y variado?
Bien es cierto que los otros aspectos no han sido igualmente
admirables, pero por la belleza de las palabras y expresiones finales,
¿quién no quedaría impresionado al oírlas? Reflexionando yo,
efectivamente, que por mi parte no iba a ser capaz de decir algo ni
siquiera aproximado a la belleza de estas palabras, casi me hecho a correr
y me escapo por vergüenza, si hubiera tenido a donde ir.
Su discurso, ciertamente, me recordaba a Gorgias, de modo que
he experimentado exactamente lo que cuenta Homero: temí que Agatón,
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al término de su discurso, lanzara contra el mío la cabeza de Gorgias,
terrible orador, y me convirtiera en piedra por la imposibilidad de hablar.
Y entonces precisamente comprendí que había hecho el ridículo
cuando me comprometí con ustedes a hacer, llegado mi turno, un
encomio a Eros en su compañía y afirmé que era un experto en las cosas
del amor, sin saber de hecho nada del asunto, o sea, cómo se debe hacer
un encomio cualquiera. Llevado por mi ingenuidad, creía, en efecto, que
se debía decir la verdad sobre cada aspecto del objeto encomiado y que
esto debía constituir la base, pero que luego deberíamos seleccionar de
estos mismos aspectos las cosas más hermosas y presentarlas de la
manera más atractiva posible.
Ciertamente me hacía grandes ilusiones de que iba a hablar bien,
como si supiera la verdad de cómo hacer cualquier elogio. Pero, según
parece, no era éste el método correcto de elogiar cualquier cosa, sino
que, más bien, consiste en atribuir al objeto elogiado el mayor número
posible de cualidades y las más bellas, sean o no así realmente; y si eran
falsas, no importaba nada.
Pues lo que antes se nos propuso fue, al parecer, que cada uno de
nosotros diera la impresión de hacer un encomio a Eros, no que éste
fuera realmente encomiado. Por esto, precisamente, supongo, remueven
todo tipo de palabras y se las atribuyen a Eros y afirman que es de tal
naturaleza y causante de tantos bienes, para que parezca el más hermoso
y el mejor posible, evidentemente ante los que no le conocen, no, por
supuesto, ante los instruidos, con lo que el elogio resulta hermoso y
solemne.
Pero yo no conocía en verdad este modo de hacer un elogio y sin
conocerlo les prometí hacerlo también yo cuando llegara mi turno. La
lengua lo prometió, pero no el corazón. ¡Que se vaya, pues, a paseo el
encomio! Yo ya no voy a hacer un encomio de esta manera, pues no
podría. Pero, con todo, estoy dispuesto, si quieren, a decir la verdad a mi
manera, sin competir con los discursos de ustedes, para no exponerme a
ser objeto de risa. Mira, pues, Fedro, si hay necesidad todavía de un
discurso de esta clase y quieren oír expresamente la verdad sobre Eros,
pero con las palabras y giros que se me puedan ocurrir sobre la marcha.
Entonces, Fedro y los demás le exhortaron a hablar como él
mismo pensaba que debía expresarse.
–Pues bien, Fedro –dijo Sócrates–, déjame preguntar todavía a
Agatón unas cuantas cosas, para que, una vez que haya obtenido su
conformidad en algunos puntos, pueda ya hablar.
–Bien, te dejo –respondió Fedro–. Pregunta, pues.
Después de esto, comenzó Sócrates más o menos así:
–En verdad, querido Agatón, me pareció que has introducido bien
tu discurso cuando decías que había que exponer primero cuál era la
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naturaleza de Eros mismo y luego sus obras. Este principio me gusta
mucho. Ea, pues, ya que a propósito de Eros me explicaste, por lo
demás, espléndida y formidablemente, cómo era, dime también lo
siguiente: ¿es acaso Eros de tal naturaleza que debe ser amor de algo o de
nada? Y no pregunto si es amor de una madre o de un padre –pues sería
ridícula la pregunta de si Eros es amor de madre o de padre–, sino como
si acerca de la palabra misma ‘padre’ preguntara: ¿es el padre de alguien o
no? Sin duda me dirías, si quisieras respóndeme correctamente, que el
padre es padre de un hijo o de una hija. ¿O no?
–Claro que sí –dijo Agatón.
–¿Y no ocurre lo mismo con la palabra ‘madre’?
También en esto estuvo de acuerdo.
–Pues bien –dijo Sócrates–respóndeme todavía un poco más, para
que entiendas mejor lo que quiero. Si te preguntara: ¿y qué?, ¿un
hermano, en tanto que hermano, es hermano de alguien o no? Agatón
respondió que lo era.
¿Y no lo es de un hermano o de una hermana?
Agatón asintió.
–Intenta, entonces –prosiguió Sócrates–, decir lo mismo acerca
del amor. ¿Es Eros amor de algo o de nada?
–Por supuesto que lo es de algo.
–Pues bien –dijo Sócrates–, guárdate esto en tu mente y acuérdate
de que cosa es el amor. Pero ahora respóndeme sólo a esto: ¿desea Eros
aquello de lo que es amor o no?
–Naturalmente –dijo.
–¿Y desea y ama lo que desea y ama cuando lo posee, o cuando no
lo posee?
–Probablemente –dijo Agatón–cuando no lo posee.
–Considera, pues –continuó Sócrates–si en lugar de
probablemente no es necesario que sea así, esto es, lo que desea aquello
de lo que está falto y no lo desea si no está falto de ello. a mí, en efecto,
me parece extraordinario, Agatón, que necesariamente sea así. ¿Y a ti
cómo te parece?
–También a mí me lo parece –dijo Agatón.
–Dices bien. Pues, ¿desearía alguien ser alto, si es alto, o fuerte, si
es fuerte?
–Imposible, según lo que hemos acordado.
–Porque, naturalmente, el que ya lo es no podría estar falto de
estas cualidades.
–Tienes razón.
–Pues si –continuó Sócrates–, el que es fuerte, quisiera ser fuerte,
el que es rápido, ser rápido, el que está sano, ser sano…–tal vez, en
efecto, alguno podría pensar, a propósito de estas cualidades y de todas
las similares a éstas, que quienes son así y las poseen desean también
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aquello que poseen; y lo digo precisamente para que no nos engañemos–.
Estas personas, Agatón, si te fijas bien, necesariamente poseen en el
momento actual cada una de las cualidades que poseen, quieran o no. ¿Y
quién desearía precisamente tener lo que ya tiene? Mas cuando alguien
nos diga: Yo, que estoy sano, quisiera también estar sano, y siendo rico
quiero también ser rico, y deseo lo mismo que poseo, le diríamos: Tú,
hombre, que ya tienes riqueza, salud y fuerza, lo que quieres realmente es
tener eso también en el futuro, pues en el momento actual, al menos,
quieras o no, ya lo posees. Examina, pues, si cuando dices ‘deseo lo que
tengo’ no quieres decir en realidad otra cosa que ‘quiero tener también en
el futuro lo que en la actualidad tengo’ ¿Acaso no estaría de acuerdo?
Agatón afirmó que lo estaría. Entonces Sócrates dijo: ¿Y amar
aquello que aún no está a disposición de uno ni se posee no es
precisamente esto, es decir, que uno tenga también en el futuro la
conservación y mantenimiento de estas cualidades?
–Sin duda –dijo Agatón.
–Por tanto, también éste y cualquier otro que sienta deseo, desea
lo que no tiene a su disposición y no está presente, lo que no posee, lo
que él no es y de lo que está falto. ¿No son éstas, más o menos, las cosas
de las que hay deseo y amor?
–Por supuesto –dijo Agatón.
–Ea, pues, recapitulemos los puntos en los que hemos llegado a
un acuerdo. ¿No es verdad que Eros es, en primer lugar, amor de algo y,
luego, amor de lo que tiene realmente necesidad?
–Sí –dijo.
–Siendo esto así, acuérdate ahora de qué cosas dijiste en tu
discurso que era objeto Eros. O, si quieres, yo mismo te las recordaré.
Creo, en efecto, que dijiste más o menos así, que entre los Dioses se
organizaron las actividades por amor de lo bello, pues de lo feo no había
amor. ¿No lo dijiste más o menos así?
–Así lo dije, en efecto.
–Y lo dices con toda razón, compañero. –Dijo Sócrates–. Y si esto
es así, ¿no es verdad que Eros sería amor de la belleza y no de la fealdad?
Agatón estuvo de acuerdo en esto.
¿Pero no se ha acordado que ama aquello de lo que está falto y no
posee?
–Sí –dijo.
–Luego Eros no posee belleza y está falto de ella.
–Necesariamente –afirmó.
–¿Y qué? Lo que está falto de belleza y no la posee en absoluto,
¿dices tú que es bello?
–No, por supuesto.
–¿Reconoces entonces todavía que Eros es bello, si esto es así?
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–Me parece, Sócrates –dijo Agatón–, que no sabía nada de lo que
antes dije.
–Y, sin embargo –continuó Sócrates–, hablaste bien, Agatón. Pero
respóndeme todavía un poco más. ¿Las cosas buenas no te parece que
son también bellas?
–A mí, al menos, me lo parece.–entonces, si Eros está falto de
cosas bellas y si las cosas buenas son bellas, estará falto también de cosas
buenas.
–Yo, Sócrates –dijo Agatón–, no podría contradecirte. Por
consiguiente, que sea como dices.
–En absoluto –replicó Sócrates–; es a la verdad, querido Agatón, a
la que no puedes contradecir, ya que a Sócrates no es nada difícil.
PERO VOY A DEJARTE POR AHORA Y LES CONTARÉ EL DISCURSO SOBRE EROS
que oí un día de labios de una mujer de Mantinea, Diotima, que
era sabia en éstas y otras muchas cosas. Así por ejemplo, en cierta
OCASIÓNCONSIGUIÓ PARA LOS ATENIENSES, AL HABER HECHO UN SACRIFICIO POR
la peste,un aplazamiento de diez años de la epidemia.
>> [Sócrates 201d] p.80gelb

Ella fue, precisamente, la que me enseñó también las cosas del
amor.
Intentaré, pues, exponerles, yo mismo por mi cuenta, en la medida
en que pueda y partiendo de lo acordado entre Agatón y yo, el discurso
que pronunció aquella mujer. En consecuencia, es preciso, Agatón, como
tú explicaste, describir primero a Eros mismo, quién es y cuál es su
naturaleza, y exponer después sus obras.
Me parece, por consiguiente, que lo más fácil es hacer la
exposición como en aquella ocasión procedió la extranjera cuando iba
interrogándome. Pues poco más o menos también yo le decía lo mismo
que Agatón ahora a mí: que Eros era un gran Dios y que lo era de las
cosas bellas. Pero ella me refutaba con los mismos argumentos que yo a
él: que, según mis propias palabras, no era ni bello ni bueno.
–¿Cómo dices, Diótima? –Le dije yo–. ¿Entonces Eros es feo y
malo?
–Habla mejor –dijo ella–. ¿Crees que lo que no sea bello
necesariamente habrá de ser feo?
Exactamente.
¿Y lo que no sea sabio, ignorante? ¿No te has dado cuenta de que
hay algo intermedio entre la sabiduría y la ignorancia?
–¿Qué es ello?
–¿No sabes –dijo–que el opinar rectamente, incluso sin poder dar
razón de ello, no es ni saber, pues una cosa de la que no se puede dar
razón no podría ser conocimiento, ni tampoco ignorancia, pues lo que
posee realidad no puede ser ignorancia? La recta opinión es, pues, algo
así como una cosa intermedia entre el conocimiento y la ignorancia.
–Tienes razón.
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–No pretendas, por tanto, que lo que no es bello sea
necesariamente feo, ni lo que no es bueno, malo. Y así también respecto
a Eros, puesto que tú mismo estás de acuerdo en que no es ni bueno ni
bello, no creas tampoco que ha de ser feo y malo, sino algo intermedio
entre estos dos.
–Sin embargo, se reconoce por todos que es un gran Dios.
–¿Te refieres a todos los que no saben o también a los que saben?
–Absolutamente a todos, por supuesto.
Entonces ella, sonriendo, me dijo:–¿Y cómo podrían estar de
acuerdo, Sócrates, en que es un gran Dios aquellos que afirman que ni
siquiera es un Dios?
–¿Quiénes son ésos? –Dije.
–Uno eres tú y otra yo.
–¿Cómo explicas eso? –Repliqué.
–Fácilmente. Dime ¿no afirmas que todos los Dioses son felices y
bellos? ¿O te atreverías a afirmar que alguno de entre los dioses no es
bello y feliz?
–¡Por Zeus!, Yo no.
–¿Y no llamas felices, precisamente, a los que poseen las cosas
buenas y bellas?
–Efectivamente.
–Pero en relación con Eros al menos has reconocido que, por
carecer de cosas buenas y bellas, desea precisamente eso mismo de que
está falto.
–Lo he reconocido, en efecto.
–¿Entonces, cómo podría ser Dios el que no participa de lo bello y
de lo bueno?
–De ninguna manera, según parece.
–¿Ves, pues, que tampoco tú consideras Dios a Eros?
–¿Qué puede ser entonces Eros, un mortal?
–En absoluto.
–¿Pues qué entonces?
–Como en los ejemplos anteriores, algo intermedio entre lo mortal
y lo inmortal.
–¿Y qué es ello Diótima?
–Un gran demon (genio o espíritu intermedio entre los Dioses y
los hombres), Sócrates. Pues también todo lo demónico está entre la
divinidad y lo mortal.
–¿Y qué poder tiene?
–Interpreta y comunica a los Dioses las cosas de los hombres y a
los hombres las de los dioses, súplicas y sacrificios de los unos y de los
otros órdenes y recompensas por los sacrificios. Al estar en medio de
unos y otros llena el espacio entre ambos, de suerte que el todo queda
unido consigo mismo como un continuo. A través de él funciona toda la
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adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como
a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y de magia. La divinidad no
tiene contacto con el hombre, sino que es a través de este demon como
se produce todo contacto entre dioses y hombres, tanto como si están
despiertos como si están durmiendo. Y así, el que es sabio en tales
materias es un hombre DEMÓNICO, mientras que el que lo es en
cualquier otra cosa, ya sea en las artes o en los trabajos manuales, es un
SIMPLE ARTESANO.
Estos démones, en efecto, son numerosos y de todas clases, y uno
de ellos es también Eros.
–¿Y quién es su padre y su madre?
–Es más largo de contar, pero, con todo, te lo diré Sócrates.
Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre
otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. Después que terminaron
de comer, vino a mendigar Penía, como era de esperar en una ocasión
festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras, Poros, embriagado de
néctar –pues aún no había vino–, entró en el jardín de Zeus y,
entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces Penía, maquinando,
impulsada por su carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se
acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es
Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en
la fiesta del nacimiento de la Diosa y al ser, a la vez, por naturaleza un
amante de lo bello, dado que también
Afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de Poros y Penía, Eros se ha
quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre
pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien
duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y
descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los
caminos, compañero siempre inseparable de la indigencia por tener la
naturaleza de su madre. Pero, por otra parte, de acuerdo a la naturaleza
de su padre, está al acecho de lo bello y de lo bueno; es valiente, audaz y
activo, hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría
y rico en recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su
vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza ni
inmortal ni mortal, sino que en el mismo día unas veces florece y vive,
cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de
nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se
le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y
está, además, en el medio de la sabiduría y la ignorancia. Pues la cosa es
como sigue: ninguno de los dioses ama la sabiduría ni desea ser sabio,
porque ya lo es, como tampoco ama la sabiduría cualquier otro que sea
sabio. Por otro lado, los ignorantes ni aman la sabiduría ni desean
hacerse sabios, pues en esto precisamente es la ignorancia una cosa
molesta: en que quien no es ni bello, ni bueno, ni inteligente se crea a si
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mismo que lo es suficientemente. Así, pues, el que no cree estar
necesitado no desea tampoco lo que no cree necesitar.
–¿Quiénes son, Diótima, entonces, los que aman la sabiduría, si no
son ni los sabios ni los ignorantes?
–Hasta para un niño es ya evidente que son los que están en
medio de estos dos, entre los cuales estará también Eros. La sabiduría, en
efecto, es una de las cosas más bellas y Eros es amor de lo bello, de
modo que Eros es necesariamente amante de la sabiduría, y por ser
amante de la sabiduría está, por tanto, en medio del sabio y del ignorante.
Y la causa de esto es también su nacimiento, ya que es hijo de un padre
sabio y rico en recursos y de una madre no sabia e indigente. Ésta es,
pues, querido Sócrates, la naturaleza de este demon. Pero, en cuanto a lo
que tú pensaste que era Eros, no hay nada sorprendente en ello. Tú
creíste, según me parece deducirlo de lo que dices, que Eros era lo
amado y no lo que ama. Por esta razón, me imagino, te parecía Eros
totalmente bello, pues lo que es susceptible de ser amado es también lo
verdaderamente bello, delicado, perfecto y digno de ser tenido por
dichoso, mientras que lo que ama tiene un carácter diferente, tal como yo
lo describí.
–Sea así, extranjera, pues hablas bien. Pero siendo Eros de tal
naturaleza, ¿qué función tiene para los hombres?
–Esto, Sócrates, es precisamente lo que voy a intentar enseñarte a
continuación. Eros, efectivamente, es como he dicho y ha nacido así,
pero a la vez es amor de las cosas bellas, como tú afirmas. Más si alguien
nos preguntara: ¿En qué sentido, Sócrates y Diótima, es Eros amor de
las cosas bellas? O así, más claramente: el que ama las cosas bellas desea,
¿qué desea?
–Que lleguen a ser suyas.
–Pero esta respuesta exige aún la siguiente pregunta: ¿qué será de
aquel que haga suyas las cosas bellas?
Entonces le dije que todavía no podía responder de repente a esa
pregunta.
–Bien. Imagínate que alguien, haciendo un cambio y empleando la
palabra ‘bueno’ en lugar de ‘bello’, te preguntara: ‘Veamos Sócrates, el
que ama las cosas buenas desea, ¿qué desea?’
–Que lleguen a ser suyas.
–¿Y qué será de aquel que haga suyas las cosas buenas?
–Esto ya puedo contestarlo más fácilmente: que será feliz.
–Por la posesión de las cosas buenas, en efecto, los felices son
felices, y ya no hay necesidad de añadir la pregunta de por qué quiere ser
feliz el que quiere serlo, sino que la respuesta parece que tiene su fin.
–Tienes razón.
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–Ahora bien, esa voluntad y ese deseo, ¿crees que es común a
todos los hombres y que todos quieren poseer siempre lo que es bueno?
¿O cómo piensas tú?
–Así, que es común a todos.
–¿Por qué entonces Sócrates, no decimos que todos aman, si
realmente todos aman lo mismo y siempre, sino que decimos que unos
aman y otros no?
–También a mí me asombra eso.
–Pues no te asombres, ya que, de hecho, hemos separado una
especia particular de amor y, dándole el nombre de todo, la
denominamos amor, mientras que para las otras especies usamos otros
nombres.
–¿Cómo por ejemplo?
–Lo siguiente. Tú sabes que la idea de ‘creación’ (poíesis) es algo
múltiple, pues en realidad toda causa que haga pasar cualquier cosa del
no ser al ser es creación, de suerte que también los trabajos realizados en
todas las artes son creaciones y los artífices de éstas son todos creadores
(poietaí).
–Tienes razón.
–Pero también sabes que no se llaman creadores, sino que tienen
otros nombres y que del conjunto entero de creación se ha separado una
parte, la concerniente a la música y al verso, y se la denomina con el
nombre del todo. Únicamente a esto se llama, en efecto, ‘poesía’, y
‘poetas’ a los que poseen esta porción de creación.
–Tienes razón.
–Pues bien, así ocurre también con el amor. En general, todo
deseo de lo que es bueno y de ser feliz es, para todo el mundo, el
grandísimo y engañoso amor. Pero unos se dedican a él de muchas y
diversas maneras, ya sea en los negocios, en la afición a la gimnasia o en
el amor a la sabiduría, y no se dice ni que están enamorados ni se les
llama amantes, mientras que los que se dirigen a él y se afanan según una
sola especie reciben el nombre del todo, amor, y de ellos se dice que
están enamorados Y se les llama amantes.
–Parece que dices la verdad.
–Y se cuenta, ciertamente, una leyenda, según la cual los que
busquen la mitad de sí mismos son los que están enamorados, pero,
según mi propia teoría, el amor no lo es ni de una mitad ni de un todo, a
no ser que sea, amigo mío, realmente bueno, ya que los hombres están
dispuestos a amputarse sus propios pies y manos, si les parece que esas
partes de sí mismos son malas. Pues no es, creo yo, a lo suyo propio a lo
que cada cual se aferra, excepto si se identifica lo bueno con lo particular
y propio de uno mismo y lo malo, en cambio, con lo ajeno. Así que, en
verdad, lo que los hombres aman no es otra cosa que el bien. ¿O a ti te
parece que aman otra cosa?
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–A mí no, ¡por Zeus!.
–¿Entonces, se puede decir así simplemente que los hombres
aman el bien?
–Sí.
–¿Y qué? ¿No hay que añadir que aman también poseer el bien?
–Hay que añadirlo.
–¿Y no sólo poseerlo, sino también poseerlo siempre?
–También eso hay que añadirlo.
–Entonces, el amor es, en resumen, el deseo de poseer siempre el
bien.
–Es exacto lo que dices.
–Pues bien, puesto que el amor es siempre esto, ¿de qué manera y
EN QUÉ ACTIVIDAD SE PODRÍA LLAMAR AMOR AL ARDOR Y ESFUERZO DE LOS QUE LO
persiguen? ¿Cuál es justamente esta acción especial? ¿Puedes decirla?
–Si pudiera, no estaría admirándote, Diótima, por tu sabiduría ni
hubiera venido una y otra vez a ti para aprender precisamente estas
cosas.
–Pues yo te lo diré. Esta acción especial es, efectivamente, una
procreación en la belleza, tanto según el cuerpo como según el alma.
–Lo que realmente quieres decir necesita adivinación, pues no lo
entiendo.
–Pues te lo diré más claramente. Impulso creador, Sócrates,
tienen, en efecto, todos los hombres, no solo según el cuerpo, sino
también según el alma, y cuando se encuentran en cierta edad, nuestra
naturaleza desea procrear. Pero no puedo procrear en lo feo, sino solo
en lo bello. La unión de hombre y mujer es, efectivamente, procreación
y es una obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de
inmortal existe en el ser vivo, que es mortal. >>> [206bc] p. 81gelbe
PERO ES IMPOSIBLE QUE ESTE PROCESO LLEGUE A PRODUCIRSE EN LO QUE ES
incompatible, e incompatible es lo feo con todo lo divino, mientras que lo
bello es, en cambio, compatible. Así pues, la Belleza es la Moira y la Ilitía del
nacimiento. Por esta razón, cuando lo que tiene impulso creador se acerca a lo
bello, se vuelve propicio y se derrama contento, procrea y engendra; pero
cuando se acerca a lo feo, ceñudo y afligido se contrae en sí mismo, se aparta,
se encoge y no engendra, sino que retiene el fruto de su fecundidad y lo
soporta penosamente. De ahí, precisamente, que al que está fecundado y
ya abultado le sobrevenga el fuerte arrebato por lo bello, porque libera al
que lo posee de los grandes dolores del parto. Pues el amor, Sócrates, no
es amor de lo bello, como tú crees.
–¿Pues qué es entonces?
–Amor de la generación y procreación en lo bello.
–Sea así.
–Por supuesto que es así. Ahora bien, ¿por qué precisamente de la
generación? Porque la generación es algo eterno e inmortal en la medida
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en que pueda existir en algo mortal. Y es necesario, según lo acordado,
desear la inmortalidad junto con el bien, si realmente el amor tiene por
objeto la perpetua posesión del bien. Así, pues, según se desprende de
este razonamiento, necesariamente el amor es también amor de la
inmortalidad.
Todo esto, en efecto, me enseñaba siempre que hablaba conmigo
sobre cosas del amor. Pero una vez me preguntó: –¿Qué crees tú,
Sócrates, que es la causa de ese amor y de ese deseo? ¿O no te das cuenta
de en qué terrible estado se encuentran todos los animales, los terrestres
y los alados, cuando desean engendrar, cómo todos ellos están enfermos
y amorosamente dispuestos, en primer lugar en relación con su mutua
unión y luego en relación con el cuidado de la prole, cómo por ella están
prestos no sólo a luchar, incluso los más débiles contra los más fuertes,
sino también a morir, cómo ellos mismos están consumidos por el
hambre para alimentarla y así hacen todo lo demás? Si bien podría
PENSARSE QUE LOS HOMBRES HACEN ESTO POR REFLEXIÓN, RESPECTO A LOS
animales, sin embargo, ¿cuál podría ser la causa de semejantes
disposiciones amorosas? ¿Puedes decírmela?
Y una vez más yo le decía que no sabía.
–¿Y piensas llegar a ser algún día experto en las cosas del amor, si
no entiendes esto?
–Pues por eso precisamente, Diótima, como te dije antes, he
venido a ti, consciente de que necesito maestros. Dime, por tanto, la
causa de esto y de todo lo demás relacionado con las cosas del amor.
–Pues bien, si crees que el amor es por naturaleza amor de lo que
repetidamente hemos convenido, no te extrañes, ya que en este caso, y
por la misma razón que en el anterior, la naturaleza mortal busca, en la
medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero sólo puede
serlo de esta manera: por medio de la procreación, porque siempre deja
otro ser nuevo en lugar del viejo. >>>>> [207bcd] p. 81 gelb
PUES INCLUSO EN EL TIEMPO EN QUE SE DICE QUE VIVE CADA UNA DE LAS
criaturas vivientes y que es la misma, como se dice, por ejemplo, que es
el mismo un hombre desde su niñez hasta que se hace viejo, sin
embargo, aunque se dice que es el mismo, ese individuo nunca tiene en sí
las mismas cosas, sino que continuamente se renueva y pierde otros
elementos, en su pelo, en su carne, en sus huesos, en su sangre y en todo
su cuerpo.
Y no sólo en su cuerpo, sino también en el alma: los hábitos,
caracteres, opiniones, deseos, placeres, tristezas, temores, ninguna de
estas cosas jamás permanece la misma en cada individuo, sino que unas
nacen y otras mueren. Pero mucho más extraño todavía que esto es que
también los conocimientos no sólo nacen unos y mueren otros en
nosotros, de modo que nunca somos los mismos ni siquiera en relación
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con los conocimientos, sino que también le ocurre lo mismo a cada uno
de ellos en particular.
Pues lo que se llama practicar existe porque el conocimiento sale
de nosotros, ya que el olvido es la salida de un conocimiento, mientras
que la práctica, por el contrario, al implantar un nuevo recuerdo en lugar
del que se marcha, mantiene el conocimiento, hasta el punto de que
parece que es el mismo. De esta manera, en efecto, se conserva todo lo
mortal, no por ser siempre completamente lo mismo, como lo divino,
sino porque lo que se marcha y está ya envejecido deja en su lugar otra
cosa nueva semejante a lo que era, por este procedimiento, Sócrates, lo
mortal participa de inmortalidad, tanto el cuerpo como todo lo demás; lo
inmortal, en cambio, participa de otra manera.
No te extrañes, pues, si todo ser estima por naturaleza a su propio
vástago, pues por causa de inmortalidad ese celo y ese amor acompaña a
todo ser.
Cuando hube escuchado este discurso, lleno de admiración le dije:
–Bien, sapientísima Diótima, ¿es esto así en verdad?
Y ELLA, COMO LOS AUTÉNTICOS SOFISTAS, ME CONTESTÓ: –POR SUPUESTO,
Sócrates, ya que, si quieres reparar en el amor de los hombres por los
honores, te quedarías asombrado también de su irracionalidad, a menos
que medites en relación con lo que yo he dicho, considerando en qué
terrible estado se encuentran por el amor de llegar a ser famosos y dejar
para siempre una fama inmortal. Por esto, aún más que por sus hijos,
están dispuestos a arrostrar todos los peligros, a gastar su dinero, a
soportar cualquier tipo de fatiga y a dar su vida. Pues, ¿crees tú que
Alcestis hubiera muerto por Admeto o que Aquiles hubiera seguido en
su muerte a Patroclo o que vuestro Codro se hubiera adelantado a morir
por el reinado de sus hijos, si no hubiera creído que iba a quedar de ellos
el recuerdo inmortal que ahora tenemos por su virtud?
Ni mucho menos, sino que más bien, creo yo, por inmortal virtud
y por tal ilustre renombre todos hacen todo, y cuanto mejores sean, tanto
más, pues aman lo que es inmortal. En consecuencia, los que son
fecundos según el cuerpo se dirigen preferentemente a las mujeres y de
esta manera son amantes, procurándose mediante la procreación de hijos
inmortalidad, recuerdo y felicidad, según creen, para todo tiempo futuro.
En cambio, los que son fecundos según el alma (…) pues hay, en efecto,
quienes conciben en las almas aún más que en los cuerpos lo que
corresponde al alma concebir y dar a luz. ¿Y qué es lo que le
corresponde?
El conocimiento y cualquier otra virtud, de las que precisamente son
procreadores todos los poetas y cuantos artistas se dice que son
inventores. Pero el conocimiento mayor y el más bello es, con mucho, la
regulación de lo que concierne a las ciudades y familias, cuyo nombre es
mesura y justicia. Ahora bien, cuando uno de éstos se siente desde joven
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fecundo en el alma, siendo de naturaleza divina, y, llegada la edad, desea
ya procrear y engendrar, entonces busca también él, creo yo, en su
entorno la belleza en la que pueda engendrar, pues en lo feo nunca
engendrará.
Así, pues, en razón de su fecundidad, se apega a los cuerpos bellos
más que a los feos, y si se tropieza con un alma bella, noble y bien dotada
por naturaleza, entonces muestra un gran interés por el conjunto; ante
esta persona tiene al punto abundancia de razonamientos sobre la virtud,
sobre cómo debe ser el hombre bueno y lo que debe practicar, e intenta
educarlo.
En efecto, al estar en contacto, creo yo, con lo bello y tener
relación con ello, da a luz y procrea lo que desde hacía tiempo tenía
concebido, no sólo en su presencia, sino también recordándolo en su
ausencia, y en común con el objeto bello ayuda a criar lo engendrado, de
suerte que los de tal naturaleza mantienen entre sí una comunidad
mucho mayor que la de los hijos y una amistad más sólida, puesto que
tienen en común hijos más bellos y más inmortales. Y todo el mundo
preferiría para sí haber engendrado tales hijos en lugar de los humanos,
cuando echa una mirada a Homero, a Hesíodo y demás buenos poetas, y
siente envidia porque han dejado de sí descendientes tales que les
procuran inmortal fama y recuerdo por ser inmortales ellos mismos; o si
quieres, los hijos que dejó Licurgo en Lacedemonia, salvadores de
Lacedemonia y, por así decir, de la Hélade entera. Honrado es también
entre nosotros Solón, por haber dado origen a nuestras leyes, y otros
muchos hombres lo son en otras muchas partes, tanto entre los griegos
como entre los bárbaros, por haber puesto de manifiesto muchas y
hermosas obras y haber engendrado toda clase de virtud.
En su honor se han establecido ya también muchos templos y
cultos por tales hijos, mientras que por hijos mortales todavía no se han
establecido para nadie. Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo
misterio también tú, Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos
finales y suprema revelación, por cuya causa existen aquéllas, si se
procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por
consiguiente, yo misma te los diré y no escatimaré ningún esfuerzo;
intenta seguirme, si puedes.
Es preciso, en efecto, que quien quiera ir por el recto camino a ese
fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía
lo dirige rectamente, enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y
engendrar en él bellos razonamientos; luego debe comprender que la
belleza que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si
es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no
considerar una y la misma belleza que hay en todos los cuerpos. Una vez
que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos
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bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y
considerándolo insignificante.
A continuación debe considerar más valiosa la belleza de las
almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma,
aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarlo,
engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes,
para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en
las normas de conducta y a reconocer que todo lo bello está
emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del
cuerpo como algo insignificante.
Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias,
para que vea también la belleza de éstas y, fijando ya su mirada en esa
inmensa belleza, no sea, por servil dependencia, mediocre y corto de
espíritu, apegándose como esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de
un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que,
vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos
bellos y magníficos discursos y pensamientos en ilimitado amor por la
sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única
ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente.
Intenta ahora prestarme la máxima atención posible. En efecto,
quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber
contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá
de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo
maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates,
por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que,
en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en
segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces
bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí
bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo.
Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro
ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un
cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente
en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en
algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma
específicamente única, mientras que todas las otras cosas participan de
ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni
aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada.
Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de
este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar
aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues esta es justamente
la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido
por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas
como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella
belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los
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cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de
conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de estos terminar en
aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella
belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en si.
En este periodo de la vida, querido Sócrates, mas que en ningún
otro, le perece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en si.
Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el
oro ni con los vestidos, ni con los jóvenes y adolescentes bellos, ante
cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú
como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con
él, a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo
y estar en su compañía.
¿Qué debemos imaginar, pues, si le fuera posible a alguno ver la
belleza en si, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas,
ni de colores, ni de, en sume, de oras muchas fruslerías mortales, y
pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única? ¿Acaso
crees que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que
contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su
compañía? ¿O no crees que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo
que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no
estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está
en contacto con la verdad?. Y al que ha engendrado y criado una virtud
verdadera
¿No crees que le es posible hacerse amigo de los Dioses y llegar a
ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también él? Esto, Fedro,
y demás amigos, dijo Diótima y yo quedé convencido; y convencido
INTENTO TAMBIÉN PERSUADIR A LOS DEMÁS DE QUE PARA ADQUIRIR ESTA POSESIÓN
difícilmente podría uno tomar un colaborador de la naturaleza humana
mejor que Eros. Precisamente, por eso, yo afirmo que todo hombre debe
honrar a Eros, y no sólo yo mismo honro las cosas del Amor y las
practico sobremanera, sino que también las recomiendo a los demás y
ahora y siempre elogio el poder y valentía de Eros, en la medida en que
soy capaz. Considera, pues, Fedro, este discurso, si quieres, como un
encomio dicho en honor de Eros o, si prefieres, dale el nombre que te
guste y como te guste.  [212b]  >>>>>>>>>>> p. 82 gelbe
——-
pág. 75 rot

CUANDO SÓCRATES HUBO DICHO ESTO, ME CONTÓ ARISTODEMO QUE LOS
demás le elogiaron, pero que Aristófanes intentó decir algo, puesto que
Sócrates al hablar le había mencionado a propósito de su discurso.
Mas de pronto la puerta del patio fue golpeada y se produjo un
gran ruido como de participantes en una fiesta. Entonces Agatón dijo:
–ESCLAVOS, VAYAN A VER Y SI ES ALGUNO DE NUESTROS CONOCIDOS,
háganle pasar; pero si no, digan que no estamos bebiendo, sino que
estamos durmiendo ya. >>>>>>>>>>[212c]…….p. 83 gelbe
42
NO MUCHO DESPUÉS SE OYÓ EN EL PATIO LA VOZ DE ALCIBÍADES,
fuertemente borracho, preguntando a grandes gritos dónde estaba
Agatón y pidiendo que le llevaran junto a él.  >>>>[212d]….p. 83 gelbe
LE CONDUJERON ENTONCES HASTA ELLOS, ASÍ COMO A LA FLAUTISTA QUE LE SOSTENÍA Y A
algunos otros de sus acompañantes, pero él se detuvo en la puerta, coronado
con una tupida corona de hiedra y violetas y con muchas cintas
sobre su cabeza, y dijo:

PÁG. 76 ROT

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