SIMPOSIO… Platón (VII): Alcíbiades

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7.- Discurso de Alcibíades (212c-215a)…-222b))

SALUD CABALLEROS [AMIGOS]. ¿ACOGEN COMO COMPAÑERO DE BEBIDA A UN
hombre que está totalmente borracho, o debemos marcharnos tan
PRONTO COMO HAYAMOS CORONADO A AGATÓN, QUE ES A LO QUE HEMOS
venido? Ayer, en efecto, no me fue posible venir, pero ahora vengo con
estas cintas sobre la cabeza, para de mi cabeza coronar la cabeza del
hombre del hombre más sabio y más bello, si se me permite hablar así.
¿O SE BURLAN DE MÍ PORQUE ESTOY BORRACHO? PUES, AUNQUE SE RÍAN, YO SÉ
bien que digo la verdad. Pero díganme enseguida: ¿entro en los términos
acordados, o no? ¿Beberán conmigo o no? >>> [212e-13a]…p. 83 gelbe
TODOS LO ACLAMARON Y LO INVITARON A ENTRAR Y TOMAR ASIENTO.
Entonces Agatón lo llamó y él entró conducido por sus acompañantes. Y
desatándose al mismo tiempo las cintas para coronar a Agatón, al
tenerlas delante de los ojos, no vio a Sócrates y se sentó junto a Agatón,
en medio de éste y Sócrates, que le hizo sitio en cuanto lo vio. Una vez
sentado, abrazó a Agatón y lo coronó.
–Esclavos –dijo Agatón–, descalcen a Alcibíades, para que se
acomode aquí como tercero.
–De acuerdo –dijo Alcibíades–, pero ¿quien es ese tercer
compañero de bebida que está aquí con nosotros?
Y, a la vez que se volvía, vio a Sócrates, y al verlo se sobresaltó y
dijo: –¡Heracles! ¿Qué es esto? ¿Sócrates aquí? Te has acomodado aquí
acechándome de nuevo, según tu costumbre de aparecer de repente
donde yo menos pensaba que ibas a estar. ¿A qué has venido ahora? ¿Por
qué te has colocado precisamente aquí? Pues no estás junto a Aristófanes
ni junto a ningún otro que sea divertido y quiera serlo, sino que te las has
arreglado para ponerte al lado del más bello de los que están aquí
adentro.
–Agatón –dijo entonces Sócrates–, mira a ver si me vas a
defender, pues mi pasión por este hombre se me ha convertido en un
asunto de no poca importancia. En efecto, desde aquella vez en que me
enamoré de él, ya no me es posible ni echar una mirada, ni conversar
siquiera con un solo hombre bello sin que éste, teniendo celos y envidia
de mí, haga cosas raras, me increpe y contenga las manos a duras penas.
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Mira, pues, no sea que haga algo también ahora; reconcílianos o, si
intenta hacer algo violento, protégeme, pues yo tengo mucho miedo de
su locura y de su pasión por el amante.
–En absoluto –dijo Alcibíades–, no hay reconciliación entre tú y
yo. Pero ya me vengaré de ti por esto en otra ocasión. Ahora, Agatón,
dame algunas de esas cintas para coronar también ésta su admirable
cabeza y para que no me reproche que te coroné a ti y que, en cambio, a
él, que vence a todo el mundo en discursos, no sólo anteayer como tú,
sino siempre, no le coroné.
Al mismo tiempo cogió algunas cintas, coronó a Sócrates y se
acomodó. Y cuando se hubo reclinado dijo: –Bien, caballeros. En verdad
me parece que están sobrios y esto no se les puede permitir, sino que hay
que beber, pues así lo hemos acordado. Por consiguiente, me elijo a mí
mismo como presidente de la bebida, hasta que ustedes beban lo
suficiente. Que me traigan, pues, Agatón, una copa más grande, si hay
alguna. O más bien, no hace ninguna falta. Trae, esclavo, aquella vasija
de refrescar el vino –dijo al ver que contenía más de ocho cótilas (un
poco más de dos litros).
Una vez llena, se la bebió de un trago, primero, él y, luego, ordenó
llenarla para Sócrates, a la vez que le decía: –Ante Sócrates, señores, este
truco no me sirve de nada, pues beberá cuanto se le pida y nunca se
embriagará.
En cuanto hubo escanciado el esclavo, Sócrates se puso a beber.
Entonces, Erixímaco dijo: –¿Cómo lo hacemos, Alcibíades? ¿Así,
sin decir ni cantar nada ante la copa, sino que vamos a beber
simplemente como los sedientos?
–Erixímaco –dijo Alcibíades–, excelente hijo del mejor y más
prudente padre, salud.
–También para ti –dijo Erixímaco–, pero ¿qué vamos a hacer?
–Lo que tú ordenes, pues hay que obedecerte: porque un médico
equivale a muchos otros hombres
Manda, pues, lo que quieras.
–Escucha, entonces –dijo Erixímaco–. Antes de que tú entraras
habíamos decidido que cada uno debía pronunciar por turno, de
izquierda a derecha, un discurso sobre Eros lo más bello que pudiera y
hacer su encomio. Todos los demás hemos hablado ya, pero puesto que
tú no has hablado y ya has bebido, es justo que hables y, una vez que
hayas hablado, ordenes a Sócrates lo que quieras, y éste al de la derecha y
así los demás.
–Dices bien, Erixímaco –dijo Alcibíades–, pero comparar el
DISCURSO DE UN HOMBRE BEBIDO CON LOS DISCURSOS DE HOMBRES
serenos no sería equitativo. [214c]  p. 83 gelbe Además,
BIENAVENTURADO AMIGO, ¿TE CONVENCE SÓCRATES EN ALGO DE LO QUE  ACABA
de  decir? ¿No sabes que es todo lo contrario de
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lo que decía? Efectivamente, si yo elogio en su presencia a algún otro,
Dios u hombre, que no sea él, no apartará de mí sus manos.
–¿No hablarás mejor? –Dijo Sócrates.
–¡Por Poseidón! –Exclamó Alcibíades–, no digas nada en contra,
que yo no elogiaría a ningún otro estando tú presente.
–Pues bien, hazlo así –dijo Erixímaco–, si quieres. Elogia a
Sócrates.
–¿Qué dices? ¿Te parece bien, Erixímaco, que debo hacerlo?
¿Debo atacar a este hombre y vengarme delante de todos ustedes?
¡Eh, tú! –dijo Sócrates–, ¿qué tienes en la mente? ¿Elogiarme para
ponerme en ridículo?, ¿O qué vas a hacer?
–Diré la verdad. Mira si me lo permites.
–Por supuesto, dijo Sócrates, tratándose de la verdad, te permito y
te invito a decirla.
–La diré inmediatamente –dijo Alcibíades. Pero tú haz lo
siguiente: si digo algo que no es verdad, interrúmpeme, si quieres, y di
que estoy mintiendo, pues no falsearé nada, al menos voluntariamente.
Mas no te asombres si cuento mis recuerdos de manera confusa,
ya que no es nada fácil para un hombre en este estado enumerar con
facilidad y en orden tus rarezas.
A Sócrates, señores, yo intentaré elogiarlo de la siguiente manera:
por medio de dos imágenes. Quizás él creerá que es para provocar la risa,
pero la imagen tendrá por objeto la verdad, no la burla. Pues en mi
opinión es lo más parecido a esos silenos existentes en los talleres de
escultura, que fabrican los artesanos con siringas o flautas en la mano y
que, cuando se abren en dos mitades, aparecen con estatuas de Dioses en
su interior. Y afirmo, además, que se parece al sátiro Marsias.
Así, pues, que eres semejante a éstos, al menos en la forma,
Sócrates, ni tú mismo podrás discutirlo, pero que también te pareces en
lo demás, escúchalo a continuación.
Eres un lujurioso ¿O no? Si no estás de acuerdo, presentaré
testigos. Pero, ¿qué no eres flautista? Por supuesto, y mucho más
extraordinario que Marsias. Éste, en efecto, encantaba a los hombres
mediante instrumentos con el poder de su boca y aún hoy encanta al que
interprete con la flauta sus melodías –pues las que interpretaba Olimpo
digo que son de Marsias, su maestro–.
En todo caso, sus melodías, ya las interprete un buen flautista o
una flautista mediocre, son las únicas que hacen que uno quede poseso y
revelan, por ser divinas, quiénes necesitan de los Dioses y de los ritos de
iniciación.
Más tú te diferencias de él sólo en que sin instrumentos, con tus
meras palabras, haces lo mismo. De hecho, cuando nosotros oímos a
algún otro, aunque sea muy buen orador, pronunciar otros discursos, a
ninguno nos importa, por así decir, nada. Pero cuando se te oye a ti o a
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otro pronunciando tus palabras, aunque sea muy torpe el que las
pronuncie, ya se trate de mujer, hombre o joven quien las escucha,
quedamos pasmados y posesos.
Yo, al menos, señores, si no fuera porque iba a parecer que estoy
totalmente borracho, les diría bajo juramento qué impresiones me han
causado personalmente sus palabras y todavía ahora me causan.
Efectivamente, cuando le escucho, mi corazón palpita mucho más
que el de los poseídos por la música de los coribantes, las lágrimas se me
caen por culpa de sus palabras y veo que también a otros muchos les
ocurre lo mismo.
En cambio, al oír a Pericles y a otros buenos oradores, si bien
pensaba que hablaban elocuentemente, no me ocurría, sin embargo, nada
semejante, ni se alborotaba mi alma, ni se irritaba en la idea de que vivía
como esclavo, mientras que por culpa de este Marsias, aquí presente,
muchas veces me he encontrado, precisamente, en un estado tal que me
parecía que no valía la pena vivir en las condiciones en que estoy. Y esto,
Sócrates, no dirás que no es verdad. Incluso todavía ahora soy
plenamente consciente de que si quisiera prestarle oído no resistiría, sino
que me pasaría lo mismo, pues me obliga a reconocer que, a pesar de
estar falto de muchas cosas, aún me descuido de mí mismo y me ocupo
de los asuntos de los atenienses. A la fuerza, pues, me tapo los oídos y
salgo huyendo de él como de las sirenas, para no envejecer sentado aquí
a su lado.
Sólo ante él de entre todos los hombres he sentido lo que no se
creería que hay en mí: el avergonzarme ante alguien. Yo me avergüenzo
únicamente ante él, pues sé perfectamente que, si bien no puedo negarle
lo que ordena, sin embargo, cuando me aparto de su lado, me dejo
vencer por el honor que me dispensa la multitud. Por consiguiente, me
escapo de él y huyo, y cada vez que le veo me avergüenzo de lo que he
reconocido. Y muchas veces vería con agrado que ya no viviera entre los
hombres, pero si esto sucediera, bien sé que me dolería mucho más, de
modo que no sé cómo tratar con este hombre.
Tal es, pues, lo que yo y muchos otros hemos experimentado por
las melodías de flauta de este sátiro. Pero quiero que me escuchen
todavía cuán semejante es en otros aspectos a aquellos con quienes le
comparé y qué extraordinario poder tiene, pues tengan por cierto que
ninguno de ustedes le conoce. Pero yo se los describiré, puesto que he
empezado.
Ven, en efecto, que Sócrates está en disposición amorosa con los
jóvenes bellos, que siempre está en torno suyo y se queda extasiado y
que, por otra parte, ignora todo y nada sabe, al menos por su apariencia.
¿No es esto propio de Sileno? Totalmente, pues de ello está revestido
por fuera, como un Sileno esculpido, mas por dentro, una vez abierto,
¿de cuántas templanzas, compañeros de bebida, crees que está lleno?
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Sepan que no le importa nada si alguien es bello, sino que lo
desprecia como ninguno podría imaginar, ni si es rico, ni si tiene algún
otro privilegio de los celebrados por la multitud, por el contrario,
considera, que todas estas posesiones no valen nada y que nosotros no
somos nada, se los aseguro. Pasa toda su vida ironizando y bromeando
con la gente; mas cuando se pone serio y se abre, no sé si alguno ha visto
las imágenes de su interior.
Yo, sin embargo, las he visto ya una vez y me parecieron que eran
tan divinas y doradas, tan extremadamente bellas y admirables, que tenía
que hacer sin más lo que Sócrates mandara. Y creyendo que estaba
seriamente interesado por mi belleza pensé que era un encuentro feliz y
que mi buena suerte era extraordinaria, en la idea de que me era posible,
si complacía a Sócrates, oír todo cuanto él sabía. ¡Cuán tremendamente
orgulloso, en efecto, estaba yo de mi belleza!
Reflexionando, pues, sobre esto, aunque hasta entonces no solía
estar solo con él sin acompañante, en esta ocasión, sin embargo, lo
despedí y me quedé solo en su compañía. Preciso es ante ustedes decir
toda la verdad, así, pues, presten atención y, si miento, Sócrates,
refútame. Me quedé, en efecto, señores, a solas con él y creí que al punto
iba a decirme las cosas que en la soledad un amante diría a su amado; y
estaba contento.
Pero no sucedió absolutamente nada de esto, sino que tras
dialogar conmigo como solía y pasar el día en mi compañía, se fue y me
dejó.
A continuación le invité a hacer gimnasia conmigo, y hacía
gimnasia con él en la idea de que así iba a conseguir algo. Hizo gimnasia
conmigo, en efecto, y luchó conmigo muchas veces sin que nadie
estuviera presente. Y ¿qué debo decir? Pues que no logré nada.
Puesto que de esta manera no alcanzaba en absoluto mi objetivo,
me pareció que había que atacar a este hombre por la fuerza y no desistir,
una vez que había puesto manos a la obra, sino que debía saber
definitivamente cuál era la situación.
Le invito, pues, a cenar conmigo, simplemente como un amante
que tiende una trampa a su amado. Ni siquiera esto me lo aceptó al
punto, pero de todos modos con el tiempo se dejó persuadir. Cuando
vino por primera vez, nada más cenar quería marcharse y yo, por
vergüenza, le dejé ir en esta ocasión. Pero volví a tenderle la misma
trampa y, después de cenar, mantuve la conversación hasta entrada la
noche, y cuando quiso marcharse, alegando que era tarde, le forcé a
quedarse.
Se echó, pues, a descansar en el lecho contiguo al mío, en el que
precisamente había cenado, y ningún otro dormía en la habitación salvo
nosotros. Hasta esta parte de mi relato, en efecto, la cosa podría estar
bien y contarse ante cualquiera, pero lo que sigue no me lo oirán decir sí,
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en primer lugar, según el dicho, el vino, sin niños y con niños, no fuera
veraz y, en segundo lugar, porque me parece injusto no manifestar una
muy brillante acción de Sócrates, cuando uno se ha embarcado a hacer su
elogio.
Además, también a mí me sucede lo que le pasa a quien ha sufrido
una mordedura de víbora, pues dicen que el que ha experimentado esto
alguna vez no quiere decir cómo fue a nadie, excepto a los que han sido
mordidos también, en la idea de que sólo ellos comprenderán y
perdonarán, si se atrevió a hacer y decir cualquier cosa bajos los efectos
del dolor. Yo, pues, mordido por algo más doloroso y en la parte más
dolorosa de los que uno podría ser mordido –pues ese es el corazón, en
el alma, o como haya que llamarlo –, donde he sido herido y mordido
por los discursos filosóficos, que se agarran más cruelmente que una
víbora cuando se apoderan de un alma joven no mal dotada por
naturaleza y la obligan a hacer y decir cualquier cosa –y viendo, por otra
parte, a los Fedros, Agatones, Erixímacos, Pausanias, Aristodemos y
Aristófanes –¿y qué necesidad hay de mencionar al propio Sócrates y a
todos los demás? Pues todos han participado de la locura y frenesí del
filósofo –… por eso precisamente todos me van a escuchar, ya que me
perdonarán por lo que entonces hice y por lo que ahora digo. En
cambio, los criados y cualquier otro que sea profano y vulgar, que
pongan ante sus orejas puertas muy grandes.
Pues bien, señores, cuando se hubo apagado la lámpara y los
esclavos estaban fuera, me pareció que no debía andarme por las ramas
ante él sino decirle libremente lo que pensaba. Entonces le sacudí y le
dije
–Sócrates, ¿estás durmiendo?
–En absoluto.
–¿Sabes lo que he decidido?
–¿Qué exactamente?
–Creo que tú eres el único digno de convertirse en mi amante y
me parece que vacilas en mencionármelo. Yo, en cambio, pienso lo
siguiente: considero que es insensato no complacerte en esto como en
cualquier otra cosa que necesites de mi patrimonio o de mis amigos.
Para mí, en efecto, nada es más importante que el que yo llegue a
ser lo mejor posible y creo que en esto ninguno puede serme
colaborados más eficaz que tú. En consecuencia, yo me avergonzaría
mucho más ante los sensatos por no complacer a un hombre tal, que
ante una multitud de insensatos por haberlo hecho.
Cuando Sócrates oyó esto, muy irónicamente, según su estilo tan
característico y usual, dijo:
–Querido Alcibíades, parece que realmente no eres un tonto, si
efectivamente es verdad lo que dices de mí y hay en mí un poder por el
cual tú podrías llegar a ser mejor. En tal caso, debes estar viendo en mí,
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supongo, una belleza irresistible y muy diferente a tu buen aspecto físico.
Ahora bien, si intentas, al verla, compartirla conmigo y cambiar belleza
por belleza, no en poco piensas aventajarme, pues pretendes adquirir lo
que es verdaderamente bello a cambio de lo que lo es sólo en apariencia,
y de hecho te propones intercambiar oro por bronce. Pero, mi feliz
amigo, examínalo mejor, no sea que te pase desapercibido que no soy
nada. La vista del entendimiento, ten por cierto, empieza a ver
adecuadamente cuando la de los ojos comienza a perder su fuerza, y tú
todavía estás lejos de eso.
Y yo, al oírle, dije:
–En lo que a mí se refiere, ésos son mis sentimientos y no se ha
dicho nada de distinta manera a como pienso, siendo ello así, delibera tú
mismo lo que consideres mejor para ti y para mí.
–En esto, ciertamente, tienes razón, en el futuro deliberaremos y
haremos lo que a los dos nos parezca lo mejor en éstas y en las otras
cosas.
Después de oír y decir esto y tras haber disparado, por así decir,
mis dardos, yo pensé, en efecto, que lo había herido. Me levanté
ENTONCES SIN DEJARLE DECIR NADA, LO ENVOLVÍ CON MI MANTO, PUES ERA
invierno, me eché debajo del viejo capote de ese viejo hombre, aquí
presente, y ciñendo con mis brazos a este ser verdaderamente divino y
maravilloso estuve así tendido toda la noche. En esto tampoco, Sócrates,
dirás que miento. Pero, a pesar de hacer yo todo eso, él salió
completamente victorioso, me despreció, se burló de mi belleza y me
afrentó; y eso que en este tema, al menos, creía yo que era algo, ¡oh,
jueces! –Pues jueces son de la arrogancia de Sócrates–.
Así, pues, sepan bien, por los Dioses y por las Diosas, que me
levanté después de haber dormido con Sócrates no de otra manera que
si me hubiera acostado con mi padre o mi hermano mayor.
>>>>>>>>>>>>>>[219bcd]p.84gelbe
DESPUÉS DE ESTO, ¿QUÉ SENTIMIENTOS CREEN QUE TENÍA YO, PENSANDO,
por un lado, que había sido despreciado, y admirando, por otro, la
naturaleza de este hombre, su templanza y valentía, ya que en prudencia
y firmeza había tropezado con un hombre tal como yo no hubiera
pensado que iba a encontrar jamás? De modo que ni tenía por qué
irritarme y privarme de su compañía, ni encontraba la manera de cómo
podría conquistármelo. Pues sabía bien que en cuanto al dinero era por
todos lados mucho más invulnerable que Ayante al hierro, mientras que
con lo único que pensaba que iba a ser conquistado se me había
escapado. Así, pues, estaba desconcertado y deambulaba de acá para allá
esclavizado por este hombre como ninguno lo había sido por nadie.
Todas estas cosas, en efecto, me habían sucedido antes; mas luego
hicimos juntos la expedición contra Potidea y allí éramos compañeros de
mesa. pues bien, en primer lugar, en las fatigas era superior no sólo a mí,
sino también a todos los demás. Cada vez que nos veíamos obligados a
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no comer por estar aislados en algún lugar, como suele ocurrir en
campaña, los demás no eran nada en cuanto resistencia. En cambio, en
las comidas abundantes sólo él era capaz de disfrutar, y especialmente en
beber, aunque no quería, cuando era obligado a hacerlo vencía a todos; y
lo que es más asombroso de todo: ningún hombre ha visto jamás a
Sócrates borracho. De esto, en efecto, me parece que pronto tendrán la
prueba. Por otra parte, en relación con los rigores del invierno –pues los
inviernos allí son terribles–, hizo siempre cosas dignas de admiración,
pero especialmente en una ocasión en que hubo la más terrible helada y
mientras todos, o no salían del interior de sus tiendas o, si salía alguno,
iban vestidos con las prendas más raras, con los pies calzados y envueltos
con fieltro y pieles de cordero, él, en cambio, en estas circunstancias,
salió con el mismo manto que solía llevar siempre y marchaba descalzo
sobre el hielo con más soltura que los demás calzados, y los soldados le
miraban de reojo creyendo que los desafiaba.
Esto, ciertamente fue así; pero qué hizo de nuevo y soportó el
animoso varón (verso tomado de la Odisea IV 242 y 271 dicho en una
ocasión por Helena y en otra por Menelao (271) a propósito de Ulises)
allí, en cierta ocasión, durante la campaña, es digno de oírse. En efecto,
habiéndose concentrado en algo, permaneció de pie en el mismo lugar
desde la aurora meditándolo, y puesto que no le encontraba la solución
no desistía, sino que continuaba de pie investigando. Era ya mediodía y
los hombres se habían percatado y, asombrados, se decían unos a otros:
–Sócrates está de pie desde el amanecer meditando algo.
Finalmente, cuando llegó más tarde, unos jonios, después de cenar –y
como era entonces verano–, sacaron fuera sus petates, y a la vez que
dormían al fresco le observaban por ver si también durante la noche
seguía estando de pie. Y estuvo de pie hasta que llegó la aurora y salió el
sol. Luego, tras hacer su plegaria al sol, dejó el lugar y se fue. Y ahora, si
quieres, veamos su comportamiento en las batallas, pues es justo
concederle también este tributo. Efectivamente, cuando tuvo lugar la
batalla por la que los generales me concedieron también a mí el premio al
valor, ningún otro hombre me salvó sino éste, que no quería
abandonarme herido y así salvó a la vez mis armas y a mí mismo. Y yo,
Sócrates, también entonces pedía a los generales que te concedieran a ti
el premio, y esto ni me lo reprocharás ni dirás que miento. Pero como
los generales reparasen en mi reputación y quisieran darme el premio a
mí, tú mismo estuviste más resuelto que ellos a que lo recibiera yo y no
tú. Todavía en otra ocasión, señores, valió la pena contemplar a Sócrates,
cuando el ejército huía de Delión en retirada. Se daba la circunstancia de
que yo estaba como jinete y él con la armadura de hoplita. Dispersados
ya nuestros hombres, él y Laques se retiraban juntos. Entonces yo me
tropiezo casualmente con ellos y, en cuanto los veo, les exhorto a tener
ánimo, diciéndoles que no los abandonaría. En esta ocasión,
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precisamente, pude contemplar a Sócrates mejor que en Potidea, pues
por estar a caballo yo tenía menos miedo. En primer lugar, ¡cuánto
aventajaba a Laques en dominio de sí mismo! En segundo lugar, me
parecía, Aristófanes, por citar tu propia expresión, que también allí como
aquí marchaba ‘pavoneándose y girando los ojos de lado a lado’,
observando tranquilamente a amigos y enemigos y haciendo ver a todo el
mundo, incluso desde muy lejos, que si alguno tocaba a este hombre, se
defendería muy enérgicamente. por esto se retiraban seguros él y su
compañero, pues, por lo general, a los que tienen tal disposición en la
guerra ni siquiera los tocan y sólo persiguen a los que huyen en desorden.
Es cierto que en otras muchas y admirables cosas podría uno
elogiar a Sócrates. Sin embargo, si bien a propósito de sus otras
actividades tal vez podría decirse lo mismo de otra persona, el no ser
semejante a ningún hombre, ni de los antiguos, ni de los actuales, en
cambio, es digno de total admiración. Como fue Aquiles, en efecto, se
podría comparar a Brásidas y a otros, y, a su vez, como Pericles a Néstor
y a Antenor –y hay también otros–; y de la misma manera se podría
comparar también a los demás. Pero como es este hombre, aquí
presente, en originalidad, tanto él personalmente como sus discursos, ni
siquiera remotamente se encontrará alguno, por más que se le busque, ni
entre los de ahora, ni entre los antiguos, a menos tal vez que se le
compare, a él y a sus discursos, con los que he dicho: no con ningún
hombre, sino con los silenos y sátiros.
Porque, efectivamente, y esto lo omití al principio, también sus
discursos son muy semejantes a los silenos que se abren. Pues si uno se
decidiera a oír los discursos de Sócrates, al principio podrían parecer
totalmente ridículos. ¡Tales son las palabras y expresiones con que están
revestidos por fuera, la piel, por así decir, de un sátiro insolente! Habla,
en efecto, de burros de carga, de herreros, de zapateros y curtidores, y
siempre parece decir lo mismo con las mismas palabras, de suerte que
TODO HOMBRE INEXPERTO Y ESTÚPIDO SE BURLARÍA DE
SUS DISCURSOS. Pero si uno los ve cuando están abiertos y penetra en
ellos, encontrará en primer lugar, que SON LOS ÚNICOS DISCURSOS
QUE TIENEN SENTIDO POR DENTRO; en segundo lugar, que son
los más divinos, que TIENEN EN SÍ MISMOS EL MAYOR
NÚMERO DE IMÁGENES DE VIRTUD Y QUE ABARCAN LA
MAYOR CANTIDAD DE TEMAS, o más bien, TODO CUANTO LE
CONVIENE EXAMINAR AL QUE PIENSA LLEGAR A SER
NOBLE Y BUENO.
Esto es, señores, lo que yo elogio en Sócrates, y mezclando a la
vez lo que le reprocho les he referido las ofensas que me hizo. Sin
embargo, no las ha hecho sólo a mí, sino también a Cármides, el hijo de
Glaucón, a Eutidemo, el hijo de Diocles, y a muchísimos otros, a quienes
él engaña entregándose como amante, mientras que luego resulta, más
51
bien, amado en lugar de amante. Lo cual también a ti te digo, Agatón,
para que no te dejes engañar por este hombre, sino que, INSTRUIDO
POR NUESTRA EXPERIENCIA, TENGAS PRECAUCIÓN Y NO
APRENDAS, SEGÚN EL REFRÁN, COMO UN NECIO, POR
EXPERIENCIA PROPIA. (el necio aprende padeciendo)Al decir esto
Alcibíades, se produjo una risa general por su franqueza, puesto que
parecía estar enamorado todavía de Sócrates.
–Me parece Alcibíades –dijo entonces Sócrates–, que estás sereno,
pues de otro modo no hubieras intentado jamás, disfrazando tus
intenciones tan ingeniosamente, ocultar la razón por la que has dicho
todo eso y lo has colocado ostensiblemente como una consideración
accesoria al final de tu discurso, como si no hubieras dicho todo para
enemistarnos a mí y a Agatón, al pensar que yo debo amarte a ti y a
ningún otro, y Agatón ser amado por ti y por nadie más. Pero no me has
pasado desapercibido, sino que ese drama tuyo satírico y silénico está
perfectamente claro. Así, pues, querido Agatón, que no gane nada con él
y arréglatelas para que nadie nos enemiste a mí y a ti.
–En efecto, Sócrates –dijo Agatón–, puede que tengas razón. Y
sospecho también que se sentó en medio de ti y de mí para mantenernos
aparte. Pero no conseguirá nada, pues yo voy a sentarme junto a ti.
–Muy bien –dijo Sócrates–, siéntate aquí, junto a mí.
–¡Oh Zeus! –Exclamó Alcibíades–, ¡cómo soy tratado una vez más
por este hombre! Cree que tiene que ser superior a mí en todo. Pero, si
no otra cosa, admirable hombre, permite, al menos, que Agatón se eche
en medio de nosotros.
–Imposible –dijo Sócrates–, pues tú has hecho ya mi elogio y es
preciso que yo a mi vez elogie al que está a mi derecha, por tanto, si
Agatón se sienta a continuación tuya, ¿no me elogiará de nuevo, en lugar
de ser elogiado, más bien, por mí? Déjalo, pues, divino amigo, y no
tengas celos del muchacho por ser elogiado por mí, ya que, por lo demás,
tengo muchos deseos de encomiarlo.
–¡Bravo, bravo! –Dijo Agatón–. Ahora, Alcibíades, no puedo de
ningún modo permanecer aquí, sino que a la fuerza debo cambiar de
sitio para ser elogiado por Sócrates.
–Esto es justamente, dijo Alcibíades, lo que suele ocurrir: siempre
que Sócrates está presente, a ningún otro le es posible participar de la
compañía de los jóvenes bellos. ¡Con qué facilidad ha encontrado ahora
también una razón convincente para que éste se siente a su lado!
Entonces, Agatón se levantó para sentarse al lado de Sócrates,
cuando de repente se presentó ante la puerta una gran cantidad de
parrandistas y, encontrándola casualmente abierta porque alguien
acababa de salir, marcharon directamente hasta ellos y se acomodaron.
Todo se llenó de ruido y, ya sin ningún orden, se vieron obligados a
beber una gran cantidad de vino.
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