Un “Titanic” alemán, cuyo hundimiento se ha ocultado…

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Se acaba de celebrar el centenario de la tragedia del Titanic. Por razones perfectamente comprensibles, el hundimiento del transatlántico ha venido atrayendo la curiosidad popular durante generaciones. Y, sin embargo, la del Titanic está lejos de constituir la mayor catástrofe de la historia de la navegación.

En los últimos días de enero de 1945 la II Guerra Mundial estaba tocando a su fin. Aterrorizados por la avalancha que se les venía encima, millones de alemanes del este se habían lanzado frenéticamente hacia poniente en medio de un frío atroz, arrastrando apenas unos pocos enseres personales. Huían de la persecución del Ejército Rojo, que, como una plaga de langosta, caía sobre los refugiados, asesinando, incendiando y violando, en una orgía de destrucción que nunca parecía encontrar satisfacción.

En las playas bálticas de Prusia oriental, los tanques de Rokossovski se complacían en aplastar bajo sus cadenas a los miles de ancianos, mujeres y niños que buscaban escapar hacia Occidente. Göbbels, el ministro de Propaganda del III Reich, publicitaba las atrocidades soviéticas para infundir en las tropas alemanas la decisión de resistir a cualquier precio. El líder nazi no necesitaba exagerar: la realidad ya era lo suficientemente terrible. En la psique colectiva germana había prendido con fuerza la matanza de Nemmersdorf, con sus niños de pecho estrellados contra las paredes y sus mujeres masivamente violadas y crucificadas en las puertas de los graneros.

En esa atmósfera de pánico, los civiles alemanes se habían lanzado hacia los puertos del Báltico tratando de alcanzar la salvación por mar. El gran almirante Dönitz, jefe de la Marina de Guerra alemana, diseñó una gigantesca operación de evacuación: la operación Aníbal. Para su ejecución contaba con cuatro grandes buques, uno de los cuales, el mayor de todos, era el Wilhelm Gustloff, bautizado así en honor de un líder nacionalsocialista suizo asesinado en 1936.

En la rada del puerto de Gotenhafen se hacinaban muchos miles de refugiados, tratando de abandonar la región en dirección a Hamburgo. Desde hacía horas, el Gustloff albergaba una cantidad de personas que rebasaba con mucho su capacidad; las autoridades llegaron a admitir algo más de seis mil, pero la realidad es que seguía afluyendo un número creciente de refugiados, en tan penoso estado que resultaba difícil de rechazar. Como tenían prioridad las mujeres con niños pequeños a la hora de embarcar, las madres, una vez a bordo del buque, lanzaban a sus hijos por la borda para que fueran recogidos por otro miembro femenino de la familia a fin de facilitarles el acceso al Gustloff. No pocas criaturas cayeron al agua helada o en manos extrañas.

Héroe de la Unión Soviética

Se calcula que, cuando el Wilhelm Gustloff zarpó, al mediodía del 30 de enero, habían accedido al navío, por distintos medios, unas 10.600 personas. En el Báltico, el tiempo era pésimo. El cielo estaba cubierto de espesas nubes grises, y el mar amenazaba temporal. Hacía tanto frío que la cubierta se encontraba helada. A la hora de la partida, la temperatura era de 10ºC bajo cero, pero la sensación térmica era incluso inferior. Nevaba y soplaba un fuerte viento helado. El agua estaba al punto de la congelación y, al hacerse de noche, el termómetro bajó aún más. El casco del buque chocaba continuamente con grandes trozos de hielo.

El capitán del Gustloff puso proa hacia un convoy militar que patrullaba en aguas profundas, en lugar de ceñirse a la costa, por considerarlo más seguro. Tratando de evitar a la aviación y la Marina soviéticas, el buque navegaba con las luces apagadas. Pero al hallar el convoy de la Kriegsmarine, y como la visibilidad era muy mala, el capitán del Gustloff ordenó encender las luces durante unos instantes, para hacerse visible por los buques de guerra. Aquella decisión resultó fatal: exactamente en ese instante, el submarino soviético S-13 se hallaba vigilando la línea del horizonte, y pudo observar el encendido de la iluminación de posición del Gustloff. El capitán del submarino, Alexander Marinesko, ordenó hacer fuego sobre el buque lanzando hasta tres torpedos, con tal suerte que todos ellos impactaron contra el casco.

No había suficientes botes para todos, y los chalecos apenas servían para unos minutos; en aquellas aguas heladas nadie podría sobrevivir. El pánico desatado tras las explosiones alcanzó el cenit al escorarse el navío. Algunos de entre quienes habían encontrado plaza en los botes cayeron al mar, golpeados por el fuerte oleaje. En menos de cincuenta minutos, el Gustloff se hundió. Los pocos que habían logrado ganar la suficiente distancia y ponerse a salvo, pudieron oír durante unos instantes los gritos desesperados de las mujeres y los llantos de los niños ascendiendo desde las entrañas del mar, hasta que este se los tragó, silenciándolos.

Aunque unos pocos torpederos y dragaminas alemanes extendieron sus redes sobre la superficie del mar y recogieron a los 1.239 supervivientes, el helado Báltico se convirtió en la sepultura de 9.343 personas, de las que unas 3.000 eran niños. Unas pérdidas seis veces superiores a las del Titanic.
En Moscú, las autoridades propusieron al capitán Marinesko para la más alta distinción de la patria comunista: Héroe de la Unión Soviética.

El Goya a pique

La evacuación de las zonas orientales del Reich que tuvo lugar en 1945 consiguió salvar de las garras soviéticas a unos dos millones de alemanes que, de otro modo, quizá hubieran sufrido un destino mucho más duro.
Pero el episodio del Wilhelm Gustloff no fue único de su género. Se repitió el 16 de abril de 1945, cuando el barco hospital alemán Goya, que también había salido de la bahía de Danzig, fue atacado por un submarino soviético con dos torpedos, que lo hundieron en siete minutos. La rapidez del naufragio significó que apenas pudieran salvarse 165 personas.

Se calcula que entre 6.500 y 7.000 refugiados fueron engullidos por el mar, hasta descender los 80 metros que los depositaron en el fondo del Báltico, en lo que fue -y sigue siendo- el segundo naufragio más mortífero de la historia.

Vladimir Konovalov, capitán al mando del submarino L-3, recibió la correspondiente medalla como Héroe de la Unión Soviética.

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Fuente:

http://www.intereconomia.com/noticias-negocios/claves/todos-los-detalles-hundimiento-titanic-un-mapa-interactivo-20120417

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