La filosofia, maestra de vida….. por Mónica Cavalle

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Santillana Ediciones Generales, SL (tel 917449066) publicó en el año 2004 una obra de Monica Cavalle,

doctora en  Filosofia, titulada “La filosofia, maestra de vida”.

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*** EL SENTIDO FILOSÓFICO DE LA VIDA HUMANA Mónica Cavallé

“El ansia de conocer aquello de donde nacen todos los seres, lo que les hace vivir después de nacer, hacia lo que todos caminan y en lo que han de hundirse finalmente: Eso es Brahman.” (Taittirîya Upanishad, III, I, I)

  1 Eight Upanishads. With the Commentary of Sankarâcârya, Vol. I. Transl. by Swami Gambhirananda. Calcutta: Advaita Ashrama, 19892, p. 391 1.

Introducción ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Cuál es la razón de ser y la finalidad o propósito de la vida y de la existencia humana? ¿Por qué hay algo, y no más bien nada? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué y para qué estamos aquí? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestra función en la vida? ¿Todo acaba tras la muerte? ¿Es esto todo lo que hay: una vida incierta y breve, salpicada de dolores y alegrías, y más aún de momentos anodinos, en medio de dos oscuridades eternas? ¿Cuál es el sentido o el valor del sufrimiento? ¿Existe un objetivo último que pueda dar sentido a nuestras luchas y dolores, y dirección a nuestros anhelos y a nuestra acción? La búsqueda de sentido quizá haya sido la indagación más apasionada del género humano, una búsqueda que ha constituido el aliento de incontables religiones y filosofías. Estas últimas, en todas las épocas y culturas, han buscado dar respuesta a preguntas como las anteriormente formuladas o al menos indagar en si es posible alcanzar tales respuestas, es decir, en si se trata de preguntas con sentido o sólo modos de hablar sin referente real. Esas preguntas, como la propia filosofía, conciernen a todo ser humano en cuanto tal, aunque sólo unos pocos procedan a una elaboración de las mismas consciente y rigurosa. Dicho de otro modo: no es posible eludir dichas preguntas como no es posible escapar a la filosofía. No se ha preguntado por el sentido de la vida únicamente allí donde la instalación aproblemática y acrítica del individuo en un determinado contexto socio-cultural con asunciones filosóficas y/o religiosas muy nítidas y unívocas, le ha proporcionado respuestas vicarias que han aplacado su propia indagación. Durante muchos siglos la pregunta por el sentido de la vida encontró respuesta, dentro de nuestro marco cultural, en la existencia de un Creador del Cosmos, fundamento de todo lo existente, cuyo plan redentor rige la historia global e individual, garantizando la pervivencia tras la muerte y dotando de un significado particular a la vida presente, en especial, a sus aspectos más insatisfactorios o dolorosos. En efecto, para la visión del mundo cristiana, que dominó Europa desde el siglo IV hasta el siglo XVII, la existencia en su conjunto se hallaba bajo la providencia de un dios personal; la vida en su totalidad y la vida de cada cual estaban sujetas a la economía y al gobierno divinos, a su voluntad inescrutable pero benéfica, y tenían, por tanto, un sentido y un propósito inequívocos. Buena parte de la filosofía de esos siglos, en su condición de sierva de la teología, sostuvo y buscó justificar racionalmente dicha visión del mundo a la que remitía en su pregunta por el sentido de la existencia humana. Esta visión, mayoritariamente asumida en Occidente durante siglos, comenzó a quebrarse coincidiendo con la consolidación y el triunfo de la ciencia moderna. Esta última no negaba necesariamente la existencia de Dios, como muestra el auge del Deísmo entre muchos filósofos y científicos de la Ilustración, para quienes el orden del mundo revelado por la Nueva Ciencia evidenciaba al Eterno Geómetra2. Para el deísta, Dios es el creador del universo, pero no interfiere arbitrariamente en los detalles de su obra, en la vida de los humanos ni en las leyes del universo, a través de las cuales se revela. Aún está implícita en esta cosmovisión la confianza en el orden del mundo, en la bondad de su origen o fundamento, y en la razón humana, que es capaz de desentrañar dicho orden. Pero el paso siguiente ya estaba servido: si hay un orden inteligente implícito en la naturaleza, ¿por qué recurrir a Dios? ¿No cabe explicar el mundo sin la necesidad de una hipótesis divina? El mismo orden del mundo que a los ojos del deísta evidenciaba la existencia de Dios, para muchos revelaba un mundo autosuficiente que abocaba a la negación del principio divino. De aquí que el deísmo conviviera con un ateísmo creciente que alcanzaría un auge significativo en el siglo XIX. (…/…)

FUENTE: http://www.monicacavalle.com/wp-content/subidas/2013/01/El-sentido-de-la-vida-humana.pdf —- .

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