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29 de junio de 2019

“fascista” y cristiano?

23 de junio de 2019

Los Protocolos de los sabios de Frankfurt (1): Espartacus en Sion

22 de junio de 2019

Los Protocolos de los sabios de Frankfurt (1): Espartacus en Sion

24 marzo 2019

Los Protocolos de los sabios de Frankfurt (1): Espartacus en Sion

Laureano Benítez Grande-Caballero.- En la madrugada del 30 abril de 1776 ―«la noche de Walpurgis»―, en un bosque próximo a Ingolstadt (Baviera, Alemania), a la luz de las antorchas, cinco personas se reunieron para fundar una nueva orden secreta: los «Perfectibilistas», o «Illuminatis». Al frente de ellos estaba Adam Weishaupt (en la imagen), un ex sacerdote jesuita alemán de origen judío.

En esa reunión se fijaron las reglas por las que se regiría la nueva orden iniciática, cuyo objetivo era difundir el verdadero conocimiento, o iluminación, sobre los fundamentos de la sociedad, el estado y la religión, liberando progresivamente a los cristianos de todos los prejuicios religiosos, y creando «un Estado en el que florezcan la libertad y la igualdad, un Estado libre de los obstáculos que la jerarquía, el rango y la riqueza ponen continuamente a nuestro paso», y con ello «no tardará en llegar el momento en el que los hombres sean libres y felices».

Bajo el sobrenombre de «Spartacus» ―ya que afirmaba ser un libertador de la conciencia humana, arrancando al hombre de los dogmas y las religiones que lo esclavizaban―, la orden creció rápidamente, generosamente financiada por el plutócrata judío Mayer Amschel Rothschild, pero en apariencia desapareció cuando fue prohibida en el estado de Baviera, en 1784. Sin embargo, no sucedió lo mismo al otro lado del Atlántico, ya que en 1785 se fundó la «Logia Colombia de la Orden de los Illuminati» en New York, en la que figuraba como miembro el mismo Thomas Jefferson. De esta logia derivó la Orden de Los Illuminati en Estados Unidos, que a inicios del siglo XX se le conoció como «Grand Lodge Rockefeller».

Desde entonces, se ha mantenido constante la presencia de Los Illuminati en Estados Unidos, subsumidos en sociedades iluministas como «The Order», «Skull and Bones» ― fundada en la Universidad de Yale en 1832―, y «The Shriners», de 1870.

Pero lo más sorprendente de la supuesta presencia illuminati en Estados Unidos es que algunos de sus símbolos aparecen en su sello y en el reverso de los billetes de un dólar: el «ojo que todo lo ve», u «ojo de la providencia» ―símbolo también usado por la masonería para representar al Gran Arquitecto del Universo― que aparece coronando una pirámide truncada de 13 escalones, que, aunque parezca indicar los trece estados originarios de la nación americana, también son precisamente los grados de iniciación de los illuminati. Muchos de los símbolos, tanto del sello como del billete, están asociados a este número, de clara resonancia ocultista.

Símbolo ‘Illuminati’.

Bajo la pirámide, figura la leyenda «Novus Ordo Seclorum» ―«Nuevo Orden Secular»―, que no es difícil traducir como «Nuevo Orden Mundial».

Sin embargo, donde es más factible ver la presencia de simbología illuminati es en el búho que aparece oculto en la esquina de la filigrana de la derecha, en la parte superior izquierda del escudo que rodea el nº 1, ya que este animal es como la «mascota» illuminati, pues estaba asociado a la diosa de la sabiduría, Minerva, ya que sus ojos siempre abiertos que penetran en la oscuridad simbolizan la búsqueda del conocimiento. Precisamente, algunos grados de iniciación illuminati se llaman minervales.

El diseño del sello se aprobó el 20 junio 1782 en el Congreso de los Estados Unidos, y después fue introducido en el billete de dólar en 1935 por el presidente Roosevelt, masón del grado 32 del rito escocés, y también miembro de los Shriners.

El programa illuminati ―tal y como lo exponía Nesta Webster (1876-1960), historiadora británica especializada en teorías de la conspiración― tenía los siguientes puntos:

– Abolición de la monarquía y de todo gobierno organizado según el Antiguo Régimen.

– Supresión de la propiedad privada de los medios de producción para individuos y sociedades, con la consecuente abolición de clases sociales.

– Abolición de los derechos de herencia en cualquier caso.

– Destrucción del concepto de patriotismo y nacionalismo, y sustitución por un gobierno mundial y control internacional.

– Abolición del concepto de la familia tradicional y clásica.

– Prohibición de cualquier tipo de religión ―sobre todo la destrucción de la Iglesia Católica Apostólica y Romana―, estableciendo un ateísmo oficial.

La pirámide con ojo, en el dólar americano

Este programa, como se ve fácilmente, constituyó la base de las revoluciones jacobinas y de la revolución rusa, y está en el mismo eje del pensamiento políticamente correcto que constituye hoy el fundamento de las ideologías izquierdistas-globalistas.

Asimismo, concuerda bastante en sus líneas maestras con el contenido de los famosos Protocolos de los Sabios de Sion, un documento en el cual se expone una supuesta conspiración sionista para el dominio del mundo, sometiendo despóticamente a los gentiles («goyim»). Fue publicado por primera vez en la Rusia zarista del 26 de agosto al 7 de septiembre de 1903, en el periódico de San Petersburgo Znamya («La Bandera»), bajo el título de Programa para la conquista del Mundo por los judíos. En 1905, los protocolos aparecieron insertos en una obra de Serguei Nilus, titulada «Lo grande en lo pequeño: el Anticristo considerado como una posibilidad política inminente». Esta obra se había publicado en 1901 y 1903, pero en estas sesiones no se incluían los protocolos. La edición de 1905 se titulaba «Está cerca la puerta… Llega el Anticristo y el reino del Diablo en la Tierra», y sería la versión que encontraría más amplia difusión.

La Orden de los Iluminati

Una opinión extendida considera que son un torpe plagio de la obra «Diálogo en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu», obra de Maurice Joly en la que se criticaba el gobierno de Napoleón III.

Su objetivo aparente era la justificación ideológica de las persecuciones que sufrían los judíos, y fundamentaba su origen en la transcripción de unas supuestas reuniones de los «sabios de Sión» ―desarrollada en el primer Congreso Sionista celebrado en Basilea en 1897― en la que éstos exponen su plan para hacerse con el poder mundial, conspiración que justificaba para sus autores que los judíos fueran perseguidos, por lo cual estos protocolos se consideran generalmente como un espúreo libelo antisemita.

La obra de Nilus se divide en 24 protocolos, cuyo telón de fondo parece ser la justificación del régimen autocrático zarista y la corrupción del liberalismo, pero que, vistos desde una óptica actual, exponen una planificación para el control del mundo que guarda una asombrosa semejanza con la estrategia conspirativa que la plutocracia globalista está implementando en la actualidad para el advenimiento del NOM, puesto que muchos de sus puntos programáticos son ya una auténtica realidad en nuestras sociedades, y constituyen los principales postulados de la ideología globalista «políticamente correcta»: libertad ficticia en la política, promoción de tendencias subversivas en la ciencia y el arte, guerras económicas, guerras mundiales y conflictos internos, revoluciones mundiales, derechos ficticios para las masas, establecimiento del comunismo, control de la prensa, corrupción de la política y de sus leyes, embrutecimiento de los jóvenes mediante una educación fundada en teorías y principios falsos, educación superficial y abolición de la libertad de enseñanza, promoción de distracciones para evitar la reflexión, destrucción del cristianismo y las demás religiones, descrédito de los sacerdotes cristianos, culto al dinero, manipulación y falsificación de la historia, control especulativo de la economía, crisis económicas y generación de deuda de los gobiernos por medio de empréstitos, gobierno mundial, destrucción de nacionalidades y fronteras, propagación del materialismo…

Imagen de Karl Marx, en 1870

Luego llegó un judío, llamado Karl Mordecai Marx, y, con estos postulados, creó los «Protocolos» del comunismo.

FUENTES:

Los Protocolos de los sabios de Frankfurt (1): Espartacus en Sion

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (2): Marx en los infiernos

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas


https://noticierouniversal.com/actualidad/los-protocolos-de-los-sabios-de-frankfurt-2-marx-en-los-infiernos/

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (2): Marx en los infiernos

21 de junio de 2019

13 abril 2019


Imagen de Karl Marx, en 1870

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Si el primer rebelde de la historia fue Lucifer, que se sublevó contra Dios en su pretensión de «asaltar los cielos», su más fiel lacayo, su chambelán predilecto fue Kissel Moses Mordecai Levi Marx, «el gurú rojo», jugador, bebedor —asiduo del Club de la Taberna, de Tréveris—, amante de orgías, casado con una aristócrata prusiana —él, tan amigo de los proletarios—

Marx era descendiente de una familia de rancio abolengo talmúdico. El autor Wolfgang Waldner sugiere que Marx trabajó inicialmente como espía de la policía para el régimen prusiano. Algo sucedió en el transcurso de su actividad que le obligó a mudarse a Londres en 1848, huyendo de la policía prusiana. ¿Dónde recaló?: pues en casa de los Rothschild, ¡oh, casualidad!


Jacob Rothschild

La familia Rothschild descendía del judío Amschel Moses Bauer (1710-1755), quien fundó en el nº 69 de la Judengasse de Frankfurt un negocio de orfebrería y cambio de monedas. El nombre «Rothschild» significaba «escudo rojo», pues ése era el distintivo que colgaba a la entrada de la tienda, ya que el rojo era el pabellón de los judíos protestantes en el este de Europa.

Al parecer, fue su hijo Mayer Amschel Bauer quien adoptó ese nombre como apellido y distintivo de la dinastía, cuando heredó el negocio de su padre.


La Orden de los Iluminati

Los Rothschild pertenecían a la logia masónica Judenlodge, ubicada en el mismo Frankfurt. Michael Hess, director de la escuela judía reformada Philantropin, también fue una figura destacada de esta logia. Lo que son las cosas, fue uno de los gurús de Marx. ¡Oh, casuaidad!

Como ya en el último tercio del XVIII los judíos cabalistas ejercían el control de las finanzas mundiales a través de la familia Rothschild, se planeó capturar el poder político a través del trabajo de Adán Weishaupt, con la creación de la orden Illuminati, obra de una troika formada Mayer Amschel Rothschild, Weishaupt, y Jakob Frank, un judío polaco que era el líder de la Cábala en 1783.

Mayer fue el financiador de Weishaupt, y a él se le atribuye una tremenda frase con la que explicaba el horizonte último de la democracia y los poderes mundiales: «No importa a quién vote el pueblo: siempre nos votará a nosotros».


Mayer Amschel Rothschild.

En 1872, el cuartel general Illuminati se trasladó a Frankfurt —por cierto, la sede de los illuminati en Ingoldstadt se convirtió en sinagoga—, hecho bastante revelador, a lo cual hay que añadir otra curiosa «coincidencia»: en Frankfurt se fundó también la escuela de sociología que elaboró el marxismo cultural. Otra casualidad.

El verdadero ideólogo de los Illuminati fue Jakob Frank, cuyo horizonte era subvertir las religiones del mundo, estrechamente emparentado con el objetivo sionista de la Cábala de instituir un gobierno global para que sea gobernado por el Mesías esperado.

La ideología de Jakob Frank fue decisiva para la elaboración del «Manifiesto Comunista» por Karl Marx, ya que el cabalista rechazaba todas las leyes morales, y declaraba que la única forma de llegar a una nueva sociedad era a través de la destrucción total de la civilización actual, para lo cual el asesinato, la violación, el incesto y el beber sangre eran acciones perfectamente aceptables y rituales necesarios. De esta metodología subversiva cabe colegir que el tal Frank era satanista: y lo era.


Lionel Nathan Rothschild

El cabeza de la dinastía en 1848, a la llegada de Marx a Londres, era Lionel Nathan Rothschild, quien era el verdadero líder en la sombra del Comunismo marxista, porque los Rothschild y otros banqueros estaban acometiendo desde hace tiempo la tarea de la promoción del sionismo a través de las ideas liberales, masónicas y protestantes que bullían en el ambiente de la época desde principios del siglo XIX —incluso se llegó a atribuir a Lionel la redacción de «Los Protocolos de Sion»—.

Una de las claves de este sionismo era el odio visceral a Rusia, que Marx compartía plenamente, porque el Imperio zarista era el bastión más inexpugnable del cristianismo, y porque consideraban a las razas eslavas de orden inferior.

Marx estaba emparentado curiosa y sospechosamente con Lionel, hasta el punto de que eran primos terceros de sangre: Nathan Mayer Rothschild se casó con Hannah Barent-Cohen, hija de Levi Barent-Cohen; y Lydia Diamantschleifer —nieta por vía paterna de Barent Cohen, cuyo otro hijo Salomon David Barent-Cohen— se casó con Sara Brandes, bisabuela de Karl Marx.

Marx fue el agente utilizado por los Rothschild una subvertir la democracia, y controlar el naciente socialismo, que ya existía en Alemania, Gran Bretaña, Francia y otros lugares. Fue así como Lionel Nathan suministró cuantiosos fondos a Marx, por valor de miles de libras esterlinas. Dos de los cheques que demuestran estas donaciones se puede ver en el Museo Británico —posteriormente, la familia Rothschild también donó ingentes cantidades de dinero a Leon Bronstein, más conocido como el camarada «Trotski», para financiar la revolución bolchevique—.


Friedrich Engels

A estos fondos hay que sumar los cerca de 6 millones de francos franceses que le dio su amigo Friedrich Engels, según el Instituto de Estudios Marxistas-leninistas de Moscú.

Marx también recibía donaciones de dinero por parte de sociedades secretas, como la «Liga de los Justos», muy relacionada con la «Societé des Saisons» —la Sociedad de las Estaciones—. Todas estas sociedades ocultistas trabajaban inspirando las revueltas de las masas y los movimientos revolucionarios, obreros y sindicales. Él mismo pertenecía —al igual que Engels—, a la sociedad «Hermandad Obrera». Su pertenencia masónica es muy clara, como se puede ver en las fotografías done Marx posa haciendo «la señal del maestro del segundo velo», consistente en introducir la mano derecha bajo la chaqueta, al estilo de Napoleón, otro masón. Lenin y Stalin también posaron de esa guisa, por cierto.

Aunque en apariencia pocos intereses comunes puede haber entre los «banksters» y un movimiento proletario que busca la eliminación de las castas burguesas dirigentes y explotadoras, es preciso tener en cuenta que tanto la extrema derecha como la extrema izquierda son colectivistas, y se basan en un estatalismo totalitario favorecedor de monopolios y centralismos, objetivo muy apetecible para la plutocracia financiera, siempre ávida de acaparar todos los recursos posibles y eliminar la competencia, «un pecado», en palabras de John Rockefeller.

¿Qué puede haber en común entre el socialismo y un banco líder?: el punto es que el socialismo autoritario, el comunismo marxista, exige una fuerte centralización del Estado. Y donde hay una centralización del Estado, necesariamente debe haber un banco central, y donde tal banco existe, se especula con el trabajo de los pueblos.


John D. Rockefeller

Como señala Anthony Sutton en su obra «Wall Street y la Revolución bolchevique», «El control monopolista de las industrias fue una vez el objetivo de J. P. Morgan y J. D. Rockefeller, pero, hacia el final del siglo XIX, Wall Street comprendió que el modo más eficiente para conseguir un monopolio sin rival era meterse en la política, y conseguir que la sociedad trabajara para los monopolistas, bajo el disfraz del “bien público”».

Bakunin —primero colaborador y después agrio opositor de Marx—, en su «Carta a los internacionales de Bolonia» destapa la colaboración entre Lionel Nathan y Marx, afirmando del banquero que «teniendo un pie en el banco, acaban de colocar en estos últimos años otro pie en el socialismo», y haciendo del sionismo el elemento aglutinador de esa aparente amistad contra natura: «La solidaridad judía, esta solidaridad tan fuerte que se mantuvo a lo largo de la historia, los une […] Este mundo está ahora, al menos en su mayor parte, a disposición de Marx por un lado, y de Rothschild por el otro».

En definitiva, el comunismo delineado por Marx bajo las órdenes y la guía de los «banksters» y las sociedades secretas era promover una «revolución mundial» de diseño, científicamente planificada y dirigida, para llegar al Nuevo Orden Mundial —como afirmaba H. G. Wells en una obra publicada en 1939 sobre el NOM—. Ahondando más en el tema, Aldous Huxley vaticinaba que esta utopía totalitaria llegaría a través del caos social, según la alquimia ocultista condensada en la frase «Solve et coagula», que impondría un nuevo feudalismo con señores y esclavos.

Esta idea aparece claramente formulada en Los Protocolos de los Sabios de Sion: «Nuestra misión es aparecer como los libertadores del trabajador. Debemos hacerles creer que van a salir de la opresión si ingresan en nuestros ejércitos socialistas, anarquistas y comunistas. Debemos hacerles ver que les ayudamos con espíritu de fraternidad, que estamos animados por esa solidaridad humana que pregona nuestra masonería socialista».

Bajo el slogan de «Proletarios de todo el mundo, uníos», y «El Manifiesto Comunista», el movimiento revolucionario y socialista inspirado por Marx y Engels comenzó a utilizar la estrella roja de 5 puntas como símbolo de su ideal socialista, curiosamente igual que el pentagrama, el emblema ocultista y de las órdenes satánicas.

Y, todavía más curioso, esa estrella roja de 5 puntas que pasó a ser el emblema del comunismo era prácticamente idéntica al «escudo rojo» de los Rothschild.

El objetivo del «Manifiesto Comunista» —financiado también por Lionel— era plasmar en un programa teórico-práctico los principios illuminati pergeñados por Weishaupt y su logia de «perfectibilistas», a través de lo que podríamos llamar «protocolos comunistas», donde se recogen a la perfección los principios illuminati para la subversión del mundo, condensados en la frase: «Echemos a los capitalistas de la tierra, y a Dios del cielo». Aquí vemos en toda su magnitud el eslogan revolucionario satánico de «asaltar los cielos».

Los protocolos comunistas del «Manifiesto» se integraron íntegramente en los «Protocolos de los Sabios de Sion», los cuales sirvieron de base ideológica y de praxis subversiva a la revolución de octubre de 1917 —protagonizada por una troika judeomasónica, y financiada generosamente por la gran banca judía de Wall Street: Rothschild, Jakob Schiff, Warburg, Kuhn&Loeb, Rockefeller…—, que encarnó en Rusia la dictadura comunista, es decir, la dictadura illuminati: el anticipo del NOM, en una palabra.

En resumidas cuentas, el comunismo no fue sino el ensayo, el anticipo del futuro Gobierno Mundial, que se caracterizará por el totalitarismo, el despotismo, la tiranía de una nomenklatura de plutócratas ―que sustituirá a la nomenklatura de funcionarios bolcheviques ―, el sometimiento total de masas esclavizadas, la exacción de todos los recursos de la Tierra, la destrucción del cristianismo, y la entronización de Belcebú, quien inspiró todos los protocolos y manifiestos en los que se fundamentó el bolchevismo.

Belcebú, porque Marx fue satanista, como él mismo confiesa en sus tremendos poemarios, donde proclama con rotundidad que para él el socialismo no era más que un pretexto, puesto que su objetivo final era el diabólico plan de arruinar a la humanidad por toda la eternidad, asaltando los cielos con su proletariado para llevarnos a los infiernos:

«Por tanto, el cielo he perdido,/ esto yo bien lo sé./ Mi alma, otrora fiel a Dios,/ seleccionada está para el infierno».

«Ese arte, Dios ni quiere ni rechaza, salta al cerebro desde la negra niebla del Infierno. Hasta el corazón embrujado, hasta que los sentidos titubean: con Satán he hecho mi trato».

«Los vapores infernales suben y llenan la mente,/ hasta que enloquezco y mi corazón es totalmente cambiado./ ¿Ves esta espada?:/ el Príncipe de las Tinieblas me la vendió./ Para mí marca el compás, y da las señales./Cada vez con más osadía, toco el baile de la muerte».

FUENTE:

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (2): Marx en los infiernos

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas

20 de junio de 2019

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas

17 junio 2019

Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- La Historia de la Humanidad ha sido la crónica de una apocalíptica batalla entre el Bien y el Mal, entre la Luz y las Tinieblas, entre ángeles y demonios, entre Cristo y Lucifer, contienda que, aunque disfrazada de luchas de clases, de imperios, de élites plutocráticas, de religiones y razas, se inició con el big bang y en la actualidad ya se muestra a cara descubierta, sin máscaras ni cortinas de humo, en toda su crudeza armagedónica.

El movimiento gnóstico incubado en las esfinges, en los cenáculos de Sumeria, Babilonia y Egipto, de claro componente luciferino que les inyectaba la rebelión del hombre contra Dios como su más pura esencia, reptó sibilinamente enroscado en el tronco del cristianismo, como una mandrágora venenosa, que floreció en el humanismo renacentista, en el protestantismo, en la masonería, y que sistematizó su propuesta subversiva en los protocolos de los illuminati, los cuales fueron recogidos y ampliados por el satanismo marxista. Esta corriente destructora de la civilización cristiana desembocó en los Protocolos de los Sabios de Sion, y el conjunto de estas doctrinas luciferinas fue el dogma revolucionario que nutrió la revolución bolchevique.

Los luciferinos leninistas pensaron que la revolución recién implantada en Rusia, que había liquidado el imperio cristiano más grande del mundo, se extendería rápidamente a otros países, pero sus cálculos fallaron, ya que en la totalidad de Europa no se produjo la esperada movilización proletaria que dinamitara las democracias burguesas.

¿Por qué este fracaso revolucionario? La respuesta a este misterio de la acedía obrera la proporcionó el teórico marxista Antonio Gramsci (1891-1937), fundador del Partido Comunista italiano, quien estaba convencido de que la subversión comunista no se había producido en los países occidentales debido a que en ellos tenía un dominio absoluto la cultura tradicional fundamentada en el cristianismo, por lo cual era preciso exterminarla si se querían conseguir los objetivos revolucionarios.

El cristianismo era, según Gramsci, el freno mayor, el impedimento y barrera que no dejaba avanzar la revolución en Occidente. Para contrarrestar esto, Gramsci decía que había que extirpar por todos los medios la cultura cristiana occidental en un “combate cultural”, al que él llamaba “camino largo” o “marcha larga”.

Esta “marcha larga” debía dirigirse hacia todas las instituciones: universidades, escuelas, museos, iglesias, seminarios, periódicos, revistas, hoy día también televisión, cine, etc., desde donde se propague una anti-cultura que acabe con los cimientos y las convicciones de la cultura cristiana occidental para que la gente, una vez debilitada en sus convicciones, se adhiera a los ideales marxistas que antes habían rechazado de forma natural.

Como afirma el ex-analista de la CIA Roniel Aledo (https://www.actuall.com/ criterio/democracia/como-el-marxismo-cultural-de-la-escuela-de-frankfurt-invento-la-persecucion-al-disidente/): «Los hombres eran hombres y se comportaban como tales, las mujeres eran mujeres y se comportaban como tales, la gente creía en Dios, los europeos estaban orgullosos de su historia, los franceses seguían orgullosos de su imperio, los británicos seguían orgullosos de su imperio, los españoles seguían orgullosos de haber colonizado un nuevo mundo, todos daban por seguro que la cristiandad era la verdadera religión y las otras religiones falsas. Y todos seguían defendiendo que el “todo” Occidental […] era superior a las otras culturas.

Destruir la civilización cristiana tenía que ser, por consiguiente, el objetivo de un nuevo marxismo, el «marxismo cultural», corpus ideológico creado por Gramsci, encaminado no a asaltar palacios, ni a combatir en barricadas callejeras, sino a destrozar las sociedades cristianas infiltrándolas con ideologías corruptas, subversivas y pervertidoras. Este marxismo cultural constituye en la actualidad la ideología dominante del sistema mundo, la base del pensamiento «políticamente correcto» que ha provocado la degeneración del sistema mundo, orientado hacia el despotismo luciferino del NOM.

Estamos, pues, ante una metamorfosis de la cosmovisión marxista, ante un monstruoso alien incubado en el vientre del bolchevismo, sólo que su ámbito de actuación ahora, en vez de ser la agitación política, es la cultura y la sociedad.

En efecto, finiquitado el comunismo como movimiento político, debido al enorme descrédito con que le han desprestigiado sus fatídicas encarnaciones en algunos países ―apoteosis de gulags, checas, campos de concentración, purgas, carestías y genocidios―, el bolchevismo luciferino se ha travestido de pensamiento «políticamente correcto» ―es decir, sometido a las despóticas imposiciones de la ideología NOM―, que infecta la civilización occidental con el objetivo de destruir sus valores tradicionales.

Aunque muchos de sus principios ya estaban anunciados en el marxismo como movimiento económico y sociopolítico, el marxismo cultural es una ideología que tiene como objetivo subvertir los valores tradicionales y los principios fundamentales en los que se asienta una sociedad: familia, religión, sexualidad, raza, nación, arte, moralidad, tradiciones… Enraizado en lo que sus ideólogos llaman «progresismo», este movimiento acusa a los valores tradicionales de anticuados, represivos y opresivos, por lo cual aspira a su destrucción, creando las llamadas ―para decirlo con el lenguaje de George Soros, uno de los principales conspiradores del NOM― «sociedades abiertas», término acuñado por Karl Popper, el gurú ideológico del multimillonario judeohúngaro.

Así pues nace la teoría —después puesta en práctica con increíble éxito como vemos hoy día— de que hay que destruir todo (y a todos) lo que defienda o promueva el cristianismo, la familia tradicional, el rol natural del hombre y la mujer, las etnias autóctonas europeas, la superioridad de la literatura, arte, y música europea, la creencia en Dios, el orgullo en la historia europea —especialmente la conquista y colonización de otros continentes, culturas y religiones—, el heterosexualismo, y, en fin, todo lo que componía la cultura y realidad occidental cristiana.

Había que debilitar cual quintacolumna, desde dentro, la cultura de Occidente, debilitar la creencia en Dios, en la Ley Natural, en el orden natural de la sociedad y había que defender todo lo que fuera anti cristiano, anti Europa, anti Occidente».

Para llevar a la práctica la estrategia diseñada por Gramsci, surgió en Frankfurt en 1923 el «Instituto para la Investigación Social» o, simplemente, la «Escuela de Frankfurt» dirigida por el húngaro George Lukacs y financiada por Félix Weil, cuyos miembros eran casi todos neomarxistas judíos ―entre los que destacaban Max Horkheimer, Erich Fromm, Adorno, Habermas y Herbert Marcuse, y la proximidad a ella de Bertrand Russell y Albert Einstein―, y cuya base ideológica es una síntesis entre Marx y Freud. Identificado con el progresismo en todas sus vertientes, su principal instrumento de manipulación, control y censura es la llamada «corrección política».

Los principios «fundacionales» de esta escuela luciferinas eran los siguientes, y, aparte de su maldad intrínseca, causa verdadero pasmo al ver cómo casi 100 años después de su formulación hoy están tan de plena actualidad, que constituyen la ideología «políticamente correcta», es decir, la ideología globalista del NOM:

1. La creación de ofensas de racismo.
2. El continuo cambio para crear confusión.
3. La enseñanza del sexo y de la homosexualidad a los niños.
4. El debilitamiento de la autoridad de las escuelas y de los profesores.
5. Una inmigración enorme para destruir la identidad.
6. La promoción de la bebida excesiva de alcohol.
7. El vaciamiento de las iglesias.
8. Un sistema legal no fiable con prejuicios contra las víctimas de delitos.
9. La dependencia del Estado o de los beneficios estatales.
10. El control y la estupidización de los medios de comunicación.
11. El estímulo del quiebre de la familia.

En un estudio sobre la Escuela de Frankfurt publicado el 11 de diciembre de 2008 en el semanario católico The Wanderer, Timothy Matthews afirma que «Básicamente, la Escuela de Frankfurt creía que mientras un individuo tuviera la creencia, o incluso la esperanza de creer, de que su don divino de la razón podría resolver los problemas que enfrenta la sociedad, entonces la sociedad nunca alcanzaría el estado de desesperanza y alienación que se consideraba necesario para provocar una revolución socialista. Para socavar la civilización occidental, los judíos de la Escuela de Frankfurt pidieron la crítica más negativa y destructiva posible de todas las esferas de la vida.

Desestabilizar a la sociedad y ponerla de rodillas, diseñar el colapso, producir crisis y catástrofes, esto se convirtió en el objetivo de estos revolucionarios judíos mal adaptados y mentalmente disfrazados de intelectuales de alto poder».

Con estas premisas ideológicas, el propósito del marxismo cultural era destruir todo lo que hasta entonces había sido la Civilización Occidental: la cultura, la Ley Natural, los roles masculino y femenino, la creencia en Dios, todo lo pro-europeo, todo lo pro-cristiano. Real como la vida misma, hasta el punto de que causa verdadero pasmo comprobar el enorme éxito que ha tenido en Occidente esta ideología tan perversa.

A la vista de estos postulados, se puede comprender con meridiana claridad por qué una de las armas para inocularlos en las sociedades occidentales es el alevoso fomento de la inmigración masiva hacia ella de gentes del Tercer Mundo con culturas y religiones ajenas a las europeas, y la imposición totalitaria de leyes que discriminan positivamente a todas las minorías que practiquen valores no-cristianos.

George Lukacs ―un aristócrata judeohúngaro hijo de un banquero― explicaba así su objetivo: «Vi la destrucción revolucionaria de la sociedad como la única solución para las contradicciones culturales de la época… Tal volteamiento mundial de valores no puede ocurrir sin la aniquilación de los antiguos valores y la creación de otros nuevos por los revolucionarios». Lukacs desarrolló la idea de «Revolución y Eros», que consistía en usar el instinto sexual como un arma de destrucción, y llegó a formular un deseo que expresa a la perfección el diabólico objetivo del marxismo cultural: «Quiero una cultura de pesimismo… un mundo abandonado pro Dios»… para dárselo al Diablo, claro está.

Y Horkheimer, otro de sus miembros distinguidos, precisaba más ese objetivo revolucionario en su «Teoría Crítica»: «La manera de destruir la civilización occidental era el ataque sistemático a todos sus valores asociados a ésta».

Desde este punto de vista defendía, por ejemplo, la destrucción del matrimonio y la familia con hijos, afirmando que el matrimonio puede ser cualquier tipo de unión donde intervenga la atracción sexual sin ningún fin concreto —¿nos suena esto de algo?—. Según Horkheimer, la revolución no sucederá con armas, sino más bien de manera progresiva, año tras año, generación a generación.

En esa misma línea, Fromm decía que la masculinidad y la feminidad no eran reflejo de diferencias biológicas, sino que era imposición debida a la “opresión” que los heterosexuales ejercían en la sociedad. Cualquier parecido de esta afirmación con la sociedad actual no es mera coincidencia, como vemos, porque no es ninguna casualidad que el mundo actual asista a la demolición de la familia a través del feminismo misándrico y la LGTBI, sin duda la estrategia más importante para el NOM a la hora de conseguir el Gobierno Mundial para el Anticristo.

Según el mismo Roniel Aledo, otra de las ideas clave de esta corriente ideológica era considerar a las personas de cultura occidental como una clase opresora por naturaleza, a la vez que se establecía que «la nueva clase oprimida y buena por naturaleza está constituida por todos los individuos de cultura, religión y etnias no occidentales o por las minorías que contradicen en sus acciones y pensamiento lo tradicional cristiano: todas las razas no blancas, homosexuales, inmigrantes del tercer mundo, feministas, ateos “científicos”, musulmanes, etc.

Otro judeomarxista afín a la Escuela fue Willi Münzenberg (1889-1940), que fue el primer presidente de la Internacional Comunista de la Juventud en 1919-1920, quien propuso como protocolo revolucionario «organizar a los intelectuales y usarlos para hacer que la civilización occidental apestara. Solo entonces, después de que hayan corrompido todos sus valores y hayan hecho la vida imposible, podemos imponer la dictadura del proletariado».

Acusado de revisionista por Stalin, los esbirros del NKVD lo capturaron y los colgaron de un árbol. Lo de siempre.
Herbert Marcuse fue probablemente el teórico más importante del grupo de Frankfurt —junto con Erich Fromm—, y ya en su ensayo «Tolerancia Represiva» patenta la ideología de lo «políticamente correcto», que condena y persigue totalitariamente cualquier disidencia a los dogmas del marxismo cultural impuestos a través del lavado de cerebro a las masas esclavizadas.

Adormecida por la Gran Depresión y la II Guerra Mundial, el marxismo cultural explotó en la década de los 60, con la floración del movimiento hippie, su primera manifestación clara en la sociedad occidental, movimiento en el que estaban ya incubados muchos de los principios de la ideología globalista que hoy infectan el mundo: banalización del sexo, drogas, ecologismo, destrucción de la familia tradicional, filosofía «Nueva Era», pensamiento antisistema, etc.

A raíz de esta «explosión», Occidente lleva más de 50 años siendo lobotomizado en esos malévolos principios, a través de la enseñanza y los medios de comunicación, lobotomización que ha provocado una pavorosa decadencia de la civilización occidental.

Ésta se describe magníficamente en la obra de Peirs Compton «The Broken Cross» (La cruz torcida, 1981), donde se afirma que «Hay un sentir en el exterior de que nuestra civilización está en peligro de muerte. Es un despertar reciente… Porque la civilización declina cuando la razón se pone de cabeza, cuando lo malvado y abyecto, lo feo y corrupto, son convertidos aparentemente en las normas de las expresiones sociales y culturales… cuando la maldad, bajo una variedad de máscaras, toma el lugar del bien […] Nosotros, los de esta generación… nos hemos convertido en las víctimas dispuestas, inconscientes, o resentidas de tal convulsión. De ahí, el aire de inutilidad que nos ha impregnado, un sentimiento de que el hombre ha perdido la fe en sí mismo y en la existencia como un todo… Nunca antes el hombre ha sido abandonado sin una guía o compás…. divorciado de la realidad… sin religión» (p. 1-3) […] Vemos… la obra de un plan de siglos y deliberado para destruir a la Iglesia desde adentro. Aun así hay más pruebas de todo tipo sobre la existencia de esa conspiración de las que hay sobre algunos de los hechos comúnmente aceptados de la historia… La orquestación secreta, que se ha ocultado a los académicos, así como a la mente del público, ha sido el trasfondo o la fuerza impulsora de gran parte de la historia mundial» (p. 4).

El programa Illuminati, el Manifiesto Comunista, los Protocolos de los Sabios se Sion, los postulados de la Escuela de Framfurt… todo este corpus luciferino tiene su icono, su logotipo, su símbolo…

Ya lo decía el masón Conde de Maistre (1753-1821), quien durante quince años había sido masón: «Hasta ahora, las naciones fueron asesinadas por conquista, es decir, por invasión. Pero aquí surge una pregunta importante: ¿puede una nación no morir en su propio suelo, sin reasentamiento o invasión, al permitir que las moscas de la descomposición corrompan en el mismo núcleo aquellos principios originales y constituyentes que lo hacen lo que es?».

Las moscas, sí…Corrompida la civilización cristiana, infectada, degenerada, degradada y podrida por la ideología del marxismo cultural, su putrefacción atrae a las moscas, que revolotean implacables alrededor de una cabeza de cerdo descompuesta que simboliza Occidente en la actualidad: cuadro dantesco para el inminente Armageddón.
Moscas comandadas por Belcebú, su Señor, el Señor de Weishaupt, de Marx, de Lenin, de Frankfurt, del NOM…

FUENTE:

Los protocolos de los sabios de Frankfurt (y 3): la apoteosis del Señor de las Moscas

KINSEY WOLANSKY

3 de junio de 2019

https://twitter.com/KinseyWolanski/status/1135191579604455425


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