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Carlos C R: “NO SOY NI SERÉ JAMÁS FEMINISTA”

9 de marzo de 2019

Carlos Corvalán Roldán

9 h ·
PUES A PESAR DE TODO, LO SIENTO. NO SOY NI SERÉ JAMÁS FEMINISTA.
Así es. Jamás seré feminista. Soy un ser humano, y por tanto una persona, y por tal, única e irrepetible, cuya existencia se circunscribe a su vida y viceversa, con la condición de hombre, y por tanto de varón y de macho, unos atributos de los que jamás me arrepentiré y de los que -menos aún- jamás renegaré. Por tanto ni quiero, ni puedo, ni debo, ser ni “femenino” ni “feminista”.

Lo primero porque sería un absurdo, porque cada uno somos lo que somos por la naturaleza, que nos hace nacer personas sexuadas, y por tanto diferentes, que no desiguales, y por tanto complementarias, que no opuestas y/o enfrentadas. No olvidemos que sexo y sexualidad vienen del latín “secare”, que significa “estar separado”. No en balde en el matrimonio se “casa”, esto es “se une a los diferentes”.

Lo segundo porque, en lo concerniente al feminismo, no puedo aceptar -todo lo contrario: lo rechazo y lo combato en la medida de mis posibilidades- la espuria y torticera división maniquea y antinómica “Machismo” versus “Feminismo”. Porque es la dialéctica del odio, que establece la “lucha” del “Bien” (el “feminismo”) contra “El Mal” (el “machismo”). Y es que, es una falacia sideral, una mentira supina, una estafa absoluta, pretender hacer creer que la dialéctica de la “lucha de sexos” existe desde que aparecimos hombres y mujeres sobre la tierra, hasta que por fin -¡Gaudeamis igitur! ¡Alegrémonos pues!- vinieron las “mesías redentoras” a acabar con “El Calvario” de la mujer, trazándole el “Camino de La Verdad”, para arribar a la “Tierra Prometida del Género”, todo ello previo “exterminio” del “machismo patriarcal criminal” o, cuanto menos, mediante la “pedagogización” del mismo, o sea, mediante la castración, la eunuquización, el afeminamiento y el agilipollamiento del varón.

Pero es que además, hay que reparar en la perversidad intrínseca y extrínseca de los dos términos, “feminismo” y “machismo”. El primero viene de “fémina”, esto es propio de la mujer, que, obviamente, es ser humano y persona. Sin embargo, el segundo, viene de “macho”, del latín “masculus”, que si nos vamos a la RAE remite a “animal del sexo masculino”. Es decir, al hombre se le identifica por su condición de animal, no por la de de varón (“criatura racional del sexo masculino”), que es precisamente la que lo define como hombre. Ni siquiera habla de “masculinismo”, derivado de masculino. Es pues, indudablemente, una forma insultante y cuanto menos despectiva de tratar a alguien que con sus errores y aciertos, a lo largo de la historia, siempre ha cantado y ensalzado a la mujer, y , en no pocas ocasiones, hasta lo ha dado todo por ella, incluida la propia vida y la hacienda.

¿Por qué no se habla de “hembrismo”, en lugar de “feminismo”, poniendo así las cosas en situación de “igual-da” con el hombre? Por una sencilla razón: porque si macho remite a “animal del sexo masculino”, hembra lo hace a “animal del sexo femenino”. Y las santonas y apóstolas del llamado “feminismo” no pueden caer en semejante “bajeza”. El hombre puede y debe ser rebajado a su condición de animal. La mujer no. ¡Bonita igualdad! ¡Qué forma de ser respetuoso!

Ergo, si es reprobable el odio y el desprecio del “feminismo” hacia el hombre, toda vez que lo rebaja a la condición de animal (“ser orgánico que se mueve y siente por propio impulso”). Resulta de todo punto repugnante que haya hombres que, llamándose tales, acepten, consientan y aprueben semejante denigración.

La lucha por la justicia y en consecuencia por la adquisición de derechos, toda vez que todos somos sujetos de deberes, es un proceso evolutivo consustancial a la historia y a la sociedad. Y en esa dinámica y en el caso que nos ocupa, si unas han reivindicado, otros han consentido y accedido, incluso aprobado y asumido. Es muy simple y muy sencillo: si los ciudadanos somos personas físicas, hombres y mujeres, sujetos de deberes y de derechos, que por tanto deben tener una igualdad de oportunidades, la mujer, por el hecho de ser tal, de ninguna de las maneras puede resultar excluida de tal normativización.

Quiere decirse, por aquello de los y las amantes de la falacia y de la manipulación, que no ser feminista no conlleva para nada de ninguna de las maneras falta de respeto y/o de consideración hacia la mujer y hacia sus posibilidades en tanto que persona. Todo lo contrario. La inteligencia, la capacidad, la competencia, la idoneidad, la excelencia, el mérito…, carecen de sexo, y desde luego no tienen “Género”. Por ello, nadie, y nadie incluye preceptivamente a la mujer, debe tener puertas cerradas de nada en función de su sexo. Aunque -los hechos lo demuestran- ni el cerebro masculino y el cerebro femenino son iguales, ni las posibilidades del hombre y de la mujer son exactamente iguales para todas las tareas y para todos los trabajos. Ha sido, precisamente, una fructífera distribución de lo que se llama “roles” lo que nos ha llevado a envidiables estadios de verdadero progreso. Es el desempeño de trabajos y profesiones en función de la preparación y de la capacidad e idoneidad, no en función de la “igual-da”, lo que nos ha subido a los niveles en los que estamos. No, el “feminismo” y menos aún el “Género”, por mucho que vociferen los “coros y danzas” de feministas y manginas.

pablemos

26 de abril de 2018

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